Reflexiones de un regreso efímero (I)

Juan Flores Zendejas

Ginebra, 3 diciembre 2019

-I-

Regresé a vivir a México casi veinte años después de mi partida. Fue una estancia que ahora me parece lejana. No obstante, sentarme a escribir sobre ella me sirve como terapia psicológica. En este espacio, me gustaría comentar algunas vivencias y reflexiones, y comparar mis recuerdos más antiguos con aquellos del año académico que culminó hace ya algunos meses. Me gustaría empezar por lo que corresponde a este blog, esto es, escribir sobre economía, historia, y política. Obviamente, no podría enumerar, en unas pocas líneas, todos los contrastes, dudas, desgracias y diferencias que percibí entre aquel México del ocaso priista y este otro de mediados de 2018. A diferencia de ese México retrograda, este México “moderno” se encuentra en pleno movimiento, con mucho dinamismo, pero también con problemas tan complejos como aquellos de antaño.

Empecemos pues con la relación que tiene el/la ciudadan@ de a pie con la política. Sin pretender entrar en los pormenores de tan compleja cuestión, un primer contraste entre el México de hace tres décadas y el actual consiste en la mayor diversidad de opiniones y de corrientes de pensamiento. Por regla general, en un régimen autoritario (como el mexicano de partido único con el Partido Revolucionario Institucional, PRI), la relación del ciudadan@ con la política es, por la misma falta de libertad, mucho más sencilla. Por decirlo en dos palabras, la herramienta represiva es la mayor condicionante. Esquematizando a grandes rasgos, dentro del régimen político de los años ochenta o noventa, la misma estructura social permitía prever las orientaciones políticas. Por ejemplo, entre las clases medias o bajas había, obviamente, importantes enclaves priistas. Pero mientras se estuviera en un foro privado, se podría despotricar sin empacho sobre esa “dictadura perfecta”. Y era algo relativamente común. Con priistas en la sala, esto no cambiaba mucho, ya que estos por lo general optaban por el silencio o por realizar esfuerzos tímidos y medidos para manifestar su defensa del régimen. Alguno que otro priista llegaba a manifestarse con mayor entusiasmo, principalmente si eran aquellos privilegiados con acceso a un “hueso” (puesto gubernamental) o si se encontraban con la esperanza de obtener alguno (“…el hijo de mi vecino es amigo de la secretaria del diputado, ¡¡ya chingamos…!!”). Pero dado el evidente conflicto de interés, ese apoyo no solía tomarse muy en serio.

En mi infancia, habiendo frecuentado escuelas privadas (hoy en día catalogadas como “fifis”, antes “fresas”), el entorno era mayoritariamente priista y la política no solía ser un tema muy importante. Ahora bien, siendo yo parte de una familia clasemediera y sin huesos cercanos que perseguir, me sentía con la libertad temeraria para provocar repitiendo lo que oía entre familiares y amigos cercanos, esto es, frases clásicas como “pinche PRI, por eso estamos como estamos” o “son todas unas ratas“. Pero nunca fui mucho más lejos. Posteriormente entendí que la indiscreción de dichas afirmaciones podía ser motivo de consecuencias mucho más graves. Pero eso yo nunca lo viví, y lo supe sólo mucho tiempo después, y a lo lejos…

-II-

Mi estancia sólo confirmo lo que ya había intuido por redes sociales y la prensa, en lo referente al nivel de división tan brutal dentro de la sociedad. Los desencuentros actuales abarcan desde la memoria del antiguo régimen priista hasta temas como el aborto, los derechos LGBT, el lugar del país en América Latina y en el mundo, el papel del gobierno en la economía, el de los empresarios/políticos (“la mafia en el poder”) en el subdesarrollo, la responsabilidad de los banqueros en el mismo, y un largo etcétera. Pero la más visible de todas estas divisiones es, sin duda, la percepción positiva o negativa, del gobierno actual. Jamás, desde mis más tempranos recuerdos, había presenciado una polarización tan nítida, tan hiriente, y tan obsesiva: una variable dicotómica a la mala.

¿Qué pasó desde entonces? ¿Como llegamos a esta polarización? ¿Es esta tal vez el resultado inevitable de la transición a la democracia, el rasgo de una sociedad más madura? ¿Es tan solo un punto más de una tendencia generalizada en el mundo? Para poner en contexto, México tiene desde hace un año, el primer gobierno “de izquierda”. Las razones por la aplastante victoria del Movimiento de Regeneración Nacional – Morena (a nivel legislativo y ejecutivo) serán diversas y dudo que existan ya estudios conclusivos sobre los factores que llevaron a Andrés Manuel López Obrador (AMLO) a la presidencia. Pero en todo caso, hay ahora mismo dos campos: los simpatizantes del presidente (AMLO-vers) y sus detractores (AM-haters). En medio, los moderados que apenas existen, a quién nadie ve, a quién nadie escucha y a quién probablemente nadie quiera (“posiciónate, mi chavo…)”.

Ahora bien, me gustaría conjeturar sobre aquellos factores que pienso influyeron fuertemente en dichos resultados electorales: la lucha contra la corrupción y el combate contra la pobreza. Tendríamos que analizar cada factor para al menos, empezar a relacionar el estado de cada variable sobre las elecciones. Sin lugar a dudas, la corrupción ha sido relacionada con el malfuncionamiento de las instituciones, de la sociedad y ha afectado negativamente el desempeño económico. Ciertamente, la percepción general sobre el problema de la corrupción en los gobiernos anteriores debe haber sido un elemento clave. Dicho esto, prefiero ahondar en ello en otra entrada. Aquí me gustaría concentrarme sobre lo siguiente: ¿En que medida afectaron la pobreza y la consecuente desigualdad en este giro radical en el gobierno, y en la polarización antes planteada? La respuesta, me temo, es mucho más compleja de lo que parece.

-III-

No es ningún secreto que la situación de la pobreza en México se mantiene a niveles sumamente elevados. Dichos niveles, altos históricamente, habían disminuido desde los años 1950s, para luego mantenerse en niveles alrededor de 50% de la población desde los años ochenta, con un pico en los años posteriores a la crisis de l994.[1] Estas tendencias se correlacionan con el comportamiento del crecimiento económico y de la desigualdad del ingreso. Ambos factores, crecimiento y desigualdad, se han vuelto un tema discutido recientemente: México ha tenido tasas de crecimiento sumamente bajas desde al menos tres décadas (casi cuatro) y se mantiene la desigualdad del ingreso a niveles mayúsculos.

El fracaso mexicano en lo que a crecimiento se refiere es aún un tema mayúsculo y sin duda se encuentra detrás de la idea generalizada del fracaso del neoliberalismo. Como el tema da para muchas páginas más, prefiero tratarlo en otra entrada (ya sé que estoy prometiendo demasiado, pero prometer no cuesta nada y siempre está de moda).[2] Prefiero enfocarme ahora, porque la actualidad lo dicta, en la distribución del ingreso. Una primera respuesta a las preguntas antes planteadas es la siguiente: la polarización es una respuesta lógica al resultado ambivalente que la apertura comercial y la liberalización de la economía ha traído a los distintos grupos socioeconómicos creando beneficiados y perjudicados.[3] Esto es, el aumento exponencial de las exportaciones ha traído beneficios dispares, como en todo proceso de apertura comercial, con “ganadores” y “perdedores”.

Por tanto, el que la apertura comercial y la liberalización de la economía no hayan sido acompañadas ni de crecimiento, ni de una disminución de la pobreza lucen como razones evidentes del porqué del descontento y de la crispación contra el modelo dominante (“neoliberal” en el discurso político actual). Ahora bien: ¿qué ha pasado con la desigualdad en México? ¿Se ha deteriorado tanto como lo que parece ser el caso en otros países?

Gráfico 1

He aquí una paradoja importante. Según el índice Gini, tanto en México como en otros casos de América Latina (por ejemplo, Chile, que se muestra en la misma gráfica), la desigualdad lleva cayendo desde hace ya algunos años. En principio, y según la tendencia negativa que se observa, la desigualdad no debería ser ya un tema relevante (al menos no más que hace veinte años) ya que la reducción de la desigualdad se ha empezado a producir ya hace tiempo. Por el contrario, la emergencia de este mismo tema en Estados Unidos parece perfectamente justificada: sin llegar aun a los niveles de desigualdad de países en América Latina, la sociedad estadounidense (y podríamos decir lo mismo de la europea) pide una mayor redistribución desde los canales institucionales previstos( aunque también por otros no institucionales). El descontento hacia el modelo económico actual es claro, y se observa en varios lugares en el mundo. Esto es precisamente lo que muestra Thomas Piketty en su último libro, Capital et Idéologie: según nivel de ingreso (nivel de patrimonio y también nivel educativo) los grupos más desfavorecidos son aquellos que más se han opuesto a la integración europea y que han apoyado por ejemplo el Brexit.[4] Esto es: aquellos deciles con los ingresos más bajos, al tener voz política, se manifiestan en contra del régimen que los ha convertido en “perdedores”. Una curiosidad importante: a pesar de las resistencias iniciales al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, por allá de inicios de los noventa, en México no ha habido una expresión manifiesta y robusta contra la apertura comercial, ni siquiera ahora por parte de este nuevo gobierno “antineoliberal”.

G15.18-piketty

Gráfico 2.

-IV-

De lo que podemos observar del grafico 1, parecería que en México o en Chile la resistencia a la desigualdad es mayor. En otras palabras, la fuerte desigualdad debió haber conducido a un cambio de régimen desde hace décadas. Se podría argumentar entonces, que nuestras sociedades no han tenido en realidad ningún interés en reducir la inequidad insultante que nos acompaña desde hace siglos. Podríamos argumentar por tanto que, después de todo, si hoy hablamos de desigualdad es porque…es lo de hoy, porque nos hemos limitado a importar los debates de los países ricos, mientras que nos hemos hecho de la vista gorda durante mucho tiempo. Un profesor mío decía, por ahí de los años noventa, y con justa razón, que para vivir bien en México hacía falta o ser ciego, o hacerse pendejo. Pero siendo sinceros, y aceptando que nuestra vista se porta de maravilla, hemos exagerado un poco.

La falta de reacción ante los altos niveles de desigualdad pudo haber sido también un efecto secundario y nefasto de la ausencia de democracia. En un régimen democrático, y según la teoría del votante medio, en un contexto de fuerte desigualdad habría una demanda hacia políticas con mayor redistribución del ingreso y por tanto, menor desigualad. ¿Qué pasa entonces cuando se produce la transición de un régimen autoritario a democracia en otros casos? En el caso de los países desarrollados, Peter Lindert escribió hace tiempo que el aumento del gasto social vino de la mano con la democratización de las sociedades, con el aumento de la esperanza de vida y, bajo los efectos de la Gran Depresión, también con el desempleo.[5] Dicho estado social también fue la condición (por parte de los sindicatos) para aceptar la liberalización comercial en el periodo posterior a 1945.

Algunos paralelismos se encuentran en ciertos países en América Latina. En México, el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial se caracteriza precisamente por el aumento del gasto social, aunque esta búsqueda se produjo más en el discurso público que en un aumento significativo del mismo.[6] Ahora bien, la crisis de 1982 y la consecuente década perdida pudieron haber generado una mayor demanda de políticas redistributivas que pudieran paliar los efectos sobre la desigualdad. Ante los desequilibrios macroeconómicos acumulados y en gran parte por las presiones externas (fruto de los programas de ajuste estructural impulsados desde el FMI), hubo poco margen de maniobra. Aun así, los gobiernos de los ochenta tampoco priorizaron el problema de la desigualdad.

La historia reciente de nuestra región muestra precisamente eso: la crisis de 1982 fue un parteaguas en las tendencias en los niveles de pobreza y de desigualdad, tal como demuestran Székely y Montes (2008).[7] Pero la transición hacia la democracia tampoco ha implicado una fuerte redistribución de la riqueza ni una caída importante de la desigualdad. Tomando en cuenta únicamente el último medio siglo, ¿cuándo nos ha empezado a preocupar el tema de la desigualdad? En el gráfico 3 se muestra la evolución del n-grama (concepto de la lingüística cuantitativa; a interpretar como el resultado de una secuencia de textos en fragmentos, incluyendo grupos de letras, palabras, o combinación de palabras) utilizando la herramienta Ngram viewer de Google, que toma en cuenta los recursos impresos publicados en un periodo determinado.[8] Si incluimos las palabras desigualdad en México, observamos que efectivamente, el aumento de la utilización de dichos términos va en acorde a lo que sabemos tanto por la narrativa histórica como por las estadísticas.

Gráfico 3

Si bien entonces las medidas de austeridad no permitieron un incremento del gasto social, hacia finales de los ochenta, con la implementación del plan Brady que permitió reducir el peso del servicio de la deuda en el gasto público, podríamos haber entonces esperado el tan anhelado incremento del gasto social. Aquí el caso de Chile es ilustrativo. la llegada de la democracia tampoco coincidió con la implementación de políticas redistributivas, y menos con una caída de la desigualdad. Existen varias razones que explican estas ausencias. Según explican Javier Rodríguez Weber y Diego Sánchez-Ancochea, la dictadura de Pinochet contribuyó en gran medida al aumento de la desigualdad mediante la represión de los sindicatos, el proceso de privatización que benefició a un numero reducido de empresarios y, el control de una élite sobre el Estado, esto último siendo el elemento que persistió más allá del cambio de régimen.[9] Esta captura, vigente hoy en día, le permite a una élite manejar e influir sobre las decisiones de las instituciones económicas. Se trata d un sistema que ha sobrevivido al cambio de régimen y que ralentiza el aumento de la capacidad fiscal del estado chileno, evita políticas de regulación que puedan disminuir la fuerte concentración de mercado, y coadyuva muy poco en políticas de innovación que puedan cerrar las brechas de productividad existentes entre sectores y entre grandes y pequeñas empresas.

-V-

Así pues, volvamos al México actual. Entre los lemas de campaña del actual presidente, el lema de “primero los pobres” no debiera resultarnos sorprendente, ni tampoco los discursos contra la élite, esa “mafia en el poder”. Bajo la misma óptica, la confrontación misma que existe desde la emergencia de AMLO en el panorama político podría leerse como un fenómeno natural y esperado. El famoso cambio de régimen que observamos también podría, por tanto, compararse con lo que sucede en Estados Unidos o en Europa, donde incluso con niveles de desigualdad menos elevados que en México se observan fuertes reacciones en la población. Si el diagnóstico del AMLO ha sido el correcto, la pregunta es más bien, porque no tuvimos un AMLO anteriormente. Aquí también, la controversia generada luego de las elecciones del 2006 (con denuncias de fraude contra el candidato vencedor Felipe Calderón) cobra mayor fuerza.

Al menos en el discurso entonces, el gobierno ha anunciado la priorización de programas sociales. Aún queda por verse que tanto el tema de la desigualdad pasa del discurso a resultados tangibles. Lo que queda claro es que la desigualdad ha subido escalones en las plataformas electorales de los distintos partidos políticos, aunque no necesariamente se haya convertido ya en un tema prioritario. Según el estudio “Desigualdades en México”, Morena ni siquiera fue el partido que más frecuentemente uso la palabra desigualdad en su propia plataforma.[10] Es verdad que otros temas centrales como desarrollo, seguridad, y combate a la pobreza podrían estar asociados directa o directamente con la desigualdad (o incluso la equidad de género). Sin embargo, en ninguna de las plataformas electorales se señalaron propuestas concretas para disminuirla.

Ahora bien: hoy en día existen esfuerzos considerables por entender la situación y los procesos que llevan a la fuerte desigualdad en México. Si bien he mencionado anteriormente que el índice GINI no se ha movido de manera desfavorable, si es verdad que existen otros indicadores que apuntan a lo contrario. También es cierto que existen mecanismos que propician la desigualdad en México incluyendo la concentración de mercado, la falta de movilidad social, el diferencial de crecimiento entre las distintas regiones del país, el racismo y un largo etcétera. Muchas de las discusiones que se repiten en los medios hoy en día ni siquiera eran consideradas en el mundo académico hace tres décadas.

Aun así, existen muchas resistencias a incluir estos temas en la agenda política, y aún más cuando se trata de implementar políticas redistributivas. Esto explica parcialmente el clima de crispación en el país. Aunque probablemente existan elementos que inviten al optimismo, una vez que se piensa en las agendas de investigación de grupos de la sociedad civil y distintas organizaciones no gubernamentales, que hoy en día resultan claves para atraer la atención de la opinión publica hacia estas problemáticas.[11] Esto es necesario porque, en el fondo, es probable que la sociedad mexicana sea mucho menos solidaria de lo que se dice ser, y que la supuesta solidaridad de la que tanto alarde hace se limite a los momentos mas extremos como pueden ser las catástrofes naturales (como el sismo del 2017). Ahora bien, ¿por qué aceptaría un habitante de San Pedro Garza García en Nuevo León, una de las localidades más ricas de América Latina, aceptar un incremento de impuestos para financiar algún programa social en Ocosingo, Chiapas, uno de los municipios más pobres del país? ¿Por qué un habitante del Pedregal en la ciudad de México, que podría ser candidato a posar para la revista Gente u otra revista centrada en la estética étnica tipo europea, apoyaría un proyecto de infraestructura hidráulica en Iztapalapa? La diversidad étnica y la fragmentación social no han solido estar muy de la mano, como señalaba Lindert en el trabajo antes citado (considérese por ejemplo el caso de Estados Unidos).

-VI-

Hace poco, un artículo en el Financial Times discutía el tema de la inmigración y la creciente falta de apoyo de la población europea al estado de bienestar. [12] A medida que la proporción de la población no-nacida en dicha región aumenta, se espera exista un declive en el estado de bienestar (mientras menos haya en común entre los ciudadanos, menos solidaridad habrá entre ellos). Sin embargo, la evidencia empírica no necesariamente acompaña este argumento, y en casos como Canadá o Francia, la diversidad étnica no ha impedido que el estado de bienestar continúe siendo robusto. Regresando al caso de México, me parece un error del gobierno actual seguir nutriendo la división generada desde hace décadas, sino es que siglos. Esto es, las divisiones son reales, así como también lo es, y ha sido la injusticia social. Pero ahora tendríamos que preguntarnos como generar mayor sentimiento de solidaridad entre regiones, grupos étnicos (indígenas) e individuos . Una sociedad más igualitaria beneficiaria a todos y, en esto tienen razón los partidos políticos, dados los efectos positivos en temas como la seguridad, el desarrollo del mercado doméstico, el nivel educativo, la productividad etc. El discurso tendría que llamar a crear consensos en donde cada grupo socio-económico pueda estar representado, así como foros en donde los conflictos puedan ser resueltos, en el mismo sentido de los pactos sociales de la Europa de la postguerra.[13]

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NOTAS

[1] Aquí me refiero a la pobreza de patrimonio. Véase Székely, Miguel. “Pobreza y Desigualdad en México entre 1950 Y 2004.” El Trimestre Económico 72, no. 288(4) (2005): 913-31.

[2] Por ahora, basta hacer referencia a un número especial de la revista Nexos, ¿Por qué no somos ricos?, 1 de diciembre de 2011. En ese número se hacía también una crítica al tema del momento, el de las famosas reformas estructurales. Más recientemente, en el libro¿Y ahora que? : México ante el 2018 (Coord. Héctor Aguilar Camín ; Héctor Aguilar Camín [y siete más], se publican una serie de ensayos que incluyen una discusión comprehensiva sobre los desafíos de la economía mexicana.

[3] Veáse por ejemplo: Gordon H. Hanson, “What Has Happened to Wages in Mexico since NAFTA?,” en Integrating the Americas, FTAA and Beyond, by Antoni Esteva deordal et al., Series on Latin American Studies (Cambridge MA: Harvard Univ. Press, 2004), 505–38.

[4] El gráfico que muestro aquí proviene de la página web del autor: http://piketty.pse.ens.fr/fr/ideologie. Piketty, Thomas. Capital et idéologie, Seuil, 2019, 1232 p.

[5] Lindert, P. (2004). Growing Public: Social Spending and Economic Growth since the Eighteenth Century. Cambridge: Cambridge University Press.

[6] Hernández Trujillo, Fausto (2010) “Las finanzas públicas en el México posrevolucionario” en Kuntz, Sandra (coord.) Historia económica General de México. De la Colonia a nuestros días. México: El Colegio de México-Secretaría de Economía. pp. 573-602.

[7] Székely, M., & Montes, A. (2006). Poverty and Inequality. In V. Bulmer-Thomas, J. Coatsworth, & R. Cortes-Conde (Eds.), The Cambridge Economic History of Latin America (pp. 585-646). Cambridge: Cambridge University Press.

[8] Altmann, Gabriel, Reinhard Köhler, and Raĭmond Genrikhovich Piotrovskiĭ (2005), Quantitative Linguistik ein internationales Handbuch = Quantitative linguistics : an international handbook. Berlin: M. de Gruyter.

[9] Veanse los capítulos “La economía política de la desigualdad de ingreso en Chile desde 1850” de Javier E. Rodríguez Weber, y “La economía política de la desigualdad en el nivel más alto de Chile contemporáneo” de Diego Sánchez-Ancochea en Bértola, Luis y Williamson, Jeffrey (2016), La fractura. Pasado y presente de la búsqueda de equidad social en América LatinaColección: Economía. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 640 p.

[10] El Colegio de México. Desigualdades en México/2018. México: El Colegio de México, 2018. 124p.

[11] Véanse recientemente: el reporte de Oxfam, México justo: propuestas de políticas públicas para combatir la desigualdad. Autores: Diego Alejo Vázquez Pimentel, Milena Dovalí Delgado y Máximo Jaramillo Molina; también los distintos informes sobre la falta de movilidad social en México elaborados por el Centro de estudios Espinosa Yglesias.

[12] Ganesh, Janan, “The False choice between diversity and welfare”, Financial Times, 3q de octubre de 2019.

[13] Eichengreen, B. (1996). Institutions and economic growth: Europe after World War II. In N. Crafts & G. Toniolo (Eds.), Economic Growth in Europe since 1945 (pp. 38-72). Cambridge: Cambridge University Press.