¿QUIÉNES FUERON LOS SEÑORES DE LAS FINANZAS? O CUANDO EMERGIERON LOS BANQUEROS CENTRALES COMO ACTORES CLAVE?

Carlos Marichal (El Colegio de México), 21 de noviembre de 2012.

Cualquier persona interesada en la comprensión tanto de la política monetaria en la década de 1920, así como en los orígenes de la Gran Depresión, hará muy bien en leer la obra escrita por el reciente ganador del premio Pulitzer (2010) Liaquat Ahamed, autor de Lords of Finance: The Bankers que Broke the World (Penguin, 2009). Es un libro muy bien escrito, como para leerse de un tirón, además de estar notablemente bien documentado, en términos de las fuentes históricas que presenta. No es sorprendente que estas sean esencialmente literatura secundaria, pero el número de estudios publicados y biografías en el período de entreguerras es tan grande, que Ahamed nos ha hecho un enorme favor haciendo un resumen de la literatura en lengua inglesa y francesa con el fin de proporcionar una serie de  retratos magníficos e interrelacionados de los cuatro bancos centrales más importantes de la década de 1920: Montagu Norman, gobernador del Banco de Inglaterra; Benjamin Strong, presidente de la New York Federal Reserve Bank; Hjalmar Schacht del Reichsbank y Emile Moreau de la Banque de France. Según el autor, este cuarteto de banqueros asumió la tarea de “reconstruir la maquinaria financiera global después de la Primera Guerra Mundial”. En muchos sentidos, lo hicieron mediante el restablecimiento del patrón oro o el sistema de patrón cambio oro en la década de 1920, pero fracasaron en el establecimiento de un sistema internacional monetario o financiero que pudiera navegar con éxito por las corrientes inestables y peligrosas de la economía mundial en ese momento. Al final, a pesar de sus simpatías por estos señores de las finanzas, Ahamed argumenta que no sólo fallaron, sino que en realidad sus políticas contribuyeron de manera importante a que la Gran Depresión fuera casi inevitable.

El argumento fundamental de este autor, por supuesto, no es nuevo. Muchos historiadores influyentes, tanto monetarios como bancarios, han analizado las políticas de los principales banqueros centrales tras el accidente del 29, aunque la mayoría lo han hecho examinando los casos nacionales. Por otra parte, en su libro magistral titulado Golden Fetters, Barry Eichengreen, se exponen los argumentos más poderosos para una revisión importante de la época desde el punto de vista de la historia económica comparativa. De alguna manera, lo que Ahamed ha hecho es complementar el trabajo de Eichengreen, proporcionando un retrato colectivo detallado y atractivo de cuatro de las figuras más importantes de la gran tragedia que llevaron al colapso financiero y económico de la década de 1930. Pero también cita como principales fuentes intelectuales tres autores adicionales: Milton Friedman, The Great Contraction, Peter Temin, Lessons from the Great Depression, y el clásico de Charles Kindleberger, The World in Depression.

Una virtud de la obra en cuestión es que cada uno de los principales banqueros centrales descritos en este libro se aborda con simpatía desde el punto de vista de la psicología personal y el contexto político y económico. La década de 1920 fue sin duda un período muy difícil para cualquier persona que asumiera la responsabilidad de las instituciones financieras líderes de la época, como fue el caso de los políticos prominentes, sobre todo en la Europa de la posguerra. Tal vez fue la incertidumbre de los tiempos y el miedo extremo a la vuelta a la guerra y el caos, así como de la revolución social potencial, que llevó a los señores de las finanzas a adoptar la ideología del patrón oro con tal fervor, creyendo que aseguraría la estabilidad en un mundo completamente enloquecido. Esto es ciertamente la impresión derivada de la lectura de este libro y también parece confirmar el magnífico estudio de Kenneth Mouré, The Illusion Gold Standard (Oxford, 2002), que proporciona una perspectiva particular sobre Francia en la década de 1920, pero aplicable al resto de Europa y en buena medida a los Estados Unidos.

Cierto es que hubo un reconocimiento más general de esta ilusión que el patrón oro podría permitir que el mundo volviera a la “belle époque” de la vuelta del siglo, como se puso de manifiesto por la famosa película de Charlie Chaplin, The Gold Rush (1925), en la que subyacen los duros contrastes entre la pobreza y la riqueza salvaje bajo lo que fue una comedia fantástica. Muy pocos economistas, como John Maynard Keynes, también emitieron fuertes críticas contra la ortodoxia del oro en numerosos artículos y particularmente en el tratado de 1925 titulado The Economic Consequences of Mr. Churchill, quien como improbable ministro de economía tomó la decisión ese año de regresar la libra a la misma paridad anterior a la guerra. Paradójicamente, como demuestra Ahamed con una anécdota mordaz, en 1930 Churchill volvería a cenar con Chaplin y encuentra para su sorpresa que la gran comediante continuó insistiendo en que el político británico había cometido un gran error al adoptar la ortodoxia del patrón oro, desembocando de alguna manera a las catástrofes financieras y económicas que empezaron a acumularse a partir de octubre de 1929.

Naturalmente, después de leer un estudio tan biográfico, como Lords of Finance, es posible considerar que las personalidades a veces pueden estar sobredimensionadas como elementos clave en las grandes decisiones y acontecimientos históricos. Sin lugar a dudas, otras fuerzas mayores subyacentes dieron forma a las grandes tendencias económicas y políticas de la época. No obstante, el estudio cuidadoso de las mentes y las acciones de actores principales como Norman, Strong, Moreau y Schacht puede proporcionar muchos puntos de vista penetrantes a las múltiples ambiciones de los encargados de gobernar las principales potencias económicas de la década de 1920,  Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Alemania. Pero finalmente, como Keynes argumentaba, estaban encadenados a una antigua visión del mundo, no sólo en lo que respecta al oro, sino a las virtudes del nacionalismo desenfrenado, lo que llevaría a las profundas crisis y a las guerras catastróficas.

Un comentario final sobre esta joya de libro es que nos hace querer saber más sobre quiénes fueron sus predecesores, por ejemplo, los hombres que dirigían los bancos centrales y nacionales a finales del siglo XIX y antes de la Primera Guerra Mundial. Pero también es un gran estímulo para realizar más estudios sobre los bancos centrales y otras entidades financieras en la segunda mitad del siglo XX, así como sobre los orígenes y la resolución actual de la crisis mundial de 2008.

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