EL MUNDO HISPÁNICO Y LA REVOLUCIÓN DEL CONSUMO

Rafael Dobado (Universidad Complutense de Madrid), 24 de octubre de 2014.

La Revolución del Consumo novohispana seguramente no alcanzó las dimensiones de la británica o tener sus consecuencias en términos de Revolución Industriosa y Revolución Industrial, entre otras razones porque Nueva España contaba con una población más pequeña y una economía menos dinámica. No obstante, la generalización del consumo de “nuevos” -desde la perspectiva europea- bienes entre los novohispanos está bien constatada desde el siglo XVI.

En una entrada anterior a este blog (“Globalización y Gran Divergencia”) introduje la hipótesis de que la Revolución del Consumo de la Edad Moderna bien pudo haber comenzado en el mundo hispánico y no en el europeo occidental (Holanda y, especialmente, Gran Bretaña) como suele establecerse casi como axioma en una abundante literatura anglosajona. El locus principal de esa Revolución del Consumo, inseparable de la globalización “soft” surgida de la expansión ultramarina europea que se inició desde la Península Ibérica, sería Nueva España. Otros territorios (Macao, Perú, Filipinas, Brasil, España, Portugal, etc.) de las monarquías hispánica y lusa tuvieron papeles importantes en la globalización que precedió a la Revolución del Consumo, pero seguramente no tanto como el de Nueva España.

Esta Revolución del Consumo novohispana seguramente no alcanzó las dimensiones de la británica o tener sus consecuencias en términos de Revolución Industriosa y Revolución Industrial, entre otras razones porque Nueva España contaba con una población más pequeña y una economía menos dinámica. No obstante, la generalización del consumo de “nuevos” -desde la perspectiva europea- bienes entre los novohispanos está bien constatada desde el siglo XVI. Algunos eran autóctonos o de relativamente fácil acceso tras la Conquista del imperio Mexica (chocolate, tabaco y azúcar). Otros son un conspicuo resultado de la globalización “soft”, pues llegaban desde Asia a Acapulco, vía Manila, en el Galeón de Manila (textiles de seda y algodón, loza, especies, etc.). Esta ruta comercial se mantuvo abierta durante dos siglos y medio. Fue inaugurada en 1565, cuando Fray Andrés de Urdaneta encontró el derrotero que hizo posible el “tornaviaje” entre Filipinas y Nueva España. Esta proeza naval de la Edad Moderna –la distancia recorrida se acercaba a los 15.000 kilómetros y sólo se tocaba tierra al llegar a California- perduró ininterrumpidamente hasta 1815. Con algunas excepciones debidas principalmente a problemas organizativos o naufragios, uno, por lo general, o dos galeones al año transportaban entre Manila y Acapulco productos asiáticos de variada índole y procedencia. Manila fue “fundada” en 1571 por López de Legazpi. Enseguida se convirtió en el centro comercial que, por primera vez en la historia de la humanidad, puso en contacto el Extremo Oriente con América. Éste sería, para Flynn y Girádez (2004), el acto fundacional de la globalización ”soft”, ya que nunca antes las grandes masas de tierra de nuestro planeta habían estado en contacto –tanto comercial y monetario como también de otros tipos (tecnológico, artístico, demográfico, etc.)- permanente. No tardó Manila en contar con un nutrido “barrio chino” extramuros (Parián) y en ser visitada por barcos provenientes de China y otros puertos asiáticos. A la numerosa población de “sangleyes” residentes en el Parían (más de 5.000 hacia 1580) se sumó la japonesa, que habitaba en un suburbio llamado Dilao. En 1624, ascendían a unos 3.000.

Portugal había precedido a España en el contacto con China y Japón: 1513 fue el año en que el primer barco portugués arribó a Cantón; en 1542 o 1543, dependiendo de las fuentes, el navegante portugués Fernán Méndez Pinto llegó a Japón; el establecimiento portugués en Macao data de 1557. No es extraño, pues, que desde poco después del primer contacto portugués con China, objetos de porcelana como el que se muestra en la Ilustración 1 comenzasen a llegar a Portugal. Ni que, como relata Finlay (1998), a su entrada en Lisboa en 1619, Felipe III pasase bajo un arco triunfal levantado por el gremio de ceramistas que mostraba “carracas” –barco de carga portugués que protagonizó el comercio luso con Asia- descargando porcelana china en el puerto de la ciudad que recibía al rey de hispano-luso.

Ilustración 2. Jarra china para el mercado portugués, c. 1520.  Heilbrunn Timeline of Art History. New York: The Metropolitan Museum of Art, 2000–.  http://www.metmuseum.org/toah/works-of-art/61.196 (October 2006)

Ilustración 2.
Jarra china para el mercado portugués, c. 1520.
Heilbrunn Timeline of Art History. New York: The Metropolitan Museum of Art, 2000–.
http://www.metmuseum.org/toah/works-of-art/61.196
(October 2006)

Es probablemente en 1580-1640 cuando la “mundialización ibérica” de Gruzinski (2010) alcanzó su apogeo en la capital del Virreinato de Nueva España: “Esta nueva geografía que ubica a la ciudad de México en la línea divisoria del mundo es portadora de riquezas infinitas.”(Gruzinski, 2010, p.124)

Fue bien entrado el siglo XVII cuando otra potencias europeas comenzaron (primero Holanda y después Inglaterra y Francia) a adquirir directamente especies y manufacturas asiáticas. Mientras que la presencia portuguesa en Asia experimentó un acusado retroceso desde comienzos del siglo XVII, la española resistió hasta bien entrado el XVIII, cuando el Pacífico comenzó a dejar de ser el “lago español”.

Una anécdota resulta ilustrativa acerca del liderazgo ibérico en la difusión por Occidente del gusto por lo oriental que caracterizaría la Europa moderna y, en particular, al siglo XVIII, cuando las “chinoiseries” y la “porzelanzimmer” alcanzasen su máximo esplendor. El término holandés “kraak” con el que es conocida la porcelana “azul cobalto y blanca” fabricada en China para la exportación hasta mediados del siglo XVII (finales de dinastía Ming) podría provenir –no hay consenso definitivo al respecto- de la ya antes mencionada acepción “carraca”. La primera llegada masiva de porcelana china a Holanda y su popularización fue el resultado de un acto de piratería: la subasta del cargamento del Santiago, buque portugués capturado en 1603 en la isla de Santa Elena. Algo más tarde, inspirada en los exitosos diseños chinos de exportación, la mayólica, que no porcelana, de Delf tendría un notable éxito en la Europa noroccidental entre mediados de los siglos XVII y XVIII. No obstante, ya en 1586, Juan de Mendoza describía la porcelana china y mencionaba los mercados a los que era habitualmente exportada: Portugal, Perú, Nueva España y “otras partes del mundo”. (Murphy-Gnatz, 2010).

Probablemente menos conocido es el hecho de que, en Nueva España, la mayólica de Puebla de los Ángeles –conocida como “talavera poblana” por la influencia española- refleja ya desde la segunda mitad del siglo XVII la influencia de la porcelana china de exportación en técnicas, motivos ornamentales y formas –véase Ilustración 2.

Ilustración 2. Tibor de Puebla de los Ángeles, probablemente del siglo XVIII Heilbrunn Timeline of Art History . New York: The Metropolitan Museum of Art, 2000–.  http://www.metmuseum.org/toah/works-of-art/11.87.36.  (October 2006)

Ilustración 2.
Tibor de Puebla de los Ángeles, probablemente del siglo XVIII
Heilbrunn Timeline of Art History . New York: The Metropolitan Museum of Art, 2000–.
http://www.metmuseum.org/toah/works-of-art/11.87.36.
(October 2006)

A comienzos del siglo XVII, la variada influencia del arte nambam japonés, surgido del contacto con los “bárbaros del sur” (portugueses, primero y especialmente, y, más tarde, españoles) había logrado influir en Nueva España, dando lugar a una de las formas artísticas más originales y expresivas del mundo virreinal: el biombo, una de cuyas manifestaciones más sincréticas se muestra en la Ilustración 3. Rasgos culturales “peninsulares” (los personajes vestidos a la europea) se mezclan con otros “pre-hispánicos” (productores y bebedores de pulque, voladores de Papantla, cofradías guerreras mexicas, etc.), que parecen dominar la escena, en una anticipación del protonacionalismo mexicano de la segunda mitad del siglo XVIII.

Ilustración 3. "El palo volador", México, 1650-1700. Fotografía de Joaquín Otero. Museo de América de Madrid.

Ilustración 3.
“El palo volador”, México, 1650-1700. Fotografía de Joaquín Otero.
Museo de América de Madrid.

La Historia del Arte novohispano ha revelado algunas manifestaciones sorprendentes de la coexistencia entre influencias tan aparentemente dispares como las que encuentra Curiel (2012) en la iglesia de San Jerónimo Tlacochahuaya (c. 1735):

“Junto a un mar de tupidas flores de estirpe indígena conviven en igualdad de circunstancias, sin estorbarse ni molestarse entre sí, enormes tibores chinos, al lado de grandiosos floreros europeos de evidentes resabios flamencos, todo pintado por diestras manos indígenas de oficio depurado. América, Europa y Asia bajo un mismo cobijo en una pequeña iglesia de los Valles Centrales de Oaxaca.”  (Curiel, 2012, p. 324).

Pero desplacémonos del Arte –aunque de consumo popular cotidiano en forma de servicios religiosos por lo que a este caso se refiere- a la Historia Económica. Gash-Tomás (2014) ha utilizado inventarios post-mortem para estudiar el consumo de bienes asiáticos (seda china, porcelana, muebles japoneses, abanicos, etc.) por parte de las élites de Sevilla y Ciudad de México entre 1571 y 1630. Hacia el final de ese período, junto a la aristocracia, presente desde el comienzo, aparecen también otros grupos sociales. Éstos contribuyeron a una cierta “democratización”, si bien limitada, del consumo de bienes asiáticos, que también se extendió a otras ciudades del Reino de Castilla.

Fernández de Pinedo (2012) registra productos americanos (cacao de Caracas y azúcar cubano, a los que debería añadirse el tabaco) y asiáticos (porcelana y otra cerámica, abanicos, cajas de ébano, etc.) en el consumo de las clases medias y altas madrileñas de la primera mitad del siglo XVIII. Se habría dado probablemente ya un paso más en la “democratización” del consumo de bienes ultramarinos.

Por lo que respecta a Ciudad de México, la mayoría de las mercancías asiáticas llegadas desde Acapulco se exponían en su plaza central. Parte de ellas encontraba como destino otras ciudades novohispanas. Algunas llegaban a España desde Veracruz. Legal o ilegalmente, según los períodos, no pocas se difundían por el resto de la América española.

La Plaza Mayor de la Ciudad de México albergó el Parían, del tagalo parian (mercado chino según la RAE) –véase Ilustración 4.

Plaza Mayor de Ciudad de México, México c. 1695-1700,  Cristóbal de Villalpando. Tomado de Leibsohn (2013, p. 14).

Ilustración 4. Plaza Mayor de Ciudad de México, México c. 1695-1700,
Cristóbal de Villalpando.
Tomado de Leibsohn (2013, p. 14).

Se trataba de un conjunto de establecimientos comerciales –unos 180 a comienzos del siglo XIX (Anna, 1972)- dentro de un recinto cerrado de una magnitud considerable –casi 13.000 varas cuadradas- al que se accedía a través de ocho puertas. Todavía a comienzos de la década de 1820, cuando el Galeón de Manila había dejado de existir, el Parían constituía la más valiosa propiedad inmueble municipal de la Ciudad de México (Anna, 1972).

La crónica de Viera (Breve compendiosa narración de la ciudad de México, de 1777) califica al Parián de “teatro de las maravillas”, pues en él se mostraban “los más variados objetos del Oriente, libros, ropa fina, biombos, camas, espejos, joyas, abanicos, cristalería, cerámica y otros lujos.”(Rubial, 2008, p. 418). Esta idea de abundancia, basada en el acceso a una plétora de productos europeos y asiáticos, se encuentra ya presente en las Mémoires du Mexique del viajero francés Monségur, que vieron la luz en 1709.

Ahora bien, ¿accedían al consumo de “nuevos bienes”, semejantes a los que protagonizaron la Revolución del Consumo en la Europa noroccidental grupos sociales no pertenecientes a las élites? Por lo que se refiere a los producidos en América, como el chocolate, el azúcar o el tabaco, abundan datos que sugieren un consumo extendido de ellos más allá de las minorías privilegiadas (Dobado y García, 2014; Dobado, 2015). Respecto a los de procedencia oriental, la conclusión es menos indiscutible, pero parece que acabaron siendo consumidos por “sectores medios” de la sociedad novohispana.

Al Parián acudía no sólo la élite en busca de productos de lujo:

“In the Plaza Mayor, the mercantile heart of the Spanish empire, an outdoor marketplace of stalls and small shops called the Parián (named after the Chinese emporium in Manila) satisfied the exotic demands of elites and commoners alike.” (Slack, 2009, p. 42.)

Una pintura anónima del siglo XVIII, titulada Calidades de las personas que habitan en la ciudad de México, nos muestra un Parián que acoge personajes y transacciones que no pueden ser adscritos en exclusiva a la élite –véase Ilustración 5.

Ilustración 5. Calidades de las personas que habitan en la ciudad de México

Ilustración 5.
Calidades de las personas que habitan en la ciudad de México

Interesante como es, la interpretación de textos e imágenes puede ser objetable. Menos dudoso resulta el análisis de la documentación cuantitativa del Galeón de Manila. De ella se deduce que los precios de buen número de bienes asiáticos, pese al substancial incremento que sufrían tras cada etapa del largo trayecto que separaba al productor chino o hindú del consumidor final novohispano, no eran prohibitivos (Yuste, 1995; Dobado, 2014). Ello se debía a la baratura en origen de algunas manufacturas y a la flexibilidad de una producción capaz de adaptarse a diferentes capacidades adquisitivas. Al menos con seguridad en las últimas décadas del período virreinal, algo muy parecido a una Revolución del Consumo estaba en marcha:

“Creo que dentro de Nueva España y sobre todo en la segunda mitas del siglo XVIII, el comercio transpacífico modificó el carácter de sus cargamentos: de artículos suntuarios y textiles muy lujosos y caros, a textiles baratos y artículos de uso corriente en la colonia, lo que propició que las mercancías que introducía el galeón fueran accesibles para la población media e incluso pobre.” (Yuste, 1995, p. 240).

Incluso si la Revolución del Consumo en Nueva España no puede asociarse a una Revolución Industriosa a gran escala, aun tendría sentido la hipótesis de que población rural y urbana de las zonas más integradas en los circuitos comerciales pudieron sentirse inclinados durante el siglo XVIII a incrementar el esfuerzo laboral de las unidades familiares en respuesta a más poderosos estímulos al consumo. En cualquier caso, el consumidor novohispano se benefició desde pronto de algunas de las ganancias de bienestar que se atribuyen al consumo de “bienes coloniales” por la población inglesa (Hersh y Voth, 2011).

BIBLIOGRAFÍA

ANNA, T. E. (1972): “The Finances of Mexico City during the War of Independence”, Journal of Latin American Studies, 4, 1, pp. 55-75.
CURIEL, G. (2012): ”Lenguajes artísticos transcontinentales en objetos suntuario de uso cotidiano: el caso de la Nueva España”, DOBADO, R. y CALDERÓN, A. (coords.): Pinturas de los Reinos. Identidades compartidas en el mundo hispánico. Miradas varias, siglos XVI-XIX (pp. 312-324), México: Fomento Cultural Banamex.
DOBADO, R. (2014): “La globalización hispana del comercio y el arte en la Edad Moderna”, Estudios de Economía Aplicada, 32, 1, pp. 13-42.
DOBADO, R. (2015): “Pre-Independence Spanish Americans: Poor, short and unequal… or the Opposite?, Revista de Historia Económica/Journal of Iberian and Latin American Economic History.
DOBADO, R. y GARCÍA, H. (2014): “Neither So Low Nor So Short: Wages and Heights in Bourbon Spanish America from an International Comparative Perspective”, Journal of Latin American Studies, 46, pp. 1-31.
FERNÁNDEZ DE PINEDO, N. (2012): “Dress, Eat and Show Off in Madrid, c. 1750”, presentado a la Sesión 9, Material Encounters between Local and Global, del Congreso Global Commodities. The Material Culture of Early Modern Connections, 1400-1800, Universidad de Warwick. Mímeo.
FINLAY, R. (1998): “The Pilgrim Art: The Culture of Porcelain in World History”, Journal of World History, 9, 2, pp. 141-187.
GASH-TOMÁS, J. L. (2014): “Globalisation, Market Formation and Commodisation in the Spanish Empire. Consumer Demand for Asian Goods in Mexico City and Seville, C. 1571-1630”, Revista de Historia Económica/Journal of Iberian and Latin American Economic History, 32, 2, pp. 189-221.
HERSH, J. y VOTH, J. (2011): “Sweet Diversity: Colonial Goods and the Welfare Gains from Trade after 1492”, Economics Working Papers 1163, Department of Economics and Business, Universidad Pompeu Fabra.
LEIBSOHN, D. (2013): “Made in China, Made in Mexico”, PIERCE, D. y OTSUKA, R. (eds.): At the Crossroads: The Arts of Spanish America & Early Global Trade, 1492–1850: Papers from the 2010 Mayer Center Symposium at the Denver Art Museum (pp. 11-40), Denver: Denver Museum of Art.
MURPHY-GNATZ, M. (2010): “The Porcelain Trade”, https://www.lib.umn.edu/bell/tradeproducts/porcelain
O’ROURKE, K. H., y WILLIAMSON, J. G. (1999): Globalization and History, Cambridge: MIT Press.
— (2002): “When Did Globalization Begin?”, European Review of Economic History, 6: pp. 23–50.
— (2004): “Once More: When Did Globalization Begin?”, European Review of Economic History, 8: pp. 109–17.
SLACK, E.R. (2009): “The Chinos in New Spain: A Corrective Lens for a Distorted Image”, Journal of World History, 20, 1: pp. 35-67.
YUSTE, C. (1995): “Los precios de las mercancías asiáticas en el siglo XVII”, GARCÍA, V. (coord.): Los precios de alimentos y manufacturas novohispanos (pp. 231-264), México DF, México.

 

Anuncios

PIBs regionales en América Latina y desconcentración de la actividad económica durante la ISI: ¿industrialización, protección o condiciones estructurales?

Henry Willebald (Universidad de la República, Uruguay), 11 de octubre de 2014

A medida que se va construyendo nueva evidencia de PIBs regionales en América Latina, van conformándose nuevos desafíos de interpretación. A la vez que se conforma un nuevo campo de pruebas para las hipótesis de la NGE, es muy probable que el estructuralismo latinoamericano ofrezca un set de interpretaciones sugerente y provocativo. Queda camino por recorrer para comenzar a testear estas presunciones y su consideración enriquecerá el análisis histórico de la región.

En mi última entrada al Blog (“Contabilidad e interpretación de los PIBs regionales en América Latina: ¿hacia la construcción de ‘nuevas’ hipótesis para la periferia?”) argumentaba sobre la conveniencia de proponer alternativas interpretativas a la NEG (Nueva Geografía Económica) para comprender la localización territorial de la actividad económica en la periferia mundial.

Tomando como referencia el caso de América Latina, se trata de economías fuertemente dependientes de los recursos naturales, donde su localización ha creado un conjunto de condiciones que muchas veces se han expresado en la conformación de enclaves de producción (Cardoso & Faletto, 1971), el proceso de industrialización, antes que alentar una mayor desigualdad regional puede haber colaborado para romper (o al menos moderar) la heterogeneidad estructural. La industrialización sustitutiva y el sistema de incentivos creado por el Estado para la instalación de industrias en forma descentralizada pudo haber creado presiones igualadoras en la distribución regional de los ingresos. Este es el resultado que, de forma preliminar, se encuentra en Uruguay (García et. al, 2014) y México (Aguilar-Retureta, 2014) y nos permite presumir que puede encontrarse en otros países de América Latina. Dicho en otras palabras, la industrialización tardía y muchas veces a contrapelo de las ventajas comparativas pudo haber traído consigo tendencias igualadoras más que las contrarias, en un proceso que ya había sido captado cuando se analizaba la distribución personal del ingreso (ver, por ejemplo, Bértola, 2005).

Este planteo no desestima la búsqueda de explicaciones dentro del (actual) mainstream del análisis. Un ejemplo de ello es el reciente artículo publicado en Cliométrica –Tirado et al. (2013)– en el cual los autores, basados en trabajos como Hanson (1997) y Crozet & Koenig-Soubeyran (2004), analizan convincentemente los efectos en España del progresivo abandono de un régimen liberal durante el primer tercio del siglo XX y la adopción de un modelo nacionalista de desarrollo. El artículo indaga sobre el creciente proteccionismo del período y cómo su intensificación en el lapso entre-guerras condujo a la pérdida de centralidad de algunas regiones –como Cataluña– y el crecimiento relativo de otras localizaciones dotadas de una mejor posición geo-económica dentro del mercado doméstico (como el País Vasco, Zaragoza y Madrid).

En la medida en que se continúe avanzando en la construcción de evidencia para América Latina –y el último Congreso Latinoamericano de Historia Económica celebrado en Bogotá en julio de 2014 nos permite ser optimistas en este sentido (ver la sesión 12 del programa)– será un campo de prueba muy interesante para testear ese tipo de hipótesis. Ahora bien, ¿hay alternativas teóricas con las cuales trabajar? El estructuralismo latinoamericano ofrece un set de hipótesis que, complementariamente, podrían contribuir mucho a la comprensión de los procesos. En particular, el clásico concepto cepalino de “heterogeneidad estructural” tiene, en lo territorial, una dimensión evidente aunque muy poco explotada.

En una publicación reciente, CEPAL argumenta que “una de las manifestaciones particulares de la heterogeneidad en América Latina y el Caribe es la gran diferencia en los grados de desarrollo económico y social que muestran los diversos territorios de cada país, existiendo localidades con niveles de vida similares a las de los países desarrollados y lugares con un atraso marcado” (CEPAL, 2014, p. 71). Se trata de una constatación que tiene hondas raíces estructurales y que cualquier análisis sobre América Latina no debería desestimar.

La industrialización en América Latina no fue producto exclusivo del creciente proteccionismo. El Estado actuó en una multiplicidad de flancos –mercado cambiario, relaciones laborales, tasación diferencial por tipo de bienes, soporte de investigación y desarrollo, activo rol de las empresas públicas, entre muchos otros– en países en los cuales se apreciaban señales de cambio estructural en la producción destinada al mercado doméstico, pero escasas en la ventana externa de las economías. Esa suerte de cambio estructural trunco (parafraseando a Fajnzylber, 1983) implicó que América Latina continuara dependiendo de sus recursos naturales para participar en los mercados internacionales de bienes y servicios y ello la expuso a presiones recurrentes de balanza de pagos.

Por lo tanto, si en varias economías de América Latina se sigue hallando evidencia de procesos de industrialización en los cuales las dinámicas de aglomeración parecen haber constituido fuerzas secundarias y la NGE presenta rendimientos analíticos decrecientes, puede estar aproximándose el momento de poner en juego conceptualizaciones complementarias que ofrezcan renovados argumentos. La industrialización latinoamericana significó cambios profundos en la institucionalidad de las economías, pero rupturas parciales de la especialización y creaciones de mercados internos restringidos (o duales) que dan un carácter diferenciado al proceso. La permanencia de la dualidad, donde habrían convivido nuevas regiones de alto desarrollo con territorios históricamente atrasados, junto a una muy fuerte acción del Estado, constituyen elementos claves del análisis. Los historiadores económicos de América Latina tenemos mucho camino por recorrer para comprender esta realidad de la periferia mundial.

Aguilar-Retureta (2014): “The GDP per capita of the Mexican regions (1895-1930): new estimates”. Documentos de Trabajo (DT-AEHE) 1415, Asociación Española de Historia Económica.

Bértola, L. (2005): “A 50 años de la Curva de Kuznets: Crecimiento y distribución del ingreso en Uruguay y otras economías de nuevo asentamiento desde 1870”. Investigaciones en Historia Económica, v. 3/2005, pp. 135-176.

Cardoso, F.H. y Faletto E. (1971): “Dependencia y Desarrollo en América Latina. Ensayo de interpretación sociológica”, Siglo veintiuno editores.

CEPAL (2014): Cambio estructural para la igualdad. Una visión integrada del desarrollo. Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) Santiago de Chile, abril.

Crozet M. and Koenig-Soubeyran P. (2004): “EU enlargement and the internal geography of countries”, Journal of Comparative Economics 32, pp. 265-279.

Fajnzylber, F. (1983): La industrialización trunca de América Latina, CET, México DF.

García M., Martínez-Galarraga, J. y Willebald, H. (2014): “Crecimiento y estructura productiva regional en Uruguay en la primera mitad del siglo XX: primeras aproximaciones y algunas hipótesis”. Ponencia presentada en el Seminario de Investigación del Instituto de Economía, Facultad de Ciencias Económicas y de Administración, Universidad de la República, 13/05/2014.

Hanson G.H. (1997):“Increasing returns, trade and the regional structure of wages”, Economics Journal 107, pp. 113-133.

Tirado, D., Pons, J., Paluzie, E., Martínez-Galarraga, J. (2013): “Trade policy and wage gradients: evidence from a protectionist turn”, Cliometrica, Journal of Historical Economics and Econometric History, vol. 7(3), pp. 295-318, September.

Contabilidad e interpretación de los PIBs regionales en América Latina: ¿hacia la construcción de “nuevas” hipótesis para la periferia?

Henry Willebald (Universidad de la República, Uruguay), 29 de mayo de 2014

Mucho ha avanzado la historia económica en interpretar y contabilizar fenómenos de carácter regional en las economías centrales y su evolución parece abrir nuevas posibilidades analíticas en las economías de la periferia mundial. El desafío está planteado y ello no se reduce únicamente a las dificultades de contabilización –que son para nada despreciables– sino, también, a nivel interpretativo. Es probable que la búsqueda de hipótesis y de relaciones causales que surge de la aplicación de un marco conceptual que pendula entre los modelos del tipo H-O-S y los de la NGE no siempre sea suficiente o que requiera de revisiones y renovados apuntes teóricos.

En mi última entrada al Blog (“Hacia una contabilidad de los PIBs regionales en América Latina: primeros pasos de una agenda abierta”) reflexionaba sobre la conveniencia de dar continuidad, desde la historia económica, a los esfuerzos analíticos que contemplan los procesos regionales y el rol de los actores locales como factores determinantes de la performance económica. En tanto, argumentaba que parte de esa continuidad debía mirar hacia la “periferia” de la economía mundial. Con esa dirección, realicé comentarios relativos a consideraciones metodológicas (en particular, a las diferentes formas de estimación) y mencioné elementos relacionados con la especificidad del objeto de estudio y la definición de las unidades de análisis. En esta ocasión haré referencia, al menos parcialmente, a estos dos últimos aspectos.

Es un resultado más o menos compartido entre diversos estudios europeos de PIBs regionales la obtención de una evolución de la desigualdad regional de ingresos con forma de “U” invertida (especialmente en la Europa del sur) cubriendo, aproximadamente, desde mediados del siglo XIX hasta los años veinte. De algún modo, y en línea con las predicciones de Jeffrey Williamson (que realizara ya en su trabajo de 1965), la inequidad tiende a crecer durante las fases iniciales del crecimiento económico y la industrialización, en un proceso asociado con patrones divergentes de especialización regional (o, dicho en otras palabras, por la desigual distribución de la industria y los servicios en el territorio). Una vez que la industrialización alcanza a un considerable número de regiones, las fuerzas de aglomeración y el tamaño de los mercados (propias de la conceptualización de la New Economy Geography) ganarían terreno en detrimento de las diferencias regionales en términos de dotación de factores (ver una aplicación de esta interpretación al caso español en Rosés et al., 2010). ¿Exige algún juego diferente de hipótesis el análisis del desarrollo regional latinoamericano? Dadas sus características, ¿convendrá buscar otro tipo de determinantes o de relaciones causales?

Simplificando mucho la presentación, el desarrollo económico latinoamericano de finales del siglo XIX y de todo el siglo XX estaría caracterizado, al menos, por la confluencia de tres hechos estilizados: (i) la abundancia de recursos naturales (con todas las ventajas y riesgos que ello conlleva; ver Sinott et al., 2010, y entradas previas en este Blog); (ii) una duradera “heterogeneidad estructural” (siguiendo una de las ideas clásicas de la CEPAL); y (iii) un proceso de industrialización tardío (aproximadamente desde los años treinta), predominantemente liderado por el Estado (Ocampo y Bértola, 2010), sustitutivo de las importaciones y trunco (Fajnzylber, 1983 y 1987).

Uno de los autores que mejor ha retratado el análisis cepalino del desarrollo nos decía hace algunos años que la estructura productiva de la periferia adquiere dos rasgos fundamentales. Por un lado, se destaca su carácter especializado en la producción y exportación de productos primarios, mientras la demanda de bienes y servicios que aumenta y se diversifica se satisface en gran parte mediante importaciones. La estructura productiva es heterogénea o parcialmente rezagada, en el sentido que coexiste en su seno sectores donde la productividad alcanza niveles muy altos –en especial el sector exportador– y actividades que utilizan tecnologías con las cuales la productividad del trabajo resulta inferior. En contraste con esta estructura especializada y heterogénea, en los centros se caracteriza por ser diversificada y homogénea (Rodríguez, 2006, p. 55). Esta idea de dualidad no fue exclusiva de la CEPAL.

Una de las características de la condición de subdesarrollo, analizada por los pioneros del pensamiento sobre desarrollo económico de la década de los años cincuenta, fue la naturaleza dual de sus economías; esto es, la coexistencia de un sector moderno y avanzado, con otro tradicional o atrasado. Lewis (1954) elabora su teoría del desarrollo en donde las economías subdesarrolladas se caracterizan por una oferta ilimitada de trabajo y una baja capacidad de la agricultura para absorber esta fuerza de trabajo. De acuerdo a Lewis, la industrialización era la salida a esta situación. La industrialización podía continuar con costo fijo del trabajo mientras existiera fuerza de trabajo con nula productividad marginal en el sector tradicional.

Por lo tanto, en economías fuertemente dependientes de los recursos naturales, donde la localización de éstos ha creado un conjunto de condiciones que muchas veces se han expresado en términos de verdaderos enclaves de producción (Cardoso & Faletto, 1971), el proceso de industrialización, antes que alentar una mayor desigualdad regional puede haber colaborado para romper (o al menos moderar) la heterogeneidad estructural tan propia de la periferia mundial. La industrialización sustitutiva y el sistema de incentivos creado por el Estado en América Latina para la instalación de industrias en forma descentralizada pudo haber creado presiones igualadoras en la distribución regional de los ingresos. Este es el resultado que, de forma preliminar, se encuentra en Uruguay (García et. al, 2014) y nos permite presumir que puede encontrarse en otros países de América Latina. Dicho en otras palabras, la industrialización tardía y muchas veces a contrapelo de las ventajas comparativas pudo haber traído consigo tendencias igualadoras más que las contrarias, en un proceso que ya había sido captado cuando se analizaba la distribución personal del ingreso.

“Puede entonces sostenerse que la industrialización no fue acompañada de un proceso de creciente desigualdad, como en los casos estudiados por Kuznets, sino que, muy al contrario, la industrialización del Sur fue acompañada por rasgos característicos del Estado del Bienestar y contribuyó a revertir las fuertes tendencias a la desigualdad de la primera globalización”. (Bértola, 2005, p. 167).

Aún queda mucho trabajo que realizar pero, como fue planteado en nuestra anterior entrada al Blog, conviene insistir en la necesidad de plantear cuestiones alternativas a las que se han manejado en los trabajos sobre localización de la actividad económica en los países industrializados. La comprensión de la geografía económica de los países de América Latina, donde la industria y las economías de aglomeración han jugado un papel secundario (al menos, hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX) y la sostenida heterogeneidad estructural pasa por proponer nuevas preguntas e hipótesis para calibrar el rol que le cupo al acceso a los mercados, los costos de transporte y la localización de los recursos naturales. Además, en contextos donde las economías de subsistencia y el componente indígena constituyen, en muchos países, fenómenos de larga data –anteriores a la propia constitución de los estados nacionales– la identificación de preguntas alternativas a las usuales en la literatura parece un requisito fundamental.

Referencias

Bértola, L. (2005): “A 50 años de la Curva de Kuznets: Crecimiento y distribución del ingreso en Uruguay y otras economías de nuevo asentamiento desde 1870”. Investigaciones en Historia Económica, v. 3/2005, pp. 135-176.
Bértola, L. y Ocampo, J.A. (2010): Desarrollo, Vaivenes y Desigualdad: una Historia Económica de América Latina desde la Independencia. SEGIB, Madrid.
Cardoso, F.H. y Faletto E. (1971): “Dependencia y Desarrollo en América Latina. Ensayo de interpretación sociológica”, Siglo veintiuno editores.
Rodríguez, O. (2006): El estructuralismo Latinoamericano. CEPAL, Siglo XXI, México.
Rosés, J., Martínez-Galarraga J., Tirado D. (2010): “The upswing of regional income inequality in Spain (1860-1930)”. Explorations in Economic History 47 (2), 244-257.
Sinnott E., Nash, J. and De La Torre A. (2010): Natural Resources in Latin America and the Caribbean. Beyond Booms and Busts.The World Bank, Washington D.C.
Fajnzylber, F. (1987): “La industrialización de América Latina: de la ‘caja negra’ al ‘casillero vacío’”, Revista Internacional de Ciencias Sociales, París.
Fajnzylber, F. (1983): La industrialización trunca de América Latina, CET, México DF.
García M., Martínez-Galarraga, J. y Willebald, H. (2014): “Crecimiento y estructura productiva regional en Uruguay en la primera mitad del siglo XX: primeras aproximaciones y algunas hipótesis”. Ponencia presentada en el Seminario de Investigación del Instituto de Economía, Facultad de Ciencias Económicas y de Administración, Universidad de la República, 13/05/2014.
Lewis, W.A. (1954): Economic development with unlimited supplies of labour. The Manchester School of Economic and Social Studies, XXII (2), May.
Willliamson (1965): “Regional inequality and the process of national development: a description of the patterns”. Economic Development and Cultural Change 13 (4), 3-84.

 

¿Estamos consumiendo demasiado?

Carolina Román (Universidad de la República, Uruguay), 29 de abril de 2014.[1]

El consumo, como componente de la demanda tiene varias vinculaciones con el proceso de crecimiento, de cambio estructural, al mismo tiempo que constituye un indicador de los niveles de vida de la población. Cuando el gasto en consumo por parte de las familias aumenta, esto podría suponer una buena noticia para la sociedad, aunque habría que preguntarse si mayores niveles también pueden constituir una restricción al propio desarrollo o al bienestar de largo plazo.

Frente al aumento del consumo en la economía mundial en las décadas recientes, con tasas mayores aún que el incremento del producto, cabe preguntarse si estamos consumiendo demasiado. Esta “simple” pregunta nos lleva a reflexionar sobre varias dimensiones. Aspectos vinculados con el rol del consumo –y, más en general, de la demanda– en el propio proceso de crecimiento económico y cambio estructural (siguiendo a los autores keynesianos y post-keynesianos como Nurkse 1953, Setterfield 2002, Pasinetti 2007, Kattel, Kregel y Reinert 2009); sobre el comportamiento emulativo de los hábitos de consumo (Duesenberry 1949, Nurkse 1953), sobre cuestiones éticas del acto de consumir (Cortina 2002), sobre cambios en la distribución del ingreso entre los países y al interior de estos.[2] Estas consideraciones responden, además, al estructuralismo latinoamericano de los 1960s y 1970s, cuando autores como Prebisch (1949), Furtado (1966) y Pinto (1976), insistían con ideas sobre la relación entre la concentración del ingreso, un patrón de consumo conspicuo de las clases altas, y las restricciones que esto imponía sobre el ahorro y el crecimiento económico. Alguna de todas estas dimensiones será objeto de próximas entradas en este blog. Ahora comenzaremos con una aproximación empírica y la presentación de un trabajo reciente que aporta otros elementos para reflexionar.

Podemos comenzar por una descripción de lo que ha sucedido con el consumo durante las últimas décadas, desde 1970, periodo que según Angus Maddison ha sido identificado como la cuarta fase del desarrollo del capitalismo. Este periodo comparte ciertos rasgos distintivos en cuanto al comportamiento de los precios, el producto, el sistema monetario internacional, la política económica sobre la demanda, el mercado de trabajo y una creciente apertura de los mercados de capitales (Maddison 1991). Utilizando los datos publicados por el Banco Mundial (Indicadores del Desarrollo MundialWorld Development Indicators-), es posible analizar el dinamismo del gasto de consumo final de los hogares y del producto interno bruto, expresado en dólares constantes de 2005 comparando las regiones clasificadas según su nivel de ingreso (países de ingreso bajo; ingreso alto OCDE; ingreso mediano). También resulta de interés identificar lo que ha ocurrido en América Latina y el Caribe, región que ha experimentado un crecimiento económico importante en la reciente década.

Entre 1970 y 2012 el crecimiento acumulativo anual del gasto en consumo de la economía mundial ha sido mayor, en 0.05 puntos porcentuales, al aumento que experimentó el producto interno bruto. (Ver Gráfico 1 y Gráfico 2). El consumo de los hogares, durante los años que han transcurrido del siglo XXI, mostró desempeños positivos (en promedio) en todas las regiones; contrastando claramente con la austera performance de los setenta, y el dispar comportamiento por regiones de los ochenta y los noventa (durante esta última década, los países pobres vieron caer su consumo per cápita). A nivel mundial, la década de los noventa fue la que mostró una mayor tasa de crecimiento acumulativo anual (1,51%), seguido por los ochenta con una tasa de 1,41%, y los años más recientes, 2000-2012 con una tasa de 1,27% (Ver Gráfico 1). Comparando el desempeño de las regiones, el consumo de los hogares de los países de ingreso mediano (que incluye países como India y China), han sido los más dinámicos desde los noventa. Por el contrario, los países de ingreso bajo, en gran parte de África sub-sahariana, luego de una caída en el consumo durante los noventa, experimentaron un crecimiento importante entre 2000 y 2012. Por su parte, el consumo en los países de ingreso alto y miembros de la OCDE ha crecido pero a menor ritmo desde los ochenta. En cuanto a América Latina y el Caribe, la región en su conjunto ha superado las tasas de crecimiento de la economía mundial desde la década de los noventa, con un incremento del consumo de los hogares mayor al experimentado por el nivel de actividad económica (medido por el PIB per cápita).

Gráfico 1. Crecimiento del gasto en consumo final de los hogares (per cápita). Tasa acumulativa anual a partir de las cifras en dólares constantes de 2005. Fuente: Elaborado en base a información de World Development Indicators del Banco Mundial.

Gráfico 2. Crecimiento del producto interno bruto (per cápita). Tasa acumulativa anual a partir de las cifras en dólares constantes de 2005. Fuente: Elaborado en base a información de World Development Indicators del Banco Mundial.

Gráfico 2. Crecimiento del producto interno bruto (per cápita). Tasa acumulativa anual a partir de las cifras en dólares constantes de 2005. Fuente: Elaborado en base a información de World Development Indicators del Banco Mundial.

¿Cómo evaluar si este aumento del consumo en las últimas décadas es “excesivo”? El artículo de Arrow et al. (2004) proponen dos criterios teóricos basados en factores económicos y ecológicos, para ayudar a responder a la pregunta si los niveles de consumo (agregados) actuales son excesivos.

Un primer criterio es pensar en un problema de optimización en donde el bienestar social de distintas generaciones depende del consumo y de la utilidad que reporta. Por lo tanto, el consumo actual será excesivo si supera aquel nivel de consumo que maximiza el valor de la utilidad presente (aplicando una tasa de descuento intertemporal). Si bien determinar cuál es el nivel óptimo de consumo de una economía se convierte en un problema en sí mismo, los autores sugieren aplicar consideraciones teóricas para identificar aquellos factores que pueden ser considerados indicios de que el consumo se desvía de su trayectoria óptima.

El segundo criterio incorpora la dimensión de sostenibilidad[3] del bienestar social intertemporal y también consideran el crecimiento de la población y el cambio tecnológico (medido a través del crecimiento de la productividad total de los factores), llegando una definición más amplia de la riqueza genuina[4] (al respecto, cabe recordar la entrada en este blog de Henry Willebald reflexionando sobre la medición del ahorro genuino). Según este criterio, el consumo de las generaciones actuales debería ser consistente con niveles de vida futuros que, al menos, no empeoren en el transcurso del tiempo. Resulta interesante que, como lo plantean los autores, ambos criterios, para discernir si el consumo es excesivo, reflejan implicancias diferentes. Una economía que intenta satisfacer el criterio de sostenibildiad puede no estar optimizando los niveles de bienestar. A la vez, que una economía puede estar maximizando su utilidad intertemporal pero con riesgos de sostenibilidad.

El artículo también aporta evidencia empírica utilizando datos del Banco Mundial, durante el periodo 1970-2001 para una muestra de países seleccionada que comprende regiones pobres, exportadoras de petróleo y economías industrializadas (Gran Bretaña y Estados Unidos). Aplicando los dos criterios mencionados anteriormente, los autores encuentran que el consumo estaría excediendo aquel que condice con el objetivo de maximización, y que en las regiones más pobres del mundo no se estaría alcanzando el criterio de sostenibilidad. En estas regiones, la riqueza genuina per cápita estaría disminuyendo ya que la inversión en capital humano y físico no sería suficiente para compensar el deterioro del capital natural. De estos resultados se podría concluir, erróneamente, que los países más pobres están consumiendo en exceso, sin embargo esto debe verse en el marco de un problema más complejo de bajos niveles de ingreso, problemas de ineficiencia y baja productividad que afectan a estas sociedades. Como lo señalan los propios autores, existe cierto grado de interdependencia entre los cambios en la riqueza genuina de las regiones “y el éxito de los países más ricos puede deberse en parte al fracaso de las naciones más pobres” (Arrow et al. (2004): p.25). Además, resaltan que dada la dificultad para generar mediciones que permitan un análisis cuantitativo riguroso, se requiere tomar estos resultados con cautela y asumir que existe gran incertidumbre para evaluar el presente y obtener conclusiones sobre el futuro. No obstante, esto no impide que se generen políticas para promover consumos e inversiones más eficientes.

Más allá de las limitaciones que este enfoque pueda tener desde el punto de vista teórico, y más aún en cuanto a las posibilidades de testear empíricamente los dos criterios, aporta elementos conceptuales útiles para evaluar los niveles de consumo, y más en general, el bienestar con una perspectiva de largo plazo y con un criterio de sostenibilidad.

Existe un amplio campo por conocer sobre el comportamiento del consumo desde una perspectiva histórica, de su vinculación con el bienestar material, con el crecimiento y más en general con el desarrollo, sobre su distribución, sobre los cambios en los patrones, los impactos medioambientales, etc. Al mismo tiempo, resta mucho esfuerzo orientado a reconstruir series históricas de consumo de los hogares y sus componentes así como de mediciones de la riqueza genunia, para poder responder si estamos consumiendo demasiado y si esto compromete el bienestar de las próximas generaciones. En próximas entradas brindaremos otros elementos para esta discusión.

 

Referencias:

ARROW, K., P. DASGUPTA, L. GOULDER, G. DAILY, P. EHRLICH, G. HEAL, S. LEVIN, K.-G. MÄLER, S. SCHNEIDER, D. STARRETT, and B. WALKER (2004). “Are We Consuming Too Much?” Journal of Economic Perspectives, 18(3): 147-172.

CORTINA, A. (2002). Por una ética del consumo (p. 349). Madrid: Taurus.

DUESENBERRY, J.S. (1949). Income, Saving and the Theory of Consumer Behavior. Harvard University Press, Cambridge, MA.

FURTADO, C. (1966). Subdesarrollo y estancamiento en América Latina. Buenos Aires: Editorial Universitaria.

KATTEL, R., KREGEL, J. A., & REINERT, E. S. (Eds.). (2009). Ragnar Nurkse (1907-2007): Classical Development Economics and Its Relevance for Today. Anthem Press.

MILANOVIC, B. (2011). “A short history of global inequality: the past two centuries”. Explorations in Economic History, 48, 494-456.

NURKSE, R. (1953). Problems of capital formation in underdeveloped countries. Oxford, Basil Backwell.

PASINETTI, L. (2007). Keynes and the Cambridge Keynesians. A “Revolution in Economics” to be accomplished. Cambridge University Press.

PINTO, A. (1976). Heterogeneidad estructural y modelo de desarrollo reciente de la América Latina. Inflación: raíces estructurales. D.F., México: Fondo de Cultura Universitaria.

PREBISCH, R. (1949). El desarrollo económico de América Latina y algunos de sus principales problemas. Santiago de Chile, Chile: CEPAL.

SETTERFIELD, M. (2002). The economics of demand-led growth: challenging the supply-side vision of the long run. Edward Elgar Pub.

Notas:
1 La pregunta del título es la versión en español del nombre del artículo “Are we consuming too much?” elaborado por un grupo de destacados economistas y ecologistas y publicado en el Journal of Economic Perspectives en el 2004.

2 En una entrada anterior en este blog, Esteban Nicolini hacía referencia a los componentes de la desigualdad y resumía los resultados recientes, de autores como Milanovic (2011), en que la inequidad de ingresos ha aumentado en el mundo en los dos últimos siglos, siendo su aumento entre países el componente que más lo explica (en relación al aumento de la desigualdad al interior de los países).

3 Estos autores conciben la idea de sosteniblidad en forma consistente con la definición de desarrollo sostenible (sustainable development) entendida como “el desarrollo que permite satisfacer las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las generaciones futuras”. Definición que surge del Informe Brundtland como resultado del trabajo de la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) creada en 1983.

4 El concepto de riqueza genuina, manejado por el Banco Mundial, sugiere que los países deben procurar, en el largo plazo, un stock de activos -capital producido, capital humano, capital natural y conocimiento- que permitan mantener el crecimiento económico.

 

Preferencias e historia económica

Xavier Duran (Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia), 22 de abril de 2014.

El festival iberoamericano de teatro de Bogotá se realiza cada dos años, en la semana de pasión, y ofrece teatro de inmejorable calidad a los Bogotanos y visitantes. Es realmente “a world class event”. Cuando pasen por Bogotá, traten que sea en esta época, es la mejor Bogotá que se puede disfrutar.

Les voy a contar sobre una obra de teatro. No voy a hacer las veces de crítico de teatro, ni mucho menos. Pero si les quiero contar sobre una obra que me pareció muy divertida, y me recordó discusiones y reflexiones sobre el tema del blog de hoy.

El domingo fui a la obra del escritor-director-actor libanes-canadiense Wajdi Mouawad, “Solos”. La primera parte, un monologo sobre lo difícil que es ser estudiante doctoral – recomendadisima! Imagínense, en una escena el supervisor llama al protagonista, que es un estudiante doctoral de sociología, y le cuenta que un profesor del departamento acaba de morir y que esa es la vacante para él. También le indica que debe sustentar el doctorado seis meses antes de lo planeado para poder aplicar a esta vacante. El protagonista se mueve entre la ilusión del nuevo reto y el fin del doctorado, el miedo de enfrentar al comité sin aun tener claras las conclusiones de su tesis, el sueño de hacer la obra maestra de la sociología del imaginario, para lo cual necesitaría más tiempo, y el pudor de aplicar al proceso de selección para una posición que acaba de quedar libre porque su titular acaba de morir y el conocía! La representación es divertidísima! Después, el personaje de la obra, tras un accidente, entra en coma, el actor continua el monologo, y logra una representación impactante … pero no les voy a dañar más la obra.

La obra de teatro, como se imaginaran, la goce y sentí mucho, y la recomiendo.

Pero la obra también me hizo pensar sobre la vida y la muerte. Y, sobre la expectativa de vida! Y al llegar a la expectativa de vida, me recordó charlas, discusiones y reflexiones que he tenido sobre las preferencias en perspectiva histórica.

Dos reflexiones.

Primera, en la Colombia del sagrado corazón de Jesus, como dicen los locutores de noticias en semana santa, hemos tenido un muy triste laboratorio social que permite observar como diferentes grupos sociales enfrentan diferentes expectativas de vida. El caso más extremo son los sicarios, los asesinos a sueldo de los carteles de droga. Un sicario, por la naturaleza de su actividad, está perfectamente consciente que tiene pocas probabilidades de vivir más allá de los 20 años, y habla de “estoy viviendo tiempo extra”, tras cumplir los 20 años. En este contexto, es entendible que se genere una desconexión entre el consumo hoy, el ahorro, y el consumo mañana. Se prefiere consumir hoy. En otros grupos sociales en Colombia la expectativa de vida se triplica, y se generan comportamientos que parecen evidenciar cambios en la relación entre consumo hoy, ahorro y consumo mañana. Se consume hoy, pero también se ahorra hoy para consumir mañana.

La muerte no solo nos enfrenta a emociones, sino que los historiadores económicos hemos señalado está relacionada con grandes cambios económicos. Los cambios en la tasa de mortalidad y la transición demográfica están relacionados con cambios en los patrones de inversión entre “quantity and quality of children” y futuro crecimiento de los países.
Sin embargo, un ángulo que no hemos explorado es que a medida que aumenta la expectativa puede cambiar la tasa de descuento, la relación entre consumo hoy y consumo mañana. Sera posible que a medida que aumenta la expectativa de vida disminuya la tasa de descuento? Si esto fuera así, qué tipo de decisiones afectaría este cambio? El efecto de alargamiento de expectativa de vida sobre la tasa de descuento (si existe), nos induce a ahorrar más y, así, la economía crece más rápido?

Aunque no es trivial, creo que si alguien tiene una base de datos panel que incluye personas de varias generaciones y sus decisiones de ahorro, y podemos calcular su expectativa de vida al nacer, tal vez podríamos determinar si los cambios en expectativa de vida están asociados o causan cambios en las decisiones de ahorro, que, si se controla por otros factores, permite inferir cambios en la tasa de descuento. Una alternativa puede ser un cross-section de ahorradores de diferentes grupos sociales que enfrentan diferentes expectativas de vida. La ventaja de este approach es que se pueden realizar experimentos para que los participantes, con diferentes expectativas de vida, revelen su tasa de descuento y así hacer explicita la relación entre expectativa de vida-tasa de descuento-ahorro. Alguien sabe si esto ya se estudió? Si no, alguien tiene datos y se anima? Puede ser divertido.

Segunda, ya pensando en las preferencias en perspectiva histórica, es posible que las preferencias no hayan cambiado en siglos. Una de las discusiones menos productivas que a veces tenemos los historiadores económicos con los historiadores es sobre la especificidad del comportamiento humano respecto al lugar y el periodo en cuestión. Mientras los historiadores piensan que esta especificidad es alta, que las preferencias, las emociones, los objetivos de las personas son diferentes entre periodos y lugares, los historiadores económicos, en particular los más cuantitativos, piensan que esto es una explicación a considerar solo después que un determinado comportamiento no se puede explicar con mecanismos más convencionales y mejor estudiados, como por ejemplo reacciones a cambios de precios. En general trato de no tener estas discusiones porque es difícil saber cómo uno puede saber quién tiene razón y en qué.

Pero creo que ahora tenemos una idea que tal vez permita avanzar nuestro conocimiento sobre estos asuntos.

Un trabajo muy interesante cayó en mis manos hace varios meses. Giusti, Noussair y Voth (2013) prepararon un experimento en laboratorio para presentarle a varios grupos de estudiantes actuales el contexto institucional del mercado financiero durante el South Sea Bubble de manera controlada. Luego los estudiantes jugaron el experimento. Así es posible examinar sí al presentar el contexto institucional es posible generar en estudiantes actuales comportamientos que recrean la famosa burbuja de los 1720s. Y si esto es así, es posible también examinar cuál de las características institucionales tiene el mayor efecto. Los resultados indican que en algunos casos, los comportamientos de los estudiantes generan burbujas de tamaño comparable a la South Sea Bubble y la característica institucional clave fue el debt-equity swap. Sea que esto indica que el comportamiento humano no es tan especifico como podríamos creer?