Globalización y Gran Divergencia

Rafael Dobado (Universidad Complutense de Madrid), 9 de octubre de 2013.

Las decisiones de política general y económica de los gobiernos de la dinastía Qing en China y de los Tokugawa en Japón limitaron los intercambios exteriores hasta extremos incomparables con los del mercantilismo occidental. Ello implica que el Este se vio privado de los beneficios directos (efectos estáticos y dinámicos) e indirectos (institucionales) del comercio exterior, que tanto contribuyeron al crecimiento económico del Oeste. El rechazo al comercio exterior por parte de esos gobiernos bien pudo ser uno de los mayores errores de política económica conocidos.

Durante el mes de septiembre de este año, el prestigioso e influyente semanario británico The Economist se ha ocupado de dos procesos que están también muy presentes en la literatura histórico-económica de los últimos tiempos: Gran Divergencia y Globalización.[1] No puedo sino saludar efusivamente que The Economist se interese por ellos. Es más, al comienzo de unos de los dos textos citados se llega a hacer un rotundo elogio de nuestra disciplina: “A better understanding of economic history might have helped the world avoid the worst of the recent crisis.” Se diría, pues, que lo que hacemos parece interesar a los numerosos, y, por lo general, cosmopolitas y cualificados lectores de The Economist. Lo que me lleva a pensar que los historiadores económicos tenemos mucho que ganar, y nada que perder, si intensificamos nuestros esfuerzos por dirigirnos más frecuentemente y en la forma adecuada a públicos distintos a nuestros colegas del medio académico.

         Mi aplauso a The Economist no está reñido con que, por varias razones, encuentre un tanto decepcionante el tratamiento que hace de dos de los más importantes acontecimientos en la historia económica de la humanidad. Puede que la insatisfacción del especialista sea un tanto inevitable dado el formato –reducido- de los textos y hasta algo contradictoria con la defensa de la divulgación que acabo de hacer. Pero, más bien, pienso que se debe a que los textos presentan algunos problemas que no habría costado mucho superar sin aumento de la extensión ni complejidades innecesarias.

         Comencemos por la Gran Divergencia, esa bifurcación de las trayectorias económicas entre el Este –con la excepción de Japón a partir de la Revolución Meiji- y el Oeste que todavía hoy, pese al rápido crecimiento de China e India en los últimas décadas, resulta claramente perceptible en términos de producto per capita. Es cierto que el momento de la Gran Divergencia es objeto de debate. Tampoco existe consenso acerca de sus causas. Destacados historiadores económicos (Landes, Maddison, etc.) la sitúan “pronto” –en algún momento de la Edad Moderna temprana- y la atribuyen a factores culturales e institucionales, incluyendo entre unos y otros la religión y la política. Sería, pues, en un cierto “excepcionalismo europeo”, del que también formaría parte la ciencia (Mokyr), donde reside la explicación de por qué una parte del mundo se liberó antes que el resto de la trampa maltusiana. Y ello pese a que, durante buena parte de la historia humana, el Este no iba detrás del Oeste en logros de variada índole, incluso más bien al revés. De hecho, diría que la gran pregunta de la historia económica no es por qué el Este está creciendo ahora tan rápido sino por qué no fue capaz de lograr autónomamente el crecimiento económico moderno mucho antes.

         Hace unos años se conformó una visión “revisionista”, de la que podrían constituir buenos ejemplos Frank y Pomeranz, quienes sostienen que la economía china contaba con instituciones y políticas que la hacían funcionar no peor que las europeas todavía a finales del siglo XVIII. Para Pomeranz, la clave del éxito occidental: carbón y colonias, como sintéticamente lo expresa  Vries. O dicho de otra forma: Wrigley y Marx combinados.

         El revisionismo acerca del momento y las causas de la Gran Divergencia -aunque sugerente y con amplia audiencia en medios académicos, adolece, a mi juicio, de una falta del suficiente fundamento cuantitativo, ha tenido el saludable efecto de incentivar nuevas investigaciones.  Allen et al. se han ocupado de los niveles de vida urbanos (Londres, Amsterdam, Suzhou/Shanghai, Beijing, Cantón y Kyoto/Tokyo) en el largo plazo (1738-1925). Morris ha construido un  Índice de Desarrollo Social, que incluye variables como la disponibilidad de energía, la urbanización, la alfabetización y la eficacia bélica en el Este y el Oeste desde el 14000 antes de Cristo y el presente. Li y Van Zanden han calculado los productos per capita de dos regiones avanzadas (Países Bajos y Hua-Lou, en el delta del Yangtze) en 1820. Bassino et al. han comparado la evolución del producto per capita en Japón y Gran Bretaña entre 730 y 1870. Todos ellos arrojan una visión más pesimista del desarrollo económico en el Este que la que defiende el revisionismo y señalan que la Gran Divergencia se habría producido ya antes de la Revolución Industrial. Sorprendentemente, esta re-revisión no ha sido tenida en cuenta por The Economist.

         Resulta curioso que, pese a la argumentación acerca de las dudas en torno al inicio de la Gran Divergencia, The Economist recurra a los datos de Maddison para ilustrar su significado. De acuerdo con ellos, la Gran Divergencia sería ya claramente perceptible desde 1600, si no antes, en los casos de los Países Bajos y del Reino Unido respecto a China, India y Japón. Lo que coincide plenamente con la visión tradicional del “excepcionalismo europeo”. También peculiar resulta su interpretación de la archifamosa obra de Jared Diamond. Para The Economist, este autor sostiene que “Europe was uniquely endowed with domesticable plants and animals.” De donde se derivarían una mayor Resistencia inmunológica de su población, así como una mayor productividad y una mayor densidad de población. Lo que, asu vez, llevaría al desarrollo de mejores instituciones (ciudades, burocracia y alfabetización) que favorecerían el crecimiento económico. Ciertamente, esa concatenación constituye el núcleo básico de la explicación de Diamond a lo que él denomina “la pregunta de Yali” (“Why is that you white people developed so much cargo and brought it to New Guinea, but we Black people had little cargo of our own?”). Pero Diamond aplica su cadena causal –de la abundancia de especies domesticables al crecimiento económico pre-industrial- a toda Eurasia, no sólo, ni principalmente, a Europa. A la hora de explicar las diferencias entre China y Europa, Diamond recurre a explicaciones (básicamente, la accesibilidad al mar y la diversidad de varida índole subyacente al “sistema competitivo de estados”) que recuerdan mucho a las del “excepcionalismo europeo” del tipo propuesto por Jones. Tampoco parece que el colonialismo occidental tenga que ver en la Gran Divergencia entre Este y Oeste. Es discutible que explique mucho –o poco- acerca de la India; menos lo haría en el caso de China; nada en los de Japón o Corea. La proposición carece, simplemente, de validez general. Para concluir por el momento con la Gran Divergencia, la afirmación final me parece ciertamente atrevida, si no es cualificada cuidadosamente: “Cultural explanations for booms and busts are tempting, but economic history shows that they rarely stand up to scrutiny.” No estoy nada seguro de que haya acuerdo al respecto entre los historiadores económicos. En esto, y en otras muchas cosas, The Economist no suele pecar de excesiva modestia.

         Por lo que respecta a la Globalización, The Economist acierta al señalar las diferentes valoraciones del fenómeno. Creo que también la evaluación de sus resultados depende mucho de situar su inicio en el tiempo correctamente. Encuentro acertado señalar que O’Rourke y Williamson, cuyos trabajos tanta influencia –y por tan buenas razones- han tenido en nuestra percepción de la Globalización, se olvidan de señalar la temprana integración del mercado mundial de plata y sus efectos económicos. Gracias en buena medida a los propios O’Rourke y Williansom, sabemos que la Globalización no empezó cuando muchos piensan; esto es, hace unas pocas décadas. Menos de acuerdo estoy con la afirmación según la cual la Globalización “has a history that streches thousands of years, starting with Smith’s primitive hunter-gatherers trading with the next village, and eventually developing into the globally interconnected societies of today.” Una definición tan lata de la Globalización la convierte en equivalente a la historia humana: no faltan pruebas de comercio a larga distancia desde el Paleolítico. Y abundan desde el Neolítico y, mucho más, posteriormente, con las primeras civilizaciones.

         Hablemos, pues, de definiciones. De Vries, acertadamente, ha propuesto distinguir entre “soft globalization” y “hard globalization”. Esta última es de que se ocupan O’Rourke y Williamson: “integration of markets across space”, especialmente de productos de amplio consumo (los cereales, por ejemplo). Apareció súbitamente en el algún momento de mediados del siglo XIX como consecuencia de la aplicación al comercio internacional de las innovaciones tecnológicas en materia de transporte y comunicaciones surgidas de la Revolución Industrial. El concepto de “soft globalization” es generalmente preferido por los historiadores al de “hard globalization”, que suele ser preferido por historiadores económicos y economistas. Para De Vries: “Evocations of a compressed and intensified world may be called ‘soft globalization’”. Esta definición remite directamente a los interesantes trabajos de Flynn y Giráldez, que no son citados por The Economist. Estos autores proponen que la Globalización consistió en que “all populated continents began sustained interaction in a manner that deeply linked them all through global trade.” Sitúan su inicio en el momento en que “the Old World became directly connected with the Americas in 1571 via Manila.” Estas –necesarias- sutilezas históricas parecen haber escapado a la atención de The Economist. Tal vez ello sea inevitable en una publicación de sus características, pero no dejan de tener su importancia incluso para el público no especializado. Por un lado, resaltan el papel de los diferentes territorios de la pluricontinental Monarquía Hispánica en la aparición de interconexiones comerciales permanentes entre América, Asia y Europa. El vehículo inicial de esa interacción sin precedentes históricos fue el Galeón de Manila, a través del cual se intercambió desde finales de la segunda mitad del siglo XVI la plata americana por productos asiáticos más o menos lujosos (especias, seda, porcelana, etc.) entre Manila y Acapulco. Contactos directos entre Europa y Asia existieron desde antes (Vasco de Gama) y proseguirían más tarde (VOC y EIC), pero no, o sólo mucho después y menor medida, incluyeron a América. Por otro lado, resaltan el papel de Asia, y, en particular, de China, sobre todo, pero también de la India, en la creación temprana de mercados mundiales de manufacturas y en la difusión de gustos y estilos artísticos (nanbam, chinoiseries, etc.). Todo parece indicar –basta atender al contenido de la carga del Galeón de Manila y a otros inicadores- que el consumo de muchos de esos productos asiáticos acabó desbordando el estricto marco de las élites. Tal vez en ningún sitio como en Nueva España se produjo una globalización tan temprana del consumo, a la que también contribuyó el contacto permanente con Europa a través del Atlántico. Puede que también en la propia España, como podría revelar un magnífico bodegón de Antonio de Pereda.

Bodegón con arqueta de marfil, 1652, Antonio de Pereda. Cortesía del Museo del Hermitage de San Petersburgo

Bodegón con arqueta de marfil, 1652, Antonio de Pereda.
Cortesía del Museo del Hermitage de San Petersburgo

Por ambas razones, el concepto de “soft globalization” configura una mundialización más temprana y menos eurocéntrica que el de “hard globalization”, que remite al siglo XIX y al Atlántico norte. Lo que, en algún sentido no menor, nos acercaría al revisionismo acerca de la Gran Divergencia con su énfasis en las dinámicas económicas extra-europeas.

            Un reciente trabajo de Dobado, García-Hiernaux y Guerrero ha venido a poner en estrecha conexión Globalización y Gran Divergencia. En uno anterior, estos autores encontraban pruebas estadísticas e históricas de una creciente integración entre Norteamérica y Europa y dentro de esta última de los mercados desde la primera mitad del siglo XVIII; esto es, una “hard globalization” más temprana, pues precede claramente a la Revolución Industrial, que la contemplada en la versión canónica de O’Rourke y Williamson. ¿Qué tiene esto que ver con la Gran Divergencia? Pues parece ser que no poco. A la vista de los resultados obtenidos en el Oeste, hemos examinado los mercados de cereales del Este (China y Japón). Éstos estaban bien integrados a nivel nacional, pero no encontramos ninguna prueba de integración ni a nivel internacional ni intercontinental, como sí resulta ser el caso en el Oeste. En cuanto a la India, Studer ha mostrado la desintegración del mercado nacional de cereales hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando, bajo el mandato británico, comienza un proceso de integración todavía inconcluso a comienzos del XX.

         La principal causa de la desintegración entre China y Japón –los diferenciales de precios estructurales y coyunturales entre el delta del Yangtze y Osaka justificarían el arbitraje entre ambos mercados- no es geográfica o tecnológica, sino la escasa apertura exterior de las dos economías durante la Edad Moderna. Decisiones de política general y económica limitaron los intercambios exteriores hasta extremos incomparables con los del mercantilismo occidental. Ello implica que el Este se vio privado de los beneficios directos (efectos estáticos y dinámicos) e indirectos (institucionales) del comercio exterior, que tanto contribuyeron al crecimiento económico del Oeste. El rechazo al comercio exterior por parte de los gobiernos de la dinastía Qing en China y de los Tokugawa en Japón bien pudo ser uno de los mayores errores de política económica conocidos. El indicador consistente en el grado de integración del mercado internacional de cereales arroja luz sobre las causas de la Gran Divergencia, que, como señala The Economist, citando a Mokyr, están “sobredeterminadas”. Una de ellas sería esa forma de “excepcionalismo occidental” consistente en la temprana globalización del mercado de cereales.

Bibliografía

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[1] “What was the Great Divergence?”, The Economist, 2 de septiembre, http://www.economist.com/blogs/freeexchange/2013/08/economic-history-1; “When did globalization start?”, ibídem, 23 de septiembre, http://www.economist.com/blogs/freeexchange/2013/09/economic-history-1.

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