Sostenibilidad del desarrollo: hacia una contabilidad histórica del ahorro genuino

Henry Willebald (Universidad de la República, Uruguay), 26 de febrero de 2013.

La medición del desarrollo ha pasado desde indicadores sencillos y unidireccionales hacia otros cada vez más complejos y multidimensionales en los cuales, muchas veces, la discusión ha parecido centrarse más en cómo se mide el desarrollo que en su análisis e interpretación como proceso social.

El concepto de desarrollo, sus dimensiones y la forma de aproximarse a su medición han sido parte de la discusión en ciencias sociales durante décadas acaparando la atención de académicos y hacedores de política interesados en el progreso de las sociedades. El concepto ha pasado desde nociones de expansión de la producción y de la población hacia otras basadas en ideas de capacidades, necesidades y sostenibilidad. Sus dimensiones incorporan una amplia gama de aspectos que trascienden la generación de ingresos para incorporar el estado sanitario y educacional de las sociedades, sus niveles de equidad, así como las condiciones medioambientales y culturales. Su medición, gradualmente, ha pasado desde indicadores sencillos y unidireccionales hacia otros cada vez más complejos y multidimensionales en los cuales, muchas veces, la discusión ha parecido centrarse más en cómo se mide el desarrollo que en su análisis e interpretación como proceso social.

En la última década ha crecido el consenso en cuanto a que las diversas medidas del ingreso per cápita (de acuerdo al Producto Interno o Nacional, Bruto o Neto) constituyen indicadores imperfectos del nivel de desarrollo económico de una sociedad. Diversas críticas ligadas a la cobertura parcial de esa medición (por ejemplo, la producción de autosubsistencia queda excluida en la contabilidad habitual de cuentas nacionales), la deficiente incorporación de los diferenciales de calidad y la imposibilidad de recoger el impacto de la distribución en los niveles de bienestar representan algunos de sus flancos más débiles.

En la búsqueda de un concepto capaz de representar de forma más fehaciente el desarrollo han surgido nociones alternativas que, como el enfoque de Desarrollo Humano (PNUD 1990, y siguientes reportes; Haq 1995), constituyen conceptos multidimensionales que contemplan las capacidades, el nivel de ingreso (producto real per cápita) y las condiciones de salubridad y educación de una población para aproximarse a la calidad de vida y que, habitualmente, se operacionalizan a través del Índice de Desarrollo Humano (IDH). Éste, además, ha recibido atención desde el punto de vista histórico con importantes contribuciones y una especial atención al caso latinoamericano (por ejemplo, ver Astorga, Bergès & FitzGerald, 2005; Bértola et. al, 2010; Prados de la Escosura, 2010).

En esta misma línea de reflexión crítica sobre los conceptos de desarrollo, desde los 1970s, aunque decididamente desde el informe Brundtland de 1987,[1] se ha conformado una corriente de pensamiento y de acción fundada en la idea de desarrollo sustentable, basada en que el desarrollo y el medio ambiente deben pensarse en forma integrada. Estos principios reflejan la corriente del ambientalismo moderado o sustentabilidad débil (Neumayer, 2010) que fue la adoptada por los organismos internacionales y que conforman, desde el punto de vista teórico, la economía ambiental (Pierri, 2005). Dentro de esta concepción, el desarrollo sostenible es entendido como aquel “que satisface las necesidades actuales de las personas sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las suyas”. En términos de propuestas de política esta noción deriva en acciones en las cuales el crecimiento económico se articula con políticas ambientales capaces de conservar el capital natural.[2]

El desarrollo es entonces concebido como “un proceso de construcción y administración de un portafolio de activos. El desafío del desarrollo es administrar no sólo el volumen total de activos –cuánto ahorrar versus cuánto consumir– sino también la composición del portafolio de activos, esto es, cuánto invertir en diferentes tipos de capital, incluidas las instituciones y la gobernanza que constituyen el capital social” (World Bank, 2011:4, traducción propia). La regla de Hartwick (Hartwick, 1977; Solow, 1986) ofrece una guía simple (“rule of thumb”) para operacionalizar la sostenibilidad del desarrollo en economías que dependen de recursos naturales no renovables (aunque puede extenderse a otro tipo de recursos). Ella establece que el consumo puede ser mantenido si las rentas derivadas de esos recursos son continuamente invertidas por encima de las destinadas al consumo (World Bank, 2006). ¿En qué medida los actores –hogares, empresas, gobierno– logran, a través del ahorro y la inversión, aumentar la riqueza futura? ¿En qué medida las reformas institucionales, el progreso tecnológico y la inversión en educación y salud permiten acelerar el progreso económico? Estas preguntas toman especial relevancia en países en vías de desarrollo, varios de los cuales parecen estar “consumiendo” su riqueza y donde el aumento potencial de capital humano se encuentra restringido por la calidad de instituciones y gobernanza. Desde el punto de vista del diseño de políticas, éste constituye un aspecto determinante para atender la dimensión económica, medioambiental y social del desarrollo y, de hecho, su sostenibilidad (Stiglitz et al., 2009).

Centrar esta conceptualización en la “sostenibilidad del desarrollo” conduce a focalizar los análisis en la contabilización de la riqueza, entendida como el conjunto de activos de carácter producido, natural e intangible con los que cuenta una economía y de los que harán uso las generaciones venideras. Una economía podría estar experimentando el incremento de su PIB y, simultáneamente, el agotamiento de los stocks de recursos forestales y minerales, o el uso destructivo del suelo, con lo cual se estaría en presencia de un crecimiento no sostenible.

Estas ideas son las que ambientaron mis dos anteriores entradas al Blog bajo el título “Entre maldiciones y bendiciones: la abundancia de los recursos naturales” y  “Endogeneidad de los recursos naturales, rentas y capital natural”. Se trata de ideas que atienden, además, inquietudes de carácter empírico, como son la posibilidad de contabilización de la riqueza en el largo plazo y sus vinculaciones con las mediciones del bienestar. En efecto, si se asume el concepto “débil” de sostenibilidad, una forma de testear –desde un punto de vista macroeconómico– la sustentabilidad del desarrollo es examinar si la riqueza (o el capital total) de una economía aumenta, disminuye o se mantiene estable durante un período determinado. El concepto de “ahorro genuino” (lanzado por Pearce & Atkinson, 1993) se presenta como la medida adecuada y consistente teóricamente con los cambios en el stock total del capital (Hamilton & Clemens, 1999; Pezzey, 2004).

¿Cómo se mide el “ahorro genuino”? En el Sistema de Cuentas Nacionales, el cambio en la riqueza de una economía se aproxima haciendo foco, únicamente, en los activos producidos. La provisión para el futuro de un país se mide mediante el ahorro neto  nacional, el que mide el monto de output producido no consumido descontadas las reservas para depreciación del capital físico. El paso siguiente para medir la sostenibilidad es ajustar el ahorro neto por la acumulación de otros activos –capital humano, el medio ambiente, y el capital natural– que, igualmente, dan soporte al desarrollo.

Partiendo del concepto estándar de ahorro bruto, la deducción del consumo de capital fijo (que responde al reemplazo de capital desgastado u obsoleto) ofrece la medición de ahorro neto. En este concepto, sólo aquella porción del gasto total en educación que representa capital físico (como la construcción de escuelas, por ejemplo) es incluido como parte del ahorro; el resto es tratado como consumo. Este resultado es insatisfactorio desde una concepción amplia de la riqueza y, por ende, los gastos corrientes en educación (como los salarios de los maestros y otros gastos) deben ser adicionados al ahorro neto.

El siguiente paso es descontar el agotamiento de los recursos naturales, el que se mide como el total de rentas por la extracción de recursos y cosechas (estimadas como la diferencia entre el valor bruto y el costo de producción a precios mundiales).[3] Luego, se considera el deterioro de la producción por la polución del aire y por el dióxido de carbono y, finalmente, el valor de los daños de salud ligados con aspectos particulares de la polución (básicamente relacionados con enfermedades respiratorias).

La intuición del concepto es que aquellas economías con valores positivos de ahorro genuino cumplirían con el requerimiento de la sostenibilidad débil pues su stock de capital total no estaría cayendo. Por el contrario, economías con ahorro genuino negativo experimentarían un desarrollo no sostenible. ¿Qué dice la evidencia al respecto? En el Gráfico 1 se ilustra la relación entre tasas de ahorro genuino (como porcentaje del PIB) y tasas de crecimiento en 2003. La mayoría de los países de la muestra se ubica en el cuadrante superior derecho dando cuenta de que están creciendo sin comprometer la riqueza de las generaciones futuras.

Gráfico 1

TASAS DE AHORRO GENUINO Y CRECIMIENTO ECONÓMICO (2003)

Porcentaje sobre el PIB y tasas anuales de crecimiento

Fuente: World Bank (2006), p.45.

Fuente: World Bank (2006), p.45.

 Sin embargo, evaluar consideraciones de desarrollo a través de un cross-section de países para un solo año ofrece una mirada muy parcial al problema. ¿Existe evidencia de largo plazo? La disponibilidad más amplia de información refiere a un panel amplio de países (cerca de 150, aunque irregular por años) que cubre el período 1970-2008 proveniente del Banco Mundial y que han sido analizados en World Bank (2006) y Ferreira et al. (2008). En el Gráfico 2 se presenta esta información agrupando países de acuerdo a su condición de ingreso (low-, middle- y high-income). En los 1970s y 1980s, el diferencial de ahorro genuino a favor de los países ricos era muy considerable dando cuenta de un futuro de riqueza promisorio y, de hecho, el mantenimiento de la brecha de desarrollo. Sin embargo, hacia finales del siglo XX las tasas de ahorro genuino tendieron a converger abriendo nuevamente la interrogante de lo que cabe esperar para las décadas futuras en materia de riqueza relativa. La evidencia aún es escasa para realizar afirmaciones contundentes –además de tratarse de agregados muy heterogéneos– pero, inicialmente, podría esperarse que los diferenciales de riqueza se redujeran en el futuro e, incluso, que ocurrieran cambios en la composición por países de los agregados de ingresos.

Gráfico 2

TASAS DE AHORRO GENUINO POR GRUPO DE INGRESO

Porcentaje sobre el PIB

Fuente: World Bank (2006), p.44.

Fuente: World Bank (2006), p.44.

 Evidentemente que contar con información para “sólo” 40 años resulta, para todos aquellos interesados en el (verdadero) largo plazo, insuficiente. Además, las posibilidades de testear sostenibilidad en un plazo tan corto como éste es prácticamente imposible. De todos modos, la teoría que respalda el concepto nada dice respecto al período dentro del cual el “ahorro genuino” es procedente como indicador de sostenibilidad. En otros términos, ¿cuál es el futuro que es capaz de predecir el indicador en cuanto a la capacidad de sostener el desarrollo de la economía? La historia económica tiene mucho que contribuir en este punto en lo que constituye un verdadero programa de investigación. Hasta donde llega mi conocimiento, sólo hay esfuerzos de estimación para el Reino Unido (McLaughlin et al., 2012) y Suecia (Lindmark& Acar, 2013) por lo que mucho trabajo queda por hacer.

Al menos dos dimensiones del análisis son de particular relevancia. Por un lado, el contraste entre las estimaciones de ahorro genuino y otros indicadores de bienestar, tanto las mediciones de carácter simple –salarios reales, tasas de mortalidad o antropométricos– como los combinados o más complejos –ingreso per cápita o índices de desarrollo humano– en sus varias definiciones. Por otro lado, la comparación entre economías que permita dar cuenta de hechos estilizados y trayectorias características que definan patrones de desenvolvimiento específicos. Ambos tipos de consideraciones implicarían dar una mirada renovada a los problemas del desarrollo y es evidente que, desde la historia económica, podrían realizarse contribuciones novedosas y valiosas.

ASTORGA, Pablo, BERGÉS Ame and FITZGERALD Valpy (2005): “The Standard of Living in Latin America during the Twentieth Century”. The Economic History Review 58(4), pp.  765-96.

BÉRTOLA, Luis, CAMOU, María, MAUBRIGADES, Silvana, MELGAR, Natalia (2010): “Human Development and Inequality in the Twentieth Century: The Mercosur Countries in a Comparative Perspective”. Salvatore, R. Coatsworth, J. and Challú, A. (Eds): Living Standards in Latin American History: Height, Welfare and Development, 1750-2000. David Rockefeller Center for Latin American Studies, Harvard University, Cambridge, pp. 197- 232

FERREIRA, Susana, HAMILTON, Kirk and VINCENT, Jeffrey (2008): “Comprehensive wealth and future consumption: accounting for population growth”. The World Bank Economic Review, 22, pp. 233-248.

HAMILTON, Kirk, and CLEMENS, Michael (1999): “Genuine Savings Rates in Developing Countries”. World Bank Economic Review 13, 2, pp. 33-56.

HAQ, Mahbub (1995): Reflections on Human Development. Oxford University Press.

HARTWICK, John, M. (1977): “Intergenerational Equity and the Investing of Rents from Exhaustible Resources”. American Economic Review, 66, pp. 972-74.

LINDMARK, Magnus and ACARA, Sevil (2013): “Sustainability in the making? A historical estimate of Swedish sustainable and unsustainable development 1850–2000”. Ecological Economics, Volume 86, pp. 176-187, February.

NEUMAYER, Eric (2010): Weak Versus Strong Sustainability: exploring the limits of two paradigms. Cheltenham: Edward Elgar.

MCLAUGHLIN, Eoin, GREASLEY, David, HANLEY, Nick, OXLEY, Les, and WARDE Paul (2012): “Testing for long-run ‘sustainability’: Genuine Savings estimates for Britain, 1760-2000”.  Stirling Economics Discussion Paper 2012-05, April.

PEARCE, David and ATKINSON, Giles (1993): Capital theory and the measurement of sustainable development: an indicator of weak sustainability. Ecological Economics 8, pp. 103-108.

PEZZEY, John (2004): “One-sided sustainability tests with amenities, and changes in technology, trade and population”. Journal of Environmental Economics and Management, 48, pp. 613-631.

PIERRI, Naína (2005) “Historia del concepto de desarrollo sustentable”. En Foladori, G. y  Pierri N. (eds): ¿Sustentabilidad? Desacuerdos sobre el desarrollo sustentable, UAZ/Porrúa, México.

PNUD (1990): Desarrollo Humano. Informe 1990, Tercer Mundo Editores, Bogotá, Colombia.

PRADOS DE LA ESCOSURA Leandro (2010): “Improving Human Development: A Long-Run View”. Journal of Economic Surveys, Wiley Blackwell, vol. 24(5), pp. 841-894, December.

SOLOW, Robert (1986): “On the Intergenerational Allocation of Natural Resources”. Scandinavian Journal of Economics, 88 (1), pp. 141-49.

STIGLITZ, Joseph, SEN, Amartya and FITOUSSI, Jean-Paul (2009): “Report by the Commission on the Measurement of Economic Performance and Social Progress”. Commission on the Measurement of Economic Performance and Social Progress, Paris.


[1] El informe Brundtland surgió del trabajo de la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo creada en 1983 en el marco de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

[2] Otras corrientes ambientalistas han expresado concepciones diferentes sobre el desarrollo sostenible que derivan en propuestas de acción diferentes. La corriente ecologista conservacionista o de sustentabilidad fuerte pone su énfasis en la baja sustituibilidad entre capital natural y producido y, en algún sentido, es una posición “más verde” que la alternativa. Por otro lado, la corriente humanista crítica, que se centra en la sustentabilidad social, propone acciones orientadas a que el uso económico de los recursos naturales se subordine a los fines sociales (Pierri, 2005).

[3] Minerales y recursos forestales guardan algunas peculiaridades de cómputo que no son relevantes mencionar aquí.

La inequidad condenable: ´Dime donde naces…´

Esteban Nicolini (CIEDH – Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino), 19 de febrero de 2013.

No todas las desigualdades económicas son injustas: algunos trabajan más o son más capaces que otros. Pero dado que gran parte de las distancias entre ricos y pobres en el mundo actual se debe sobre todo al país en el que las personas nacen … parece bastante obvio que la lucha contra la desigualdad es una lucha justa y necesaria.

En una entrada anterior de este blog presentábamos brevemente algunas visiones sobre la evolución de largo plazo de la inequidad. Mencionábamos que si bien era muy claro que los en los últimos doscientos años la humanidad había logrado, sin lugar a dudas, un enorme aumento de la producción de bienes y servicios per cápita, la distribución de esos bienes era hoy, casi con seguridad, mucho menos equitativa que hace doscientos años. Para algunos ese aumento de la inequidad global habría comenzado a revertirse en los últimos veinte o treinta años (Sala i Martin, 2002) mientras que para otros, a lo sumo se habría desacelerado o estancado (Milanovic, 2003). La mayor parte de esa entrada estaba centrada en la economía positiva, o sea, un intento de descripción y comprensión de la realidad sin emitir juicios de valor, aunque, reconozco, la noción de que la reducción de la inequidad era algo deseable aparecía implícitamente a lo largo de todo el texto.

En un comentario a ese post y en su reseña del libro de Branko Milanovic “The haves and the have-nots…”, Rafa Dobado insistía en una pregunta  importante y difícil de contestar: ¿Es siempre mala la inequidad? ¿Es deseable que todos los seres humanos tengamos el mismo ingreso o el mismo acceso a bienes y servicio? Ésta, por supuesto, es una pregunta normativa.  Dándole entonces toda la entidad que se merece la pregunta de Dobado, este post será una –pequeña y modesta- reflexión normativa sobre la inequidad y una discusión sobre algunas características de la inequidad actual y pasada.

Garantizar la equidad absoluta en cualquier escenario pondría en cuestión un valor importante: el de la responsabilidad. La convicción de que las personas adultas son responsables de sus acciones y las consecuencias de las mismas nos lleva a rechazar la propuesta de que todos ganemos lo mismo independientemente del esfuerzo y de la capacidad. Parece razonable que un profesor que publique el doble de lo que yo publico gane más que yo y que Messi  gane más que Bojan. Pero eso no nos lleva a aceptar todas las inequidades.

Un concepto central para evaluar la maldad, bondad o neutralidad de la inequidad es el de la equidad de oportunidades que sugiere que las desigualdades que surgen de elementos que están fuera de la responsabilidad de cada individuo no deberían ser motivos para penalizar a ese individuo con menores ingresos.

Otro concepto importante es de de los derechos básicos. Si una persona enfrenta el hambre, aún como consecuencia de sus malas decisiones, propongo que como sociedad debemos garantizar que todos nuestros esfuerzos se dirigirán a evitarle esa situación extrema. Y esta opción no tiene sólo que ver con la dignidad básica de la persona en cuestión; tiene que ver con nuestra dignidad como sociedad.

Deseo y creo que estos dos conceptos –o variantes muy cercanas de los mismos- son compartidos por una gran mayoría de los ciudadanos del mundo. Y estos dos conceptos tan generales nos permiten una mirada más crítica a la inequidad de ingresos que sufre –y en este caso la elección del término es intencional- nuestro mundo actual.

Como decíamos más arriba, hoy tenemos dos posturas sobre la evolución de la inequidad en los últimos años. Sin embargo, ambas visiones coinciden en que en las últimas décadas una gran parte de la inequidad global, esa que tiene que ver con las distancias entre los ingresos de todos los habitantes del mundo está relacionada con lo que se llama la inequidad “entre” países (la ya mencionada reseña de Dobado hace una definición un poco más precisa de este concepto y el libro de Milanovic ofrece una discusión completa). Esto quiere decir que las distancias de ingresos de los seres humanos depende mucho más del hecho de que algunos países son muy ricos en promedio y otros muy pobres que del hecho de que dentro de cada país existen habitantes ricos y habitantes pobres.

Esta gran importancia relativa de la inequidad entre países sugeriría que para un individuo nacido en un hogar pobre de dentro de un país pobre, la migración parecería un camino más sencillo o eficiente que la búsqueda del ascenso social y económico dentro de su propio país. La gran migración “hacia el norte” en varias regiones del mundo y las frecuentes tragedias humanas en la frontera entre México y los Estados Unidos y en la zona del estrecho de Gibraltar son una muestra de que muchas personas tienen esa convicción.

Si una gran parte de la posición social de un individuo la determina el país en el que nace, la posición social no depende de los esfuerzos ni las capacidades de cada individuo. Por lo tanto son injustas las diferencias de ingresos entre dos trabajadores imaginarios, uno nacido en España y el otro nacido en Mali, ambos con la misma capacidad y los mismos esfuerzos realizados a lo largo de su vida… y hay mucho trabajadores en los países pobres con condiciones de vida lamentables que realizaron al menos tantos o más esfuerzos que muchos trabajadores nacidos en países ricos. Y por si no quedó clara mi posición… esa inequidad es mala y por lo tanto gran parte de nuestra inequidad actual es condenable.

Y por último, las estimaciones de largo plazo que tenemos disponibles (Bourguignon y Morrison, 2002) sugieren que la gran importancia de la inequidad entre países es un fenómeno relativamente reciente y sus orígenes estarían en lo que los historiadores económicos llamamos “La Gran Divergencia”: con la Revolución Industrial a finales del siglo XVIII algunos países aumentaron sostenida y notablemente su ingreso promedio mientras otros lo hicieron muy lentamente. Las diferencias entre países ricos y países pobres se agrandaron y los niveles de vida de la mayoría de los habitantes de los países pobres quedaron a enormes distancias de los de los países más ricos.

Obviamente se podría argumentar que en realidad los ciudadanos de cada país son los responsables últimos de su situación porque no generan las condiciones políticas, e institucionales para que estos países disfruten de un crecimiento económico sostenido pero la cuestión de la responsabilidad individual en el diseño y el resultado institucional de su comunidad es otro tema –uno extremadamente complejo e interesante- que quizás algún especialista trate en alguna entrada futura.

La máxima ilusión de la desaparición del dinero billetario (segunda entrega)

Bernardo Bátiz-Lazo (Universidad de Bangor), 13 de Febrero de 2013.

Si vamos a debatir el proceso de digitalización, es decir, la desmaterialización del dinero y las oportunidades o retos que eso representa, primero tenemos que entender como surge y se materializa.

Hace unos días di una charla sobre el ‘cashless society’ en Glasgow para la Universidad de Strathclyde (ver la invitación aqui y la presentación aqui). Uno de mis anfitriones me pidió que incluyera una referencia a las oportunidades empresariales, en parte por la reciente entrada de Apple y Starbucks al tema – y para quienes desconozcan a que me refiero, Apple saco una patente para utilizar los iPhones como dispositivo que sustituya a los cajero automáticos de los bancos y Starbucks invirtió una suma considerable en una empresa de tecnología llamada Square. Así mismo, analistas de alto nivel esperan rendimientos importantes para quienes puedan capturar esas oportunidades de crecimiento en la era del dinero digital.

Afortunadamente otro colega me hizo llegar copia de un estudio reciente, que analiza el desempeño de 20 ‘carteras digitales’. Estas se definen como soluciones que viven en los teléfonos móviles/celulares (smartphones) y que buscan digitalizar todo lo que entraría en una cartera normal incluyendo  dinero en efectivo, tarjeta de crédito, identificación, licencia, carnet de biblioteca, la foto de la abuelita, etc. La evaluación consideró la capacidad de pago frente a la facilidad para llevar acabo transacciones controlando por diferentes tecnologías. Según los resultados de la encuesta de Carlisle & Gallagher Consulting, las ‘ganadoras’ por su facilidad para dar de alta a nuevos usuarios, facilidad de uso, múltiples conexiones  a programas de fidelidad/lealtad, enlace con tarjeta de crédito y debito y ser aceptada por diferentes comercios fueron LevelUp, PayPal y Square.

Lo interesante de este análisis es que muestra como hay una competencia muy intensa entre diferentes soluciones para determinar cual será la cartera digital dominante. De hecho hay mucho mas rivalidad entre las carteras digitales o la moneda digital (como Bitcoin) que entre posibles sustitutos del dinero en efectivo o incluso entre el dinero digital y las tarjetas de crédito.

En efecto, lo que Irving Wladawsky-Berger (del MIT) denomina ‘el ecosistema de pagos’ es muy complicado tanto a nivel nacional (pues los límites del estado-nación siguen siendo muy importantes) como global. Aún más, tarda mucho en cambiar y la adopción de innovaciones muchas veces se mide en décadas. Por ejemplo, Estados Unidos adoptará el protocolo EMV, también denominado ‘chip and pin’, hasta 2016 para Mastercard y 2017 para Visa. Esto cuando los principales socios comerciales (México, Canadá y la Unión Europea) llevan años con el sistema.  Aún más espectacular es saber que los EE UU representan cerca del 47% del total global de fraude en tarjetas de crédito y débito a pesar de representar el 27% del total de transacciones con tarjeta y efectivo.

“Piensa en ella como si fuera dinero” – uno de los primeros anuncion de éxito de lo que ahora es VISA.

“Piensa en ella como si fuera dinero” – uno de los primeros anuncion de éxito de lo que ahora es VISA.

El dilatado proceso de adopción de cambios en el sistema de pago se debe en parte a que existen muchos grupos de interés y los más importantes, que son consumidores finales y los comerciantes minoristas (‘merchants’), son reacios al cambio (existe lo que en economía se denomina ‘path dependence’). Por ejemplo, el ‘chip and pin’ se adoptó  en el Reino Unido en 2004. Un año después el fraude en tarjetas de crédito y débito se había reducido 13% y en 2010 se observó el menor nivel de los diez años anteriores. Si hay evidencia de que el ‘chip and pin’ reduce de una manera significativa el fraude por falsificación ¿porqué la demora?  Pues por varias razones. Primero, es cierto que el fraude denominado ‘tarjeta presente’ se reduce pero al mismo tiempo aquél de transacciones denominadas ‘tarjeta no presente’ (‘card not present’o CNP) ha ido en aumento.

Segundo, la introducción de ‘chip and pin’ cambia los incentivos pues en el fondo el protocolo es una serie de lineamientos para determinar si es el consumidor final o el comerciante quien debe afrontar la perdida. Es decir, Visa, Mastercard y los bancos minimizan si no es que eliminan las perdidas por fraude.  Esto cuando en un momento determinado y critico para la aceptación de las tarjetas de crédito, los bancos asumían todas las perdidas por fraude. En muchos países, los comerciantes simplemente no se pueden dar el lujo de no aceptar tarjetas de crédito o debido (incluso en el ‘duty free’ de los aviones ahora solo aceptan esa forma de pago, cuando es el efectivo el que tiene poder legal de eliminar deudas).  Por lo tanto, las negociaciones para implementar EMV no son triviales pues claramente los comerciantes no van abandonar el ‘status quo’ sin los incentivos necesarios.

Casa de Moneda (México) – circa 1905.

Casa de Moneda (México) – circa 1905.

Tercero, en el 99.9% de los casos, las transacciones ‘en el momento’ (spot) pueden ser solucionadas con efectivo o con tarjeta Visa/Mastercard. El resultado es que el espacio para ofrecer una mejor solución es muy pequeño  y, por lo tanto, las innovaciones  tienen mayor probabilidad de éxito cuando, en lugar de ‘atacar’ el orden existente, encuentran nuevos mercados o generan nuevos usos. Por ejemplo, Apple no invento el servicio de telefonía móvil. Y aún más relevante el celebrado caso de M-PESA, el cual, por cierto, no ha podido ser replicado en otros países con el mismo éxito que en su natal Kenia.

En general se podría decir que en el mundo actual, el consumidor busca satisfacer transacciones con el medio de pago que la persona en cuestión considera que mejor se adhiere al tipo de transacción. Ya sea para hacer una ‘domiciliación’ del talón (es decir, débito directo a la cuenta) para pagos de gran valor como las hipotecas, o utilizar el efectivo para dar una moneda que permita a su hija(o) comprar un dulce.

A este respecto Wladawsky-Berger se pregunta si existen formulas para incentivar a personas y comercios para que adopten nuevas formas de pago así como determinar la mejor forma de capacitarles en el uso de estas nuevas tecnologías (piensen, por ejemplo, en las edecanes que aparecen en los bancos cada vez que se implementa un nuevo modelo de cajero automático o terminal de auto-servicio financiero, y que conste que ya en los años sesenta y setenta se hacía uso de edecanes para tales fines).

 Pero la idea de Wladawsky-Berger de incentivar y habilitar tecnológicamente lleva implícita la historia generalmente aceptada de la evolución del dinero, misma que asume que hay una progresión lineal de la economía de trueque, a la introducción de monedas, letras de cambio, cheques, dinero fiduciario y por último y como expresión más avanzada e inevitable, la aparición del dinero digital. Sin embargo, entre los antropólogos existe una versión alternativa y muy interesante la cual considera que la materialidad del dinero fluctúa a través del tiempo entre periodos donde domina el dinero virtual y otros donde domina la materialidad (metales preciosos o más recientemente, el dinero en efectivo).  Es decir, el dinero aparece (o desaparece) respondiendo a la necesidad de materializar, de dar cuerpo, a determinadas presiones sociales. Para sostener su argumento, se documenta como en la época de los grandes imperios agrícolas (circa 3500 AC a 800 AC) hay unidades de cuenta inmateriales (como registros contables en papel, tabletas o cuentas) en periodos donde ya se había abandonado el trueque. Esos dispositivos aparecen tanto en Mesopotamia (Iraq) como entre los habitantes de lo que hoy llamamos Perú. Por lo tanto, hay evidencia de que en la antigüedad e incluso posteriormente en la edad media, que no es necesario el dinero tangible (material) para sostener una economía de mercado.

Registros contables Incas – Figura2 en Gary Urton y Carrie Brezine “Khipu Accounting in Acient Peru”, www.sciencemag.org, vol 309 (2005).

Registros contables Incas – Figura2 en Gary Urton y Carrie Brezine “Khipu Accounting in Acient Peru”, http://www.sciencemag.org, vol 309 (2005).

Entonces, ¿porqué y cuándo aparece el dinero? Una pregunta relevante y que pocos economistas (o historiadores económicos) han abordado – o como Milton Friedman, simplemente asumen que un helicóptero lo deja caer del cielo. David Graeber sostiene que la moneda aparece en el periodo entre 800 AC hasta 600 DC en forma independiente y casi simultánea en China, el archipiélago egeo y  la India. Pero lo interesante no es tanto que Confusio, Pitagoras y Buda hayan sido, a groso modo, contemporáneos; o que este periodo considere el nacimiento de todas las grandes religiones; o la esclavitud infantial. Más bien, argumenta Graeber, que en este periodo surge el dinero en efectivo como la materialización de la deuda, es decir que la moneda aparece como una forma de solventar deudas y específicamente, como resultado del reclutamiento de mercenarios y ejércitos permanentes.

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El argumento, en breve, es que igual era mas fácil dejar los instrumentos virtuales y darle un poco de oro o plata a un grupo de señores poco disciplinados, muy fuertes, armados, apestosos, borrachos, desmadrosos y además de todo, ¡feos! Por su puesto, hay mucho mas fondo al argumento, incluso desde perspectivas ontológicas y cosmológicas. Graeber trata de fijar el proceso de desmatelializacon del dinero en 1971 con el fin del sistema de Brettonwoods.Yo no estoy totalmente de acuerdo con Graeber. Primero por lo que concierne a la fecha de 1971. Pero si estoy de acuerdo con él que el final del siglo XX observa un proceso de desmaterlización, que proceso es reciente y sabemos poco de él. Por lo tanto, fijar la fecha esta sujeto a debate – y para mayor informe, estamos trabajando precisamente en determinar el primer uso del termino “cashless” (estamos cerquita – vamos por ahí de 1954).

Segundo y a manera de conclusión, si vamos a debatir el proceso de digitalización, es decir, la desmaterialización del dinero y las oportunidades o retos que eso representa, pues primero tenemos que entender como surge y se materializa. La historia lineal e inevitable que posiciona a la digitalización en su ápex es poco convincente. Amen de que es un tema que tenemos poco estudiado.

 Finalmente,  sugiero el excelente podcast de la “Cátedra Banco de México”[1] del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey (Campus Tlalpan – Ciudad de México) para quienes quieran una rápida introducción al tema de los sistemas de pagos contemporáneos. Así mismo, el podcast de la cátedra que ofreció David Graeber al departamento de Antropología de la Universidad de Oxford [2].

[1] Ver la número 9: El funcionamiento del sistema de pagos.

[2] Ver la número 56: Money, Bodies and Materialism.

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El mundo económico-financiero y las guerras entre-estados (I)

Juan H. Flores (Universidad de Ginebra), 5 de febrero de 2013.

El próximo año se cumplirá el primer centenario del inicio de la primera guerra mundial. Aún hoy nos queda pues mucho que aprender sobre la compleja relación entre economía, finanzas y guerras, y la historia tiene mucho que aportar.

El próximo año se cumplirá el primer centenario del inicio de la primera guerra mundial. Muchos trabajos empiezan a producirse entre historiadores y politólogos de todo el mundo, y seguramente muchos académicos serán bombardeados por invitaciones a coloquios, conferencias, contribuciones a libros colectivos etc. para conmemorar la fecha.

La primera guerra mundial marcó un parteaguas en la historia política, social y económica de la humanidad. Esta última cuestión no deja de ser interesante por el conocimiento de la historia en sí. También lo es como elemento de análisis empírico sobre las relaciones entre variables económicas y políticas. Sabemos por ejemplo que el impacto fue relevante sobre el crecimiento en el corto y en el largo plazo, sobre la distribución y el volúmen del comercio internacional y en general, sobre el sistema económico que venía desarrollándose desde finales del siglo XIX, para muchos la primera época de globalización. Pero, ¿cual es la relevancia de las causas y consecuencias económicas de los conflictos bélicos en general? ¿Se observan patrones comunes en le historia?

Hay una literatura abundante sobre estos temas en ciencia política. Lo interesante para nosotros historiadores económicos es lo que podemos aportar en términos de evidencia empírica y de conceptualización. Incluso ahora, muchas preguntas siguen abiertas sobre episodios puntuales y sobre nuestro entendimiento global en las relaciones entre economía y conflictos internacionales. Regresando a la primera guerra mundial, no todas las implicaciones del conflicto han sido exploradas, ni tampoco el funcionamiento de la o las economías y/o  de algunos mercados individuales. Desconocemos o no damos la justa dimensión a las razones económicas que pudieron dar pie a la guerra. Este tipo de incertidumbres hace aun más complicada la formulación teórica o el contraste histórico.

He trabajado en algunos aspectos de la relación entre las guerras entre estados y el mundo financiero desde diversos ángulos. Este tema cobra especial importancia con el problema creciente de algunos países para pagar sus deudas, por un lado, y por la financiarización del conjunto de la actividad económica, por el otro. Hay un par de subtemas que mencionaré y a los que regresaré en entradas futuras. Primero, la cuestión de las guerras entre gobiernos de países prestamistas y gobiernos de países prestatarios y que incumplen sus obligaciones financieras. Existe un debate en la literatura sobre las razones por las cuales un gobierno actuaría defendiendo los intereses de sus inversionistas en el extranjero. Contrariamente a la idea generalizada entre muchos historiadores económicos, el gobierno británico – cuya capital, Londres, fue el principal centro financiero mundial del siglo XIX – era muy reticente a actuar en otros países para exigir el pago de las deudas. El trabajo clásico de D.C.M. Platt presenta abundante evidencia en este respecto, aunque se ha “olvidado” en algunos trabajos recientes sobre el tema. Posteriormente, hubo un probable cambio de actitud a principios del siglo XX cuando Estados Unidos llegó a ser el primer país prestamista en el mundo, aunque esto también sea debatible. Con el control de capitales instaurado con los arreglos de Bretton Woods este tema dejó de ser relevante hasta la década de los 1980, cuando la discusión académica principalmente debatía sobre la necesidad de penalizaciones a países que dejaban de pagar.

Lionel Nathan de Rothschild (1808-
1879) introduced in the House of
Commons on 26 July 1858 by Lord
John Russell and Mr Abel Smith.
A painting by Henry Barraud. 1872

Segundo, la relación entre los mercados de capitales y el financiamiento de las guerras. Aquí podemos volver al caso de la primera guerra mundial, donde el “timing” o momento de la guerra puede tener un sinnúmero de explicaciones. De hecho, probablemente la pregunta mas importante no concierne tanto las razones por las cuales hubo una guerra, como el por qué no hubo otras de gran magnitud en las décadas anteriores a 1914. Razones no faltaban. Recordemos que Europa tradicionalmente había sido una zona con un alto número de conflictos entre estados, al interior de los estados e incluso una zona con un alto número de conflictos sociales. Lo que el siglo XIX produjo, en términos de conflictos entre-estados, fue contrario de lo que había sido la tendencia general, es decir, una época de relativa paz al menos entre las grandes “potencias”, lo que también permitió que la prosperidad y la transformación económica que acompañó la revolución industrial pudieran expandirse por la mayor parte del continente.

Hay evidencia historia que apunta que el mundo financiero tuvo un papel importante para evitar grandes conflictos entre estados, y fue reticente para financiar aquellos en donde sí participó (véase aquí, por ejemplo). En el fondo, es una intuición bastante lógica: fuera de intereses particulares de inversionistas individuales, en general, una guerra es mala para los negocios financieros (y para muchos otros). Lo complicado es saber cómo el mundo financiero puede forzar a los estados a no hacer la guerra. Karl Polanyi en su obra “La gran transformación”  ya apuntaba en esta dirección cuando señalaba a la “haute finance” como responsable de la paz de los 100 años. Mas recientemente, Johnatan Kirschner también ha tocado el tema de la aversión de los banqueros hacia la guerra. Cuando un país entra en guerra, la situación económica empeora simplemente por la incertidumbre generada y por tanto, toca al corazón mismo de la actividad bancaria (sin duda uno de los sectores más directamente afectados).

Podríamos esperar por tanto que con la relevancia creciente del sector financiero en la economía mundial, la probabilidad de una guerra mayor se minimice. Sin embargo, esto está lejos de ser evidente, primero porque como mostraré en una entrada futura, la estructura financiera es muy diferente a la existente a cualquier episodio pasado – por lo que la relación mercado de capitales-guerra es también distinta – y segundo, porque hay elementos que parecen recordarnos que ni la democracia ni el comercio, dos de los beneficios que han ido in crescendo desde finales del siglo pasado parecen ser fuerzas suficientes para disminuir el número de guerras en el mundo (como señala la evidencia presentada por ejemplo aquí).

Nos queda pues mucho que aprender sobre la compleja relación entre economía, finanzas y guerras, y la historia tiene mucho que aportar. Por lo demás, hoy más que nunca, es cierto eso que Thomas Friedman comentó ya en 1996: “Hay dos superpotencias en el mundo. Son Estados Unidos y el Servicio de notación de Moody’s”.