Aportes sobre la industria manufacturera en Brasil, Chile y Uruguay durante el período de industrialización 1930-1980. Disparidad, mejora, ocaso y retroceso

Cecilia Lara (Universidad de la República, Uruguay)

Cecilia Lara es profesora adjunta de la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración (FCEA) y profesora asistente de la Facultad de Ciencias Sociales (FCS), ambos en la Universidad de la República, Uruguay. Es economista y Doctora en Historia Económica por la misma Universidad. Trabaja en el Programa de Historia Económica (FCS) y en el Instituto de Economía (FCEA). Sus temas de interés son estructuras productivas y políticas de desarrollo productivo; población y desarrollo; y género y bienestar.

RESUMEN. El objetivo de este post es aportar elementos de la experiencia histórica para la discusión actual del rol del Estado en América Latina y, en particular, de las políticas de desarrollo productivo. Conocer más sobre el desempeño del período de la industrialización entre 1930-1980 en la región es de vital importancia, ya que fue el momento durante el cual la industria actuó como el motor del crecimiento económico, de la mano de un despliegue de políticas de Estado, hechos que no se volvieron a repetir en en la región, constituyendo una etapa singular de la historia económica latinoamericana.

El rol del Estado en la economía. Hoy y ayer

En el contexto actual de un mundo afectado por la pandemia es imprescindible hablar del rol del Estado en los diferentes ámbitos que hacen a los países y la vida de las personas que los habitan: la salud, la educación, la producción económica, el relacionamiento mundial.

La dicotomía libertad de mercado versus intervencionismo no parece adquirir un mayor sentido, ya que las necesidades actuales caminan hacia una mayor intervención estatal, algo que se reconoce, incluso, en países liberales como Estados Unidos.

Dentro de las políticas económicas, existe una batería muy diversa de medidas que pueden adoptar los gobiernos. Una de ellas tiene que ver con las políticas industriales,[1] dirigidas a fortalecer determinados sectores de la economía de forma de desarrollar capacidades de producción domésticas. Esto se puede traducir en subsidios directos e indirectos, acceso preferencial al crédito, aranceles, fomento a la innovación y tecnología, entre otros.

Para América Latina, la CEPAL, históricamente, propone que los países lleven adelante políticas industriales para superar los conocidos problemas de la heterogeneidad estructural y la especialización productiva (Rodríguez 2001).[2] Los impactos de la pandemia no han hecho más que demostrarnos la importancia de los sectores industriales, con su rol estratégico para dinamizar las economías y reactivar la innovación de cara a un nuevo patrón de desarrollo productivo (CEPAL 2020).

Si bien la industria es un sector clave por sus capacidades comprobadas de generar derrames, externalidad y encadenamientos (Hirschman 1958, Kaldor 1960, Szirmai 2012), las resistencias a apostar por este sector provienen de varias décadas. Desde que se implementan en la región los modelos de corte neoliberal a partir de los años 80, la palabra «política industrial» es maldecida por la academia y los hacedores de política. Recién en el siglo XXI éstas retoman a la agenda pública, no obstante, en varios países la reprimarización de la economía no se ha revertido y ha habido un espacio acotado para este tipo de políticas de desarrollo productivo.

Uno de los motivos por los cuales las políticas industriales han sido devaluadas en América Latina tiene que ver con su pasado en el período de crecimiento hacia adentro, entre los años 1930 y 1980. Se ha tejido un manto de leyenda oscura sobre lo que le sucede a la economía cuando el Estado interviene y, en particular, para promover las manufacturas. Dentro de las críticas, una de ellas radica en el desempeño económico de la industria, y, más precisamente, en su productividad.

Aquí es donde propongo reflexionar, tomando de la experiencia histórica para América Latina, resultados, lecciones e insumos para pensar el presente. Primero que nada recordemos que los años comprendidos entre 1930 y 1970 fueron en los cuales el sector manufacturero en la región adquirió mayor peso en la economía (alrededor del 25% del promedio; Bértola y Ocampo 2012), y la tasa de crecimiento del PIB industrial (más de 5 por ciento anual) era superior al del total de la economía (Bénétrix et al. 2012). Este sector es claramente identificado por su impacto en la generación de empleo, incorporación de tecnología e innovación, así como vínculos con otros sectores de la economía. Este período fue, además, inusual porque el Estado jugó un rol protagónico en este proceso de industrialización a través de la intervención de políticas. Estos hechos no se repitieron de nuevo en la región, constituyendo una etapa singular de la historia económica latinoamericana.

Comparado a otros países de industrialización tardía en el siglo XX (Gerschenkron 1962) como lo ocurrido en países de Asia Oriental (Japón, Corea, Taiwán), América Latina experimentó una temprana desindustrialización (Palma 2005), con negativas consecuencias para el crecimiento económico y el desarrollo. Amsden (2001) y Szirmai (2009) presentan evidencia sobre que los países en desarrollo que apostaron por la industrialización tardía, pero mantuvieron el modelo industrializador por un prolongado período de tiempo, lograron exitosamente converger hacia países ricos en términos de PIB per cápita. Estas experiencias de industrialización fueron impulsadas por sostenidas políticas industriales (Chang 2009), por lo tanto, muestran que éstas han sido una poderosa herramienta para llevar adelante transformaciones productivas. Aunque el proceso de industrialización se plantea como un motor de crecimiento desde contribuciones teóricas y empíricas, esta etapa para América Latina ha sido cargada de valoraciones negativas. Parte de la contribución de mi Tesis de Doctorado es ofrecer nueva evidencia para revisitar el desempeño de la industria manufacturera en tres países de la región (Brasil, Chile y Uruguay), con una perspectiva comparada (Estados Unidos y Suecia) en el período de la industrialización (1930-1980).[3]

Los cambios al interior de la manufactura

Con respecto a los tres países latinoamericanos, un primer punto a destacar es que se identificaron cambios en la composición del valor agregado y del empleo, dentro del sector industrial. Sin embargo, el grado de transformación tecnológica (medido por el mayor peso de las industrias intensivas en ingeniería) fue más débil y limitado en el tiempo para el caso del Uruguay, seguido por la experiencia chilena con avances moderados, y, finalmente, el caso brasileño, el cual mostró cambios profundos y sostenidos en el período (ver Gráfico 1).

En Uruguay los mayores cambios en la industria se produjeron hasta mediados de la década de 1950. Sin embargo, el peso de las industrias intensivas en recursos naturales siempre fue alto, algunas de ellas asociadas a la producción de bienes de consumo tradicionales no duraderos (alimentos y bebidas) y otras (papel, productos químicos y petróleo). Los alimentos y las bebidas tenían altos niveles de protección y registraban niveles de productividad superiores a la media del sector manufacturero. Por otra parte, los textiles también eran una industria protegida y, a diferencia del resto de las industrias con uso intensivo de mano de obra, esta industria registró altos niveles de productividad hasta 1968. A diferencia de otros países de la región, no existía un marco institucional sólido con políticas industriales que apoyaran deliberadamente la producción de bienes intensivos en ingeniería (Bértola y Bittencourt 2015). Este último grupo de industrias creció muy ligeramente en términos de valor agregado y empleo, y su nivel de productividad laboral se mantuvo bajo.

La historia fue diferente en Chile. Aunque al principio hubo una alta protección para las industrias de bienes de consumo no duradero (alimentos, bebidas, tabaco, textiles), la aparición de CORFO[4] en 1939 dio un impulso al proceso de industrialización en la industria y la tecnología intensivas en capital. CORFO tenía como objetivo crear una estrategia para promover el crecimiento económico y el desarrollo en Chile, y fue financiado por un impuesto sobre la industria del cobre. Esta organización alentaba la inversión privada y pública, estimulaba la investigación tecnológica y apoyaba a las nuevas industrias en campos estratégicos, a saber, la electricidad, el petróleo y el acero (Lagos 1966). Esto dio lugar a un mayor peso de las industrias intensivas en ingeniería en 1957, en detrimento, sobre todo, de las industrias intensivas en mano de obra. Por otra parte, las industrias intensivas en recursos naturales mantuvieron su importancia y registraron niveles de productividad laboral superiores a la media de la industria. En el decenio de 1960 el proyecto de industrialización dio mayor prominencia al sector privado y se siguieron produciendo cambios en la composición del valor agregado dentro de la industria. Las industrias intensivas en mano de obra siguieron disminuyendo su participación y su nivel de productividad, mientras que las industrias intensivas en ingeniería aumentaron su peso en el conjunto de la industria y también su nivel de productividad, aunque permanecieron por debajo del peso del grupo de industrias intensivas en recursos naturales.

En el caso de Brasil se identifican dos períodos: entre 1930-1960 y 1960-1980 (Abreu et al. 2000). El primer período se caracterizó por la industrialización de la sustitución de importaciones propiamente dicha, con la mayoría de la producción de bienes intensivos en recursos naturales y mano de obra. Estas industrias tenían un nivel de protección significativo, y las primeras tenían niveles de productividad superiores a la media de la industria en su conjunto. El decenio de 1950 marcó un punto de inflexión: la industria de bienes de consumo duraderos (automóviles, electrodomésticos), la generación de energía, el hierro y el acero adquirieron mayor importancia en detrimento de otras industrias ligeras. El BNDES[5] fue una figura clave en el financiamiento de las industrias con mayores requerimientos de infraestructura, así como de otras políticas industriales que involucraban activamente al Estado en la producción. El censo industrial de 1959 dio cuenta de estos cambios, puesto que mientras el valor agregado bruto de las industrias intensivas en recursos naturales representó el 41% del total de la industria manufacturera, las industrias intensivas en ingeniería representaron el 39% y además reportaron los niveles más altos de productividad. Entre 1960 y 1980, el cambio estructural se profundizó en Brasil, con una mayor diversificación y un aumento de la productividad de las industrias más sofisticadas (ingeniería mecánica, equipo de transporte, entre otras). Las industrias con uso intensivo de ingeniería pasaron a ser más importantes en términos de valor agregado y empleo que el resto de las industrias. Por el contrario, las industrias intensivas en mano de obra perdieron participación y, al mismo tiempo, se clasificaron como las industrias menos productivas. Esto se produjo en un contexto de mayor protagonismo del sector privado en la producción, mayor presencia de empresas transnacionales y aumento de las exportaciones industriales.

Gráfico 1. Distribución del valor agregado industrial en 3 grupos de industrias. Brasil, Chile, Uruguay y Estados Unidos. 1940 y 1980.

Fuente: elaboración propia en base a datos de estadísticas oficiales

¿Qué historia cuenta la productividad?

En la Tesis se emplea el concepto de productividad más simple, esto es, el cociente del valor agregado y la cantidad de trabajadores empleados. El cálculo de productividad en el período de tiempo seleccionado, nos muestra sus niveles, y no sólo su evolución como ocurre cuando se emplean índices. Una vez calculados los niveles de productividad por industrias para Brasil, Chile y Uruguay, se comparan con los alcanzados en las industrias de Estados Unidos[6] y, de esta forma, se obtienen ratios de productividad.

Los ratios de productividad de los tres países cuentan diferentes historias (ver Gráfico 2[7]), pero con un punto muy importante en común: durante la etapa de la industrialización dirigida por el Estado las brechas de productividad relativa alcanzaron los mejores desempeños que se observan para cada uno de los tres países individualmente.  Agotado el modelo basado en la industria, estas brechas crecen. Esto ocurre en Chile desde 1973, Uruguay desde 1958, y Brasil a partir de los años 80.

Para complementar la visualización de las gráficas, se aplican los test de convergencia Augmented Dickey Fuller (ADF) y Zivot & Andrews (ZA), y con ellos se determina si los resultados son estadísticamente significativos o no. Ambos test de raíces unitarias se aplican sobre el ratio gci,t = ln(Pci,t/ Pusi,t) en donde Pci,t es la productividad de la industria en Brasil, Chile o Uruguay, y Pusi,t es la productividad de la industria en Estados Unidos. El test ADF se calcula con constante y tendencia; si la hipótesis nula (H0) se rechaza, entonces la serie es estacionaria alrededor de la tendencia y no habría raíz unitaria, por tanto, una vez que esto sucede se testea la convergencia o divergencia de la serie. Además del test ADF, se calcula el test ZA, en donde si la H0 se rechaza entonces la serie es estacionaria alrededor de la tendencia con un cambio estructural y no habría raíz unitaria, por tanto, pasa a testearse la convergencia o divergencia separadamente en dos períodos (antes y después del cambio estructural endógeno).

A nivel de la industria en su conjunto, los resultados no son concluyentes de una convergencia o divergencia estadísticamente significativa en la comparación Chile versus Estados Unidos para los años 1939-1980, y Uruguay versus Estados Unidos para los años 1939-1968. Sin embargo, la trayectoria del Brasil con respecto a los Estados Unidos sí mostró un proceso de convergencia estadísticamente significativo durante todo el período 1945-1980. Brasil aplicó políticas industriales sostenidas que contribuyeron a transformar la estructura productiva, lo que también se reflejó en la reducción de las diferencias de productividad con respecto a los Estados Unidos. El cambio estructural y la convergencia industrial fueron de la mano en este país, y es un hallazgo en línea con trabajos previos (Bértola 2000, Durán et al. 2017).

Gráfico 2. Brechas de productividad laboral. Brasil, Chile y Uruguay comparado con EEUU


Fuente: elaboración propia en base a datos de estadísticas oficiales

Utilizando las series por industrias, fue posible explorar la convergencia a ese nivel más desagregado. Más allá del hecho de que la productividad laboral de las industrias estadounidenses creció de manera constante durante todo el período, algunas industrias latinoamericanas lograron destacarse, ya sea para todo el período o para subperíodos específicos. Si me centro sólo en la convergencia estadísticamente significativa (ver Cuadro 1), la industria papelera chilena converge con los Estados Unidos hasta el decenio de 1950, mientras que la industria tabacalera del mismo país redujo la brecha con los Estados Unidos a partir del decenio de 1950. Ambas industrias registraron trayectorias de alta productividad en Chile, pero a costa de expulsar a los trabajadores. Hay que tener en cuenta que la industria papelera tuvo una alta participación en el valor agregado y el empleo, mientras que la industria tabacalera fue menos significativa.

En el caso de Uruguay, los alimentos y las bebidas alcanzaron una trayectoria de convergencia, y el tabaco y el caucho y el plástico lo hicieron hasta 1959. Estas industrias estaban protegidas bajo el modelo de industrialización liderado por el Estado, y también contribuyeron al crecimiento de la productividad laboral total mediante la reducción del empleo.

Por último, las industrias brasileñas tuvieron un desempeño muy favorable con respecto a las de los Estados Unidos, logrando consolidar un proceso de convergencia en la mayoría de las industrias, con la excepción de la industria química (divergente desde 1962) y la de minerales no metálicos (ni convergente ni divergente). El mayor éxito relativo se observó en la industria textil, porque a pesar de ser una industria muy dinámica en los Estados Unidos, Brasil mostró un rendimiento muy alto y su ritmo de convergencia fue el más fuerte dentro de las industrias manufactureras.

Cuadro 1. ADF tests, Zivot & Andrews test, y estimaciones de tendencia determinística. Chile, Brasil y Uruguay comparado con EEUU

En resumen, la industria manufacturera de Brasil logró cambios sustanciales, que se reflejaron en una reducción de la heterogeneidad y en avances notorios en cuanto a cambio estructural. La convergencia de la industria manufacturera se aceleró en Brasil en el decenio de 1960, cuando se profundizó el modelo de desarrollo basado en la industrialización y se adoptaron características diferentes de las registradas en su primera etapa. La transformación estructural fue más débil en Uruguay y moderada en Chile, y la capacidad de reducir las brechas tecnológicas con los líderes se limitó a algunos sectores industriales relacionados con los recursos naturales y con niveles medios y altos de protección industrial. Esto último también debe vincularse al diferente ritmo de industrialización de estos dos países, especialmente en Uruguay, donde el impulso industrializador se agotó muy tempranamente. Una hipótesis subyacente, y en gran medida el argumento para la desindustrialización temprana, es que si la industria no se hubiera desmantelado tan rápidamente, se podrían haber logrado otras trayectorias más exitosas del desempeño relativo del sector.

A nivel de la industria manufacturera en su conjunto, mis resultados muestran que el país que más avanzó en las políticas industriales, Brasil, fue el que logró alcanzar al liderazgo durante el período de industrialización. Su abanico es muy amplio, desde las políticas proteccionistas hasta otro conjunto de políticas para la formación de los trabajadores, el fomento de la innovación y la inversión, y las políticas de financiación. En el caso de Uruguay, en su etapa de industrialización propiamente dicha, el nivel relativo de productividad respecto de los Estados Unidos se mantuvo estable y en valores moderadamente altos, pero desde mediados de los años cincuenta, cuando el modelo se estancó en este país, esta posición relativa se perdió considerablemente y se situó en niveles muy pobres (alrededor del 20% en 1968 y del 15% en 1988 según estimaciones propias). Y, finalmente, la posición relativa de Chile fue modesta y estable hasta la década de 1970, antes de caer a niveles similares a los de Uruguay. La pérdida de la posición relativa de la productividad laboral de la industria en Uruguay y Chile, que fue acompañada por un cambio en las políticas económicas y el modelo de desarrollo, no pareció generar resultados positivos en el conjunto de la economía. Los resultados de la convergencia económica (medidas en términos de PIB per cápita) la respaldan: Uruguay y Chile aumentaron la brecha de ingresos con respecto a los Estados Unidos en 1955 y 1972, respectivamente. En Brasil, la divergencia económica también se produjo después de los años ochenta y de manera más significativa a partir de los años noventa.


Además de EMBRAER, en los años 60 aparece otra gran creación que destacará por siempre a Brasil a nivel mundial: surge la bossa nova, y de ella “A garota de Ipanema” (de Moraes y Jobim, 1962), una de las canciones con más versiones en la historia de la música
https://youtu.be/5D_Lom2pjZQ

Políticas industriales del futuro y aprendizajes del pasado

A modo de conclusión, mi Tesis pretende contribuir con más evidencia para evaluar la experiencia de la industrialización.  Sabemos que fue un período en el que había muchos cambios por hacer, muchos de los cuales no fueron posibles, y el desmantelamiento del modelo se produjo de forma prematura. Los tres países analizados aportaron pruebas, en mayor o menor medida, de industrias que pudieron desarrollarse con éxito, lo que se reflejó en los resultados obtenidos. Los matices forman parte del proceso de evaluación, pero si adoptamos una valoración más completa y menos negativa de esta experiencia histórica, podemos tener hoy en día una apertura más favorable al retorno de las políticas industriales en América Latina en el siglo XXI. En el contexto actual, donde países desarrollados y otros no tanto, están decididamente apostando con políticas industriales hacia transformaciones necesarias como la industria digital y las energías verdes, se vuelve imperioso que nuestra región deje de estar al margen de ellas y se atreva, responsablemente, a adoptarlas también.



[1] Hoy en día, el concepto de políticas industriales se utiliza en un sentido amplio para referirse a políticas de desarrollo productivo, abarcando un amplio set de actividades productivas que incorporan al sector industrial con un rol clave, así como, también, laboratorios científico-tecnológicos, la producción de diferentes fuentes de energía, la transformación genética, la nanotecnología, y diferentes áreas de la tecnología de la información (Bértola y Bittencourt 2015).

[2] Desde los años 50, Prebisch plantea los conceptos de heterogeneidad estructural y especialización productiva, y se mantienen a lo largo del pensamiento cepalino del siglo XX y XXI. La heterogeneidad estructural hace referencia a los diferenciales de productividad que existen de forma más marcada entre los distintos sectores de las economías periféricas. La especialización productiva en la periferia hace referencia a la mayor concentración del valor agregado de la economía en la producción basada en recursos naturales.

[3] Para ampliar la lectura se sugiere leer: “Manufacturing performance in international perspective: New evidence for the Southern Cone” (Lara 2019).

[4] CORFO: Corporación de Fomento de la Producción de Chile, creada en 1939 por el gobierno chileno.

[5] BNDES es el Banco Nacional de Desenvolvimento Econômico e Social. Es una empresa pública creada en 1962 por el gobierno de Brasil.

[6] Por más detalles metodológicos, ver mi Tesis de Doctorado (Lara 2019).

[7] El gráfico se presenta de tal modo de que es posible leer el gap directamente. Esto es, por ejemplo, Brasil alcanza niveles de productividad que representan la mitad de sus pares estadounidenses hacia finales de los años 70 y primeros 80.

Referencias

Amsden, Alice. 2001. The Rise of “The Rest”: Challenges to the West from Late Industrializing Economies. Oxford, Oxford University Press.

Abreu, Marcelo, Afonso Bevilaqua, and Demosthenes Pinho. 2000. “Import institution and growth in Brazil, 1890s-1970s”. In An Economic History of Twentieth-Century Latin America. Volume 3. Industrialization and the State in Latin America: The Post-War Years. R. Thorp, J. A. Ocampo and E. Cárdenas. Basingstoke, Palgrave: 154-175.

Bénétrix, Agustín, Kevin O`Rourke y Jeffrey Williamson. 2012. “The spread of manufacturing to the poor periphery 1870-2007: eight stylized facts”. Working Paper 18221. National Bureau of Economic Research. Cambridge.

Bértola, Luis. 2000. Ensayos de Historia Económica. Uruguay y la región en la economía mundial. 1870-1990, Ediciones Trilce, Montevideo.

Bértola, Luis y Gustavo Bittencourt. (ed.). 2015. “Un balance histórico de la industria uruguaya: entre el “destino manifiesto” y el voluntarismo”. MIEM, Universidad de la República, Uruguay.

Bértola, Luis y José Antonio Ocampo. 2012. The economic development of Latin        America since independence. Oxford, Oxford University Press.

CEPAL. 2020. “Dimensionar los efectos del COVID-19 para pensar en la reactivación”. Informe especial COVID-19, N°2. h ttps://www.cepal.org/es/publicaciones/45602-informe-impacto-economico-america-latina-caribe-la-enfermedad-coronavirus-covid?utm_source=CiviCRM&utm_medium=email&utm_campaign=20200609_novedades_editoriales_mayo

Chang, Ha-Joon. 2009. “Industrial Policy: Can We Go Beyond an Unproductive Confrontation?” A Plenary Paper for ABCDE (Annual World Bank Conference on Development Economics) Seoul, South Korea.

Durán, Xavier, Aldo Musacchio y Gerardo della Paollera. 2017. “Industrial growth in South America. Argentina, Brazil, Chile and Colombia 1890-2010.” In O´Rourke and Williamson The spread of modern industry to the periphery since 1871.

Gerschenkron, Alexander. 1962. Economic backwardness in historical perspective: a book of essays. Harvard University Press.

Hirschman, Albert. 1958. The Strategy of economic development. New Haven, Yale UP.

Kaldor, Nicholas. 1967. Strategic Factors in Economic Development. Ithaca, New York.

Lagos, Ricardo. 1966.  La industria en Chile. Antecedentes estructurales, Universidad de Chile, Instituto de Economía.

Lara, Cecilia. 2019. Manufacturing performance in international perspective: New evidence for the Southern Cone. Tesis de doctorado de Historia Económica, Universidad de la República.

Palma, Gabriel. 2005. “Four Sources of De-Industrialization and a New Concept of the Dutch Disease”. In: Jos Antonio Ocampo (Ed.): Beyond Reforms. Structural Dynamics and Macroeconomic Vulnerability. Washington, DC: World Bank and Stanford University Press, 71–116.

Rodríguez, Octavio. 2001. “Fundamentos del estructuralismo latinoamericano.” Banco  Nacional de Comercio Exterior-Vol. 1.

Szirmai, Adam. 2009. “Industrialisation as an engine of growth in developing countries”.    UNU-MERIT.

Szirmai, Adam. 2012. “Industrialisation as an engine of growth in developing countries, 1950–2005”. Structural Change and Economic Dynamics, Vol 23 (4), p. 406-420.

Género y desigualdades durante las crisis ¿qué aporta una mirada de largo plazo?

Silvana Maubrigades (Universidad de la República, Uruguay)

RESUMEN. En esta entrega se realiza una breve reflexión sobre los impactos que las crisis tienen sobre las mujeres, haciendo especial énfasis en los cambios que se procesan en el mercado de trabajo. Para ello, se realiza un análisis comparado del desempeño de las mujeres en el mercado de trabajo del Uruguay durante las crisis de la década de 1930, la de 1980 y la de inicio del siglo XXI. Se busca encontrar algunas permanencias de lo ocurrido en éstos momentos históricos que sirvan para dar luz sobre la situación actual que atraviesa el país.

Crisis y desarrollos

Estamos transitando una crisis profunda, inesperada, que afecta a la inmensa mayoría de países y que ha puesto en peligro las condiciones de vida de una parte importante de la población mundial. Como toda crisis afecta a los sectores sociales más vulnerables y en particular a los sectores vulnerables de los países pobres o de economías no desarrolladas. El desempleo masivo, la caída de ingresos de los hogares y las reducciones de gasto público en protección social amenazan con un incremento de las situaciones de pobreza.

Una mirada más atenta y que trascienda este fenómeno exógeno como es la pandemia, permitiría observar un conjunto de desajustes que venían desarrollándose y que ya habían generado resultados negativos en términos de bienestar para la población. A nivel global, la crisis ambiental, la crisis alimentaria, la crisis de los cuidados y quizás a modo de resumen, la crisis de un modelo de desarrollo que excede ampliamente esta coyuntura. Sin embargo, estas miradas sobre el desarrollo, o su ausencia, dejan, muchas veces, una parte relevante de la realidad oculta. Al concentrar la atención en las fallas en el ámbito de lo productivo, suele relegarse a un abordaje posterior las condiciones en las que se da la reproducción social que se lleva adelante en los hogares y sin la cual sería difícil que el resto de la producción pudiera desarrollarse, en el corto, mediano y largo plazo.

Las recurrentes crisis económicas que viven los países subdesarrollados, pero que no son una condición exclusiva de éstos -como lo ha demostrado claramente la crisis del 2008-, han puesto en debate o han replanteado el trabajo de las mujeres y, sobre todo, han puesto en cuestión cómo ha sido su inserción social y qué cambios culturales e institucionales han procesado los países y cuáles todavía no.

Lo que también es cierto es que, a partir de la segunda mitad del siglo XX, y más claramente al ingresar al nuevo siglo, vemos un conjunto de transformaciones sociales y demográficas que cambiaron la vida de las mujeres. Por un lado, es insoslayable dar cuenta de las mejoras educativas que han tenido las mujeres en todas las regiones, con matices, pero siendo un cambio radical si lo comparamos con lo que sucedía en la primera mitad del siglo XX. Con ello, también la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo ha sido quizás el fenómeno más remarcable de las últimas décadas. Para los países desarrollados ya desde los años 60 y, para regiones subdesarrolladas como América Latina, a partir de la década de los 70, la participación de las mujeres en el mercado de trabajo ha sido incremental e irreversible (Maubrigades, 2018).

Pero con esto se procesaron otros cambios, menos visibles pero relevantes. En particular, junto a indicadores claros de las mejoras en la calidad de vida de la población, como el aumento de la esperanza de vida, también se generaron otros cambios como el aumento de las personas dependientes, en donde a los niños también se agregan los adultos mayores. Y con estos cambios, no siempre se ha generado una respuesta por parte del Estado, debiendo alcanzarse arreglos en el ámbito privado. Esto tiene importantes consecuencias como el aumento de las jornadas laborales, dentro y fuera del hogar, incremento de tareas remuneradas de cuidados también a cargo de las mujeres o cuidados realizados en condiciones de gran precariedad por parte de las familias pobres, también a cargo de mujeres o hijas (Arriagada, 2004, 2002; Benería, 2006; Carrasco, 2005, 2003).

¿Por qué iniciar con esto mi planteo sobre el análisis de las crisis? Pues precisamente porque muchas veces, cuando estudiamos el desarrollo y sus límites, cuando procuramos entender qué es lo socialmente justo en materia de desarrollo hacemos referencia a este tipo de aspectos. Las crisis exógenas como esta, en su gran mayoría son imprevisibles (no podemos prever una pandemia, como es difícil prever un tsunami, terremoto o incendio) pero tan cierto como esto, lo es que son muy distintas las formas en las que se enfrentan las salidas a estas crisis dependiendo de las condiciones previas desde el punto de vista material, institucional, social y cultural de los países. Y esta crisis tiene un poco de esto, cuando la miramos a través de las desigualdades económicas para enfrentar sus consecuencias y más aún si la observamos desde las desigualdades de género preexistentes.

La llegada de esta crisis a la región se da en un contexto en el que las mujeres tienen una participación en el mercado laboral que supera el 50%. Obviamente que podríamos considerar que todavía falta mucho para alcanzar los niveles normalmente presentes en la actividad masculina, en torno al 70 u 80%; pero debemos pensar en un escenario donde la participación de las mujeres a mediados del siglo XX para la región, escasamente superaba el 20%[1] (Maubrigades, 2018).

Pero esta crisis no sólo ha encontrado una alta participación de las mujeres en el mercado de trabajo, sino que también está poniendo en evidencia la relevancia del trabajo doméstico y de cuidados para la sociedad en su conjunto. Diversos estudios académicos se han encargado de hacer notar cómo, estas semanas de encierro en el marco de la pandemia y la necesidad de dar continuidad a las actividades productivas –dentro de lo posible– en el marco del teletrabajo, dejan al desnudo las dificultades de combinar el trabajo con las actividades domésticas varias. Quizás, sólo quizás, esa pueda ser una externalidad positiva de esta coyuntura, al hacer visible e insoslayable esa dificultad. Un poco menos visible, no para los estudios académicos pero sí para el aluvión de información que recibimos por la prensa (en todas sus variantes), es la dificultad que enfrentan los hogares de menores recursos para sobrellevar las actividades laborales, en un contexto en el que se redujeron las políticas sociales de atención, donde los espacios de cuidados cerraron, donde las escuelas y demás centros educativos se clausuraron, recayendo el peso de los cuidados nuevamente en la esfera del hogar. Los que se han podido quedar en sus hogares sienten el peso de las actividades laborales y familiares desarrolladas en un mismo espacio físico. Los que no se pueden quedar, han sufrido doblemente este impacto y, en este caso, especialmente las mujeres.

El día después de mañana

A partir de esto, la primera pregunta que surge ante la crisis es bastante básica, casi obvia: el día después, pasado el primer impacto ¿se revertirán los avances obtenidos por las mujeres en las últimas décadas? Y este cuestionamiento habilita el mirar hacia atrás y tratar de buscar en lo que han sido las experiencias de crisis anteriores y, en particular, tratar de hacer una breve caracterización de lo que han sido las anteriores crisis especialmente para el Uruguay.

La historia indica que las crisis pueden ser buenas promotoras de la participación de las mujeres, principalmente ante el deterioro de los ingresos en los hogares, tanto por caída del salario real como por el incremento de la desocupación, la hipótesis de trabajador añadido o trabajador secundario (Camou & Maubrigades, 2019; Gálvez, 2013). A esto se agrega que depende, y mucho, en qué sectores impacta en mayor medida la crisis económica ya que puede suceder que el empleo de los varones se vea más afectado si los sectores productivos en los que están más representados son los que sufren el primer impacto. Esto puede, incluso, dar la falsa idea de que se reducen las brechas de género en el mercado laboral, más por un descenso de los varones que por un incremento de las mujeres, tanto en empleo como en salario. Por otro lado, también sucede que esa pérdida de ingreso en los hogares repercute en el incremento del trabajo no remunerado de las mujeres, ante la necesidad de cubrir tareas de cuidado que antes estaban en manos del mercado o del propio Estado.

En cuanto a la presencia de las mujeres en el mercado de trabajo durante las crisis también aparecen algunas constantes en la historia; una de ellas es que el empeoramiento de las condiciones de trabajo, también tiene un impacto significativo en la calidad del empleo al que acceden las mujeres. En ese sentido, el aumento de la informalidad y la precarización de los puestos de trabajo –tanto en materia salarial como en cuanto a derechos laborales– tienen un impacto en el ingreso de las mujeres al mercado de trabajo, no sólo en su aumento como trabajadoras asalariadas, sino también como trabajadoras por cuenta propia. A esto se agrega un componente que trasciende los tiempos de crisis, aunque durante éstas se agudice, como es la segmentación del mercado de trabajo y el incremento de las mujeres en aquellos sectores de la economía considerados feminizados, donde además existe promedialmente un salario menor y donde las condiciones de precarización se agravan, especialmente en el sector del comercio y los servicios, en estos últimos particularmente en el de los servicios personales y sociales y, más específicamente, en los servicios domésticos (Galvez, 2017, 2013; Rubery & Tarling, 1982; Milkman, 1976).

Revisando la historia del siglo XX

A continuación, y en base a estas afirmaciones generales que he desarrollado, puntualizaré algunas constataciones identificadas en las crisis económicas del Uruguay durante el siglo XX (Camou & Maubrigades, 2019). Si bien han existido extensos períodos de crisis en la historia económica del Uruguay, pueden identificarse hasta el momento tres crisis económicas que, por su impacto, destacan en una mirada de largo plazo y cuya incidencia lejos está circunscripta al caso local, sino que son parte de la historia latinoamericana. Estas son la crisis de la década de 1930, la crisis a principios de la década de 1980 y, finalmente, la última crisis económica de principios del siglo XXI.

Inicio esta comparación destacando un aspecto que separa a la crisis de los años 30 del resto de las crisis ocurridas posteriormente e incluso de la crisis actual. La crisis del 30 tuvo como particularidad un fuerte incremento de las mujeres en el mercado de trabajo, seguido por una salida de éstas luego de la recuperación económica. Sin repetir anteriores consideraciones, la presencia de las mujeres en el mercado de trabajo en la primera mitad del siglo XX tuvo como característica un proceso paulatino de salida de las mujeres del mercado laboral, coincidente con una mejora relativa de la brecha salarial de género.

Si bien no se cuenta con información estadística para el conjunto del mercado de trabajo, se puede analizar su trayectoria de participación en dos empresas significativas del sector industrial tradicional del Uruguay, como son la industria textil y la industria frigorífica.

Fuente: Archivo de fotos Campomar & Soulas

Especialmente en el sector de la industria frigorífica, no necesariamente caracterizado por ser un sector feminizado, el proceso de incorporación de las mujeres durante la crisis de 1930 fue significativo, llegando a representar más del 50% del personal que ingresaba a la empresa durante este lapso. En general, tanto en la industria textil como en la frigorífica, las mujeres ingresaban a los puestos de trabajo menos calificados y también peor remunerados del sector.

En cuanto a los salarios, puede afirmarse que las brechas salariales eran, en promedio, en el entorno del 40%. Una vez iniciado el proceso de recuperación del sector industrial en general, lo que se observa es una salida progresiva de las mujeres de ambos sectores, inversamente proporcional a las mejoras salariales en relación a los varones. En un período en el que se cuenta con muy poca información estadística a nivel agregado, puede sólo afirmarse que la participación de las mujeres estuvo muy atada a una coyuntura desfavorable del sector industrial y, arriesgando algunas hipótesis, puede afirmarse que el trabajo de las mujeres fue un claro abaratador de costos en esta coyuntura adversa. Antes de terminar, vale decir que también era adversa la coyuntura económica para el conjunto de la clase trabajadora del país, de ello dan cuenta estudios realizados por el propio Parlamento ante las malas condiciones de vida de los obreros; lo que permite pensar que la hipótesis del trabajador añadido también es válida para pensar este período de incorporación de mujeres en un contexto en el que se reduce significativamente el ingreso de los hogares (Diario Oficial, 1939).

Fuente: Fotografía de la Sección Latas y Conservas del frigorífico Anglo. Centro de Documentación del Museo de la Revolución Industrial

Para la crisis de los años 80, en plena dictadura militar, es válido empezar este análisis destacando que las condiciones laborales, y salariales en particular, venían sufriendo un deterioro ya desde los años 60 (Melgar & Cancela, 1986; Notaro, 1984). Del mismo modo, el proceso de incorporación de las mujeres al mercado de trabajo, como en el resto de América Latina, se había acelerado también desde finales de la década del 60, mostrando un claro aumento en los años previos a esta crisis (Maubrigades, 2018). Crisis que ingresaría por el sistema financiero del país, pero que dejaría en evidencia la debilidad del conjunto de la economía. En ese contexto y teniendo para este período más información estadística, pueden marcarse algunas constataciones a nivel nacional, semejantes a las que se dan en otros países. En primer lugar, las mujeres se integran al mercado de trabajo, aunque son las que muestran las tasas de desempleo más altas y las que tardan más en recuperarse. Tal como se afirmaba anteriormente, las tasas de desempleo de los varones ni son tan altas, ni perduran tanto como las de las mujeres. Éstas ingresan al mercado de trabajo, pero lo hacen promedialmente en puestos de trabajo con una remuneración por debajo de la media y si bien sus niveles educativos mejoraron sustantivamente no tienen una participación en toda la estructura productiva, sino que se concentran en aquellas ramas o sectores considerados “feminizados”, respondiendo así a una segmentación del mercado de trabajo, ya observada para períodos previos. A ello se agrega que, si bien este período generó un gran impacto en toda la estructura productiva, el sector secundario fue particularmente afectado y en él la presencia de los hombres es mayoritaria. En ese contexto se da lo que antes se sugería, una reducción de las brechas salariales; pero, esto es resultado de un descenso del salario masculino, antes que, por mejoras del salario de las mujeres, lo cual tiene como resultado una equidad “a la baja”, la que no logra mejorar los promedios de desigualdad que permanecen o incluso se incrementan al salir de la crisis.

La crisis del 2002 sería para el país, nuevamente, una crisis que impacta en una economía que ya estaba en crisis y si bien el shock tiene un origen en el sistema financiero, encuentra a una economía con un sector industrial prácticamente desmantelado y con un enorme peso del sector de los servicios dentro de la estructura ocupacional general. Esto es importante porque marca un comportamiento de las brechas de género, tanto en materia de ocupación como de salario, con matices respecto a las crisis anteriores. En ésta, el traslado de mano de obra masculina al sector de los servicios tendrá un fuerte impacto en los salarios y en las brechas de género en esta materia. Si bien las mujeres siguen concentradas en este sector, la llegada de los varones a él implica no sólo un incremento de las brechas salariales entre varones y mujeres sino una clara segmentación al interior del propio sector. Las mujeres estarán más concentradas en los servicios personales y sociales donde los salarios son menores, pero, además, dentro de estos espacios laborales, las mujeres estarán ubicadas también en las categorías ocupacionales más bajas.

Creo que es válido unir, para las dos últimas crisis citadas, un aspecto relevante como es la caída en las condiciones de vida de la población, especialmente en el aumento de la pobreza e indigencia, factores que tienen una recuperación más lenta que los indicadores económicos y en los que destaca la presencia de mujeres y niños.

Una mirada desde el presente

Retomo desde acá la mirada al presente para hacer notar un aspecto relevante que separa a las dos últimas crisis previas de la coyuntura actual. Durante la crisis de los años 80, como en la crisis de los 2000, el mercado de trabajo se caracterizaba por una fuerte desregulación, con una ausencia casi absoluta del Estado como institución reguladora de las condiciones de trabajo y, peor aún, sus espacios de incidencia tendieron a privilegiar una recuperación económica de los sectores productivos, augurando un posterior derrame entre los trabajadores, siendo esto una suerte de gratificación diferida. La crisis actual encuentra al mercado laboral con un sistema de negociación colectiva sólido, producto de anteriores administraciones, donde la negociación tripartita ha fortalecido también a sus actores y en especial a los trabajadores. Sin embargo, es importante estar atentos a cómo se procesa esta salida actual de la crisis, no sólo por los aspectos más evidentes en cuanto a frenar las pérdidas salariales, o la reducción de puestos de trabajo, que afecten a varones y mujeres; sino por un aspecto que ya está mostrando síntomas de deterioro como es la atención diferencial a las condiciones de trabajo entre ambos. No sólo porque la evidencia histórica marca que de las crisis se sale, en promedio, con una mayor desigualdad de género, sino porque además en otros aspectos, igualmente vinculados a la participación de las mujeres en el mercado de trabajo, también se dan ya señales de pérdidas de beneficios adquiridos.

Un dato del presente, que se vincula con lo expresado previamente, es el impacto de esta crisis en el sector del comercio y en el sector de los servicios, sabemos ya que ambos son sectores históricamente feminizados. Hago, por tanto, una especial referencia a dos aspectos claves en cuanto a participación; por un lado, la reducción de políticas sociales en torno al sistema de cuidados, elemento que ha mostrado ser clave para mantener la participación de las mujeres en la fuerza de trabajo sin recargar, aún más, las actividades domésticas. Por otro lado, una pérdida relativa de priorización en aspectos que trascienden la fijación de los salarios y el mantenimiento de los puestos de trabajo. Estos años de negociación colectiva han significado no sólo una incorporación de mayores cláusulas que promuevan la equiparación salarial y procuren reducir las desigualdades salariales de género, sino, también, la integración de cláusulas de corresponsabilidad en los cuidados que apuntan a generar una mayor equidad en las responsabilidades de varones y mujeres en la atención de sus hijos (Alles, 2017; Fernández, 2017). Logros en cuanto a licencias maternales y paternales, días para controles médicos, regulación de las jornadas laborales, y otros muchos ejemplos son algunas de las acciones que han llevado adelante algunos sectores productivos en sus mesas de negociación y que, en contexto de crisis, corren riesgo de desaparecer. En tal sentido, vale subrayar entonces la pertinencia de atender estos mecanismos de mejoras en materia de equidad, los que no implican necesariamente compromisos económicos, pero sí requieren compromisos institucionales de todas las partes. Quizás, parte de estas señales de alarma estén puestas en las declaraciones de trabajadores como empresarios, en cuanto a la prioridad de mantener los empleos, sin entrar en consideración aspectos de equidades en el acceso o la remuneración; pero también, en la falta de lineamientos claros por parte del Estado en cuanto a la priorización de aspectos tales como las políticas de cuidados, lo que lleva a pensar en que pueden no estar en las, eventuales, mesas de negociación del 2021/22 estos otros aspectos antes mencionados y que son igual de relevantes.


[1] Cuando hablamos de estos niveles de participación siempre estamos referenciando a la participación formal o a la participación contabilizada por las estadísticas. En un público lector que entiende la relevancia de contar con datos históricos, con estadísticas, con fuentes confiables, etc., es relevante subrayar que las estadísticas históricas, la gran mayoría de las veces han invisibilizado el trabajo de las mujeres; tanto por no haberlo contabilizado, como por no considerar que muchas de las actividades desarrolladas por éstas y consideradas dentro de las actividades domésticas, también eran actividades productivas.

Bibliografía

Alles Irigoyen, V. (2017) ¿La igualdad de género se negocia? Análisis de las cláusulas de género en la quinta ronda de los Consejos de Salarios [en línea].  Informe de pasantía, Universidad de la República (Uruguay). Facultad de Ciencias Sociales.

Arriagada, I. (2002) Cambios y desigualdad en las familias latinoamericanas. En Revista de la CEPAL No 55, Santiago de Chile.

Arriagada, I. (2004) Estructuras familiares, trabajo y bienestar en América Latina. En Irma Arriagada y Verónica Aranda Comps. Cambios de las familias en el marco de las transformaciones globales: necesidades de políticas públicas eficaces. Serie Seminarios y Conferencias No 42, Santiago de Chile, CEPAL.

Benería, L. (2006) Trabajo productivo/ reproductivo, pobreza y políticas de conciliación. Revista Nómadas Abril de 2006, No 24, Instituto de Estudios Sociales Contemporáneos, Universidad Central, Bogotá.

Camou, M. & Maubrigades, S. (2019) ¿Crisis como oportunidad? La participación laboral de las mujeres en la economía uruguaya durante las crisis económicas de 1930, 1980 y 2000. XII Congreso ADEH, Porto. Portugal.

Cancela, W. & Melgar, A. (1986): El desarrollo frustrado (1955-1985), EBO, MVD.

Carrasco, C. (2003) La sostenibilidad de la vida humana: ¿un asunto de mujeres? En Mujeres y trabajo: cambios impostergables. Magdalena T. León Compiladora. Porto Alegre, REMTE, Marcha Mundial de Mujeres, CLACSO, ALAI

Carrasco, C. (2005) Tiempo de trabajo, tiempo de vida. Las desigualdades de género en el uso del tiempo. En El tiempo, los tiempos, una vara de desigualdad, Serie Mujer y Desarrollo No 65, Santiago de Chile, CEPAL.

Diario Oficial (1939) Informe de la comisión investigadora sobre condiciones de vida, salario y trabajo de la clase obrera. Cámara de Representantes.  Núm. 98011939.

Fernández Ripa, M. (2017) La reproducción del capital y la reproducción de la vida ¿dos espacios en conflicto? Reflexiones sobre la corresponsabilidad social y de género en Uruguay por sectores de actividad [en línea]. Informe de pasantía, Universidad de la República (Uruguay). Facultad de Ciencias Sociales

Gálvez, L. & Rodríguez, P. (2017). Crisis, austeridad y transformaciones en las desigualdades de género. EKONOMIAZ. Revista vasca de Economía, 91(01).

Gálvez, L & Rodríguez Moroño, P. (2013) La desigualdad de género en las crisis económicas. Cip, Materials, 7.

Maubrigades, S. (2018). Mujeres y Desarrollo en América Latina durante el siglo XX. Tasas de actividad, niveles de desarrollo económico y modelos productivos. Revista de la Asociación Uruguaya de Historia Económica-Año VIII-No. 14-diciembre de 2018, 8(14), 9-33.

Milkman, R. (1976) Women’s Work and Economic Crisis: Some Lessons of the Great Depression, Review of Radical Political Economics n. 8 (1), pp. 71-97.

Notaro, J. (1984) La política económica en el Uruguay, 1968-1984, Montevideo. CIEDUR-EBO.

Rubery, J. & Tarling, R. (1982) Women in the recession. En D. Currie y M. Sawyer (eds.), Socialist Economic Review. Londres, Merlin Press.