Las diferencias de género en el mercado laboral, brechas salariales como factor emergente

Silvana (06-11-2018)

Silvana Maubrigades es Profesora Adjunta de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República, Uruguay. Es Socióloga y Doctora en Historia Económica por la misma  Universidad. Trabaja en el Programa de Historia Económica donde desarrolla su línea de investigación vinculada a las temáticas de desarrollo, desigualdad y mercado de trabajo desde la perspectiva de género.

 

RESUMEN. Reafirmando la complejidad que presenta el fenómeno de la desigualdad en la región, en esta primera presentación en el blog se introduce la perspectiva de género para analizar en América Latina la brecha salarial, identificándose algunas persistencias como la segregación ocupacional que deriva en disparidades salariales entre hombres y mujeres; y constatándose también una permanencia de las brechas salariales en los estratos más educados de la población activa.

A lo largo del siglo XX, en América Latina, las mujeres duplican su participación en el mercado de trabajo pasando de un promedio aproximado de un 20 % en la primera mitad del siglo XX a guarismos en torno al 40/50 % al final del siglo. Sin embargo, diversos enfoques teóricos e investigaciones aplicadas han demostrado la no linealidad entre el crecimiento económico y el aumento de la población económicamente activa femenina (PEAF). De allí se deriva la necesidad de desarrollar una explicación multicausal de este proceso, abarcando factores explicativos desde la demanda (cambios en los modelos productivos) y desde la oferta (aumento de las capacidades individuales y cambios en la estructura familiar).

Este enfoque aplicado a la región requiere, por un lado, una mirada de largo plazo que permite trazar continuidades y cambios en las variables observadas y, por el otro, la comparación entre los distintos países latinoamericanos y con otras regiones a los efectos de visibilizar esta no linealidad en las trayectorias de los países. Desde la perspectiva histórica y comparada se busca articular las particularidades de los distintos casos estudiados para encontrar explicaciones generales sobre el proceso de incorporación de las mujeres al mercado de trabajo en América Latina. Sus resultados permiten identificar distintos patrones de desigualdades de género en el mercado de trabajo en América Latina vinculados a etapas y modelos de desarrollo

En esta primera presentación al blog introduciré la perspectiva de género para analizar en particular, un tema recurrente en los estudios sobre América Latina, pero también a nivel global. Decía Esteban Nicolini allá por el 2014[1] que la mayoría de las investigaciones recientes coinciden en que la inequidad de ingresos ha aumentado considerablemente en el mundo en los últimos 200 años (aproximadamente) y que la mayor parte de ese incremento se produjo por el aumento de la inequidad “entre” los países y no por la inequidad “dentro” de los países (Milanovic 2011, Bourguignon y Morrison 2002).

En particular, si consideramos sólo el caso de América Latina encontraremos que es un territorio caracterizado por una inequidad persistente con una multiplicidad de causas en su explicación, pero donde aparecen algunos elementos recurrentes. Se ha confirmado que esta desigualdad está vinculada a la falta de oportunidades laborales, a la falta de educación e incluso a la estructura productiva de los países analizados  (Bourguignon et al 2004; Bértola y Ocampo 2012). Sin embargo, en todos estos casos, una mirada a estos mismos indicadores desde una perspectiva de género muestra a las mujeres con una brecha negativa de ingresos que no se ha abatido con el paso del tiempo.

Gráfico 6.2. Brecha salarial de género en América Latina. (Promedio simple por quinquenio)

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Fuente: Elaboración propia en base a SEDLAC (CEDLAS & The World Bank).

El primer elemento que destaca en la explicación de esta persistencia en materia de desigualdades salariales mensuales es que las mujeres trabajan, en promedio, menos horas que los hombres. Claro que esta disparidad responde al hecho de que las mujeres mantienen aún una doble jornada laboral asociada al desbalance en las tareas de cuidados que se realizan en el hogar, lo que limita sus posibilidades de cumplir jornadas completas en el mercado de trabajo o efectuar horas extras en el mismo.

Al tener en cuenta el efecto de las horas trabajadas estas diferencias salariales se reducen, aunque si se analiza con mayor profundidad se observan comportamientos muy disímiles según las características de los trabajadores y su diferencial inserción en el mercado de trabajo.

Hacia finales del siglo XX, cuando el proceso de integración de las mujeres al mercado de trabajo en América Latina parece ser ya un fenómeno irreversible, las diferencias salariales cobran una significación mayor en la explicación de las desigualdades de la región, visualizándose tendencias homogéneas entre los países. La evidencia indica las mujeres tienen ingresos inferiores en todos los niveles educativos, pero las diferencias salariales al interior del grupo de los menos educados, así como entre los más educados, es aún más significativa a favor de los hombres.

Con respecto al impacto de la edad en las desigualdades salariales, se encuentra que la desigualdad se incrementa a medida que esta aumenta. Si bien el incremento de la edad produce un aumento salarial en hombres y en mujeres, premiando así la experiencia, proporcionalmente ese crecimiento continúa beneficiando a los hombres más que a las mujeres. En cambio, entre los más jóvenes, donde puede suponerse que la experiencia laboral es menos relevante en la fijación del salario, se encuentra una significativa reducción de la brecha salarial de género.

Por otro lado, la forma en la que hombres y mujeres se incorporan al mercado de trabajo y “eligen” los espacios de participación también tiene su impacto en las retribuciones económicas percibidas. La concentración de mujeres en ocupaciones y sectores con una menor retribución en el conjunto del mercado laboral tiene como resultado un promedio de ingresos inferiores para ellas, constituyendo la segregación sectorial y ocupacional por sexos uno de los factores más relevantes para explicar la brecha salarial.

Estos resultados aportan evidencias a la discusión sobre el sesgo en la selección de ocupaciones “masculinas” y “femeninas” y sus repercusiones en la brecha salarial de género. El acceso de las mujeres a determinadas actividades da como resultado una diferenciación salarial a favor de los hombres y las tareas que desarrollan. El tipo de inserción que tienen hombres y mujeres es uno de los factores que más influye en las diferencias salariales. Dentro de las actividades consideradas “feminizadas” persisten las diferencias salariales negativas para las mujeres y estas son más pronunciadas en aquellos sectores de menores ingresos como es el caso del servicio doméstico. Dentro de las actividades “masculinizadas” como la industria manufacturera, se obtiene también una brecha salarial negativa para las mujeres. Finalmente, dentro del conjunto de personas que perciben ingresos son los trabajadores asalariados los que muestran una menor brecha salarial de género. Tanto dentro del sector empresarial como entre los cuentapropistas, se observan los niveles más altos de desigualdad salarial, superiores al 20%.

Estas condiciones, que caracterizan a la desigualdad a nivel global y que, en el caso latinoamericano, tienen expresiones muy claras en todas sus dimensiones, requieren de una caracterización histórica precisa para alcanzar una interpretación cabal de su evolución y cambio. El objetivo de las dos próximas entradas al Blog será, en primer lugar, analizar los cambios en la demanda de fuerza de trabajo al presentarse una breve caracterización del proceso de incorporación de las mujeres al mercado de trabajo a la luz de los modelos de desarrollo presentes en la región durante el siglo XX. En segundo lugar, se abordarán los cambios ocurridos en la oferta de trabajo femenina, vinculándolos a las dinámicas demográficas y a las transformaciones ocurridas en la vida de las familias, sobre todo a partir de la década de 1950 y hasta nuestros días. Se intentará visibilizar así la existencia de una serie de decisiones asumidas por los hogares y por los individuos que procuran viabilizar la participación laboral de las mujeres a partir de modificaciones en las formas de vida y en los arreglos familiares.

 

Referencias:

Bértola, L. and J. A. Ocampo (2012). The economic development of Latin America since independence. Oxford, Oxford University Press.

Bourgugnon, Francois and Morrison, Christian (2002). Inequality among world citizens: 1820-1992. American Economic Review 92, 727-744.

Bourguignon, F.;Ferreira, F.H.G. and Lustig, N. (eds.) (2004): The Microeconomics of Income Distribution Dynamics in East Asia and Latin America. Washington, DC: World Bank.

Maubrigades, S. (2018) Las mujeres en el mercado de trabajo en América Latina durante el siglo XX. Un análisis comparado de la tasa de actividad, sus factores explicativos y su impacto en la brecha salarial. Tesis doctoral. Universidad de la República, Facultad de Ciencias Sociales.

Milanovic, Branko (2011). A short history of global inequality: the past two centuries. Explorations in Economic History 48, 494-456.

[1] https://pasadoypresenteblog.wordpress.com/2014/02/21/los-componentes-de-la-inequidad-y-su-sentido-en-el-largo-plazo

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Los componentes de la inequidad y su sentido en el largo plazo

Esteban Nicolini (CIEDH – Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino), 21 de febrero de 2014.

En esta entrada del blog juntaremos dos temas que se han tratado en este sitio: el primero es la evolución de la inequidad global en el largo plazo; el otro es el de la reconstrucción de los PIBs regionales en el mundo y en América Latina en particular.

En relación a la inequidad global, la mayoría de las investigaciones recientes coinciden en que la inequidad de ingresos ha aumentado considerablemente en el mundo en los últimos 200 años (aproximadamente) y que la mayor parte de ese incremento se produjo por el aumento de la inequidad “entre” los países y no por la inequidad “dentro” de los países (Milanovic 2011, Bourguignon y Morrison 2002).

Recordemos que la inequidad entre países es una medida de la distancia entre los ingresos medios nacionales, suponiendo que el ingreso de cada hogar en cada país es igual al promedio. La inequidad dentro de los países es una medida de la distancia entre los ingresos de cada hogar en cada país con respecto a la media de su propio país. La práctica usual es ponderar el aporte que hace cada país según su tamaño (en algunas medidas de la inequidad el tamaño viene dado por la población mientras que en otras medida el tamaño viene dado por su ingreso total).

Los proyectos de investigación mencionados por Henry Willebald en la entrada anterior, concentrados en la reconstrucción de los PIBs regionales en Europa y en América Latina pueden ser considerados un avance en la desagregación espacial de la desigualdad en el sentido de que aportan una visión de la inequidad dentro de los países pero sin llegar al nivel de los ingresos de los hogares individuales. Podríamos decir que medir la desigualdad entre unidades sub-nacionales (regiones, provincias, departamentos) es una medida de la parte de la desigualdad “entre” dentro de cada desigualdad “dentro”. Por lo tanto, y dado que la desigualdad “dentro” es una parte pequeña de la desigualdad global, la desigualdad entre regiones tendrá que ser relativamente baja.

En esta breve entrada propongo dos cuestiones para la reflexión o discusión. La primera tiene que ver con la elección de la frontera que separa lo “entre” de lo “dentro”.  En los estudios mencionados al comienzo, centrados en la inequidad global (planetaria) en el largo plazo, lo “entre” es “entre países” y las fronteras, entonces, son las fronteras nacionales. Quedan en general relegadas a notas al pie las menciones de los detalles incómodos de los cambios de las fronteras, la disgregación de países y la aparición de algunos nuevos. ¿Tiene lógica esta elección? Probablemente, en términos generales, sí. Los países poseen una serie de características comunes, las que llamamos macroeconómicas en nuestros cursos introductorios, que seguramente tienen mucho que ver la evolución de los ingresos: la moneda y el tipo de cambio, los niveles de precios, cierta integración de los mercados laborales, las  políticas fiscales. En lo que puede darse más heterogeneidad es en la dotación de recursos naturales en particular en países geográficamente extensos como China o Rusia y en el contexto latinoamericano, Brasil, México o Argentina. Esto puede generar ciertas hipótesis interesantes sobre la posible conexión entre la dispersión “entre” como asociada a las instituciones y las políticas (que sería en gran medida lo que hace a unos países distintos de otros) y las dispersión “dentro” como más asociada a los recursos naturales (dado que la muchas de las políticas y las instituciones son comunes para las regiones dentro de un país). Esto, claro está, es sólo una sugerencia para la construcción de posibles vías de investigación. De hecho existe evidencia de que las instituciones no solo pueden tener impactos en el muy largo plazo (por ejemplo Acemoglu et al. (2002)) sino que también algunas instituciones muy antiguas y no asociadas a la política “nacional” pueden generar diferencias dentro un país.[1] Para terminar con esta parte, dejo sólo planteada la inquietud de historiador frente a la tendencia un tanto simplista de hablar de la inequidad entre países en períodos como la primera mitad del siglo XIX, en particular para América Latina. Los primeros datos tanto de Bourguignon y Morrsion (2002) como de Milanovic (2011) corresponden a 1820 momento en el cual muchos de los actuales “países” en América Latina no existían como tales y eran, en el mejor de los casos, entidades difusas de fronteras por definir.

La segunda cuestión es un corolario de la anterior, con un ejemplo concreto y algunos datos construidos recientemente. La evolución histórica de Argentina suele usarse como ejemplo de fracaso (especialmente por los argentinos). Una versión muy generalizada en la historiografía puede simplificarse proponiendo que luego de un momento brillante de notable  crecimiento económico y altos niveles de ingreso a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, Argentina habría entrado en una decadencia sostenida durante (aproximadamente) los dos últimos tercios del siglo XX. El debate sobre las causas de esta decadencia está abierto pero las que más adeptos reúnen son una mala elección de políticas o, más profundamente, un mal sustrato institucional (Aráoz 2013). Lo que está claro es que desde 1930, la mayor parte de las políticas aplicadas en el período anterior se cambiaron de manera bastante drástica: se pasó de una integración intensa al mercado internacional de bienes y factores a una política de autarquía y sustitución de importaciones; se relajó el control monetario y se permitió una mayor tasa de inflación se intervino de manera más activa en muchos mercados y la participación del estado en la economía creció significativamente. ¿Qué sucedió con la inequidad en este período en Argentina? No lo sabemos porque todavía no tenemos estimaciones confiables y completas de la distribución de los ingresos de los hogares. Sin embargo, muy recientemente, dos co-autores y yo hemos podido reconstruir (con las limitaciones del caso) los PIBs de las provincias argentinas en 1914 (Aráoz, Nicolini y Soria Fuentes 2013) y un resultado digno de mencionar en el contexto de lo que estamos hablando es que las posiciones relativas de las provincias ha tenido una estabilidad notable entre 1914 y 1953 (primer año para el que teníamos estimaciones de otros autores –Elías (1996)- con las que podemos hacer la comparación).

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En otras palabras, en un contexto en el cual la situación macroeconómica de Argentina cambió drásticamente y este país descendió considerablemente en el ranking de ingreso de los países, la situación “hacia adentro” no cambió casi nada: la mayoría de las provincias ricas lo siguieron siendo y las pobres también. De manera tentativa, entonces, aparentemente los cambios de las políticas y las instituciones tienen poder explicativo para la posición relativa de un país mientras no parecen generar impactos relevantes en (al menos una dimensión de) lo que pasa dentro de ese país.

Quizás en el CLADHE IV en Bogotá nos permita darle forma más precisa a las preguntas y encontrar algunas respuestas.

Referencias:

Acemoglu, Daron; Johnson, Simon y Robinson, James (2002). Reversal of fortune: geography and institutions in the making of the modern world income distribution. Quarterly Journal of Economics 117, 1231-1294.

Aráoz, María Florencia (2013). La calidad institucional en Argentina en el largo plazo. Revista de Historia Económica 31, 73-109.

Aráoz, María Florencia; Nicolini, Esteban A. y Soria Fuentes, Rodrigo (2013). Regional Disparities in income per capita in Argentina in 1914. Mimeo. UNSTA – Argentina.

Bourgugnon, Francois and Morrison, Christian (2002). Inequality among world citizens: 1820-1992. American Economic Review 92, 727-744.

Dell, Melissa (2008). The Mining Mita. Explaining institutional persistence. Mimeo. MIT.

Milanovic, Branko (2011). A short history of global inequality: the past two centuries. Explorations in Economic History 48, 494-456.


[1]  Dell (2008) muestra que la institución colonial de la Mita habría tenido un impacto económico negativo en la actualidad en aquellas regiones en las que fue implementada en comparación con aquellas regiones en las que no lo fue.

La inequidad condenable: ´Dime donde naces…´

Esteban Nicolini (CIEDH – Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino), 19 de febrero de 2013.

No todas las desigualdades económicas son injustas: algunos trabajan más o son más capaces que otros. Pero dado que gran parte de las distancias entre ricos y pobres en el mundo actual se debe sobre todo al país en el que las personas nacen … parece bastante obvio que la lucha contra la desigualdad es una lucha justa y necesaria.

En una entrada anterior de este blog presentábamos brevemente algunas visiones sobre la evolución de largo plazo de la inequidad. Mencionábamos que si bien era muy claro que los en los últimos doscientos años la humanidad había logrado, sin lugar a dudas, un enorme aumento de la producción de bienes y servicios per cápita, la distribución de esos bienes era hoy, casi con seguridad, mucho menos equitativa que hace doscientos años. Para algunos ese aumento de la inequidad global habría comenzado a revertirse en los últimos veinte o treinta años (Sala i Martin, 2002) mientras que para otros, a lo sumo se habría desacelerado o estancado (Milanovic, 2003). La mayor parte de esa entrada estaba centrada en la economía positiva, o sea, un intento de descripción y comprensión de la realidad sin emitir juicios de valor, aunque, reconozco, la noción de que la reducción de la inequidad era algo deseable aparecía implícitamente a lo largo de todo el texto.

En un comentario a ese post y en su reseña del libro de Branko Milanovic “The haves and the have-nots…”, Rafa Dobado insistía en una pregunta  importante y difícil de contestar: ¿Es siempre mala la inequidad? ¿Es deseable que todos los seres humanos tengamos el mismo ingreso o el mismo acceso a bienes y servicio? Ésta, por supuesto, es una pregunta normativa.  Dándole entonces toda la entidad que se merece la pregunta de Dobado, este post será una –pequeña y modesta- reflexión normativa sobre la inequidad y una discusión sobre algunas características de la inequidad actual y pasada.

Garantizar la equidad absoluta en cualquier escenario pondría en cuestión un valor importante: el de la responsabilidad. La convicción de que las personas adultas son responsables de sus acciones y las consecuencias de las mismas nos lleva a rechazar la propuesta de que todos ganemos lo mismo independientemente del esfuerzo y de la capacidad. Parece razonable que un profesor que publique el doble de lo que yo publico gane más que yo y que Messi  gane más que Bojan. Pero eso no nos lleva a aceptar todas las inequidades.

Un concepto central para evaluar la maldad, bondad o neutralidad de la inequidad es el de la equidad de oportunidades que sugiere que las desigualdades que surgen de elementos que están fuera de la responsabilidad de cada individuo no deberían ser motivos para penalizar a ese individuo con menores ingresos.

Otro concepto importante es de de los derechos básicos. Si una persona enfrenta el hambre, aún como consecuencia de sus malas decisiones, propongo que como sociedad debemos garantizar que todos nuestros esfuerzos se dirigirán a evitarle esa situación extrema. Y esta opción no tiene sólo que ver con la dignidad básica de la persona en cuestión; tiene que ver con nuestra dignidad como sociedad.

Deseo y creo que estos dos conceptos –o variantes muy cercanas de los mismos- son compartidos por una gran mayoría de los ciudadanos del mundo. Y estos dos conceptos tan generales nos permiten una mirada más crítica a la inequidad de ingresos que sufre –y en este caso la elección del término es intencional- nuestro mundo actual.

Como decíamos más arriba, hoy tenemos dos posturas sobre la evolución de la inequidad en los últimos años. Sin embargo, ambas visiones coinciden en que en las últimas décadas una gran parte de la inequidad global, esa que tiene que ver con las distancias entre los ingresos de todos los habitantes del mundo está relacionada con lo que se llama la inequidad “entre” países (la ya mencionada reseña de Dobado hace una definición un poco más precisa de este concepto y el libro de Milanovic ofrece una discusión completa). Esto quiere decir que las distancias de ingresos de los seres humanos depende mucho más del hecho de que algunos países son muy ricos en promedio y otros muy pobres que del hecho de que dentro de cada país existen habitantes ricos y habitantes pobres.

Esta gran importancia relativa de la inequidad entre países sugeriría que para un individuo nacido en un hogar pobre de dentro de un país pobre, la migración parecería un camino más sencillo o eficiente que la búsqueda del ascenso social y económico dentro de su propio país. La gran migración “hacia el norte” en varias regiones del mundo y las frecuentes tragedias humanas en la frontera entre México y los Estados Unidos y en la zona del estrecho de Gibraltar son una muestra de que muchas personas tienen esa convicción.

Si una gran parte de la posición social de un individuo la determina el país en el que nace, la posición social no depende de los esfuerzos ni las capacidades de cada individuo. Por lo tanto son injustas las diferencias de ingresos entre dos trabajadores imaginarios, uno nacido en España y el otro nacido en Mali, ambos con la misma capacidad y los mismos esfuerzos realizados a lo largo de su vida… y hay mucho trabajadores en los países pobres con condiciones de vida lamentables que realizaron al menos tantos o más esfuerzos que muchos trabajadores nacidos en países ricos. Y por si no quedó clara mi posición… esa inequidad es mala y por lo tanto gran parte de nuestra inequidad actual es condenable.

Y por último, las estimaciones de largo plazo que tenemos disponibles (Bourguignon y Morrison, 2002) sugieren que la gran importancia de la inequidad entre países es un fenómeno relativamente reciente y sus orígenes estarían en lo que los historiadores económicos llamamos “La Gran Divergencia”: con la Revolución Industrial a finales del siglo XVIII algunos países aumentaron sostenida y notablemente su ingreso promedio mientras otros lo hicieron muy lentamente. Las diferencias entre países ricos y países pobres se agrandaron y los niveles de vida de la mayoría de los habitantes de los países pobres quedaron a enormes distancias de los de los países más ricos.

Obviamente se podría argumentar que en realidad los ciudadanos de cada país son los responsables últimos de su situación porque no generan las condiciones políticas, e institucionales para que estos países disfruten de un crecimiento económico sostenido pero la cuestión de la responsabilidad individual en el diseño y el resultado institucional de su comunidad es otro tema –uno extremadamente complejo e interesante- que quizás algún especialista trate en alguna entrada futura.

Reseña de “Los que tienen y los que no tienen. Breve y particular historia de la desigualdad global”

Rafael Dobado (Universidad Complutense de Madrid), 14 de enero de 2013.

Milanovic, Branko (2011), The Have and the Have-Nots. A Brief and Idiosyncratic History of Global Inequality, Basic Books, Nueva York, 258 pps, rústica en cuarto. Ha sido editado en español por Alianza Editorial en 2012 con el título Los que tienen y los que no tienen. Breve y particular historia de la desigualdad global.

La desigualdad viene recibiendo una creciente atención por economistas e historiadores económicos. Nuestro blog, como prueba la entrada de Esteban Nicolini del 17 de octubre pasado, no es ajeno a este interés por la desigualdad que la crisis parece haber contribuido a estimular entre académicos, actores políticos y publico en general.

Menos reciente es la preocupación por la desigualdad de Branko Milanovic, quien viene ocupándose de ella desde hace ya bastante tiempo (véase su página web del Banco Mundial), hasta convertirse en uno de los mayores especialistas mundiales en el asunto. El año pasado publicó The Have and the Have-Nots. A Brief and Idiosyncratic History of Global Inequality, editada este año en español por Alianza Editorial con el título Los que tienen y los que no tienen. Breve y particular historia de la desigualdad global. Un libro de reducida extensión y de fácil lectura, que no por ello deja de ofrecer abundante información y agudas reflexiones sobre la desigualdad. Jugosas anécdotas históricas vienen a amenizar un libro que se ocupa de cuestiones no siempre placenteras. Aunque no comparto plenamente alguna de las ideas del autor y echo en falta un tratamiento más detenido de algunas cuestiones espinosas, recomiendo encarecidamente la lectura de The Have and the Have-Nots. Es más, creo que se trata de un tipo de libro que los historiadores económicos de habla española deberíamos escribir con más frecuencia, pues acercarían nuestra disciplina a un público mucho más amplio.

The Haves and the Have-Nots consta de tres capítulos. Cada uno de ellos se dedica a una forma significativa de desigualdad económica (interpersonal, entre países y global). Los tres capítulos contienen un ensayo de alguna extensión y un conjunto de breves “viñetas”. Algunas de estas últimas constituyen uno de los mayores logros del libro en lo que a su amenidad se refiere.

El primer capítulo trata de la desigualdad entre los individuos pertenecientes a una determinada nación. Se inicia con algunas observaciones generales acerca del renovado interés contemporáneo por las diferencias interpersonales de renta y riqueza y un breve repaso a las proposiciones clásicas de Pareto y Kuznets. Continúa con la espinosa cuestión de las relaciones entre desigualdad y el binomio eficiencia-equidad, que se examinan desde la Economía y la Filosofía. Milanovic pasa revista a una serie de grandes autores en diversos campos, que incluye desde Weber hasta Rawls, pasando por  Keynes, Zweig, Platón, Sen, etc. Concluye con un repaso a la historia de la medición de la desigualdad y sus dificultades.

Las “viñetas” de este capítulo abarcan desde un divertido e ilustrativo comentario sobre la desigualdad, el matrimonio y el amor partiendo de la trama de Orgullo y prejuicio de Jane Austen hasta unos apuntes biográficos sobre Pareto y Kuznets. No falta un entretenido examen de las implicaciones distributivas que tendría el matrimonio de Ana Karenina con Vronsky. Otras tocan cuestiones más sesudas, como la desigualdad en los países comunistas o las diferencias de renta entre la Rusia de Tolstoy y la contemporánea. Encuentro particularmente jugosa a una de esas “viñetas”: la que nos descubre quién ha sido el hombre más rico de la historia. Entre los candidatos se encuentran el romano Creso, los norteamericanos Carnagie, Rockefeller y Gates, el ruso Jodorosky y el mexicano Slim. ¿Por quién se inclinan? La respuesta… en el libro.

El segundo capítulo se ocupa de la desigualdad resultante de considerar las rentas medias per capita de los países del mundo; esto es, la desigualdad entre países. Ésta es ahora mayor que nunca antes y tiene su origen en la Revolución Industrial y el consiguiente proceso de divergencia económica entre países.  Ahora bien, si cada país en vez de contar como una unidad de análisis es ponderado, como parece razonable, por su población, la imagen de la desigualdad contemporánea entre países cambia radicalmente, gracias al rápido crecimiento de los países más poblados del planeta (China e India) a fines del siglo XX y comienzos del XXI. No obstante, el mundo, a juicio de Milanovic, sigue siendo muy desigual, como se esfuerza en demostrar en las “viñetas” que siguen al ensayo de este capítulo, particularmente en How Unequal Is Today’s World? En otra de ellas, Why Was Marx Led Astray?, se destaca un aspecto básico de las cambiantes formas de la desigualdad a lo largo de la historia: mientras que, hacia 1870,  la desigualdad entre los habitantes del mundo era debida principalmente a la clase social de pertenencia ((por ejemplo, trabajadores frente a empresarios o rentistas), actualmente obedece mayoritariamente al país de nacimiento ((pongamos, Noruega frente a Etiopía). How Much of Your Income Is Determined at Birth? es el título de la “viñeta” donde se llega a la más bien sombría conclusión de que la emigración es la vía más factible para que un individuo de un país pobre se eleve a lo largo de la escala de la desigualdad global.

Esta forma de desigualdad, entre los “ciudadanos del mundo” o “desigualdad global”, es tratada en el tercer capítulo y su cálculo requiere una información que sólo está disponible desde hace un tiempo relativamente corto. Por eso no es posible hacer comparaciones de largo plazo de esta dimensión de la desigualdad, que, simplificando, combina las existentes entre individuos y entre países. Sí parece que su magnitud, que supera a la de los países más desiguales (Brasil o Sudáfrica, por ejemplo), “probablemente” no ha descendido desde finales de los años ochenta del pasado siglo.

 El aumento causado por la creciente desigualdad interpersonal en algunos países y la divergencia entre países pobres y ricos podría ser compensado por el notable éxito económico de India y China. Los efectos de la crisis en buena parte de los países ricos y algún retroceso reciente de las desigualdades en la históricamente muy poco igualitaria Iberoamérica –sugeriría yo– podrían estar inclinando la balanza del lado de la igualdad entre los “ciudadanos del mundo”. No cabe descartar que otros fenómenos (por ejemplo, más desigualdad dentro de países ricos y en desarrollo muy poblados o el estancamiento de un número relativamente alto de países pobres) operen en sentido contrario.

La llamativa distancia entre la minoría rica y la mayoría pobre de los “ciudadanos del mundo”, los posibles efectos de la globalización sobre la desigualdad, el contraste entre visiones alternativas sobre la evolución de la “desigualdad global” en el largo lazo, la relevancia de la “desigualdad global” y el trilema de la globalización de Rodrik son apuntados en este ensayo. Algunas de las “viñetas” del capítulo son: Where in the Global Income Distribution Are You?, Does the World Have a Middle Class? o How different Are the United States and the European Union?.

En su conclusion el libro señala algunos de los principales retos mundiales para los próximos años: “how to bring Africa up, how to peacefully bring China in and how to wean Latin America off of its self-obsession and bring it into the real World. And doing all of this while maintaining peace and avoiding ideological crusades.” (p. 215) Me gustaría creer que la mención a las “cruzadas ideológicas” no significa que toda ideología “realmente existente” (entrecomillado propio) es igual de valiosa. A este respecto, mi condición de español y el hermoso verso del alejandrino Kavafis que constituye la coda  del libro me hacen echar en falta alguna referencia de Milanovic al papel del mundo islámico en una configuración ilustrada del mundo de las próximas décadas.

            Concluiré esta entrada con algunas observaciones críticas. Sería necesaria una elaboración convincente de la equiparación entre justicia e igualdad que subyace al pensamiento de Milanovic. Tampoco da respuesta satisfactoria a algunas cuestiones de indudable relevancia: entre otras, ¿cuánta igualdad es deseable y por qué?, ¿tiene la igualdad un coste de oportunidad en términos de crecimiento?, ¿no es buena parte de la desigualdad mundial resultado de la falta de crecimiento de algunos y no de ninguna otra causa?, ¿cómo se combinan la igualdad de oportunidades con la retribución desigual al esfuerzo y al talento? Soy, a la vista de la vitalidad del nacionalismo identitario en partes de mi país y de Europa, mucho más escéptico que Milanovic acerca de la viabilidad de una ciudadanía cosmopolita. Y más optimista en mi valoración de las tendencias económicas mundiales de largo plazo: la pobreza extrema se ha reducido casi a la mitad entre 1990 y 2008.

Estas observaciones  no impiden que reitere mi recomendación de que lean The Haves and the Have-Nots y mis felicitaciones al autor y al editor de la edición en español.