¿Que sigue después de Brexit? Una visión histórica.

Juan H. Flores Zendejas [1]

Ginebra, 4 de julio de 2016.

Las reacciones miméticas no son nuevas, sino más bien recurrentes, sobretodo en coyunturas económicas adversas. La propagación de nuevos regímenes económicos o políticos puede tener consecuencias positivas, cierto, pero también pueden conllevar consecuencias nefastas. Recordemos, ya que tratamos con Gran Bretaña, el episodio de la crisis de 1931, poco después del crac bursátil de 1929.

El resultado del referéndum en Gran Bretaña nos deja a la puerta de una nueva era de incertidumbre que rebasa las fronteras de la Unión Europea. Existe un temor natural por adentrarnos por un terreno desconocido, y ahora, más que nunca, la acción que esperamos de los líderes políticos es que sea proactiva, que obedezca a una dirección clara sobre el rumbo de la Unión y sobretodo, eficiente ante los efectos directos e indirectos de la nueva coyuntura. Brexit puede ser el inicio de una Unión Europea distinta, democrática e inclusiva, pero también puede convertirse en el primer paso hacia la desintegración económica, social, y política, ya no sólo del continente, sino también global. Esto sitúa a los líderes europeos en una disyuntiva. Por un lado, evitar una desintegración absoluta con Gran Bretaña implica mantener un máximo de acuerdos políticos y económicos, la solución “suiza”. Por el otro lado, es necesario también diluir el mimetismo potencial que conlleva el resultado, evitando así el riesgo de una ruptura mayor de la unión, la solución “macarra”.

La prisa que muestran los políticos del continente contrasta con la calma que muestran sus contrapartes en la isla. Ambas actitudes eran previsibles. Del lado británico, no solamente habrá que resolver las disputas políticas internas precipitadas por el resultado. Se trata ahora de trazar un plan, en el cual la posibilidad de un Regrexit no queda del todo descartada. Pero tampoco se puede subestimar la complejidad del lado europeo (ahora más que nunca se puede utilizar este término). De alguna medida, Gran Bretaña y el resto de la unión tendrán que encontrar un nuevo equilibrio mutuamente benéfico (o al menos, no tan feo). Lo contrario sería sumamente costoso para ambas partes. Pero a medida que transcurra el tiempo, y en cuanto se corrobore la falacia sobre el escenario apocalíptico promovido por la campaña de la permanencia (a todas luces, nefasta), también aumentará la posibilidad de que otros referéndums sean celebrados en otros países, tal como promueven ya no únicamente los partidos euroescépticos y los de extrema derecha. La necesidad o el deseo de convocarlos comienzan a tener eco en todo el espectro político de otros países de la unión.

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Estas reacciones miméticas no son nuevas, sino más bien recurrentes, sobretodo en coyunturas económicas adversas. La propagación de nuevos regímenes económicos o políticos puede tener consecuencias positivas, cierto, pero también pueden conllevar consecuencias nefastas. Recordemos, ya que tratamos con Gran Bretaña, el episodio de la crisis de 1931, poco después del crac bursátil de 1929. Europa se encontraba en una profunda crisis económica, con elevadas tasas de paro, pobre crecimiento económico y pocas perspectivas de mejoría. El núcleo de aquel sistema económico era precisamente Gran Bretaña, cuya bandera era la ortodoxia en la política económica y la estabilidad monetaria, materializada en la adhesión al patrón oro. La crisis económica que se gestó en Europa central terminó por afectar intensamente al sistema bancario británico. El pánico desatado entre los ahorradores ingleses ansiosos por retirar su dinero sólo se detuvo con la decisión del Banco de Inglaterra de facilitar liquidez al sistema. Pero esta decisión tuvo un alto costo: el Banco de Inglaterra se quedó sin las reservas necesarias para garantizar la convertibilidad de su moneda. Inglaterra terminó abandonando el patrón oro el 21 de septiembre de 1931.

En 48 horas, la libra esterlina llegó a perder  17% de su valor; un mes después fue casi 19% (hoy en día se estima dicha depreciación en algo parecido al 20%, aunque mucho dependerá de la acción de los bancos centrales, mucho más proactiva que en ese entonces). La mayor parte de las bolsas europeas cerraron sus puertas varios días (y otras fuera de Europa, como la de Tokio). La volatilidad acompañó a los mercados financieros durante varios meses, pero los efectos de mediano plazo fueron otros. Para Gran Bretaña, la salida del régimen monetario dio un respiro a la política monetaria y un empuje a las exportaciones, facilitando la recuperación económica. Para sus socios comerciales, la historia fue distinta. Por un lado, Gran Bretaña mostró que la posibilidad de abandonar el patrón oro, por muy catastrófica que pareciera, era factible e incluso deseable. Durante toda la década, un país tras otro imitó lo hecho por ese país. Para muchos historiadores, el abandono del patrón oro se considera uno de los factores que permitieron, en cierta medida, la recuperación en las tasas de crecimiento en los años 1930s. Por el contrario, este sistema monetario había sido un régimen implacable y recesivo durante los 1920s. Pero 1931 también marco el inicio de la política de sálvese quien pueda. Llegó un periodo de devaluaciones competitivas, controles de capitales y el fortalecimiento del proteccionismo a nivel mundial (con la válvula de escape siendo los acuerdos de clearing). Esta desintegración económica también tuvo su reflejo sobre la libertad migratoria, con la introducción de trabas al movimiento de personas en países tradicionalmente abiertos a la inmigración, como Estados Unidos, Australia, Argentina o Brasil. La consiguiente caída del comercio y del flujo internacional de capitales dio como consecuencia la caída generalizada de la actividad económica mundial, y es imposible disociarla de la llegada de gobiernos autoritarios en distintas partes del mundo.

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No debemos llevar demasiado lejos los paralelismos históricos. El patrón oro era un régimen muy poco democrático, y lo bancos centrales tenían como prioridad absoluta mantener las reglas del juego, aunque las consecuencias sobre la actividad económica fueran nefastas. Desde entonces, muchos bancos centrales han cambiado de idea y hoy en día no son ajenos al vaivén de los ciclos económicos. Por otro lado, el periodo posterior a la segunda guerra mundial nos muestra que los gobiernos aprenden de sus errores. El diseño institucional que siguió a nivel doméstico e internacional tuvo como fin el compromiso de muchos países en el mundo hacia la cooperación, el comercio y la integración económica. El régimen monetario ofreció, a comparación con el que se mantuvo durante los periodos anteriores, una flexibilidad nueva.  Siguieron casi tres décadas de crecimiento económico sostenido y consolidación del estado de bienestar. Pero la historia nos deja un mensaje muy claro: no podemos subestimar el descontento social de un sistema económico disfuncional. La crisis sólo ha agravado tendencias de un pasado lejano, pero es evidente las fragilidades expuestas siguen sin ser reparadas y las consecuencias son cada vez más preocupantes.

Por muy irracional que nos parezca, el voto de los ciudadanos británicos tiene causas palpables, relacionadas con una percepción negativa del proyecto europeo. Habrá aún ríos de tinta que nos brindarán razones más o menos plausibles del resultado. Para efectos inmediatos, hagamos una interpretación. El referéndum puede ser una de las últimas advertencias sobre la necesidad de un cambio. No, la política económica no funciona y la estructura decisional tampoco. Hagamos un balance rápido. La política monetaria no fue muy reactiva en los primeros años de la crisis, aunque esto comenzó a cambiar casi por obligación y a pesar de la reticencia de varios gobiernos. Ni qué decir de la política fiscal y de las políticas de austeridad impuestas sobre los países de Europa del Sur, cuyo resultado es el que vemos en las calles de Grecia, España o Italia. Finalmente, tampoco ha quedado clara la división del peso de la crisis: en España como en otros países, hay una desigualdad creciente entre los distintos estratos de la sociedad; en muchos países, los beneficios de los bancos ya superan los niveles previos a la crisis, y hay sectores en los que el poder de mercado de las principales empresas es tal que los beneficios extraordinarios solo contribuyen a aumentar el malestar social.

Evitemos pues la desintegración económica, y optemos por la opción “suiza”. Pero ésta sólo puede ser factible cuando la mano visible actúe desde un lado solidario.

[1] Profesor Investigador de Historia Económica y director del Instituto Paul Bairoch de Historia Económica de la Universidad de Ginebra.

Preferencias e historia económica

Xavier Duran (Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia), 22 de abril de 2014.

El festival iberoamericano de teatro de Bogotá se realiza cada dos años, en la semana de pasión, y ofrece teatro de inmejorable calidad a los Bogotanos y visitantes. Es realmente “a world class event”. Cuando pasen por Bogotá, traten que sea en esta época, es la mejor Bogotá que se puede disfrutar.

Les voy a contar sobre una obra de teatro. No voy a hacer las veces de crítico de teatro, ni mucho menos. Pero si les quiero contar sobre una obra que me pareció muy divertida, y me recordó discusiones y reflexiones sobre el tema del blog de hoy.

El domingo fui a la obra del escritor-director-actor libanes-canadiense Wajdi Mouawad, “Solos”. La primera parte, un monologo sobre lo difícil que es ser estudiante doctoral – recomendadisima! Imagínense, en una escena el supervisor llama al protagonista, que es un estudiante doctoral de sociología, y le cuenta que un profesor del departamento acaba de morir y que esa es la vacante para él. También le indica que debe sustentar el doctorado seis meses antes de lo planeado para poder aplicar a esta vacante. El protagonista se mueve entre la ilusión del nuevo reto y el fin del doctorado, el miedo de enfrentar al comité sin aun tener claras las conclusiones de su tesis, el sueño de hacer la obra maestra de la sociología del imaginario, para lo cual necesitaría más tiempo, y el pudor de aplicar al proceso de selección para una posición que acaba de quedar libre porque su titular acaba de morir y el conocía! La representación es divertidísima! Después, el personaje de la obra, tras un accidente, entra en coma, el actor continua el monologo, y logra una representación impactante … pero no les voy a dañar más la obra.

La obra de teatro, como se imaginaran, la goce y sentí mucho, y la recomiendo.

Pero la obra también me hizo pensar sobre la vida y la muerte. Y, sobre la expectativa de vida! Y al llegar a la expectativa de vida, me recordó charlas, discusiones y reflexiones que he tenido sobre las preferencias en perspectiva histórica.

Dos reflexiones.

Primera, en la Colombia del sagrado corazón de Jesus, como dicen los locutores de noticias en semana santa, hemos tenido un muy triste laboratorio social que permite observar como diferentes grupos sociales enfrentan diferentes expectativas de vida. El caso más extremo son los sicarios, los asesinos a sueldo de los carteles de droga. Un sicario, por la naturaleza de su actividad, está perfectamente consciente que tiene pocas probabilidades de vivir más allá de los 20 años, y habla de “estoy viviendo tiempo extra”, tras cumplir los 20 años. En este contexto, es entendible que se genere una desconexión entre el consumo hoy, el ahorro, y el consumo mañana. Se prefiere consumir hoy. En otros grupos sociales en Colombia la expectativa de vida se triplica, y se generan comportamientos que parecen evidenciar cambios en la relación entre consumo hoy, ahorro y consumo mañana. Se consume hoy, pero también se ahorra hoy para consumir mañana.

La muerte no solo nos enfrenta a emociones, sino que los historiadores económicos hemos señalado está relacionada con grandes cambios económicos. Los cambios en la tasa de mortalidad y la transición demográfica están relacionados con cambios en los patrones de inversión entre “quantity and quality of children” y futuro crecimiento de los países.
Sin embargo, un ángulo que no hemos explorado es que a medida que aumenta la expectativa puede cambiar la tasa de descuento, la relación entre consumo hoy y consumo mañana. Sera posible que a medida que aumenta la expectativa de vida disminuya la tasa de descuento? Si esto fuera así, qué tipo de decisiones afectaría este cambio? El efecto de alargamiento de expectativa de vida sobre la tasa de descuento (si existe), nos induce a ahorrar más y, así, la economía crece más rápido?

Aunque no es trivial, creo que si alguien tiene una base de datos panel que incluye personas de varias generaciones y sus decisiones de ahorro, y podemos calcular su expectativa de vida al nacer, tal vez podríamos determinar si los cambios en expectativa de vida están asociados o causan cambios en las decisiones de ahorro, que, si se controla por otros factores, permite inferir cambios en la tasa de descuento. Una alternativa puede ser un cross-section de ahorradores de diferentes grupos sociales que enfrentan diferentes expectativas de vida. La ventaja de este approach es que se pueden realizar experimentos para que los participantes, con diferentes expectativas de vida, revelen su tasa de descuento y así hacer explicita la relación entre expectativa de vida-tasa de descuento-ahorro. Alguien sabe si esto ya se estudió? Si no, alguien tiene datos y se anima? Puede ser divertido.

Segunda, ya pensando en las preferencias en perspectiva histórica, es posible que las preferencias no hayan cambiado en siglos. Una de las discusiones menos productivas que a veces tenemos los historiadores económicos con los historiadores es sobre la especificidad del comportamiento humano respecto al lugar y el periodo en cuestión. Mientras los historiadores piensan que esta especificidad es alta, que las preferencias, las emociones, los objetivos de las personas son diferentes entre periodos y lugares, los historiadores económicos, en particular los más cuantitativos, piensan que esto es una explicación a considerar solo después que un determinado comportamiento no se puede explicar con mecanismos más convencionales y mejor estudiados, como por ejemplo reacciones a cambios de precios. En general trato de no tener estas discusiones porque es difícil saber cómo uno puede saber quién tiene razón y en qué.

Pero creo que ahora tenemos una idea que tal vez permita avanzar nuestro conocimiento sobre estos asuntos.

Un trabajo muy interesante cayó en mis manos hace varios meses. Giusti, Noussair y Voth (2013) prepararon un experimento en laboratorio para presentarle a varios grupos de estudiantes actuales el contexto institucional del mercado financiero durante el South Sea Bubble de manera controlada. Luego los estudiantes jugaron el experimento. Así es posible examinar sí al presentar el contexto institucional es posible generar en estudiantes actuales comportamientos que recrean la famosa burbuja de los 1720s. Y si esto es así, es posible también examinar cuál de las características institucionales tiene el mayor efecto. Los resultados indican que en algunos casos, los comportamientos de los estudiantes generan burbujas de tamaño comparable a la South Sea Bubble y la característica institucional clave fue el debt-equity swap. Sea que esto indica que el comportamiento humano no es tan especifico como podríamos creer?

CIEN AÑOS DE LA RESERVA FEDERAL: un comentario sobre el libro “Return to Jekyll Island”

Carlos Marichal (El Colegio de México), 13 de abril de 2014.

Valdría la pena recordar que en el 2014 se conmemora el centenario de la Reserva Federal, y que por tanto, resulta de gran interés analizar las obras históricas que explican de donde viene esta poderosa institución y por qué. Es cierto que la ley que autorizó el establecimiento del banco central de los Estados Unidos fue ratificada en 1913, pero en la práctica la Reserva Federal no empezó a ser operativa hasta un año después. Por otra parte, es importante llamar la atención sobre el hecho de que el plan de la Reserva Federal fue elaborado en una reunión singular y muy secreta celebrada a finales de 1910 en la Isla Jekyll . Fue allí donde un pequeño grupo de políticos de Washington y los banqueros de Nueva York elaboró ​​la arquitectura provisional del futuro Banco Central. Las seis personas involucradas eran Nelson Aldrich, el senador republicano de Rhode Island, su secretario Arthur Shelton, A Piatt Andrew, un funcionario del Tesoro y tres banqueros, Henry Davison (Morgan), Frank Vanderlip (National City) y Paul Warburg. Bajo pretexto de una semana inocente supuestamente dedicado a la caza de patos, estos seis hombres formularon allí las directrices fundamentales para el futuro establecimiento de la Reserva Federal.

Para conmemorar este evento Michael D. Bordo , de la Universidad de Rutgers y William Roberds de la Reserva Federal de Atlanta convocaron a un grupo de distinguidos historiadores económicos para presentar ponencias en un coloquio en el viejo y ya clásico hotel en Jekyll Island en noviembre de 2010. Los resultados han sido publicados en el libro editado por Bordo y Roberds, titulado Los orígenes, la historia y el futuro de la Reserva Federal , y publicado por Cambridge University Press en 2013.[i] Especialmente notable es el hecho de que los convocantes lograron que varios gobernadores de la Reserva Federal participaran en la reunión, entre ellos Ben Bernanke, Alan Greenspan y Paul Volker, aunque este último lo hizo por skype. Además, también estuvieron presentes Gerald Corrigan, ex jefe de la Fed de Nueva York , así como siete presidentes de los bancos regionales de la Reserva Federal. Los participantes se sintieron atraídos no solo por la posibilidad de intercambio social e intelectual, sino también por la posibilidad de comparar las crisis financieras, entonces y ahora.

Todo esto nos lleva de nuevo a una cuestión histórica esencial relacionada con los orígenes de la Reserva Federal. Hay un consenso de que el resultado más importante de la crisis de 1907 fue la demostración de que Estados Unidos necesitaba establecer un banco central para poder hacer frente a futuras turbulencias financieras y crisis bancarias. En Europa, en ese momento, ya había varios bancos centrales que actuaban como tales y que habían demostrado cierta eficacia en la gestión de la política monetaria y haciendo frente a los pánicos bancarios. Pero en América no existían tales instituciones, ni en Canadá ni los Estados Unidos ni en el conjunto de América Latina.

Esta situación plantea cuestiones importantes para la comprensión de las finanzas en el primer período de la globalización. En primer lugar : ¿por qué no había bancos centrales en América antes de 1914 ? Es el caso de que en algunos países de América Latina un gran banco nacional (a veces privado, a veces público) realizó algunas de las funciones de un banco central, pero ciertamente no todas . Lo que más sorprende es que no había ningún banco central en los Estados Unidos y que, de hecho, tenía un sistema bancario que era a la vez enorme y dinámico, pero también el más fragmentado e inestable en el mundo. Sin duda, ello ha contribuido a los muchos pánicos bancarios (1873, 1884, 1893 y 1907) en este período del capitalismo clásico. Pero también se basó en la idea de ” laissez – faire” consistente con la idea de una intervención gubernamental limitada y escasa regulación de los bancos. Esto está directamente relacionado con dos dogmas comunes para el período.

En primer lugar antes de 1914, la teoría liberal de las finanzas públicas en general no animaba a los gobiernos a actuar de manera contra- cíclica en situaciones económicas difíciles, aunque esto no fue necesariamente el caso en tiempos de guerra. Dadas las restricciones fiscales, los gobiernos a menudo reducían el gasto público en situaciones de crisis financiera. En segundo lugar, la teoría más avanzada de los bancos centrales – la del Banco de Inglaterra – sostuvo la opinión de que debería limitarse a descontar liberalmente las cartas de crédito de la banca privada en tiempos de crisis para limitar el impacto de las restricciones crediticias en los mercados. Pero tal acción no contemplaba un aumento de la oferta monetaria, dadas las restricciones impuestas por el patrón oro. Por el contrario, a menudo en momentos de crisis, la fuga de oro podría causar una reducción en la circulación monetaria y esto se considera inevitable y necesario para la recuperación posterior.

Sin embargo, como se puede ver en la revisión histórica de las diversas crisis en este período de globalización temprana, en determinadas ocasiones hubo intervenciones del banco central y del Tesoro. Mientras que éstas, en general, se limitaron a las situaciones de crisis financieras, como se ha discutido, las intervenciones fueron eficaces. Nos referimos no sólo a la mayor liberalidad de crédito, sino a las muchas oportunidades por el cual algunos gobiernos de finales del siglo XIX y la primera década del siglo XX (por ejemplo, los Estados Unidos e Italia ) depositan los certificados de sus respectivos bonos del Tesoro en las cuentas de los bancos comerciales para estabilizar los mercados bancarios. También es importante recordar los casos en que hubo intervenciones coordinadas de los bancos centrales para estabilizar los mercados financieros , como en el caso del episodio de Barings en ​​1890.

Sin embargo, existen limitaciones en cuanto a este tipo de intervenciones impuestas principalmente por la fidelidad al patrón oro. En los países económicamente más avanzados, en Europa occidental y los Estados Unidos, los ministros de finanzas y directores de bancos centrales confiaron en el oro como un mecanismo de ajuste automático y estable dando a entender que era factible esperar las varias etapas sucesivas de la crisis para que se solucionara. Una recesión no solo tendía a producir la fuga de oro del país, sino también una caída en la capacidad de compra de importaciones, lo que eventualmente produciría una mejora en la balanza comercial. Así también, la caída en el precio de los productos nacionales fortalecería las exportaciones y esto ayudará a producir un superávit comercial y por lo tanto, como resultado, nuevas entradas externas de oro. Una vez que la última tendencia cobrara fuerza, los bancos podrían aumentar la oferta monetaria y expandir el crédito lo que contribuiría a la recuperación económica general.

No obstante, las crisis bancarias y financieras repetidas de los Estados Unidos en particular, causaron una creciente preocupación por el impacto en los sistemas nacionales de banca y también su efecto sobre el sistema monetario internacional. Lo que está claro a partir de una revisión del pánico d 1907 es que las autoridades políticas en Washington DC comenzaron rápidamente una revisión y reforma del complicado sistema bancario de los Estados Unidos. El reto era inmenso. No sólo era la estructura bancaria más amplia (y más atomizada) en el mundo – con el impresionante número de 18 000 bancos diferentes en 1914 – sino que además no había ninguna entidad bancaria del gobierno. El creciente número de problemas que afectaron a este sistema altamente descentralizado generó más y más demandas de una mayor regulación, supervisión y control sobre la política monetaria y los bancos. Como resultado , el Congreso de EE.UU. autorizó una comisión, integrada por especialistas, para evaluar cómo proceder para establecer una nueva legislación bancaria y mejorar la regulación del sistema financiero. Sin embargo, los informes detallados sobre los sistemas bancarios del mundo contratados por la Comisión Nacional Monetaria y publicada entre 1908 y 1912, no establecieron las bases para la creación de la Reserva Federal. De hecho, fue el plan que se forjó en Jekyll Island en 1910 y los igualmente importantes debates del Congreso en 1912 los que sentaron las bases de la ley aprobada en 1913. Paradójicamente, en el mismo momento en el que el Comité de Dirección se estaba organizando, una grave crisis monetaria y financiera estalló tras la noticia del estallido de la Gran Guerra en Europa en agosto de 1914. Pero el nuevo banco central sobrevivió y propició que los Estados Unidos se mantuvieran en el patrón oro a pesar cataclismo global.[ii]

En la citada obra editada por Bordo y Roberds, hay siete ensayos escritos por historiadores financieros distinguidos. Vale la pena leer estos capítulos, ya que son realmente contribuciones punteras respecto a la literatura existente. Por ejemplo, el ensayo de Eugene White sobre la supervisión bancaria antes de 1914 muestra cómo el sistema bancario estadounidense, que era regulado ligeramente, en realidad funcionaba relativamente bien a pesar de los pánicos bancarios frecuentes. Por otro lado, como Bordo y David Wheelock demuestran en su estudio de la Reserva Federal entre 1914 y 1933, las consideraciones normativas y normas no resultan ser de mucha utilidad para evitar el mayor desastre financiero del siglo XX, la crisis de 1929 y la posterior Gran Depresión. El ensayo de Marc Flandreau y Stefano Ugolini hace un nuevo estudio detallado del pánico Overend Gurney – de 1866, y demuestra que las principales lecciones fueron aprendidas por el Banco de Inglaterra, ya que el sistema bancario británico no sufrió nuevos pánicos para casi un siglo, es decir, hasta la década de 1970 .

La cuestión sigue abierta si las nuevas medidas adoptadas después de 2008 para volver a regular los bancos y los mercados financieros en muchos países alrededor del mundo tendrán un éxito similar . ¿Qué pasará después de la creación del nuevo y gran organismo de supervisión financiera europea en Frankfurt el próximo año? ¿Cómo hará frente la Reserva Federal a nuevos auges y burbujas de activos en el futuro? Todos estos son temas debatidos hoy y que valdría la pena seguir, pero una mirada retrospectiva a la historia también puede ofrecer mucho material para reflexionar aunque también un considerable escepticismo sano sobre la capacidad de evitar las crisis financieras.

[i] Michael D. Bordo and William Roberds, eds., The Origins, History and Future of the Federal Reserve, A Return to Jekyll Island, Cambridge University Press in 2013.

[ii] William L. Silber,When Washington Shut Down Wall Street: The Great Financial Crisis of 1914 and the Origin’s of America’s Monetary Supremacy, Princeton, Princeton University Press, 2007.

 

La relevancia del enfoque local y regional en la historia económica: ¿hacia una contabilidad de los PIBs regionales en América Latina?

Henry Willebald (Universidad de la República, Uruguay), 20 de junio de 2013

¿Es posible estudiar la historia económica de países tan vastos como Argentina y Brasil o tan variados como Chile y Bolivia sin consideración de las diferentes realidades locales? ¿Hasta qué punto rinde, analíticamente hablando, estudiar la historia económica de Uruguay sin integrarla a la de la pampa húmeda argentina y a la de Río Grande do Sul de Brasil? ¿Cuánto de la historia económica del norte de México toma sentido si se recurre a enfoques de carácter regional antes que nacional?

En mi última entrada al Blog (“Sostenibilidad del desarrollo: hacia una contabilidad histórica del ahorro genuino”) argumentaba sobre la conveniencia de realizar renovados esfuerzos de medición de la actividad económica y sus determinantes para dotar de renovados (y a veces novedosos) enfoques en la interpretación del desarrollo histórico latinoamericano.

Las teorías modernas del crecimiento han dedicado especial atención a la búsqueda de los determinantes del crecimiento económico mediante modelos agregados que tienen al ingreso per cápita “de equilibrio” como concepto central. Desde el fundamentalismo del capital à la Harrod-Domar (Harrod, 1939; Domar, 1946) hasta el modelo neoclásico (hoy) estándar à la Solow (Solow, 1956; Swan, 1956) y los importantísimos progresos acaecidos desde los 1980s con las teorías del crecimiento endógeno –donde aparecen el cambio técnico y el capital humano con absoluta relevancia–, dicha característica se ha mantenido, dotando al análisis de ciertas relaciones causales en exceso “lineales” o estilizadas.

Probablemente, dos de las ramas de la literatura que más han avanzado en levantar esa debilidad sean los enfoques de corte evolucionista y neo-schumpeteriano de la innovación (Freeman, 1987; Lundvall, 1992; Nelson, 1993) y del desarrollo local y regional (Pike et al., 2006), pues ambas dan una adecuada importancia al contexto socio-económico y a las características institucionales que moldean el desarrollo como proceso multidimensional.

Como bien se plantea en Ascani et al. (2012), con el fenómeno de la globalización que dominó progresivamente a la economía mundial desde el último tercio del siglo XX, muchos autores han argumentado sobre la existencia de un “flat world” (Friedman, 2005), el “end of geography” (O’Brien, 1992) y la “death of distance” (Cairncross, 1997). La globalización, como proceso omnipresente, habría erosionado las diferencias entre lugares a través del alcance internacional (e imparable) de sus efectos económicos, tecnológicos y socioculturales. Esta conceptualización contrasta con una creciente literatura teórica y empírica en el campo de la economía institucional, evolucionista y geografía económica, en la cual la preeminencia de los procesos regionales y el rol de los actores locales juegan como factores determinantes en la conformación de trayectorias de desarrollo.

La idea de un “regional world” (Storper, 1997) asociada con la identificación de fuerzas espacialmente delimitadas por factores locales y los efectos de aglomeración (Marshall, 1890) al interior de los países, sugieren que el desarrollo económico comporta patrones de concentración espacial y spillover específicos, y que la distancia y la geografía siguen siendo relevantes aún en un “mundo globalizado” como el actual. La adopción de conocimiento, como proceso acumulativo y de path-dependence, conforma una distribución espacial del bienestar que está muy lejos de ser lineal y que, muchas veces, suele responder a factores distintos a los puramente macroeconómicos, situándose en niveles mesoeconómicos o de unidades desagregadas.

Ninguno de estos factores y determinantes son ajenos al campo de la historia económica –así como sus profesionales no creemos que el último período de globalización haya sido el primero ni el más intenso (O’Rourke & Williamson, 2006; Obstfeld & Taylor, 2006)– y, por el contrario, el reconocimiento de realidades locales constituye materia común en nuestras investigaciones. En cambio, lo que sí puede presentarse como campo nuevo es el interés de aproximarse cuantitativamente a esos diferenciales para dimensionarlos y proyectarlos a la comprensión de la performance global. Recientemente, varios han sido los esfuerzos por conformar series históricas de PIB regionales para países europeos como España (Martínez-Galarraga, 2012; Rosés, et. al, 2010), Suecia (Henning et al., 2010), Italia (Felice, 2009) o Portugal (Badía-Miró, et al., 2012), y ello ha contribuido muy favorablemente a la propia interpretación de procesos nacionales y de “border economics”.

Entonces, la pregunta que surge inmediatamente es la siguiente, ¿tiene sentido realizar estos esfuerzos de contabilización en las economías periféricas? ¿estamos en condiciones, en América Latina, de promover ese tipo de investigaciones? Quizás pueda ser pretencioso pretender avanzar por este camino cuando todavía varios países de la región no han completado sus cuentas nacionales históricas del lado de la producción (mientras que los cálculos complementarios del lado del gasto y del ingreso son aún muy iniciales). Sin embargo, muchas de esas disparidades de las que habla la teoría son materia clave para comprender la propia historia económica de nuestros países y el esfuerzo es mucho más que un mero capricho académico. ¿Es posible estudiar la historia económica de países tan vastos como Argentina y Brasil o tan variados como Chile y Bolivia sin estas consideraciones? ¿Hasta qué punto rinde, analíticamente hablando, estudiar la historia económica de Uruguay sin integrarla a la de la pampa húmeda argentina y a la de Río Grande do Sul de Brasil? ¿Cuánto de la historia económica del norte de México toma sentido si se recurre a enfoques de carácter regional antes que nacional?

Muchas veces, la identificación de verdaderos “territorios económicos” antes que jurisdicciones políticas nos ofrecería una renovada capacidad de análisis y, por lo tanto, contar con contabilidades de ese carácter significaría abrir nuevas oportunidades de explicación. Además, hasta cierto punto, no dejaríamos de reivindicar una vieja categoría cepalina que situaba a la “heterogeneidad estructural” en el centro del análisis. En trabajos como los de Anibal Pinto de 1965 y 1970 se utilizaba esa idea para referirse a la disparidad entre los niveles de productividad sectorial, con lo cual se daba cuenta de la coexistencia de un pequeño sector de productividad elevada con otro más amplio de menor dinamismo. En esta conceptualización, la dimensión territorial se incorpora naturalmente bajo la idea de que el crecimiento económico puede tender a ser conducido por el desempeño de un limitado número de economías locales dentro del estado-nación, así como trascender las fronteras políticas en la constitución de verdaderos territorios de producción y consumo.

En próximas entradas al Blog realizaremos una revisión de antecedentes latinoamericanos en la materia –fundamentalmente en el cálculo de niveles de bienestar históricos al interior de los países– y repasaremos las opciones metodológicas disponibles, reflexionando sobre aplicaciones concretas en los casos de América Latina.

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STORPER Michael (1997): The regional world: territorial development in a global economy. New York: The Guilford Press.

Fascinación por revolución comercial

Xavier Duran (Universidad de los Andes, Bogotá, Colombia), 5 de junio de 2013.

Necesito algunas técnicas de network analysis para un proyecto en el que trabajo, y me deje convencer de aplicar a una conferencia sobre network analysis. Y nos aceptaron el paper.

Lo de nuestro proyecto resulto muy productivo.

Lo más interesante, para mí, fue el lecture del keynote speaker, John Padgett, sociólogo de Harvard, estudiante de Harrison White, y ahora en el departamento de ciencia política de la Universidad de Chicago.

Padgett estudia el caso del desarrollo de los bancos mercantiles en Florencia, 950-1350, como consecuencia de la solicitud del Papa para administrar y financiar el presupuesto de la Iglesia católica en sus cruzadas contra el Emperador Romano. Este es uno de los temas favoritos de historiadores económicos y empresariales: la revolución comercial y creación de las primeras empresas.

La narrativa es más o menos así – perdonen las imprecisiones, este es mi mejor resumen después de solo escuchar el discurso de Padgett y leer por encima un capítulo de su libro:

Los grupos de mercaderes se forman para comerciar bienes de lujo en las ferias Champaign, basados principalmente en vínculos familiares para reducir las dificultades que el problema del principal-agente implica sobre el comercio de larga distancia. Los mercaderes florentinos participan en las ferias de Champaign, pero no son los más grandes mercaderes de estas ferias. El Papa enfrenta conflictos con el Emperador Romano y busca a mercaderes florentinos para que le ayuden a administrar y financiar las cruzadas contra el Emperador Romano. Los mercaderes enfrentan el reto de recolectar impuestos de tierras de la Iglesia esparcidas por buena parte de Europa y financiar las cruzadas en momentos precisos. Es decir tienen que transferir recursos entre locaciones fijas y distantes entre sí (comercio a larga distancia) y en tiempos distantes entre sí (deuda). Al pasar el tiempo, los mercaderes usan su aprendizaje al administrar las finanzas de guerra de la Iglesia para desarrollar una nueva forma de organización del comercio a larga distancia en la edad media. La nueva organización se constituye dentro del marco legal de un “partnership” y tiene i) vida que es independiente y más larga que la de sus socios originales a través de una razón social que es heredada y continuada por los hijos de los socios, ii) locales en diferentes lugares (y ya no necesita de agentes para realizar operaciones en estos locales), iii) mejoran la técnica del “single entry accounting” para llevar la contabilidad centralizada de operaciones en diferentes locales en diferentes lugares y iv) mejoran la técnica del “bill of exchange”. Asi, los florentinos reducen las dificultades del problema de agencia que implica el comercio de larga distancia y crean una nueva organización que nos lleva un paso más en la evolución hacia la firma moderna. La nueva forma organizacional le permite a los mercaderes crecer y posicionarse social y económicamente en Florencia, y se transforman de new-man families a patrician families. Asi, el proceso comienza de “company out of family” (familias que usan vínculos familiares para comerciar) y termina de “family out of company” (compañías que le dan status y poder económico a familias que inicialmente no lo tenían).

La explicación conceptual que Padgett propone para este proceso está basada en redes. Primero, redes familiares apoyan el desarrollo de redes mercantiles que facilitan el desarrollo de las ferias de Champaign. Luego una parte de estas redes mercantiles se incrusta al interior de la red de la Iglesia para administrar y financiar las cruzadas. La red de mercaderes luego se independiza de la Iglesia para realizar sus operaciones comerciales, usando lo aprendido sobre cómo organizar el comercio a larga distancia y los contactos producto de su trabajo al interior de la Iglesia.

Algunos trabajos de historiadores económicos complementan la historia que presenta Padgett. Los trabajos son sobre el norte de África, Génova y Venecia, pero creo que la comparación de trabajos es interesante.

La comparación de Avner Greif (1992, 1993, 1994) entre el norte de África y el norte de Italia muestra que tanto el norte de África como el norte de Italia usaban los lazos familiares, étnicos y religiosos como soporte de la organización del comercio – “company out of family” para Padgett. Al crecer el comercio, el norte de África no pudo adaptarse a los nuevos niveles de comercio, y siguió realizando comercio a un bajo nivel y basado en vínculos familiares, étnicos y religiosos. En el norte de Italia, en cambio, se desarrolló la comenda, un precursor de la corporación moderna. El norte de África no pudo acelerar su crecimiento como si lo hizo el norte de Italia.

El trabajo de Diego Puga y Daniel Trefler (2012) sobre Venecia durante la revolución comercial es también relevante. El crecimiento del comercio lleva a que mercaderes venecianos desarrollen innovaciones de diferente tipo (organizacionales, mercados profundos de deuda, banca de depósito, “double entry book keeping”, educación empresarial). Los mercaderes ganan poder económico y social y presionan para lograr limitaciones en el proceso de herencia del poder ejecutivo y el establecimiento de un parlamento. El crecimiento de Venecia se extendió y la movilidad social aumento. Luego, un grupo de ricos mercaderes cerró la participación política al hacer participación en el parlamento hereditaria.

Es fascinante para un científico social ver que el norte de África no pudo innovar, el intenso cambio tecnológico y organizacional a través de la commenda y otras formas, del doublé entry bookeeping, de los bill of exchange y la profundización del mercado de deuda, o que un mismo grupo social primero lucha y logra abrir el sistema político y luego lo cierra. Son cambios importantes y nunca había notado que tantos habían estado juntos durante la revolución comercial – confesión de mi ignorancia, supongo.

Una “herencia colonial” no tan mala: salarios, estaturas y desigualdad en la América española a fines del período virreinal

Rafael Dobado (Universidad Complutense de Madrid), 23 de abril de 2013.

Goza de amplia aceptación la idea de que el lento crecimiento y la gran desigualdad han sido los dos principales problemas del desarrollo económico de Hispanoamérica durante los siglos XIX y XX. También es popular la idea de que ambos problemas constituyen una parte esencial de la herencia colonial española. Esa supuesta herencia colonial es frecuentemente señalada tanto en la prensa popular como en libros y artículos especializados o declaraciones políticas- como una maldición sobre la historia económica, y no sólo, de esa parte del mundo. Sin embargo, sorprendentemente, el fundamento cuantitativo de esa interpretación es más bien limitado, por no decir inexistente, al menos en algunas de sus versiones menos ilustradas. A este respecto, mientras que abundan los supuestos, escasean los datos numéricos. Por esta razón, algunas preguntas relevantes necesitan respuestas bien fundadas cuantitativamente: ¿cómo eran realmente los niveles de vida durante el período virreinal? ¿era la desigualdad tan grande como se suele dar por descontado?     

En 2004-2008, el crecimiento económico en Iberoamérica alcanzó tasas que era desconocidas desde la década de 1970. La recuperación de la crisis internacional ha sido inusualmente rápida y sólida. El crecimiento reaparece en 2010-2012. La reducción reciente de la pobreza ha sido substancial, pues ha permitido que, entre 1990 y 2010, su incidencia se haya reducido desde casi un 50% a menos del 33%. El retroceso de la indigencia ha sido aun mayor.

         La desigualdad también ha disminuido. Después de crecer durante la década de 1990, su evolución posterior contrasta con la de la mayor parte de los BRICS: en doce de diecisiete casos, la reducción media anual del coeficiente de Gini entre 2000 y 2007 ha sido del 1,1 puntos porcentuales se ha reducido (López-Calva and Lustig, 2010).

         Durante los años de crecimiento lento y desigualdad en aumento, la “herencia colonial” era el malo de la película. Sigue siéndolo en los de crecimiento rápido y mayor igualdad.

         En su versión más influyente, la “herencia colonial” consistiría en instituciones ineficientes, extractivas o jerárquicas que inhibían el crecimiento y promovían la desigualdad tanto antes como después de la independencia (North, 1990; Engerman and Sokoloff, 1997, 2002, 2005; North et al., 2000; Acemoglu et al., 2002; Coatsworth, 2006).

         Sin embargo, pese a su popularidad, la evidencia empírica en apoyo de esta visión de la “herencia colonial” es escasa o inexistente. Por ello, resulta interesante el estudio de los niveles de vida (económicos y biológicos) en la América de fines del período virreinal desde una perspectiva internacional comparada. Esta investigación, en contraposición a los supuestos, que no conclusiones, habituales, muestra que: a) ni los salarios eran tan bajos ni las estaturas tan cortas como muchos esperarían (Dobado y Garcia, 2009, 2012); y b) la desigualdad era también más baja que la que no pocos atribuirían a priori (Dobado y Garcia, 2010).

Entre 1800 y 1820, los trabajadores no cualificados de diversos sectores productivos y lugares de la América española disfrutaban de niveles de vida medios o altos, si se miden por la capacidad de compra de los salarios en términos de grano, carne y azúcar. Eran más altos que en muchas partes del mundo, incluyendo Asia y algunos países europeos, pero no, coincidiendo en ello con Allen et al. (2012), que en los EEUU. También se observan, al igual que apuntan Arroyo et al. (2012), diferencias de alguna importancia entre unos y otros virreinatos y actividades económicas.

Gráfico 1: Salarios en grano, carne y azúcar (kilos por día) hacia 1800.

Legenda: (1) urbano; (2) rural; (3) no especificado; (4) “tierras bajas”; (5) “tierras altas”; (6) minería. Fuente y método: Véase Dobado y García, 2012.

Legenda: (1) urbano; (2) rural; (3) no especificado; (4) “tierras bajas”; (5) “tierras altas”; (6) minería.
Fuente y método: Véase Dobado y García, 2012.

         Si atendemos a los niveles de vida biológicos, resulta que, en las décadas centrales del siglo XVIII, las estaturas en algunas regiones novohispanas y venezolanas –por no mencionar la rioplatense- eran similares a las europeas. Los varones de la Nueva España suroriental eran claramente más bajos, pero no tanto como para que no se encuentren estaturas semejantes en partes de Europa por entonces y más tarde. Al igual que en los EEUU o Gran Bretaña existías diferencia sociales en las estaturas. Sin embargo, estas no parecen ser mayores que en estos dos países y tendieron a decrecer entre las décadas de 1730 o 1740 y la de 1760.

         La comparación internacional de salarios reales y estaturas contrasta con la imagen resultante de las estimaciones de producto per capita disponibles para fines del período virreinal (Coatsworth, 2008; Maddison, 2009). Las diferencias de producto exceden a las de niveles de vida. Incluso si Dobado y García sobrevalúan en alguna medida los niveles de vida, la falta de correspondencia entre el primero y los segundos deberían ser explicadas. Es probable que la causa, como se sostiene en Dobado y García (2009) y apuntan posteriormente Arroyo et al (2012), se deba a la necesidad de revisar al alza las estimaciones del producto, al menos para algunos territorios americanos (por ejemplo, particularmente, Nueva España).

         Limitada y mejorable como es, estos nuevos datos sobre salarios reales y estaturas suponen un reto para algunas ideas convencionales acerca de los efectos económicos de largo plazo de la “herencia colonial”. La persistencia secular de una desigualdad intensa no resulta confirmada por la exploración preliminar de la desigualdad internacional comparada hacia 1820 basada en el “Índice de Williamson”.

Gráfico 2: Ratios del PIB per capita en 1820 a los salarios en grano en 1800-1820.

Fuente y método: Véase Dobado y García, 2010.

Fuente y método: Véase Dobado y García, 2010.

         Curiosamente, algunos países de la América española resultarían antes poco desiguales que lo contario. Por su parte, ni Coatworth (2008) ni Williamson (2009) encuentran nada excepcional en la desigualdad durante el período virreinal.

         Si la imagen revisionista de los niveles de vida y la desigualdad no es refutada por nuevas investigaciones bien fundamentadas cuantitativamente, surge una pregunta. ¿Hasta que punto es compatible esta imagen con la del neoinstitucionalismo? Ciertamente, junto a la esclavitud, otras instituciones extractivas (mita, encomienda, repartimientos, etc.) y desiguales existieron, como habían existido en el período prehispánico. No obstante, ni fueron ubicuas ni permanentes. Muy al contrario, tendieron a ser substituidas total o parcialmente en casi todas las actividades productivas por un mercado de trabajo asalariado que no dejo de crecer desde comienzos del siglos XVI y que antes no existía en América. Circa 1800, las instituciones extractivas distaban de ser mayoritarias o incluso más comunes que el trabajo asalariado. Un ejemplo de ello lo constituye la minería andina, ese supuesto epítome de la extracción colonial. Por otra parte, algunas de esas instituciones que perduraron frecuentemente combinaban salarios –no siempre bajos- con compulsión (por ejemplo, en Potosí). Es más, ya a fines del siglo XVI, “private labor markets” se habían convertido en “the principal mechanism to allocate indigenous labor to Spanish enterprise” (Coatsworth, 2006, p. 264). Se olvida muy frecuentemente que “instituciones de propiedad privada”, tales como los mercados de factores (tierra, trabajo y capital), sólo hicieron su aparición tras la Conquista.

         En cualquier caso, las instituciones tardovirreinales podrían ser  relativamente ineficientes si se comparan con las otras areas más desarrolladas  del mundo (North, 1990; Coatsworth, 2006). Ello no impidió  que partes de la América española experimentasen un crecimiento económico genuino en el siglo XVIII.  Una alta ratio tierra/trabajo y políticas más favorables a la especialización y la integración de los mercados podrían explicar simultáneamente los altos niveles de vida y el crecimiento económico –aunque lento, como era la norma internacional por entonces-  de algunos territorios antes de la independencia.

         Las implicaciones para el debate sobre la Gran Divergencia podrían no carecer de interés. Si, a comienzos del siglo XIX, los niveles de vida eran semejantes a los de algunos países occidentales, o incluso mejores, por no mencionar a Asia, éste dejó claramente de ser el caso entre 1820 y 1870. Así, la pregunta acerca de cuándo ocurrió la Gran Divergencia con el Oeste podría ser respondida con algo de certeza: no en el período virreinal sino después.

         En resumen, los duraderos problemas económicos de Iberoamérica –algunos de los cuales, afortunadamente, parecen estar aliviándose- podrían no estar tan profundamente enraizados en el período virreinal como muchos economistas e historiadores económicos, así como políticos y gente corriente, tienden a pensar. Necesitamos mucha más investigación cuantitativa sobre la Edad Moderna. Al mismo tiempo, en su búsqueda de explicaciones, quienes se preocupan por la suerte de esos 175 millones de seres humanos que viven todavía en la pobreza en esa parte del mundo y por la elevada desigualdad de la distribución de la renta (un Gini de 0,5 hacia 2010) deberían disminuir un tanto la “culpabilidad” atribuida al período virreinal y examinar más detenidamente la que corresponde a momentos posteriores de la historia. Que la segunda es un resultado estricto y exclusivo de la primera, sea cual sea, es algo a demostrar, no a dar por sentado.

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