¿Estamos consumiendo demasiado?

Carolina Román (Universidad de la República, Uruguay), 29 de abril de 2014.[1]

El consumo, como componente de la demanda tiene varias vinculaciones con el proceso de crecimiento, de cambio estructural, al mismo tiempo que constituye un indicador de los niveles de vida de la población. Cuando el gasto en consumo por parte de las familias aumenta, esto podría suponer una buena noticia para la sociedad, aunque habría que preguntarse si mayores niveles también pueden constituir una restricción al propio desarrollo o al bienestar de largo plazo.

Frente al aumento del consumo en la economía mundial en las décadas recientes, con tasas mayores aún que el incremento del producto, cabe preguntarse si estamos consumiendo demasiado. Esta “simple” pregunta nos lleva a reflexionar sobre varias dimensiones. Aspectos vinculados con el rol del consumo –y, más en general, de la demanda– en el propio proceso de crecimiento económico y cambio estructural (siguiendo a los autores keynesianos y post-keynesianos como Nurkse 1953, Setterfield 2002, Pasinetti 2007, Kattel, Kregel y Reinert 2009); sobre el comportamiento emulativo de los hábitos de consumo (Duesenberry 1949, Nurkse 1953), sobre cuestiones éticas del acto de consumir (Cortina 2002), sobre cambios en la distribución del ingreso entre los países y al interior de estos.[2] Estas consideraciones responden, además, al estructuralismo latinoamericano de los 1960s y 1970s, cuando autores como Prebisch (1949), Furtado (1966) y Pinto (1976), insistían con ideas sobre la relación entre la concentración del ingreso, un patrón de consumo conspicuo de las clases altas, y las restricciones que esto imponía sobre el ahorro y el crecimiento económico. Alguna de todas estas dimensiones será objeto de próximas entradas en este blog. Ahora comenzaremos con una aproximación empírica y la presentación de un trabajo reciente que aporta otros elementos para reflexionar.

Podemos comenzar por una descripción de lo que ha sucedido con el consumo durante las últimas décadas, desde 1970, periodo que según Angus Maddison ha sido identificado como la cuarta fase del desarrollo del capitalismo. Este periodo comparte ciertos rasgos distintivos en cuanto al comportamiento de los precios, el producto, el sistema monetario internacional, la política económica sobre la demanda, el mercado de trabajo y una creciente apertura de los mercados de capitales (Maddison 1991). Utilizando los datos publicados por el Banco Mundial (Indicadores del Desarrollo MundialWorld Development Indicators-), es posible analizar el dinamismo del gasto de consumo final de los hogares y del producto interno bruto, expresado en dólares constantes de 2005 comparando las regiones clasificadas según su nivel de ingreso (países de ingreso bajo; ingreso alto OCDE; ingreso mediano). También resulta de interés identificar lo que ha ocurrido en América Latina y el Caribe, región que ha experimentado un crecimiento económico importante en la reciente década.

Entre 1970 y 2012 el crecimiento acumulativo anual del gasto en consumo de la economía mundial ha sido mayor, en 0.05 puntos porcentuales, al aumento que experimentó el producto interno bruto. (Ver Gráfico 1 y Gráfico 2). El consumo de los hogares, durante los años que han transcurrido del siglo XXI, mostró desempeños positivos (en promedio) en todas las regiones; contrastando claramente con la austera performance de los setenta, y el dispar comportamiento por regiones de los ochenta y los noventa (durante esta última década, los países pobres vieron caer su consumo per cápita). A nivel mundial, la década de los noventa fue la que mostró una mayor tasa de crecimiento acumulativo anual (1,51%), seguido por los ochenta con una tasa de 1,41%, y los años más recientes, 2000-2012 con una tasa de 1,27% (Ver Gráfico 1). Comparando el desempeño de las regiones, el consumo de los hogares de los países de ingreso mediano (que incluye países como India y China), han sido los más dinámicos desde los noventa. Por el contrario, los países de ingreso bajo, en gran parte de África sub-sahariana, luego de una caída en el consumo durante los noventa, experimentaron un crecimiento importante entre 2000 y 2012. Por su parte, el consumo en los países de ingreso alto y miembros de la OCDE ha crecido pero a menor ritmo desde los ochenta. En cuanto a América Latina y el Caribe, la región en su conjunto ha superado las tasas de crecimiento de la economía mundial desde la década de los noventa, con un incremento del consumo de los hogares mayor al experimentado por el nivel de actividad económica (medido por el PIB per cápita).

Gráfico 1. Crecimiento del gasto en consumo final de los hogares (per cápita). Tasa acumulativa anual a partir de las cifras en dólares constantes de 2005. Fuente: Elaborado en base a información de World Development Indicators del Banco Mundial.

Gráfico 2. Crecimiento del producto interno bruto (per cápita). Tasa acumulativa anual a partir de las cifras en dólares constantes de 2005. Fuente: Elaborado en base a información de World Development Indicators del Banco Mundial.

Gráfico 2. Crecimiento del producto interno bruto (per cápita). Tasa acumulativa anual a partir de las cifras en dólares constantes de 2005. Fuente: Elaborado en base a información de World Development Indicators del Banco Mundial.

¿Cómo evaluar si este aumento del consumo en las últimas décadas es “excesivo”? El artículo de Arrow et al. (2004) proponen dos criterios teóricos basados en factores económicos y ecológicos, para ayudar a responder a la pregunta si los niveles de consumo (agregados) actuales son excesivos.

Un primer criterio es pensar en un problema de optimización en donde el bienestar social de distintas generaciones depende del consumo y de la utilidad que reporta. Por lo tanto, el consumo actual será excesivo si supera aquel nivel de consumo que maximiza el valor de la utilidad presente (aplicando una tasa de descuento intertemporal). Si bien determinar cuál es el nivel óptimo de consumo de una economía se convierte en un problema en sí mismo, los autores sugieren aplicar consideraciones teóricas para identificar aquellos factores que pueden ser considerados indicios de que el consumo se desvía de su trayectoria óptima.

El segundo criterio incorpora la dimensión de sostenibilidad[3] del bienestar social intertemporal y también consideran el crecimiento de la población y el cambio tecnológico (medido a través del crecimiento de la productividad total de los factores), llegando una definición más amplia de la riqueza genuina[4] (al respecto, cabe recordar la entrada en este blog de Henry Willebald reflexionando sobre la medición del ahorro genuino). Según este criterio, el consumo de las generaciones actuales debería ser consistente con niveles de vida futuros que, al menos, no empeoren en el transcurso del tiempo. Resulta interesante que, como lo plantean los autores, ambos criterios, para discernir si el consumo es excesivo, reflejan implicancias diferentes. Una economía que intenta satisfacer el criterio de sostenibildiad puede no estar optimizando los niveles de bienestar. A la vez, que una economía puede estar maximizando su utilidad intertemporal pero con riesgos de sostenibilidad.

El artículo también aporta evidencia empírica utilizando datos del Banco Mundial, durante el periodo 1970-2001 para una muestra de países seleccionada que comprende regiones pobres, exportadoras de petróleo y economías industrializadas (Gran Bretaña y Estados Unidos). Aplicando los dos criterios mencionados anteriormente, los autores encuentran que el consumo estaría excediendo aquel que condice con el objetivo de maximización, y que en las regiones más pobres del mundo no se estaría alcanzando el criterio de sostenibilidad. En estas regiones, la riqueza genuina per cápita estaría disminuyendo ya que la inversión en capital humano y físico no sería suficiente para compensar el deterioro del capital natural. De estos resultados se podría concluir, erróneamente, que los países más pobres están consumiendo en exceso, sin embargo esto debe verse en el marco de un problema más complejo de bajos niveles de ingreso, problemas de ineficiencia y baja productividad que afectan a estas sociedades. Como lo señalan los propios autores, existe cierto grado de interdependencia entre los cambios en la riqueza genuina de las regiones “y el éxito de los países más ricos puede deberse en parte al fracaso de las naciones más pobres” (Arrow et al. (2004): p.25). Además, resaltan que dada la dificultad para generar mediciones que permitan un análisis cuantitativo riguroso, se requiere tomar estos resultados con cautela y asumir que existe gran incertidumbre para evaluar el presente y obtener conclusiones sobre el futuro. No obstante, esto no impide que se generen políticas para promover consumos e inversiones más eficientes.

Más allá de las limitaciones que este enfoque pueda tener desde el punto de vista teórico, y más aún en cuanto a las posibilidades de testear empíricamente los dos criterios, aporta elementos conceptuales útiles para evaluar los niveles de consumo, y más en general, el bienestar con una perspectiva de largo plazo y con un criterio de sostenibilidad.

Existe un amplio campo por conocer sobre el comportamiento del consumo desde una perspectiva histórica, de su vinculación con el bienestar material, con el crecimiento y más en general con el desarrollo, sobre su distribución, sobre los cambios en los patrones, los impactos medioambientales, etc. Al mismo tiempo, resta mucho esfuerzo orientado a reconstruir series históricas de consumo de los hogares y sus componentes así como de mediciones de la riqueza genunia, para poder responder si estamos consumiendo demasiado y si esto compromete el bienestar de las próximas generaciones. En próximas entradas brindaremos otros elementos para esta discusión.

 

Referencias:

ARROW, K., P. DASGUPTA, L. GOULDER, G. DAILY, P. EHRLICH, G. HEAL, S. LEVIN, K.-G. MÄLER, S. SCHNEIDER, D. STARRETT, and B. WALKER (2004). “Are We Consuming Too Much?” Journal of Economic Perspectives, 18(3): 147-172.

CORTINA, A. (2002). Por una ética del consumo (p. 349). Madrid: Taurus.

DUESENBERRY, J.S. (1949). Income, Saving and the Theory of Consumer Behavior. Harvard University Press, Cambridge, MA.

FURTADO, C. (1966). Subdesarrollo y estancamiento en América Latina. Buenos Aires: Editorial Universitaria.

KATTEL, R., KREGEL, J. A., & REINERT, E. S. (Eds.). (2009). Ragnar Nurkse (1907-2007): Classical Development Economics and Its Relevance for Today. Anthem Press.

MILANOVIC, B. (2011). “A short history of global inequality: the past two centuries”. Explorations in Economic History, 48, 494-456.

NURKSE, R. (1953). Problems of capital formation in underdeveloped countries. Oxford, Basil Backwell.

PASINETTI, L. (2007). Keynes and the Cambridge Keynesians. A “Revolution in Economics” to be accomplished. Cambridge University Press.

PINTO, A. (1976). Heterogeneidad estructural y modelo de desarrollo reciente de la América Latina. Inflación: raíces estructurales. D.F., México: Fondo de Cultura Universitaria.

PREBISCH, R. (1949). El desarrollo económico de América Latina y algunos de sus principales problemas. Santiago de Chile, Chile: CEPAL.

SETTERFIELD, M. (2002). The economics of demand-led growth: challenging the supply-side vision of the long run. Edward Elgar Pub.

Notas:
1 La pregunta del título es la versión en español del nombre del artículo “Are we consuming too much?” elaborado por un grupo de destacados economistas y ecologistas y publicado en el Journal of Economic Perspectives en el 2004.

2 En una entrada anterior en este blog, Esteban Nicolini hacía referencia a los componentes de la desigualdad y resumía los resultados recientes, de autores como Milanovic (2011), en que la inequidad de ingresos ha aumentado en el mundo en los dos últimos siglos, siendo su aumento entre países el componente que más lo explica (en relación al aumento de la desigualdad al interior de los países).

3 Estos autores conciben la idea de sosteniblidad en forma consistente con la definición de desarrollo sostenible (sustainable development) entendida como “el desarrollo que permite satisfacer las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las generaciones futuras”. Definición que surge del Informe Brundtland como resultado del trabajo de la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) creada en 1983.

4 El concepto de riqueza genuina, manejado por el Banco Mundial, sugiere que los países deben procurar, en el largo plazo, un stock de activos -capital producido, capital humano, capital natural y conocimiento- que permitan mantener el crecimiento económico.

 

Preferencias e historia económica

Xavier Duran (Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia), 22 de abril de 2014.

El festival iberoamericano de teatro de Bogotá se realiza cada dos años, en la semana de pasión, y ofrece teatro de inmejorable calidad a los Bogotanos y visitantes. Es realmente “a world class event”. Cuando pasen por Bogotá, traten que sea en esta época, es la mejor Bogotá que se puede disfrutar.

Les voy a contar sobre una obra de teatro. No voy a hacer las veces de crítico de teatro, ni mucho menos. Pero si les quiero contar sobre una obra que me pareció muy divertida, y me recordó discusiones y reflexiones sobre el tema del blog de hoy.

El domingo fui a la obra del escritor-director-actor libanes-canadiense Wajdi Mouawad, “Solos”. La primera parte, un monologo sobre lo difícil que es ser estudiante doctoral – recomendadisima! Imagínense, en una escena el supervisor llama al protagonista, que es un estudiante doctoral de sociología, y le cuenta que un profesor del departamento acaba de morir y que esa es la vacante para él. También le indica que debe sustentar el doctorado seis meses antes de lo planeado para poder aplicar a esta vacante. El protagonista se mueve entre la ilusión del nuevo reto y el fin del doctorado, el miedo de enfrentar al comité sin aun tener claras las conclusiones de su tesis, el sueño de hacer la obra maestra de la sociología del imaginario, para lo cual necesitaría más tiempo, y el pudor de aplicar al proceso de selección para una posición que acaba de quedar libre porque su titular acaba de morir y el conocía! La representación es divertidísima! Después, el personaje de la obra, tras un accidente, entra en coma, el actor continua el monologo, y logra una representación impactante … pero no les voy a dañar más la obra.

La obra de teatro, como se imaginaran, la goce y sentí mucho, y la recomiendo.

Pero la obra también me hizo pensar sobre la vida y la muerte. Y, sobre la expectativa de vida! Y al llegar a la expectativa de vida, me recordó charlas, discusiones y reflexiones que he tenido sobre las preferencias en perspectiva histórica.

Dos reflexiones.

Primera, en la Colombia del sagrado corazón de Jesus, como dicen los locutores de noticias en semana santa, hemos tenido un muy triste laboratorio social que permite observar como diferentes grupos sociales enfrentan diferentes expectativas de vida. El caso más extremo son los sicarios, los asesinos a sueldo de los carteles de droga. Un sicario, por la naturaleza de su actividad, está perfectamente consciente que tiene pocas probabilidades de vivir más allá de los 20 años, y habla de “estoy viviendo tiempo extra”, tras cumplir los 20 años. En este contexto, es entendible que se genere una desconexión entre el consumo hoy, el ahorro, y el consumo mañana. Se prefiere consumir hoy. En otros grupos sociales en Colombia la expectativa de vida se triplica, y se generan comportamientos que parecen evidenciar cambios en la relación entre consumo hoy, ahorro y consumo mañana. Se consume hoy, pero también se ahorra hoy para consumir mañana.

La muerte no solo nos enfrenta a emociones, sino que los historiadores económicos hemos señalado está relacionada con grandes cambios económicos. Los cambios en la tasa de mortalidad y la transición demográfica están relacionados con cambios en los patrones de inversión entre “quantity and quality of children” y futuro crecimiento de los países.
Sin embargo, un ángulo que no hemos explorado es que a medida que aumenta la expectativa puede cambiar la tasa de descuento, la relación entre consumo hoy y consumo mañana. Sera posible que a medida que aumenta la expectativa de vida disminuya la tasa de descuento? Si esto fuera así, qué tipo de decisiones afectaría este cambio? El efecto de alargamiento de expectativa de vida sobre la tasa de descuento (si existe), nos induce a ahorrar más y, así, la economía crece más rápido?

Aunque no es trivial, creo que si alguien tiene una base de datos panel que incluye personas de varias generaciones y sus decisiones de ahorro, y podemos calcular su expectativa de vida al nacer, tal vez podríamos determinar si los cambios en expectativa de vida están asociados o causan cambios en las decisiones de ahorro, que, si se controla por otros factores, permite inferir cambios en la tasa de descuento. Una alternativa puede ser un cross-section de ahorradores de diferentes grupos sociales que enfrentan diferentes expectativas de vida. La ventaja de este approach es que se pueden realizar experimentos para que los participantes, con diferentes expectativas de vida, revelen su tasa de descuento y así hacer explicita la relación entre expectativa de vida-tasa de descuento-ahorro. Alguien sabe si esto ya se estudió? Si no, alguien tiene datos y se anima? Puede ser divertido.

Segunda, ya pensando en las preferencias en perspectiva histórica, es posible que las preferencias no hayan cambiado en siglos. Una de las discusiones menos productivas que a veces tenemos los historiadores económicos con los historiadores es sobre la especificidad del comportamiento humano respecto al lugar y el periodo en cuestión. Mientras los historiadores piensan que esta especificidad es alta, que las preferencias, las emociones, los objetivos de las personas son diferentes entre periodos y lugares, los historiadores económicos, en particular los más cuantitativos, piensan que esto es una explicación a considerar solo después que un determinado comportamiento no se puede explicar con mecanismos más convencionales y mejor estudiados, como por ejemplo reacciones a cambios de precios. En general trato de no tener estas discusiones porque es difícil saber cómo uno puede saber quién tiene razón y en qué.

Pero creo que ahora tenemos una idea que tal vez permita avanzar nuestro conocimiento sobre estos asuntos.

Un trabajo muy interesante cayó en mis manos hace varios meses. Giusti, Noussair y Voth (2013) prepararon un experimento en laboratorio para presentarle a varios grupos de estudiantes actuales el contexto institucional del mercado financiero durante el South Sea Bubble de manera controlada. Luego los estudiantes jugaron el experimento. Así es posible examinar sí al presentar el contexto institucional es posible generar en estudiantes actuales comportamientos que recrean la famosa burbuja de los 1720s. Y si esto es así, es posible también examinar cuál de las características institucionales tiene el mayor efecto. Los resultados indican que en algunos casos, los comportamientos de los estudiantes generan burbujas de tamaño comparable a la South Sea Bubble y la característica institucional clave fue el debt-equity swap. Sea que esto indica que el comportamiento humano no es tan especifico como podríamos creer?

CIEN AÑOS DE LA RESERVA FEDERAL: un comentario sobre el libro “Return to Jekyll Island”

Carlos Marichal (El Colegio de México), 13 de abril de 2014.

Valdría la pena recordar que en el 2014 se conmemora el centenario de la Reserva Federal, y que por tanto, resulta de gran interés analizar las obras históricas que explican de donde viene esta poderosa institución y por qué. Es cierto que la ley que autorizó el establecimiento del banco central de los Estados Unidos fue ratificada en 1913, pero en la práctica la Reserva Federal no empezó a ser operativa hasta un año después. Por otra parte, es importante llamar la atención sobre el hecho de que el plan de la Reserva Federal fue elaborado en una reunión singular y muy secreta celebrada a finales de 1910 en la Isla Jekyll . Fue allí donde un pequeño grupo de políticos de Washington y los banqueros de Nueva York elaboró ​​la arquitectura provisional del futuro Banco Central. Las seis personas involucradas eran Nelson Aldrich, el senador republicano de Rhode Island, su secretario Arthur Shelton, A Piatt Andrew, un funcionario del Tesoro y tres banqueros, Henry Davison (Morgan), Frank Vanderlip (National City) y Paul Warburg. Bajo pretexto de una semana inocente supuestamente dedicado a la caza de patos, estos seis hombres formularon allí las directrices fundamentales para el futuro establecimiento de la Reserva Federal.

Para conmemorar este evento Michael D. Bordo , de la Universidad de Rutgers y William Roberds de la Reserva Federal de Atlanta convocaron a un grupo de distinguidos historiadores económicos para presentar ponencias en un coloquio en el viejo y ya clásico hotel en Jekyll Island en noviembre de 2010. Los resultados han sido publicados en el libro editado por Bordo y Roberds, titulado Los orígenes, la historia y el futuro de la Reserva Federal , y publicado por Cambridge University Press en 2013.[i] Especialmente notable es el hecho de que los convocantes lograron que varios gobernadores de la Reserva Federal participaran en la reunión, entre ellos Ben Bernanke, Alan Greenspan y Paul Volker, aunque este último lo hizo por skype. Además, también estuvieron presentes Gerald Corrigan, ex jefe de la Fed de Nueva York , así como siete presidentes de los bancos regionales de la Reserva Federal. Los participantes se sintieron atraídos no solo por la posibilidad de intercambio social e intelectual, sino también por la posibilidad de comparar las crisis financieras, entonces y ahora.

Todo esto nos lleva de nuevo a una cuestión histórica esencial relacionada con los orígenes de la Reserva Federal. Hay un consenso de que el resultado más importante de la crisis de 1907 fue la demostración de que Estados Unidos necesitaba establecer un banco central para poder hacer frente a futuras turbulencias financieras y crisis bancarias. En Europa, en ese momento, ya había varios bancos centrales que actuaban como tales y que habían demostrado cierta eficacia en la gestión de la política monetaria y haciendo frente a los pánicos bancarios. Pero en América no existían tales instituciones, ni en Canadá ni los Estados Unidos ni en el conjunto de América Latina.

Esta situación plantea cuestiones importantes para la comprensión de las finanzas en el primer período de la globalización. En primer lugar : ¿por qué no había bancos centrales en América antes de 1914 ? Es el caso de que en algunos países de América Latina un gran banco nacional (a veces privado, a veces público) realizó algunas de las funciones de un banco central, pero ciertamente no todas . Lo que más sorprende es que no había ningún banco central en los Estados Unidos y que, de hecho, tenía un sistema bancario que era a la vez enorme y dinámico, pero también el más fragmentado e inestable en el mundo. Sin duda, ello ha contribuido a los muchos pánicos bancarios (1873, 1884, 1893 y 1907) en este período del capitalismo clásico. Pero también se basó en la idea de ” laissez – faire” consistente con la idea de una intervención gubernamental limitada y escasa regulación de los bancos. Esto está directamente relacionado con dos dogmas comunes para el período.

En primer lugar antes de 1914, la teoría liberal de las finanzas públicas en general no animaba a los gobiernos a actuar de manera contra- cíclica en situaciones económicas difíciles, aunque esto no fue necesariamente el caso en tiempos de guerra. Dadas las restricciones fiscales, los gobiernos a menudo reducían el gasto público en situaciones de crisis financiera. En segundo lugar, la teoría más avanzada de los bancos centrales – la del Banco de Inglaterra – sostuvo la opinión de que debería limitarse a descontar liberalmente las cartas de crédito de la banca privada en tiempos de crisis para limitar el impacto de las restricciones crediticias en los mercados. Pero tal acción no contemplaba un aumento de la oferta monetaria, dadas las restricciones impuestas por el patrón oro. Por el contrario, a menudo en momentos de crisis, la fuga de oro podría causar una reducción en la circulación monetaria y esto se considera inevitable y necesario para la recuperación posterior.

Sin embargo, como se puede ver en la revisión histórica de las diversas crisis en este período de globalización temprana, en determinadas ocasiones hubo intervenciones del banco central y del Tesoro. Mientras que éstas, en general, se limitaron a las situaciones de crisis financieras, como se ha discutido, las intervenciones fueron eficaces. Nos referimos no sólo a la mayor liberalidad de crédito, sino a las muchas oportunidades por el cual algunos gobiernos de finales del siglo XIX y la primera década del siglo XX (por ejemplo, los Estados Unidos e Italia ) depositan los certificados de sus respectivos bonos del Tesoro en las cuentas de los bancos comerciales para estabilizar los mercados bancarios. También es importante recordar los casos en que hubo intervenciones coordinadas de los bancos centrales para estabilizar los mercados financieros , como en el caso del episodio de Barings en ​​1890.

Sin embargo, existen limitaciones en cuanto a este tipo de intervenciones impuestas principalmente por la fidelidad al patrón oro. En los países económicamente más avanzados, en Europa occidental y los Estados Unidos, los ministros de finanzas y directores de bancos centrales confiaron en el oro como un mecanismo de ajuste automático y estable dando a entender que era factible esperar las varias etapas sucesivas de la crisis para que se solucionara. Una recesión no solo tendía a producir la fuga de oro del país, sino también una caída en la capacidad de compra de importaciones, lo que eventualmente produciría una mejora en la balanza comercial. Así también, la caída en el precio de los productos nacionales fortalecería las exportaciones y esto ayudará a producir un superávit comercial y por lo tanto, como resultado, nuevas entradas externas de oro. Una vez que la última tendencia cobrara fuerza, los bancos podrían aumentar la oferta monetaria y expandir el crédito lo que contribuiría a la recuperación económica general.

No obstante, las crisis bancarias y financieras repetidas de los Estados Unidos en particular, causaron una creciente preocupación por el impacto en los sistemas nacionales de banca y también su efecto sobre el sistema monetario internacional. Lo que está claro a partir de una revisión del pánico d 1907 es que las autoridades políticas en Washington DC comenzaron rápidamente una revisión y reforma del complicado sistema bancario de los Estados Unidos. El reto era inmenso. No sólo era la estructura bancaria más amplia (y más atomizada) en el mundo – con el impresionante número de 18 000 bancos diferentes en 1914 – sino que además no había ninguna entidad bancaria del gobierno. El creciente número de problemas que afectaron a este sistema altamente descentralizado generó más y más demandas de una mayor regulación, supervisión y control sobre la política monetaria y los bancos. Como resultado , el Congreso de EE.UU. autorizó una comisión, integrada por especialistas, para evaluar cómo proceder para establecer una nueva legislación bancaria y mejorar la regulación del sistema financiero. Sin embargo, los informes detallados sobre los sistemas bancarios del mundo contratados por la Comisión Nacional Monetaria y publicada entre 1908 y 1912, no establecieron las bases para la creación de la Reserva Federal. De hecho, fue el plan que se forjó en Jekyll Island en 1910 y los igualmente importantes debates del Congreso en 1912 los que sentaron las bases de la ley aprobada en 1913. Paradójicamente, en el mismo momento en el que el Comité de Dirección se estaba organizando, una grave crisis monetaria y financiera estalló tras la noticia del estallido de la Gran Guerra en Europa en agosto de 1914. Pero el nuevo banco central sobrevivió y propició que los Estados Unidos se mantuvieran en el patrón oro a pesar cataclismo global.[ii]

En la citada obra editada por Bordo y Roberds, hay siete ensayos escritos por historiadores financieros distinguidos. Vale la pena leer estos capítulos, ya que son realmente contribuciones punteras respecto a la literatura existente. Por ejemplo, el ensayo de Eugene White sobre la supervisión bancaria antes de 1914 muestra cómo el sistema bancario estadounidense, que era regulado ligeramente, en realidad funcionaba relativamente bien a pesar de los pánicos bancarios frecuentes. Por otro lado, como Bordo y David Wheelock demuestran en su estudio de la Reserva Federal entre 1914 y 1933, las consideraciones normativas y normas no resultan ser de mucha utilidad para evitar el mayor desastre financiero del siglo XX, la crisis de 1929 y la posterior Gran Depresión. El ensayo de Marc Flandreau y Stefano Ugolini hace un nuevo estudio detallado del pánico Overend Gurney – de 1866, y demuestra que las principales lecciones fueron aprendidas por el Banco de Inglaterra, ya que el sistema bancario británico no sufrió nuevos pánicos para casi un siglo, es decir, hasta la década de 1970 .

La cuestión sigue abierta si las nuevas medidas adoptadas después de 2008 para volver a regular los bancos y los mercados financieros en muchos países alrededor del mundo tendrán un éxito similar . ¿Qué pasará después de la creación del nuevo y gran organismo de supervisión financiera europea en Frankfurt el próximo año? ¿Cómo hará frente la Reserva Federal a nuevos auges y burbujas de activos en el futuro? Todos estos son temas debatidos hoy y que valdría la pena seguir, pero una mirada retrospectiva a la historia también puede ofrecer mucho material para reflexionar aunque también un considerable escepticismo sano sobre la capacidad de evitar las crisis financieras.

[i] Michael D. Bordo and William Roberds, eds., The Origins, History and Future of the Federal Reserve, A Return to Jekyll Island, Cambridge University Press in 2013.

[ii] William L. Silber,When Washington Shut Down Wall Street: The Great Financial Crisis of 1914 and the Origin’s of America’s Monetary Supremacy, Princeton, Princeton University Press, 2007.

 

El largo declive de las economías de Argentina y Venezuela

Norbert Gaillard (Consultor Independiente), 11 de marzo de 2014.

Las crisis políticas y económicas actuales en Argentina y Venezuela tienen una resonancia particular para la mayoría de los historiadores. Aunque el producto interno bruto (PIB) per cápita de estos dos países fue de aproximadamente un tercio de la de los Estados Unidos en 2011, esa relación no tiene mucho sentido a no ser que nos fijamos en la evolución pasada (gráfico 1).

Gráfico 1: Argentina y el PIB per cápita de Venezuela como porcentaje de su contraparte en EE.UU. Nota: La comparación trazada se basa en dólares internacionales de 1990 (unidades de Geary – Khamis de paridad de poder adquisitivo). Fuente : Cálculos del autor basados en datos de Angus Maddison y The Conference Board Total Economy Database.

El gráfico muestra que la “riqueza relativa” de Argentina y Venezuela alcanzó un mínimo de 85 años a mediados de la década de 2000. El ligero repunte posterior puede estar en riesgo por el aumento de la desconfianza entre los inversores. Es de destacar que su caída del PIB per cápita relativo se remonta a principios de 1960. Durante el período 1974-1981, ninguno de estos países se benefició de la entrada de capitales de Estados Unidos o de Europa. El declive del PIB per cápita de Argentina y  de Venezuela en realidad se aceleró durante la “década perdida”.

Las razones de este trastorno económico en ambos países siempre han sido conocidas: la inestabilidad política y social (Crist 1941, Kaufmann et al 2010) , la incapacidad para evitar la salida de capitales (Masson y Theberge 1967 , Sachs 1985 , FMI 2012 ), y la falta de políticas monetarias credibilidad (Eichengreen y Hausmann 2005). Sin embargo, estas debilidades crónicas también son comunes a varios países centroamericanos y latinoamericanos (por ejemplo, Bolivia, Honduras y Paraguay). En los casos de Argentina y Venezuela, bien podríamos suponer que su postura ” populista” y anti- capitalista en los últimos años ha supuesto una carga significativa sobre sus economías, transformándolas en ” contra-modelos” de desarrollo.

Referencias

Crist, Raymond E. (1941), “The Bases of Social Instability in Venezuela”, American Journal of Economics and Sociology, Vol.1, No.1.

Eichengreen, Barry and Hausmann, Ricardo (2005), Other People’s Money, Chicago University Press, Chicago.

International Monetary Fund [IMF] (2012), “Liberalizing Capital Flows and Managing Outflows – Background Paper”, prepared by the Monetary and Capital Markets Department; the Strategy, Policy, and Review Department; and the Research Department; in consultation with the Legal Department and other Departments, 12 March.

Kaufmann, Daniel, Kraay, Aart, and Mastruzzi, Massimo (2010), “The Worldwide Governance Indicators – Methodology and Analytical Issues”, World Bank Policy Research Working Paper No.5430.

Masson, Francis and Theberge, James (1967), “Necesidades de capital externo y desarrollo economico: el caso de Argentina”, El Trimestre Económico, Vol.34, No.136 (4).

Sachs, Jeffrey (1985), “External Debt and Macroeconomic Performance in Latin America and East Asia”, Brookings Papers on Economic Activity, Vol.1985, No.2.

Los componentes de la inequidad y su sentido en el largo plazo

Esteban Nicolini (CIEDH – Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino), 21 de febrero de 2014.

En esta entrada del blog juntaremos dos temas que se han tratado en este sitio: el primero es la evolución de la inequidad global en el largo plazo; el otro es el de la reconstrucción de los PIBs regionales en el mundo y en América Latina en particular.

En relación a la inequidad global, la mayoría de las investigaciones recientes coinciden en que la inequidad de ingresos ha aumentado considerablemente en el mundo en los últimos 200 años (aproximadamente) y que la mayor parte de ese incremento se produjo por el aumento de la inequidad “entre” los países y no por la inequidad “dentro” de los países (Milanovic 2011, Bourguignon y Morrison 2002).

Recordemos que la inequidad entre países es una medida de la distancia entre los ingresos medios nacionales, suponiendo que el ingreso de cada hogar en cada país es igual al promedio. La inequidad dentro de los países es una medida de la distancia entre los ingresos de cada hogar en cada país con respecto a la media de su propio país. La práctica usual es ponderar el aporte que hace cada país según su tamaño (en algunas medidas de la inequidad el tamaño viene dado por la población mientras que en otras medida el tamaño viene dado por su ingreso total).

Los proyectos de investigación mencionados por Henry Willebald en la entrada anterior, concentrados en la reconstrucción de los PIBs regionales en Europa y en América Latina pueden ser considerados un avance en la desagregación espacial de la desigualdad en el sentido de que aportan una visión de la inequidad dentro de los países pero sin llegar al nivel de los ingresos de los hogares individuales. Podríamos decir que medir la desigualdad entre unidades sub-nacionales (regiones, provincias, departamentos) es una medida de la parte de la desigualdad “entre” dentro de cada desigualdad “dentro”. Por lo tanto, y dado que la desigualdad “dentro” es una parte pequeña de la desigualdad global, la desigualdad entre regiones tendrá que ser relativamente baja.

En esta breve entrada propongo dos cuestiones para la reflexión o discusión. La primera tiene que ver con la elección de la frontera que separa lo “entre” de lo “dentro”.  En los estudios mencionados al comienzo, centrados en la inequidad global (planetaria) en el largo plazo, lo “entre” es “entre países” y las fronteras, entonces, son las fronteras nacionales. Quedan en general relegadas a notas al pie las menciones de los detalles incómodos de los cambios de las fronteras, la disgregación de países y la aparición de algunos nuevos. ¿Tiene lógica esta elección? Probablemente, en términos generales, sí. Los países poseen una serie de características comunes, las que llamamos macroeconómicas en nuestros cursos introductorios, que seguramente tienen mucho que ver la evolución de los ingresos: la moneda y el tipo de cambio, los niveles de precios, cierta integración de los mercados laborales, las  políticas fiscales. En lo que puede darse más heterogeneidad es en la dotación de recursos naturales en particular en países geográficamente extensos como China o Rusia y en el contexto latinoamericano, Brasil, México o Argentina. Esto puede generar ciertas hipótesis interesantes sobre la posible conexión entre la dispersión “entre” como asociada a las instituciones y las políticas (que sería en gran medida lo que hace a unos países distintos de otros) y las dispersión “dentro” como más asociada a los recursos naturales (dado que la muchas de las políticas y las instituciones son comunes para las regiones dentro de un país). Esto, claro está, es sólo una sugerencia para la construcción de posibles vías de investigación. De hecho existe evidencia de que las instituciones no solo pueden tener impactos en el muy largo plazo (por ejemplo Acemoglu et al. (2002)) sino que también algunas instituciones muy antiguas y no asociadas a la política “nacional” pueden generar diferencias dentro un país.[1] Para terminar con esta parte, dejo sólo planteada la inquietud de historiador frente a la tendencia un tanto simplista de hablar de la inequidad entre países en períodos como la primera mitad del siglo XIX, en particular para América Latina. Los primeros datos tanto de Bourguignon y Morrsion (2002) como de Milanovic (2011) corresponden a 1820 momento en el cual muchos de los actuales “países” en América Latina no existían como tales y eran, en el mejor de los casos, entidades difusas de fronteras por definir.

La segunda cuestión es un corolario de la anterior, con un ejemplo concreto y algunos datos construidos recientemente. La evolución histórica de Argentina suele usarse como ejemplo de fracaso (especialmente por los argentinos). Una versión muy generalizada en la historiografía puede simplificarse proponiendo que luego de un momento brillante de notable  crecimiento económico y altos niveles de ingreso a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, Argentina habría entrado en una decadencia sostenida durante (aproximadamente) los dos últimos tercios del siglo XX. El debate sobre las causas de esta decadencia está abierto pero las que más adeptos reúnen son una mala elección de políticas o, más profundamente, un mal sustrato institucional (Aráoz 2013). Lo que está claro es que desde 1930, la mayor parte de las políticas aplicadas en el período anterior se cambiaron de manera bastante drástica: se pasó de una integración intensa al mercado internacional de bienes y factores a una política de autarquía y sustitución de importaciones; se relajó el control monetario y se permitió una mayor tasa de inflación se intervino de manera más activa en muchos mercados y la participación del estado en la economía creció significativamente. ¿Qué sucedió con la inequidad en este período en Argentina? No lo sabemos porque todavía no tenemos estimaciones confiables y completas de la distribución de los ingresos de los hogares. Sin embargo, muy recientemente, dos co-autores y yo hemos podido reconstruir (con las limitaciones del caso) los PIBs de las provincias argentinas en 1914 (Aráoz, Nicolini y Soria Fuentes 2013) y un resultado digno de mencionar en el contexto de lo que estamos hablando es que las posiciones relativas de las provincias ha tenido una estabilidad notable entre 1914 y 1953 (primer año para el que teníamos estimaciones de otros autores –Elías (1996)- con las que podemos hacer la comparación).

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En otras palabras, en un contexto en el cual la situación macroeconómica de Argentina cambió drásticamente y este país descendió considerablemente en el ranking de ingreso de los países, la situación “hacia adentro” no cambió casi nada: la mayoría de las provincias ricas lo siguieron siendo y las pobres también. De manera tentativa, entonces, aparentemente los cambios de las políticas y las instituciones tienen poder explicativo para la posición relativa de un país mientras no parecen generar impactos relevantes en (al menos una dimensión de) lo que pasa dentro de ese país.

Quizás en el CLADHE IV en Bogotá nos permita darle forma más precisa a las preguntas y encontrar algunas respuestas.

Referencias:

Acemoglu, Daron; Johnson, Simon y Robinson, James (2002). Reversal of fortune: geography and institutions in the making of the modern world income distribution. Quarterly Journal of Economics 117, 1231-1294.

Aráoz, María Florencia (2013). La calidad institucional en Argentina en el largo plazo. Revista de Historia Económica 31, 73-109.

Aráoz, María Florencia; Nicolini, Esteban A. y Soria Fuentes, Rodrigo (2013). Regional Disparities in income per capita in Argentina in 1914. Mimeo. UNSTA – Argentina.

Bourgugnon, Francois and Morrison, Christian (2002). Inequality among world citizens: 1820-1992. American Economic Review 92, 727-744.

Dell, Melissa (2008). The Mining Mita. Explaining institutional persistence. Mimeo. MIT.

Milanovic, Branko (2011). A short history of global inequality: the past two centuries. Explorations in Economic History 48, 494-456.


[1]  Dell (2008) muestra que la institución colonial de la Mita habría tenido un impacto económico negativo en la actualidad en aquellas regiones en las que fue implementada en comparación con aquellas regiones en las que no lo fue.

Hacia una contabilidad de los PIBs regionales en América Latina: primeros pasos de una agenda abierta

Henry Willebald (Universidad de la República, Uruguay), 23 de enero de 2014

Las contribuciones de la Geografía Económica a las Teorías del Desarrollo han significado un campo fértil de análisis y discusión para los progresos recientes de la Historia Económica. Mucho ha prosperado la disciplina en interpretar y contabilizar fenómenos de carácter regional y local en las economías centrales y su evolución parece abrir nuevas posibilidades analíticas en las economías de la periferia mundial. América Latina está llamada a constituirse en una de las fronteras de avance en esta temática.  

 En mi última entrada al Blog (“La relevancia del enfoque local y regional en la historia económica: ¿hacia una contabilidad de los PIBs regionales en América Latina?”) argumentaba sobre la conveniencia de dar continuidad, desde la historia económica, al esfuerzo que se ha procesado desde diversos flancos de la Teoría del Desarrollo para contemplar la preeminencia de los procesos regionales y el rol de los actores locales como factores determinantes de la performance económica. No obstante, algunas preguntas también quedaban planteadas, ¿tiene sentido realizar estos esfuerzos de contabilización en las economías periféricas?, ¿estamos en condiciones, en América Latina, de promover ese tipo de investigaciones?

Admitía que, quizás, resultara pretencioso aspirar a avanzar por este camino cuando todavía varios países de la región no habían completado sus cuentas nacionales históricas (algunos han hecho progresos notorios con estimaciones del lado de la producción, mientras que la mayoría poco ha avanzado del lado del gasto y del ingreso). Sin embargo, muchas de las disparidades de las que habla la Geografía Económica son materia clave para comprender la propia historia económica de nuestros países y el esfuerzo es mucho más que un mero capricho académico. ¿Será posible estudiar la historia económica de países tan vastos como Argentina y Brasil o tan diversos como Chile y Colombia sin estas consideraciones? ¿Tendrá sentido estudiar la historia económica de Uruguay sin integrarla a la de la pampa húmeda argentina y a la de Río Grande do Sul? ¿Cuánto de la historia económica de Bolivia puede comprenderse sin su integración al norte argentino o sin la consideración del territorio que le daba salida al mar?

El objetivo de estas líneas es realizar una revisión de los trabajos recientes que se están realizando en América Latina sobre esta temática e identificar las opciones metodológicas disponibles. Para ello, se repasan los resultados y principales conclusiones del Primer Encuentro sobre la “Reconstrucción de los PIBs regionales en América Latina, 1890- 2010”, celebrado en Montevideo, los días 6 y 7 de diciembre de 2013. El Encuentro, convocado por el Departament d’Història i Institucions Econòmiques, de la Universidad de Barcelona, y el Instituto de Economía, de la Universidad de la República, Uruguay, contó con la participación de investigadores de Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Chile, México, Perú, Uruguay y España quienes presentaron sus avances recientes y contribuyeron a la construcción de un debate que aún está en ciernes.

En cuanto a la localización territorial de las actividades económicas, dos son las explicaciones teóricas más extendidas en la literatura. Por un lado, la teoría del comercio neoclásica –representada por el modelo Heckscher-Ohlin-Samuelson (H-O-S)– establece que la distribución espacial de la actividad económica es determinada por las ventajas comparativas derivadas de la dotación de factores. Dentro de un restrictivo esquema de hipótesis –inexistencia de costos de transporte, retornos constantes en la producción, mercados en perfecta competencia– el modelo predice que la distribución de la actividad económica dependerá de la dotación relativa de factores entre las economías que comercian. Por otro lado, la Nueva Geografía Económica (NEG, por sus siglas en inglés) parte de unos supuestos alternativos y destaca que la distribución espacial de la producción responde a la interacción entre costos de transporte, retornos crecientes a escala y el tamaño del mercado, trabajando con estructuras teóricas que admiten la competencia monopolística (Krugman, 1991, 1995). Esta conceptualización da lugar a explicaciones de los fenómenos de aglomeración espacial de la actividad productiva, formación de clusters de producción y efectos de escala. Los esfuerzos de investigación –en donde la Historia Económica ha realizado aportes muy relevantes– han demostrado que la distribución espacial de la actividad económica puede responder a ventajas comparativas o factores NEG en forma simultánea, dando cuenta de que se trata de explicaciones que conviene considerar complementarias.

En los últimos años, se ha llevado a cabo un importante esfuerzo para reconstruir datos de PIB a nivel regional en Europa para el conjunto del siglo XX y, en los casos que es posible, las últimas décadas del XIX. A partir del estudio pionero de Geary & Stark (2002) y el posterior de Crafts (2005) para el Reino Unido, una serie de trabajos ha presentado nuevas estimaciones para países como Bélgica (Buyst, 2011), España (Rosés et al., 2010; Martínez-Galarraga et al., 2013), el Imperio Austro-Húngaro (Schulze, 2007), Italia (Felice, 2011), Portugal (Badia-Miró et al., 2012) o Suecia (Enflo et al., 2010). Estos trabajos referidos a Europa ofrecen opciones metodológicas, preguntas y respuestas que, inicialmente, permitirán encontrar diversos atajos a los estudios realizados en otras regiones.[1] Entonces, con la experiencia del citado Encuentro, cabe preguntarse, ¿cuáles han sido los “grandes mensajes” surgidos del intercambio y la presentación de trabajos en diverso estado de avance? Ordenaré la respuesta realizando consideraciones metodológicas relativas a las formas de estimación, la delimitación del objeto de estudio y la definición de unidades de análisis.

En primer lugar, en cuanto a las metodologías de medición propuestas, la norma ha sido una alta diversidad directamente relacionada con la disponibilidad de información. Inicialmente, esto puede ser entendido como una limitante relevante desde el punto de vista interpretativo pues condiciona las posibilidades de realizar trabajos comparativos. Sin embargo, en un contexto en el cual las estimaciones de PIB nacionales aún plantean dudas no menores, optar por estimaciones directas de productos regionales puede ayudar a validar las estimaciones del producto total. Las metodologías de trabajo pueden dividirse en tres grandes bloques.

Uno de ellos consiste en trabajar de acuerdo a la estimación directa del PIB regional, la cual refiere al cálculo del VAB de alguna actividad productiva con referencia territorial (estado, provincia, departamento) y que, habitualmente, se realiza a partir de la consideración del valor bruto de producción (VBP) y la correspondiente deducción del valor de los insumos (IS). Se trata de un esfuerzo grande de relevamiento de información –cantidades producidas de cada rubro, precios de venta, materiales e insumos utilizados y precios de compra de éstos– y caracterización de una función de producción apropiada para cada rama de actividad. Las opciones metodológicas dependen de cada caso y pueden oscilar desde el cálculo preciso con cierta periodicidad, hasta el uso de indicadores aproximados que tomen como referencia años censales o la simple aplicación de coeficientes técnicos.

El segundo de los bloques refiere a la metodología propuesta en Geary & Stark (2002), la cual es de amplio uso en la literatura y está basada en la utilización de tres variables: (i) PIB para el total de la economía; (ii) fuerza de trabajo clasificada por regiones; (iii) productividad laboral regional (agrupada por actividades productivas; en general, agropecuaria, manufacturera y servicios). De ese modo, los PIBs global y sectoriales son distribuidos de acuerdo a la discrepancia territorial de productividad y de asignación de trabajadores, aproximando la primera por el salario relativo a la media del país (o indicadores ad hoc que señalen una relación equivalente). De un modo complementario, Crafts (2005) propone un ajuste al método propuesto en Geary & Stark (2002). En algunos casos –sobre todo en aquellos en los cuales la diversificación productiva sea amplia y la industrialización hubiera avanzado sensiblemente– conviene identificar ingresos no-salariales (especialmente las rentas del capital) en la distribución territorial del ingreso total. Una fuente de información útil para abordar esta propuesta es recurrir a los registros de impuestos a la renta (tax incomes) pues ellos dan cuenta de aquellos ingresos asociados con fuentes distintas a las salariales. Este es un camino posible en aquellos países con sistemas tributarios maduros (como el británico) pero es impracticable en la mayoría de los países de la periferia mundial. Una alternativa (aún poco explorada) es calcular tasas de retorno sobre el activo empresarial (en tierra y maquinaria, por ejemplo) pues existe información que puede explotarse.

Finalmente, y como tercer bloque, también hubo propuestas de estimación motivadas en temáticas más próximas a la distribución del ingreso que al crecimiento, que toman como referencia la construcción de social tables por provincias/estados. El problema, en este caso, consiste en construir una estructura de población ocupada con un detalle amplio de profesiones (considerando, según el caso, diferencias de género, condición contractual o skill) y asignar ingresos a cada una de ellas.

En segundo lugar, se encuentra un aspecto referido a la especificidad del objeto de estudio. En particular, se insistió en la necesidad de plantear cuestiones alternativas a las que se han manejado en los trabajos sobre localización de la actividad económica en los países industrializados. La comprensión de la geografía económica de los países de América Latina, donde la industria y las economías de aglomeración han jugado un papel secundario (al menos, hasta la segunda mitad del siglo XX) y la sostenida heterogeneidad estructural pasa por proponer nuevas preguntas e hipótesis para calibrar el rol que le cupo al acceso a los mercados, las políticas comerciales y la localización de los recursos naturales. Además, en contextos donde las economías de subsistencia tuvieron un papel muy relevante (unido, además, al componente indígena tan presente en varios países), resulta trascendente comprender su incidencia para dar fiabilidad a las estimaciones.

En tercer lugar, se discutió la definición de las unidades de análisis. Dentro de este aspecto, son dos los tipos de consideraciones a tomar en cuenta. Por un lado, manejar con rigurosidad el cambio de fronteras nacionales que se ha producido desde la independencia y la forma en cómo afrontar esa problemática de contabilización. Por otro lado, siempre que se pretenda hacer algún ejercicio de carácter supranacional, se requerirá realizar un esfuerzo de homogeneización de unidades administrativas muy dispares entre países (por ejemplo, las provincias argentinas con los departamentos uruguayos y los estados brasileños) y los criterios de agrupación obligarán a realizar discusiones específicas sobre el tema. Relacionado con ello, la perspectiva analítica para uno y otro caso es diferente; esto es, pueden definirse ciertas (grandes) regiones para ejercicios que abarquen varios países pero, al momento de realizar estudios individuales, es probable que convenga recurrir a subdivisiones menores y más representativas (lo que se realza aún más si el análisis resulta un insumo de política pública).

El desafío está planteado y la agenda está abierta. El Cuarto Congreso Latinoamericano de Historia Económica, que será celebrado en Bogotá, los días 23 al 25 de julio de 2014, ofrece una nueva oportunidad para contrastar avances y propuestas renovadas para una construcción que, necesariamente, deberá ser colectiva.

Badía-Miró, M., Guilera, J., Lains, P. (2012): “Regional incomes in Portugal: industrialization, integration and inequality,1890-1980”. Revista de Historia Económica – Journal of Iberian and Latin American Economic History 30(2), 225-244.

Bassino, J.P., Fukaob, K., Paprzyckib, R., Settsuc, T., Yuand, T. (2012): “Regional inequality and migration in prewar Japan, 1890-1940”. Paper presented at the Economic History Society Conference, University of York, 5-7/04/2013.

Buyst, E. (2011): “Continuity and change in regional disparities in Belgium during the twentieth century”. Journal of Historical Geography 37(3), 329-337.

Caruana-Galizia, P. (2013): “Indian regional income inequality: estimates of provincial GDP, 1875-1911”. Economic History of Developing Regions 28(1), 1-27.

Crafts, N. (2005a): “Regional GDP in Britain, 1871–1911: Some estimates”, Scottish Journal of Political Economy 52(1), 54-64.

Enflo, K., Henning, M., Schön, L. (2010): “Swedish regional GDP 1855-2000: estimations and general trends in the Swedish regional system”. Working Papers in Economic History, Universidad Carlos III, 10/03.

Felice, E. (2011): “Regional value added in Italy, 1891-2001, and the foundation of a long-term picture”. Economic History Review 64, 929-950.

Geary, f., and Stark, T. (2002): “Examining Ireland’s post-famine economic growth performance”, The Economic Journal, No. 112, 919-935.

Krugman, P. (1995): Development, Geography, and Economic Theory, MIT Press, Cambridge.

Krugman, P. (1991): “Increasing Returns and Economic Geography”, en Journal of Political Economy, vol. 99, Nº3.

Martínez-Galarraga, J., Rosés, J.R., Tirado, D. (2013): “The long-term patterns of regional income inequality in Spain, 1860-2000”. Regional Studies (forthcoming).

Rosés, J., Martínez-Galarraga J., Tirado D. (2010): “The upswing of regional income inequality in Spain (1860-1930)”. Explorations in Economic History 47 (2), 244-257.

Schulze, M.S. (2007): “Regional income dispersion and market potential in the late nineteenth century Hapsburg Empire”. London School of Economics Working Papers, 106/07.


[1] Recientes trabajos han comenzado a extender el ámbito geográfico de estudio, incluyendo a Japón (Bassino et al., 2012) e India (Caruana-Galizia, 2013).

América Latina y la economía mundial: plus ça change, plus c’est la même chose?

Juan H. Flores (Universidad de Ginebra), 29 de enero de 2014.

¿Qué está pasando en este inicio del 2014, desde una perspectiva latinoamericana? Que nos queda de esa lógica Prebischiana y más generalmente, estructuralista? En principio, debiera ser poco. En la práctica…

Existen dos premisas básicas en el razonamiento de Raúl Prebisch sobre el funcionamiento de la economía mundial, sin las cuales no podemos entender sus reservas sobre los beneficios de la globalización económica y financiera. La primera concierne el beneficio desproporcional proveniente del comercio internacional para los países del centro con respecto al destinado a la periferia. La otra se refiere a la dependencia del desempeño económico de la periferia respecto a los ciclos económicos de los países del centro.

Respecto a la primera premisa, su origen remonta a la época en la que Raul Prebisch presenció la situación de vulnerabilidad del gobierno argentino para negociar sus tratados comerciales, principalmente respecto a Inglaterra, el principal importador de sus productos y a donde se dirigían 40% de las exportaciones argentinas (esta situación dio pie, por ejemplo, al tratado Roca-Runciman de 1933). También constató que dada la estructura de la economía mundial, los términos de intercambio (esto es, el comportamiento de los precios de las exportaciones respecto a los de las importaciones) serían desfavorables a los países que se especializaban en la exportación de materias primas.

En cuanto a la segunda premisa, Prebisch tuvo muy en cuenta lo que sucedía en los mercados de capitales. Según él, cuando el ciclo económico de los países del centro estaba en una fase de expansión, había un aumento de liquidez y por tanto, una caída en los tipos de interés. En ese momento, los capitales se exportaban a los países de la periferia, donde los rendimientos eran más altos (generando peligrosos “booms” en el nivel de crédito interno). Cuando la tendencia del ciclo cambiaba, había una retracción de estos capitales, que con el aumento de los tipos de interés, el costo del servicio de la deuda se elevaba y acceder a nuevos prestamos devenía más complicado. Esto ocasionaba crisis recurrentes en los países periféricos.

Evidentemente, ambas premisas son dos lados de una misma moneda. Para Prebisch, un ciclo económico recesivo en el centro ocasiona la caída de la demanda de importaciones por un lado, pero también una menor disposición à invertir en la periferia, por el otro. Para los países de la periferia, esto implicaba menores ingresos, menor inversión, y menor crecimiento económico (crisis incluidas).

Este breve y burdo esquema sirve como telón de fondo para responder a las siguientes preguntas. Que está pasando en este inicio del 2014, desde una perspectiva latinoamericana? Que nos queda de esta lógica Prebischiana y más generalmente, estructuralista? En principio, debiera ser poco. Después de periodos de industrialización promovidos por el Estado y por esfuerzos de diversificación de las exportaciones, los temores de Prebish debieron haber quedado atrás. Además, como se ha promulgado a los cuatro vientos por muchos economistas alrededor del mundo, el comercio internacional del siglo 21 nada o poco tienen que ver con el del finales del siglo 20 (por ejemplo aquí). Las cadenas de producción globales existentes implican que los incentivos al proteccionismo, o la especialización aislada en la producción de un numero limitado de productos ha quedado atrás. Hoy los países están integrados en los procesos de producción globales.

Por otro lado, nuestros colegas politólogos nos hablan del nuevo poder de negociación de los países emergentes, gracias, en parte, al tamaño que algunos de ellos han alcanzado, como por ejemplo, China, la India o Brasil. Por lo mismo, estos países ya son capaces de imponer condiciones a los nuevos acuerdos comerciales, como parece haber sido el resultado de las negociaciones —eso sí, multilaterales— en Bali de diciembre 2013.

En cuanto a los mercados de capitales, ha habido un desarrollo en el sector financiero en algunos países de América Latina, lo cual ha permitido el aumento del crédito al consumo y a la pequeña empresa. Algunos casos emblemáticos son los de Brasil, Chile, o Uruguay. También se han introducido controles a los flujos de capitales para evitar problemas relacionados con los capitales golondrinos o la apreciación excesiva de las monedas. Finalmente, se ha perdido el miedo al tipo de cambio flexible, lo cual ha permitido que el tipo de cambio de los países periféricos se ajuste según la oferta y la demanda, con lo que los bancos centrales, que tienen mayor autonomía que la que tuvieron a lo largo del siglo 20, tienen más margen de actuación.

No obstante y como usted habrá intuido, la realidad es mucho más compleja. Más bien, mucho del legado de Prebisch sigue vivito y coleando. Ya se ha discutido mucho en este blog sobre la dependencia por parte de una gran mayoría de países latinoamericanos de la exportación de materias primas (véase aquí o aquí). Como hemos escuchado últimamente a algún Davosero despistado, “no me preocupa lo que pase con el peso, me importa lo que pase con China”. Y ciertamente tiene razón. Sigue habiendo una dependencia de lo que pasa en los países del centro (aunque China en realidad no es del centro, ¿o sí?). Aun así, lo que sucede con los mercados de divisas y de bonos gubernamentales es un tema a tomarse muy en serio.

¿Qué sucede entonces en los mercados de capitales? Que los países han perdido atractivo precisamente porque su posición en la economía mundial ha perdido fuelle ante la caída en la demanda de sus exportaciones. Además, dado el anuncio en 2013 del cese del programa de “relajamiento monetario” (que traducción tan fea, por dios) en Estados Unidos (lo cual, tendrá un efecto sobre los tipos de interés internacionales), hay de nuevo una repatriación de capitales. Este cambio de expectativas causa cierto nerviosismo entre los inversionistas, lo que se traduce en volatilidad financiera.

En periodos de turbulencias, y sobretodo cuando hay libre circulación de capitales a nivel internacional, existe un fenómeno que se denomina “fuga hacia la calidad” (otra vez, por favor, necesito otro traductor). ¿Qué significa? Que ante eventos inesperados o en presencia de un alto grado de incertidumbre, los inversionistas muestran una fuerte preferencia por activos más seguros.

En cierta medida, no es de extrañar lo que ha sucedido en las ultimas semanas. Existen, ya ahora hace algunos años, varios focos rojos que persisten en la economía mundial (la crisis en Europa, la incertidumbre proveniente de la situación en Siria, inestabilidad política o económica en países como Venezuela o Argentina) , que se traduce en una volatilidad mayor en los activos financieros provenientes de los países emergentes — considerados de mayor riesgo— y una apreciación de monedas y activos considerados mas seguros –monedas como el euro, el yen o el franco suizo, por ejemplo, o los bonos de tesorería de Estados Unidos o de Alemania. Por otro lado, cae la demanda de monedas o bonos de países emergentes, o de aquellos donde los problemas económicos son mas evidentes –por ejemplo, los países de Europa del Sur-. La devaluación del peso argentino, y la depreciación de otras monedas de países emergentes son el último episodio de este fenómeno.

Hay términos que en algún momento parecían quedar atrás. En la década de los 1990, los famosos efectos X del contagio financiero inundaron las portadas de los periódicos como desfiles de moda.  Recordemos los célebres efectos tequila, samba, vodka, y el efecto tango, por nombrar los más folclóricos. La continuidad de choques y la volatilidad ocasionada daban la razón a aquellos que argumentaban que el riesgo y los costos de la liberalización financiera era mucho mayor que los supuestos beneficios que dicha apertura conllevaba.

Ahora bien. La crisis mexicana de 1994 no afectó a todos los países emergentes por igual, ni siquiera en América Latina. A pesar de esa aparente indiscriminación con la cual los mercados financieros tratan a todos los países emergentes, la situación propia a cada país y su percepción fuera —esto es, la relación de cada gobierno con sus prestamistas— son muy relevantes. Obviamente, los fundamentos macroeconómicos importan. Pero también importa tener una fuente última de liquidez, aunque sea por estar en posesión de un arma de disuasión masiva ante posibles ataques especulativos (desgraciadamente, hoy en día, Argentina no tiene ni una, ni otra).

Tomemos algunos ejemplos históricos. En la crisis de 1873, con una seria crisis financiera en Europa y que tuvo serias consecuencias sobre la economía mundial, los títulos de deuda de varios gobiernos de América Latina sufrieron una fuerte ola de presión. Los defaults de países como Turquía (o en ese entonces el Imperio Otomano), o Perú causaron mucha volatilidad en los precios de los bonos de los países (que hoy serían considerados) emergentes. Pero las consecuencias fueron menores en países como Argentina, Brasil o Chile. Contrariamente a lo que se temía, Argentina evitó el default (y unos años después incluso adoptó el patrón oro). Chile tenía un nivel de endeudamiento exterior muy bajo, mientras que Brasil tenía una excelente posición en el mercado financiero de Londres.

En el caso de  la crisis de 1890, por ejemplo, los tipos de interés en Inglaterra aumentaron, y esto aceleró la repatriación de capitales que ya estaba en marcha dada la inestabilidad macroeconómica y política en países como Argentina y Brasil. En los años siguientes, Argentina, Uruguay, Portugal, Grecia, o Brasil, entre muchos otros, tuvieron que restructurar sus deudas. Otros más, como México o Chile, presentaron menores dificultades. Ambos países tenían fundamentos macroeconómicos relativamente estables pero también una posición solida con los principales bancos internacionales.

Poco tiempo antes del estallido de la crisis de 1890, el Gobierno Argentino intentó detener la depreciación del peso papel (respecto al peso oro) mediante prohibiciones a las transacciones de oro en Bolsa

Poco tiempo antes del estallido de la crisis de 1890, el Gobierno Argentino intentó detener la depreciación del peso papel (respecto al peso oro) mediante prohibiciones a las transacciones de oro en Bolsa. Fuente: Statist, 30 de marzo de 1889. Guildhall Library, Londres.

La situación general en 1982 es mucho más compleja y muy discutida en la literatura. Los términos de intercambio sufrieron cierto deterioro, aunque no más que países en Asia y que sortearon el difícil inicio de los años 1980 sin mayores complicaciones. Algunos bancos centrales de países prestamistas, como la Reserva Federal Estadounidense o el Banco de Inglaterra, habían comenzado un periodo de política monetaria restrictiva (que conllevó tipos de interés más elevados) para luchar contra la inflación. Este cambio de política tuvo un efecto adverso directo sobre muchos países en vías de desarrollo, y afectó directamente el costo de los préstamos bancarios asumidos por muchos gobiernos de países en América Latina, pero también en África o en Asia. Algunos países como Colombia, Corea, Malasia o Tailandia sortearon relativamente bien la crisis, mientras que otros muchos sufrieron de lo lindo.

La revista mensual Euromoney resumía las condiciones de los prestamos internacionales para diferentes grupos de países. Aunque a finales de la década de los setenta hubo una convergencia en estas condiciones, la diferenciación empezó justo a principios de los ochenta. El grupo de países emergentes tuvo un deterioro generalizado en los términos de sus nuevos prestamos.

La revista mensual Euromoney resumía las condiciones de los prestamos internacionales para diferentes grupos de países. Aunque a finales de la década de los setenta hubo una convergencia en estas condiciones, la diferenciación empezó justo a principios de los ochenta. El grupo de países emergentes tuvo un deterioro generalizado en los términos de sus nuevos prestamos.

¿Qué ha cambiado ahora? Poco, afortunada y desafortunadamente. Afortunadamente porque no todos sufrirán los efectos de la crisis por igual. Desafortunadamente, porque todo parece un déjà vu. Nos guste o no, América Latina forma parte de la economía mundial. No se puede ir a medias, o decir ahora sí y ahora no. Si hay logros en el poder de negociación para los tratados comerciales, como sostienen algunos, ahora se trata de complementarlos con políticas internas para aprovecharlos tal y como como se venden. Si se liberaliza el sector financiero, las políticas económicas tienen que moverse acorde, y la relación con los prestamistas internacionales tendría que llevarse en paz, o al menos ayudaría definir bien las reglas del juego desde un inicio. Se trata ahora de evitar más décadas perdidas.