Artículos recientes sobre recursos naturales, ditribución del ingreso (en Colombia) y sobre la zona euro

Nuestros amigos de la Revista Peso han escrito varios artìculos de interés para quienes estamos interesados en historia económica. Son temas que también hemos venido tratando en este blog.

Por ejemplo, Osmar Leandro Loaiza Quintero ha escrito sobre la persistencia de la distribución espacial de la pobreza en Colombia. El mismo autor ha escrito sobre los recursos naturales: una bendición tornada maldición, con evidencia internacional pero también para el caso de Colombia. Ambos artículos aportan datos que vale la pena analizar. Finalmente, Javier Mejía Cubillos ha escrito un artículo muy interesante que nos recuerda algo de la historia del euro y de la Unión Europea, con implicaciones para el futuro de ambos.

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¿Es posible una historia comparativa de la intermediación financiera? (Segunda parte)

Juliette Levy (University of California, Riverside), 12 de diciembre de 2012.

Me gustaría retomar mi anterior entrada sobre el cambio institucional y la historia comparada de la intermediación financiera. Aceptando como nos lo recuerdan Rosenthal & Wong que no hay mezcla única u óptima de  instituciones formales e informales, ¿por donde empezamos a forjar una historia comparativa de sistemas financieros y sus intermediarios?

El primer tema de análisis es la información – sin acceso a información, los intermediarios financieros no existirían. Los intermediarios financieros son y siempre fueron centros de información. En términos concretos, un intermediario financiero crea, supervisa y apoya el flujo y el manejo de información entre actores comerciales. Para traducir esto en un contexto parecido al de Rosenthal y Wong,  entender la dirección de ese flujo de información, los incentivos que apoyan ese flujo, y los obstáculos que lo impiden además de las personas que lo administran – ésa es la manera de comparar sistemas financieros a través de la historia. Porque sabemos que los intermediarios existen casi en todas circunstancias históricas y sabemos que proporcionan una gran variedad de servicios en diferentes contextos con diferentes resultados – el contexto, las circunstancias y los resultados son diferentes, pero ¿qué pasa con el flujo de información que sostiene cualquiera de estas interacciones? ¿Es diferente en todos estos casos? Si es así, en qué se nota la diferencia? ¿Cómo podemos formalizar éstas corrientes para entender mejor el papel de los intermediarios en las economías en desarrollo?

En el 2010 y 2012 organizamos con Christiaan van Bochove de la universidad de Utrecht dos talleres sobre la intermediación e información en mercados de capitales (uno en Utrecht y otro en Riverside, California), en los cuales se discutieron casos históricos con enormes similitudes en contextos que se considerarían radicalmente diferente. Por ejemplo, el trabajo de Andra Lluch sobre el comercio en las pampas argentinas, nos demuestra que los libros de cuentas de sus comerciantes hacían doble uso como historiales de crédito sobre clientes que tenían cuentas de negocio en con el mismo comerciante. Estos datos que se registraban dejan información sobre la historia del crédito no bancaria en Argentina de una manera que es totalmente inteligible hoy, y lo hubiera sido para a un banquero personal en Amberes en el siglo XVIII.

Los talleres también sacaron a luz las cuestiones subyacentes y las preocupaciones acerca de la desigualdad – la desigualdad de la riqueza, el desarrollo, el acceso a la educación, la salud, la movilidad social – que forman base de las diferencias entre las sociedades analizadas. Si los mercados de capital son importantes para el desarrollo, entonces también tenemos que entender el papel que los intermediarios financieros juegan en el porqué de algunas de éstas desigualdades.

La función principal de un intermediario es proveer una serie de servicios para cada transacción entre dos actores. Algunos intermediarios facilitan el contacto entre dos actores, y como es el caso de los notarios – que eran intermediarios clave en los mercados mexicanos en el siglo XIX como franceses en el siglo XVIII, formulan el contrato que los une sin necesidad de ser parte de ese contrato. Otros intermediarios, como los corredores contemporáneos, son responsables del cumplimiento del contrato. De cualquier manera, los intermediarios agregan valor a la transacción, pero su existencia también plantea otra cuestión: ¿ la transacción hubiera sido posible sin el intermediario? Estas dos preguntas – el valor añadido de la intermediación y la necesidad de la mediación – es intrínseca a la existencia de un intermediario.

Una parte clave del valor agregado de un intermediario financiero es el  acceso que tiene a la información de sus cliente y la habilidad que tiene de administrar y distribuir esta información entre sus clientes. Esta función no existiría si los clientes del intermediario no le tienen confianza. De hecho, tal vez la tarea más importante de los intermediarios financieros no es simplemente la de la adquisición y distribución de información, sino también la de la custodia de esta información.

La confianza es esencial en una relación intermediaria. Los intermediarios pueden gestionar el dinero de otros, a veces también usar su propio dinero, pero ante todo el intermediario tiene que tener y utilizar la información correcta. Si nos fijamos en los intermediarios en los mercados que Christiaan van Bochove y yo estudiamos en Ámsterdam del siglo XVII y Yucatán en el siglo XIX  – observamos que notarios y corredores y banqueros en ambos lugares adquirían y distribuían  información a través de su red personal de clientes y amigos, en ambos lugares protegían su red, y en ambos lugares conectaban redes diferentes a través de sus oficinas.  Pero Ámsterdam y Mérida no se parecen para nada – el mercado es grande e internacional en Ámsterdam, en Mérida es un mercado limitado por el legado colonial; en Ámsterdam es un mercado muy diversificado, en Mérida los instrumentos de crédito se limitan en gran parte a obligaciones hipotecarias y préstamos personales. Las diferencias en el mercado de crédito y en las instituciones financieras así como en la intermediación financiera se explican no por las diferencias entre la ética puritana y la falta de una ética comparable en Yucatán – eso sería una versión de ése “factor C” que mencionaba anteriormente.  Las diferencias están definidas por un contexto político que de un lado del Atlántico apoya el acceso abierto a múltiples fondos de crédito, un contexto político que es internamente respetado por sus ciudadadanos y un sistema político que es rico por sus éxitos comerciales internacionales. En el caso de Yucatán, vemos un estado que se basa en una economía mono-agricultural y extractiva, un estado étnicamente heterogéneo con un sistema político que refleja y refuerza las divisiones económicas y sociales entre sus ciudadanos.

Estas son diferencias en la política económica, pero los intermediarios financieros son muy similares. Las diferencias entre los sistemas son lo obvio, pero lo que falta entender son las similitudes, y  el contexto en el cual instituciones similares llevan a resultados diferentes.  Si le damos vuelta a la discusión de ésta manera, el problema del acceso al crédito en México o en cualquier país con similar problema no puede ser sencillamente una función del retraso en la creación de una banca institucional, sino la tendencia a la concentración del capital una vez que se crearon los bancos – una tendencia que se observa entre intermediarios financieros desde mucho antes que formara un banco.

Endogeneidad de los recursos naturales, rentas y capital natural

Henry Willebald (Universidad de la República, Uruguay), 03 de diciembre de 2012

Reconocer la conveniencia conceptual de interpretar los recursos naturales como un producto de un proceso endógeno y ligado con las condiciones tecnológicas, institucionales y de mercado conduce a la necesidad de diseñar adecuados instrumentos para su cuantificación. Recientemente, desde la teoría económica se han propuesto indicadores para la medición del capital natural que pueden ser útiles para su aplicación en el análisis histórico.

En mi anterior entrada al Blog (Entre maldiciones y bendiciones: la abundancia de los recursos naturales) propuse algunas ideas sobre la evolución reciente de las nociones referidas a lo que, desde las Teorías del Desarrollo, se ha denominado la hipótesis de la “maldición de los recursos naturales” (the curse of the natural resources). Luego de llamar la atención sobre la condicionalidad de esa maldición a la ocurrencia de ciertos procesos que, efectivamente, la materialicen, y argumentar sobre la conveniencia de profundizar el análisis para comprender la endogenización de los recursos naturales, mi reflexión finalizó con dos mensajes. Por un lado, que la historia nos enseña que maldiciones y bendiciones se construyen y que reflexionar en términos de retos y oportunidades brinda nueva luz a muchas nuevas y viejas cuestiones de la historia económica. Por otro lado, que tenemos el desafío de trascender medidas relativamente limitadas de la abundancia de recursos naturales –que, muchas veces, resultan contradictorias pues confundimos abundancia con dependencia– para adentrarnos en la contabilidad del capital natural como medida sistémica de las rentas generadas por el medio ambiente en cuanto activo que interactúa con otras formas del capital.

La idea de no interpretar la abundancia de recursos naturales como “fijados por la naturaleza” sino endógenamente determinada por las condiciones institucionales y las capacidades tecnológicas de una economía no es nueva. Ya en la década de los treinta, Erich Zimmermann, en su obra World resources and industries decía que los “resources are highly dynamic concepts; they are not, they become, they evolve out of the triune interaction of nature, man, and culture”. Abandonar la noción de dotación inicial y pensar sobre esa abundancia en términos de un activo que puede formarse, explotarse, transformarse y extinguirse parece un camino atractivo para comprender de mejor manera la evolución histórica de muchas regiones.

En un reciente trabajo de Emily Sinnott, John Nash y Augusto de la Torre –Natural Resources in Latin America and the Caribbean. Beyond Booms and Busts– se explora la relación entre la abundancia de recursos naturales y la performance económica reciente de América Latina rompiendo, como hacíamos en nuestra entrada anterior, con ideas lineales y unívocas. Si se ilustra la vinculación entre abundancia de recursos naturales –entendida ésta como capital natural per cápita– y el nivel de PIB por habitante se obtiene una relación positiva y significativa. En el Gráfico 1 que se adjunta –cuya fuente es Sinott et al. (2010) y fue elaborado a partir de datos del World Bank– se aprecia claramente esa relación y se identifican los países latinoamericanos de la muestra. Los autores encuentran escasa evidencia para validar la hipótesis referida a que las commodities en general tienen tendencias declinantes de precios en relación a las manufacturas, menor crecimiento de la productividad, o inferior potencial de encadenamientos y spillovers. Sin embargo, grandes rentas de la producción de commodities pueden generar efectos del tipo Dutch disease (mal holandés), con concentración de la producción y de las exportaciones y una alta dependencia fiscal. Los precios de los productos primarios son indudablemente más volátiles que los de las manufacturas, aunque la evidencia de que esa inestabilidad represente efectos negativos sobre el bienestar y la inversión no es contundente. Sin embargo, si no son administrados apropiadamente, esos shocks pueden afectar a la economía real, amplificarse a través de la pro-ciclicidad fiscal y exacerbarse por la concentración de la producción y las ventas al exterior. Otro aspecto sensible es que si las rentas derivadas de la explotación no son reinvertidas en formas productivas del capital (físico o humano) el stock real de riqueza probablemente disminuya con el paso del tiempo.

Gráfico 1

Por más simplista que parezca, las formas de medición y la definición de “abundancia” ha inducido problemas para nada despreciables. Esta preocupación es útil para distinguir entre abundancia de recursos naturales (un stock medible de riqueza natural), rentas de los recursos (el flujo de windfalls derivados de activos naturales) y la dependencia de los recursos (el grado en el cual las economías tienen acceso a fuentes de ingreso alternativas a la que representa la extracción del recurso; usualmente, esta caracterización refiere a la especialización primario-exportadora). Obviamente que se trata de conceptos que pueden estar correlacionados porque economías con abundantes recursos naturales pueden obtener altas rentas por su explotación y, al especializarse en ellos, ser dependientes de sus recursos. Sin embargo, hay economías ricas en recursos que no dependen de ellos y, por el contrario, economías pobres en recursos que dependen de unos pocos productos primarios.

¿Qué ha sucedido con las rentas de los recursos naturales en América Latina? El banco de datos del Word Bank registra dichas rentas correspondientes a los recursos no renovables (petróleo, gas natural, carbón, otros minerales y forestación) en términos del PIB cubriendo los últimos 40 años. En el Gráfico 2 se ilustra la evolución de ese ratio para el mundo, para el promedio de América Latina y del Caribe y para la media de los países que experimentaron durante el período las rentas más altas (se toma como criterio considerar todos aquellos cuyo promedio de las últimas cuatro décadas resulte igual o superior al 75% de la media latinoamericana). Dos apuntes son particularmente interesantes. En primer lugar, la idea de boom and busts aparece con claridad puesto que el proceso que viven actualmente las economías latinoamericanas no es nuevo, sino que es muy similar al experimentado a finales de los años setenta –en trayectoria y niveles– y previo a la “década perdida” de los ochenta. En segundo lugar, América Latina es notoriamente más dependiente que el mundo en materia de recursos naturales y hay un conjunto amplio de países donde esa realidad está exacerbada. Sin embargo, como fuera argumentado antes, como dependencia no es lo mismo que abundancia deberíamos preguntarnos sobre medidas alternativas.

Precisamente, en un reciente trabajo del Word Bank (The Changing Wealth of Nations: Measuring Sustainable Development in the New Millennium) se proponen indicadores para aproximarse a la medición del capital natural (cuyos resultados son los que utiliza Sinott et al., 2010, para diseñar la figura que presentamos aquí como Gráfico 1). De acuerdo a esta fuente, el capital natural puede medirse como la suma de recursos no renovables, tierras de cultivos, tierras de pastoreo, áreas forestadas (incluidas las destinadas a la extracción de madera y las de otros fines) y áreas protegidas. Como regla general, la valoración del capital natural se realiza como el valor presente neto (VPN) del ingreso que ese activo es capaz de producir en el tiempo. Ese valor es el que, teóricamente, un inversor estaría dispuesto a pagar por ese bien de capital. El tamaño del stock es definido en términos económicos como aquella parte de la reserva base que podría ser económicamente extraída o producida en un tiempo determinado. Por lo tanto, el stock del activo depende, críticamente, de las condiciones –productivas (tecnológicas), de mercado (precio), e institucionales (reglas de juego)– prevalecientes en cada momento y, en ese sentido, los recursos naturales adquieren ese carácter endógeno que atribuimos a su comprensión. Analíticamente, ese valor está dado por una sucesión de rentas futuras (ingresos menos costes) actualizadas a una tasa de descuento (una tasa social) que cubra todo el período de explotación del recurso (la “vida” del activo).

En la medida que el enfoque propuesto requiere conocer las rentas futuras, el mismo no suele ser utilizado para la estimación empírica del valor de los activos naturales. Para superar esta limitante, el World Bank (2006, 2011) utiliza, dependiendo del caso, algunos supuestos restrictivos de rentas totales, o de alguno de sus componentes, constantes en el tiempo, bajo la consideración de un sendero de extracción (o explotación) óptimo del recurso. El supuesto se respalda en que, al momento de hacer la inversión, el inversor desconoce la trayectoria futura de sus rentas y el supuesto más conservador es el de asumir la constancia de alguna de las variables durante todo el período de explotación.

¿Es posible utilizar esta conceptualización para el análisis histórico y, si es así, qué sentido tiene? Todos los interesados en la contabilidad del crecimiento encontrarán sin mayores dificultades un sentido inmediato a ese esfuerzo. Esto es, sería posible contar con estimaciones de uno de los activos claves en la expansión productiva de un amplio conjunto de países del mundo e, incluso, poner en discusión algunas consideraciones que, muchas veces, se dan por dadas. Por ejemplo, cuando aquellos que estudiamos la expansión de la economía atlántica durante la segunda parte del siglo XIX conceptualizamos al “club” de las economías templadas de reciente asentamiento europeo (las settler economies) (Loyd et al., 2012; Willebald & Bértola, 2012) como un grupo de economías comparables dado que, entre otras condiciones, contaban con una dotación de recursos naturales similar, ¿somos completamente consistentes en esta afirmación? Los datos de capital natural per cápita para 2005 que maneja el Word Bank dan cuenta de US$ 39.979 para Australia y de US$ 52.979 para Nueva Zelanda, mientras que Argentina y Uruguay muestran unos modestos registros de US$ 10.267 y US$ 8.288, respectivamente. Esto es, la riqueza natural de Australasia (si se nos permite una denominación algo anticuada) multiplica por 5 a la del Río de la Plata, mientras que el producto per cápita lo hace por menos de 3. ¿Se trata de una discrepancia creada con el transcurrir histórico o estas economías diferían en su disponibilidad de capital natural desde sus “inicios”? Algunos autores han cifrado sospechas sobre este punto (Duncan & Fogarty, 1984; Álvarez et al., 2007) haciendo referencia a los diferenciales de recursos minerales pero, ¿basta con ello? Mi postura es que es necesario avanzar en la cuantificación de esas discrepancias para ganar en rigurosidad y abandonar especulaciones (en Bertoni & Willebald, 2011, se plantean algunas hipótesis que se mueven en esta dirección).

El último punto al que haré referencia es sobre la posibilidad de utilizar conceptos como los que propone el World Bank para el análisis histórico. Estimo que es factible y que, incluso, ello haría posible ingresar en un campo de discusión sobre expectativas y generación de riqueza en el cual poco hemos avanzado en la disciplina. Inicialmente, el enfoque histórico permitiría realizar una variante al propio cálculo. En la medida de que se cubrirían períodos en los cuales se cuenta con estimaciones fidedignas de la tasa de renta y la producción en volumen, sería factible realizar estimaciones del VPN “efectivo” (a sabiendas que ese valor no fue el que motivó la inversión de los agentes). Por otra parte, poner en juego distintas percepciones del futuro induciría a la consideración de diferentes tasas de descuento (que no serían las mismas para individuos con tan dispares esperanzas de vida en el largo plazo). Finalmente, el período en el cual sería explotable el recurso natural variaría en función del grado de degradación de éste y de las posibilidades técnicas asociadas con la producción. En próximas entradas al Blog profundizaré en la utilidad analítica de estas aproximaciones.

Referencias

ÁLVAREZ, Jorge, BÉRTOLA, Luis y PORCILE, Gabriel (2007): “Introducción”. En Álvarez, J., Bértola, L. y Porcile, G. (Comp.) Primos Ricos y Empobrecidos. Crecimiento, distribución del ingreso e instituciones en Australia-Nueva Zelanda vs Argentina-Uruguay, pp. 7-53.  Ed. Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay.

BERTONI, Reto and WILLEBALD, Henry (2011): “New Zealand and Uruguay: do energy natural endowments matter? Economic performance in the long-run (1870-1940)”. Paper presented in the Simposio 9: Recursos Naturales en perspectiva histórica: ¿Maldición o Bendición?, 5tas Jornadas de Historia Económica, Montevideo, 23 al 25 de noviembre (http://www.audhe.org.uy/economic-performance-of-new-zealand-and-uruguay-in-the-long-run-1870-1940.html).

DUNCAN, Tim and FOGARTY, John (1984): Australia and Argentina. On parallel paths. Melbourne University Press.

LLOYD, Christopher, METZER, Jacob and SUTCH, Richard (eds.) (2012): Settler Economies in World History, Vol. 9, Global Economic History Series (in print).

SINNOTT Emily, NASH John y DE LA TORRE Augusto (2010): Natural Resources in Latin America and the Caribbean. Beyond Booms and Busts.  The World Bank, Washington D.C.

WILLEBALD, Henry and BÉRTOLA, Luis (2012): “Uneven development paths among Settler Societies, 1870-2000”. In Lloyd, C., Metzer, J. and Sutch, R. (Eds.): Settler Economies in World History, Ch. 4, in print.

WORLD BANK (2011): The Changing Wealth of Nations: Measuring Sustainable Development in the New Millennium. Washington, DC: World Bank.

WORLD BANK (2006): Where is the Wealth of Nations? Measuring Capital for the 21st Century. Washington D.C.

ZIMMERMANN, Erich (1933): World resources and industries: a functional appraisal of the availability of agricultural and industrial resources. Harper & Brothers.