Género y desigualdades durante las crisis ¿qué aporta una mirada de largo plazo?

Silvana Maubrigades (Universidad de la República, Uruguay)

RESUMEN. En esta entrega se realiza una breve reflexión sobre los impactos que las crisis tienen sobre las mujeres, haciendo especial énfasis en los cambios que se procesan en el mercado de trabajo. Para ello, se realiza un análisis comparado del desempeño de las mujeres en el mercado de trabajo del Uruguay durante las crisis de la década de 1930, la de 1980 y la de inicio del siglo XXI. Se busca encontrar algunas permanencias de lo ocurrido en éstos momentos históricos que sirvan para dar luz sobre la situación actual que atraviesa el país.

Crisis y desarrollos

Estamos transitando una crisis profunda, inesperada, que afecta a la inmensa mayoría de países y que ha puesto en peligro las condiciones de vida de una parte importante de la población mundial. Como toda crisis afecta a los sectores sociales más vulnerables y en particular a los sectores vulnerables de los países pobres o de economías no desarrolladas. El desempleo masivo, la caída de ingresos de los hogares y las reducciones de gasto público en protección social amenazan con un incremento de las situaciones de pobreza.

Una mirada más atenta y que trascienda este fenómeno exógeno como es la pandemia, permitiría observar un conjunto de desajustes que venían desarrollándose y que ya habían generado resultados negativos en términos de bienestar para la población. A nivel global, la crisis ambiental, la crisis alimentaria, la crisis de los cuidados y quizás a modo de resumen, la crisis de un modelo de desarrollo que excede ampliamente esta coyuntura. Sin embargo, estas miradas sobre el desarrollo, o su ausencia, dejan, muchas veces, una parte relevante de la realidad oculta. Al concentrar la atención en las fallas en el ámbito de lo productivo, suele relegarse a un abordaje posterior las condiciones en las que se da la reproducción social que se lleva adelante en los hogares y sin la cual sería difícil que el resto de la producción pudiera desarrollarse, en el corto, mediano y largo plazo.

Las recurrentes crisis económicas que viven los países subdesarrollados, pero que no son una condición exclusiva de éstos -como lo ha demostrado claramente la crisis del 2008-, han puesto en debate o han replanteado el trabajo de las mujeres y, sobre todo, han puesto en cuestión cómo ha sido su inserción social y qué cambios culturales e institucionales han procesado los países y cuáles todavía no.

Lo que también es cierto es que, a partir de la segunda mitad del siglo XX, y más claramente al ingresar al nuevo siglo, vemos un conjunto de transformaciones sociales y demográficas que cambiaron la vida de las mujeres. Por un lado, es insoslayable dar cuenta de las mejoras educativas que han tenido las mujeres en todas las regiones, con matices, pero siendo un cambio radical si lo comparamos con lo que sucedía en la primera mitad del siglo XX. Con ello, también la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo ha sido quizás el fenómeno más remarcable de las últimas décadas. Para los países desarrollados ya desde los años 60 y, para regiones subdesarrolladas como América Latina, a partir de la década de los 70, la participación de las mujeres en el mercado de trabajo ha sido incremental e irreversible (Maubrigades, 2018).

Pero con esto se procesaron otros cambios, menos visibles pero relevantes. En particular, junto a indicadores claros de las mejoras en la calidad de vida de la población, como el aumento de la esperanza de vida, también se generaron otros cambios como el aumento de las personas dependientes, en donde a los niños también se agregan los adultos mayores. Y con estos cambios, no siempre se ha generado una respuesta por parte del Estado, debiendo alcanzarse arreglos en el ámbito privado. Esto tiene importantes consecuencias como el aumento de las jornadas laborales, dentro y fuera del hogar, incremento de tareas remuneradas de cuidados también a cargo de las mujeres o cuidados realizados en condiciones de gran precariedad por parte de las familias pobres, también a cargo de mujeres o hijas (Arriagada, 2004, 2002; Benería, 2006; Carrasco, 2005, 2003).

¿Por qué iniciar con esto mi planteo sobre el análisis de las crisis? Pues precisamente porque muchas veces, cuando estudiamos el desarrollo y sus límites, cuando procuramos entender qué es lo socialmente justo en materia de desarrollo hacemos referencia a este tipo de aspectos. Las crisis exógenas como esta, en su gran mayoría son imprevisibles (no podemos prever una pandemia, como es difícil prever un tsunami, terremoto o incendio) pero tan cierto como esto, lo es que son muy distintas las formas en las que se enfrentan las salidas a estas crisis dependiendo de las condiciones previas desde el punto de vista material, institucional, social y cultural de los países. Y esta crisis tiene un poco de esto, cuando la miramos a través de las desigualdades económicas para enfrentar sus consecuencias y más aún si la observamos desde las desigualdades de género preexistentes.

La llegada de esta crisis a la región se da en un contexto en el que las mujeres tienen una participación en el mercado laboral que supera el 50%. Obviamente que podríamos considerar que todavía falta mucho para alcanzar los niveles normalmente presentes en la actividad masculina, en torno al 70 u 80%; pero debemos pensar en un escenario donde la participación de las mujeres a mediados del siglo XX para la región, escasamente superaba el 20%[1] (Maubrigades, 2018).

Pero esta crisis no sólo ha encontrado una alta participación de las mujeres en el mercado de trabajo, sino que también está poniendo en evidencia la relevancia del trabajo doméstico y de cuidados para la sociedad en su conjunto. Diversos estudios académicos se han encargado de hacer notar cómo, estas semanas de encierro en el marco de la pandemia y la necesidad de dar continuidad a las actividades productivas –dentro de lo posible– en el marco del teletrabajo, dejan al desnudo las dificultades de combinar el trabajo con las actividades domésticas varias. Quizás, sólo quizás, esa pueda ser una externalidad positiva de esta coyuntura, al hacer visible e insoslayable esa dificultad. Un poco menos visible, no para los estudios académicos pero sí para el aluvión de información que recibimos por la prensa (en todas sus variantes), es la dificultad que enfrentan los hogares de menores recursos para sobrellevar las actividades laborales, en un contexto en el que se redujeron las políticas sociales de atención, donde los espacios de cuidados cerraron, donde las escuelas y demás centros educativos se clausuraron, recayendo el peso de los cuidados nuevamente en la esfera del hogar. Los que se han podido quedar en sus hogares sienten el peso de las actividades laborales y familiares desarrolladas en un mismo espacio físico. Los que no se pueden quedar, han sufrido doblemente este impacto y, en este caso, especialmente las mujeres.

El día después de mañana

A partir de esto, la primera pregunta que surge ante la crisis es bastante básica, casi obvia: el día después, pasado el primer impacto ¿se revertirán los avances obtenidos por las mujeres en las últimas décadas? Y este cuestionamiento habilita el mirar hacia atrás y tratar de buscar en lo que han sido las experiencias de crisis anteriores y, en particular, tratar de hacer una breve caracterización de lo que han sido las anteriores crisis especialmente para el Uruguay.

La historia indica que las crisis pueden ser buenas promotoras de la participación de las mujeres, principalmente ante el deterioro de los ingresos en los hogares, tanto por caída del salario real como por el incremento de la desocupación, la hipótesis de trabajador añadido o trabajador secundario (Camou & Maubrigades, 2019; Gálvez, 2013). A esto se agrega que depende, y mucho, en qué sectores impacta en mayor medida la crisis económica ya que puede suceder que el empleo de los varones se vea más afectado si los sectores productivos en los que están más representados son los que sufren el primer impacto. Esto puede, incluso, dar la falsa idea de que se reducen las brechas de género en el mercado laboral, más por un descenso de los varones que por un incremento de las mujeres, tanto en empleo como en salario. Por otro lado, también sucede que esa pérdida de ingreso en los hogares repercute en el incremento del trabajo no remunerado de las mujeres, ante la necesidad de cubrir tareas de cuidado que antes estaban en manos del mercado o del propio Estado.

En cuanto a la presencia de las mujeres en el mercado de trabajo durante las crisis también aparecen algunas constantes en la historia; una de ellas es que el empeoramiento de las condiciones de trabajo, también tiene un impacto significativo en la calidad del empleo al que acceden las mujeres. En ese sentido, el aumento de la informalidad y la precarización de los puestos de trabajo –tanto en materia salarial como en cuanto a derechos laborales– tienen un impacto en el ingreso de las mujeres al mercado de trabajo, no sólo en su aumento como trabajadoras asalariadas, sino también como trabajadoras por cuenta propia. A esto se agrega un componente que trasciende los tiempos de crisis, aunque durante éstas se agudice, como es la segmentación del mercado de trabajo y el incremento de las mujeres en aquellos sectores de la economía considerados feminizados, donde además existe promedialmente un salario menor y donde las condiciones de precarización se agravan, especialmente en el sector del comercio y los servicios, en estos últimos particularmente en el de los servicios personales y sociales y, más específicamente, en los servicios domésticos (Galvez, 2017, 2013; Rubery & Tarling, 1982; Milkman, 1976).

Revisando la historia del siglo XX

A continuación, y en base a estas afirmaciones generales que he desarrollado, puntualizaré algunas constataciones identificadas en las crisis económicas del Uruguay durante el siglo XX (Camou & Maubrigades, 2019). Si bien han existido extensos períodos de crisis en la historia económica del Uruguay, pueden identificarse hasta el momento tres crisis económicas que, por su impacto, destacan en una mirada de largo plazo y cuya incidencia lejos está circunscripta al caso local, sino que son parte de la historia latinoamericana. Estas son la crisis de la década de 1930, la crisis a principios de la década de 1980 y, finalmente, la última crisis económica de principios del siglo XXI.

Inicio esta comparación destacando un aspecto que separa a la crisis de los años 30 del resto de las crisis ocurridas posteriormente e incluso de la crisis actual. La crisis del 30 tuvo como particularidad un fuerte incremento de las mujeres en el mercado de trabajo, seguido por una salida de éstas luego de la recuperación económica. Sin repetir anteriores consideraciones, la presencia de las mujeres en el mercado de trabajo en la primera mitad del siglo XX tuvo como característica un proceso paulatino de salida de las mujeres del mercado laboral, coincidente con una mejora relativa de la brecha salarial de género.

Si bien no se cuenta con información estadística para el conjunto del mercado de trabajo, se puede analizar su trayectoria de participación en dos empresas significativas del sector industrial tradicional del Uruguay, como son la industria textil y la industria frigorífica.

Fuente: Archivo de fotos Campomar & Soulas

Especialmente en el sector de la industria frigorífica, no necesariamente caracterizado por ser un sector feminizado, el proceso de incorporación de las mujeres durante la crisis de 1930 fue significativo, llegando a representar más del 50% del personal que ingresaba a la empresa durante este lapso. En general, tanto en la industria textil como en la frigorífica, las mujeres ingresaban a los puestos de trabajo menos calificados y también peor remunerados del sector.

En cuanto a los salarios, puede afirmarse que las brechas salariales eran, en promedio, en el entorno del 40%. Una vez iniciado el proceso de recuperación del sector industrial en general, lo que se observa es una salida progresiva de las mujeres de ambos sectores, inversamente proporcional a las mejoras salariales en relación a los varones. En un período en el que se cuenta con muy poca información estadística a nivel agregado, puede sólo afirmarse que la participación de las mujeres estuvo muy atada a una coyuntura desfavorable del sector industrial y, arriesgando algunas hipótesis, puede afirmarse que el trabajo de las mujeres fue un claro abaratador de costos en esta coyuntura adversa. Antes de terminar, vale decir que también era adversa la coyuntura económica para el conjunto de la clase trabajadora del país, de ello dan cuenta estudios realizados por el propio Parlamento ante las malas condiciones de vida de los obreros; lo que permite pensar que la hipótesis del trabajador añadido también es válida para pensar este período de incorporación de mujeres en un contexto en el que se reduce significativamente el ingreso de los hogares (Diario Oficial, 1939).

Fuente: Fotografía de la Sección Latas y Conservas del frigorífico Anglo. Centro de Documentación del Museo de la Revolución Industrial

Para la crisis de los años 80, en plena dictadura militar, es válido empezar este análisis destacando que las condiciones laborales, y salariales en particular, venían sufriendo un deterioro ya desde los años 60 (Melgar & Cancela, 1986; Notaro, 1984). Del mismo modo, el proceso de incorporación de las mujeres al mercado de trabajo, como en el resto de América Latina, se había acelerado también desde finales de la década del 60, mostrando un claro aumento en los años previos a esta crisis (Maubrigades, 2018). Crisis que ingresaría por el sistema financiero del país, pero que dejaría en evidencia la debilidad del conjunto de la economía. En ese contexto y teniendo para este período más información estadística, pueden marcarse algunas constataciones a nivel nacional, semejantes a las que se dan en otros países. En primer lugar, las mujeres se integran al mercado de trabajo, aunque son las que muestran las tasas de desempleo más altas y las que tardan más en recuperarse. Tal como se afirmaba anteriormente, las tasas de desempleo de los varones ni son tan altas, ni perduran tanto como las de las mujeres. Éstas ingresan al mercado de trabajo, pero lo hacen promedialmente en puestos de trabajo con una remuneración por debajo de la media y si bien sus niveles educativos mejoraron sustantivamente no tienen una participación en toda la estructura productiva, sino que se concentran en aquellas ramas o sectores considerados “feminizados”, respondiendo así a una segmentación del mercado de trabajo, ya observada para períodos previos. A ello se agrega que, si bien este período generó un gran impacto en toda la estructura productiva, el sector secundario fue particularmente afectado y en él la presencia de los hombres es mayoritaria. En ese contexto se da lo que antes se sugería, una reducción de las brechas salariales; pero, esto es resultado de un descenso del salario masculino, antes que, por mejoras del salario de las mujeres, lo cual tiene como resultado una equidad “a la baja”, la que no logra mejorar los promedios de desigualdad que permanecen o incluso se incrementan al salir de la crisis.

La crisis del 2002 sería para el país, nuevamente, una crisis que impacta en una economía que ya estaba en crisis y si bien el shock tiene un origen en el sistema financiero, encuentra a una economía con un sector industrial prácticamente desmantelado y con un enorme peso del sector de los servicios dentro de la estructura ocupacional general. Esto es importante porque marca un comportamiento de las brechas de género, tanto en materia de ocupación como de salario, con matices respecto a las crisis anteriores. En ésta, el traslado de mano de obra masculina al sector de los servicios tendrá un fuerte impacto en los salarios y en las brechas de género en esta materia. Si bien las mujeres siguen concentradas en este sector, la llegada de los varones a él implica no sólo un incremento de las brechas salariales entre varones y mujeres sino una clara segmentación al interior del propio sector. Las mujeres estarán más concentradas en los servicios personales y sociales donde los salarios son menores, pero, además, dentro de estos espacios laborales, las mujeres estarán ubicadas también en las categorías ocupacionales más bajas.

Creo que es válido unir, para las dos últimas crisis citadas, un aspecto relevante como es la caída en las condiciones de vida de la población, especialmente en el aumento de la pobreza e indigencia, factores que tienen una recuperación más lenta que los indicadores económicos y en los que destaca la presencia de mujeres y niños.

Una mirada desde el presente

Retomo desde acá la mirada al presente para hacer notar un aspecto relevante que separa a las dos últimas crisis previas de la coyuntura actual. Durante la crisis de los años 80, como en la crisis de los 2000, el mercado de trabajo se caracterizaba por una fuerte desregulación, con una ausencia casi absoluta del Estado como institución reguladora de las condiciones de trabajo y, peor aún, sus espacios de incidencia tendieron a privilegiar una recuperación económica de los sectores productivos, augurando un posterior derrame entre los trabajadores, siendo esto una suerte de gratificación diferida. La crisis actual encuentra al mercado laboral con un sistema de negociación colectiva sólido, producto de anteriores administraciones, donde la negociación tripartita ha fortalecido también a sus actores y en especial a los trabajadores. Sin embargo, es importante estar atentos a cómo se procesa esta salida actual de la crisis, no sólo por los aspectos más evidentes en cuanto a frenar las pérdidas salariales, o la reducción de puestos de trabajo, que afecten a varones y mujeres; sino por un aspecto que ya está mostrando síntomas de deterioro como es la atención diferencial a las condiciones de trabajo entre ambos. No sólo porque la evidencia histórica marca que de las crisis se sale, en promedio, con una mayor desigualdad de género, sino porque además en otros aspectos, igualmente vinculados a la participación de las mujeres en el mercado de trabajo, también se dan ya señales de pérdidas de beneficios adquiridos.

Un dato del presente, que se vincula con lo expresado previamente, es el impacto de esta crisis en el sector del comercio y en el sector de los servicios, sabemos ya que ambos son sectores históricamente feminizados. Hago, por tanto, una especial referencia a dos aspectos claves en cuanto a participación; por un lado, la reducción de políticas sociales en torno al sistema de cuidados, elemento que ha mostrado ser clave para mantener la participación de las mujeres en la fuerza de trabajo sin recargar, aún más, las actividades domésticas. Por otro lado, una pérdida relativa de priorización en aspectos que trascienden la fijación de los salarios y el mantenimiento de los puestos de trabajo. Estos años de negociación colectiva han significado no sólo una incorporación de mayores cláusulas que promuevan la equiparación salarial y procuren reducir las desigualdades salariales de género, sino, también, la integración de cláusulas de corresponsabilidad en los cuidados que apuntan a generar una mayor equidad en las responsabilidades de varones y mujeres en la atención de sus hijos (Alles, 2017; Fernández, 2017). Logros en cuanto a licencias maternales y paternales, días para controles médicos, regulación de las jornadas laborales, y otros muchos ejemplos son algunas de las acciones que han llevado adelante algunos sectores productivos en sus mesas de negociación y que, en contexto de crisis, corren riesgo de desaparecer. En tal sentido, vale subrayar entonces la pertinencia de atender estos mecanismos de mejoras en materia de equidad, los que no implican necesariamente compromisos económicos, pero sí requieren compromisos institucionales de todas las partes. Quizás, parte de estas señales de alarma estén puestas en las declaraciones de trabajadores como empresarios, en cuanto a la prioridad de mantener los empleos, sin entrar en consideración aspectos de equidades en el acceso o la remuneración; pero también, en la falta de lineamientos claros por parte del Estado en cuanto a la priorización de aspectos tales como las políticas de cuidados, lo que lleva a pensar en que pueden no estar en las, eventuales, mesas de negociación del 2021/22 estos otros aspectos antes mencionados y que son igual de relevantes.


[1] Cuando hablamos de estos niveles de participación siempre estamos referenciando a la participación formal o a la participación contabilizada por las estadísticas. En un público lector que entiende la relevancia de contar con datos históricos, con estadísticas, con fuentes confiables, etc., es relevante subrayar que las estadísticas históricas, la gran mayoría de las veces han invisibilizado el trabajo de las mujeres; tanto por no haberlo contabilizado, como por no considerar que muchas de las actividades desarrolladas por éstas y consideradas dentro de las actividades domésticas, también eran actividades productivas.

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