De instituciones, herencias coloniales y desarrollo económico

Rafael Dobado (Universidad Complutense de Madrid), 12 de septiembre de 2012.

Como Acemoglu y Johnson aseveran en Why Nations Fail, las instituciones cuentan -y nucho- pero, en Iberoamérica, no siempre fueron cómo ellos creen y experimentaron cambios que son pasados por alto.

El pensamiento neoinstitucionalista viene ejerciendo una creciente influencia entre los historiadores económicos. Ello resulta especialmente evidente en el caso de los profesores del MIT y Harvard, respectivamente, Acemoglu y Robinson. Así lo sugiere al menos su destacada presencia en los dos últimos congresos de la IEHA. En la sesión inaugural del de Utrecht, la Fortis Lecture (“The historical roots of poverty”) corrió a cargo del profesor Acemoglu. En el de Stellenbosch, han sido tres las intervenciones del profesor Robinson: en la ceremonia de apertura; en la sesión dedicada a nuevos libros (entre ellos Why Nations Fail, Crown Business, 2012, cuya autoría comparte con Acemoglu); y en la sesión de clausura, en la que debatió con el profesor Austin, un reconocido especialista en historia económica de África del Graduate Institute de Ginebra, acerca de las causas del atraso de ese continente.

La publicación de Why Nations Fail ha sido saludada por eminentes economistas, entre ellos varios ganadores del Premio Nobel, e historiadores, económicos o no, y parece destinado a convertirse en un gran éxito editorial que acrecentará el ya enorme prestigio de sus autores. Se trata de -algo que los historiadores económicos de lengua española deberíamos hacer con más frecuencia- una obra dirigida a un público no necesariamente especializado y de fácil lectura. En ella, básicamente se defiende que las instituciones cuentan para explicar el fracaso, económico y no sólo, de las naciones. Esas instituciones que cuentan son principalmente las políticas, que precederían causalmente y temporalmente a las económicas en el establecimiento de unas reglas del juego “inclusivas” –por oposición a “extractivas”- que son las que conducen al éxito. Lo contrario ocurriría con el segundo tipo de instituciones. La geografía, la cultura o la ignorancia de los dirigentes políticos no tendrían ningún papel en la explicación “última” de la desigual distribución de la renta entre países. Se diría que las explicaciones “próximas” –de las que habla Peer Vries en un recomendable comentario a esta misma obra- tampoco lo tienen.

La recepción del neoinstitucionalismo entre los historiadores económicos –también los economistas- interesados en Iberoamérica ha sido bastante favorable. Se me ocurren por varias razones para ello.

Una es lo mucho que se refieren, aunque frecuentemente de pasada, a Iberoamérica. Esta parte del mundo está siempre presente, si bien muchas veces de forma puramente instrumental, en la obra de estos dos autores, a dúo o acompañados por Johnson, también profesor del MIT, o por otros colaboradores.


Además, el neoinstitucionalismo ha tenido ilustres precedentes. Por citar sólo algunos: el profesor Coatsworth lleva ya algún tiempo llamando la atención sobre los aspectos institucionales de la economía virreinal mexicana, en particular, y de la iberoamericana, en general; los profesores Engerman y Sokoloff anticiparon a fines de la década de 1990, si bien de manera más descriptiva y particularizada al caso americano, algunos de los elementos fundamentales (influencia de la dotación de factores sobre la configuración institucional, énfasis en la capacidad explicativa de la desigualdad, persistencia secular de la influencia institucional, etc.) del finalmente más exitoso neoinstitucionalismo “a la Acemoglu y Robinson”. En realidad, la última obra de Engerman y Sokoloff, Economic Development in the Americas since 1500 (Cambridge University Press, 2012), tiene incluso mayor interés que la de Acemoglu y Robinson para los especialistas en Iberoamérica.

En tercer lugar, el éxito entre académicos y otros especialistas (Banco Mundial a mediados de los 2000, en particular) de la obra de Acemoglu y Robinson ha conferido un renovado prestigio a aspectos no menores del pensamiento “dependentista”, tan influyente académica y políticamente en Iberoamérica tiempo atrás y que, en versiones más o menos revisadas, parece reverdecer actualmente.

Está fuera de toda duda que la extensa y variada obra de Acemoglu y Robinson constituye, por poderosas y diversas razones que no puedo detallar aquí, un estimulante reto intelectual. Sin embargo,  un tratamiento impresionista de muchos ejemplos históricos y la ausencia de evidencia empírica detrás de muchas proposiciones -que no siempre son verificables, por otra parte- reducen el interés de un libro que no peca de concisión y sí, tal vez, de militancia en defensa de una hipótesis mono-causal en la explicación “última” del fracaso de las naciones.

En cuanto a Iberoamérica, esta parte del mundo parece ser una de sus “bestias negras”, a juzgar por las repetidas referencias a sus instituciones “extractivas” a lo largo de toda su historia, desde los mayas hasta el presente, pasando por incas y aztecas y, especialmente, durante el período colonial. Sólo el Brasil de las últimas décadas constituiría una excepción. A este respecto, sería deseable una definición más precisa e históricamente significativa de qué se entiende por instituciones “extractivas” e “inclusivas”. No acaba de quedar claro por qué las instituciones de la Roma republicana eran “partially inclusive and partially exclusive” (p. 162), mientras que la de la civilización maya eran puramente “extractivas” (p. 149). ¿Por qué son, y cuánto más, “inclusivas” las instituciones contemporáneas brasileñas que las chilenas?

    No parece que la repetida utilización de Iberoamérica para defender la hipótesis neo-institucional esté basada en un análisis profundo de la historia económica de esta parte del mundo. Sus referencias a ella excluyen casi sistemáticamente cualquier consideración no anecdótica al período independiente y sus sucesivas fases o las diferencias nacionales. Uno y otras serían simple path-dependency de las condiciones iniciales establecidas en la primera mitad del siglo XVI. Ninguna “critical juncture” habría sido favorecida por la contingencia histórica para dar lugar a instituciones políticas y económicas “inclusivas” en Iberoamérica, Brasil aparte.

Por “critical juncture” debe entenderse acontecimientos o confluencia de factores que pueden alterar el orden económico o político existente en la sociedad, como la Peste Negra, el “descubrimiento” de América o la muerte de Mao Zedong. Según parece, éstas podrían dar un resultado, el contrario, o ninguno en términos de mayor “inclusividad institucional”. Todo depende de “pequeñas diferencias institucionales” de partida y de la contigencia histórica (pp. 96-123). Sólo podemos saberlo a posteriori.

La abrumadora permanencia de instituciones “extractivas” contrasta, a mi juicio, en Iberoamérica con una historia plurisecular cargada de “critical junctures” (independencia, globalización, Primera Guerra Mundial, crisis de los treinta  y Washington Consensus, por citar sólo las de carácter más económico). Entre esas coyunturas históricas decisivas que podrían haber dado paso a instituciones “inclusivas” y al éxito económico no faltan ni siquiera revoluciones y reformismos. ¡Vaya peso inamovible el de la “herencia colonial” ibérica!

En cuanto al período pre-colombino y su influencia en el devenir de Iberoamérica, pocas observaciones más allá de alguna referencia a sus instituciones “extractivas”. O, más bien, supuestos: por ejemplo, que las civilizaciones azteca e inca estaban entre las más ricas hacia 1500. Lamentablemente, no era ése, ni de lejos, el caso, por no hablar de otras sociedades pre-colombinas. La “herencia pre-colonial”, en forma de instituciones comunitarias y tributarias ajenas al mercado, de escasa acumulación de conocimientos técnico-científicos y de extrema fragmentación (geográfica, étnico-lingüística, cultural, comercial, etc.) constituía un serio obstáculo al crecimiento económico. La diferencia de capital humano entre aborígenes y recién llegados favoreció la desigualdad.

La conquista, además de una enorme catástrofe demográfica no planeada, trajo consigo una de las mayores transferencias de técnicas, instituciones y política económica de la historia. La primera de ellas resultó evidente desde pronto (especies vegetales y animales que diversificaron la dieta y aumentaron la productividad del trabajo; medios técnicos para la difusión del conocimiento o la navegación intercontinental, pasando por la rueda, el arado o la grúa; descubrimiento y explotación masiva de recursos mineros). Reconocer la dimensión de las transferencias del segundo y tercer tipo requiere un poco de conocimiento de la historia económica iberoamericana. Los mercados de bienes, servicios y factores –conspicuas instituciones de “propiedad privada” o “inclusivas” en la terminología de Acemoglu y Robinson- aparecieron con el “período colonial” y fueron adquiriendo una influencia creciente. Mercados de tierra, trabajo y capital no existían previamente. Los de bienes y servicios presentaban serias limitaciones de variada índole. Las relaciones económicas permanentes a escala intra e intercontinental eran inexistentes antes de 1492 y se ampliaron sustancialmente después.

Convendría no exagerar los resultados de estos cambios, que, además, afectaron desigualmente a los diferentes territorios de la Monarquía Hispánica en América. Pero tampoco pasarlos por alto, porque, entonces, resultaría imposible entender el crecimiento económico comparativamente de amplias partes de Iberoamérica entre 1500 y 1820. Éste fue menor que el algunas zonas de Norteamérica, aunque lo mismo cabría decir de casi todo el mundo. En cualquier caso, superó al de otras economías de África, Europa y Asia, que supuestamente serían menos “extractivas”, pues no son puestas en el mismo saco que Corea del Norte (p. 76). Hacia 1900 algunas de las “extractivas” economías iberoamericanas eran mucho más ricas que otras -¿menos extractivas?- en diversas partes del mundo.

Que antes de la década de 1820, no hubiese, en la América española, más que instituciones “extractivas” (encomienda, mita, repartimiento, etc.) está lejos de ser cierto no sólo en las áreas periféricas  sino también en las centrales. Y tanto más cuanto más nos acerquemos a la independencia. Si de “extracción” cabe inferir desigualdad, ésta última debería pasar la prueba del test empírico. La poca información cuantitativa que por ahora tenemos no confirma el supuesto de desigualdad extrema de Acemoglu y Robinson. Tampoco el de Engerman y Sokoloff. De los trabajos de Coatsworth, Dobado y García, Gelman y Santillí, Milanovic et al. y Williamson no se desprende que Iberoamérica fuera especialmente desigual en el contexto internacional de la época. De la lectura de Bértola et al., Milanovic et al. y Wiliamson tampoco se percibe una clara relación entre instituciones “extractivas” y desigualdad para la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX. Evidencia empírica adicional permitirá seguir contrastando la validez de las inferencias de la hipótesis neo-institucional para Iberoamérica.

16 thoughts on “De instituciones, herencias coloniales y desarrollo económico

  1. Hace poco The Economist publicaba un blog sobre el libro de Acemoglu y Robinson y la mala acogida entre historiadores. La principal razón era que historiadores acusaban al libro de reduccionista. No me parece que se trate solo de eso. Muchos economistas estarán (estaremos) de acuerdo sobre la falta de evidencia empirica y ambigüedad en algunas partes de su argumentación, como bien señala Rafael. Me pregunto, no obstante, si el caso Latinoaméricano también fue particular en cuanto a las instituciones implantadas desde Espana, en contrapartida a otras instituciones europeas, y el tipo de legislación y relación con las colonias que se establecieron. No comparto el optimismo sobre las instituciones y de política económica como una de las “mayores transferencias de la historia”.

    • Me parece muy interesante tu observación acerca de si fue o no particular el caso iberoamericano. Ése es precisamente el tipo de preguntas que necesitamos. La Historia Económica que practicamos peca, en general, de falta de comparación. Y sin ella no vamos muy lejos, pues nos falta la necesaria perspectiva. A este respecto, el “paradigma colonial” oculta muchas veces el hecho de que las economías de la época virreinal eran, como todas las del mundo con alguna excepción hacia el final, básicamente pre-industriales y esto, por sí, sólo explca muchas cosas y asemeja nuestro caso a otros muchos.
      Por otra parte, creo que no hay mucho optimismo, aunque tampoco pesimismo, al señalar que instituciones y economía en Iberoamérica conocieron una transferencia espectacular (desde nuevos mercados a nuevas formas de propiedad, pasando por medios técnicos y nuevas especies, entre ellas las mcrobianas) como resultado de la Conquista. Intento -no se si lo consigo- evitar anacronismos y observar las cosas en su contexto histórico.

    • Efectivamente, el artículo hace una lectura instrumental del libro a efectos de “solidificar” su propuesta. No comparto del todo ni su tono -¿es realmente una teoría lo que propone?- no estaría mal- ni su contenido, pero, ojalá, podría contribuir a un debate nacional -con perdón para los incansables nacionalistas periféricos, que tan efervescentes están estos días- sobre los importantes temas que se tocan en el artículo. Éste tampoco carece de aspectos tan discutible como interesantes. Pero España, periferia incluida, y quizá ella especialmente en estos tiempos, es poco dada al inercambio de ideas.

  2. Rafa, Carlos Marichal hizo un comentario a tu entrada que no sé porque apareció en la primera entrada del blog (el de la presentación). Aqui lo copio:
    Rafael

    Me parece muy pertinente tu nota crítica del último libro de Acemoglu y Robinso.
    De hecho, si se revisan las reseñas en Amazon y otros sitios en internet, casi la mitad de los lectores señalan la superficialidad de los análisis presentados por los autores mencionados. Es decir, aún lectores generales se percatan de la falta de rigor histórico y, yo agregagría, la
    escasa atención de los autores a la riquísima historiografía sobre la América Latina colonial.
    Simplificar como hacen con su teoría extractiva puede ayudar a vender su libro, pero no es una forma de aproximarse a una realidad histórica en extremo diversa y compleja. Creo que conviene hacer más reseñas y discusiones críticas sobre el tema, para que compliquemos las cosas para estos autores y otros similares!

  3. Gracias, Carlos.
    Coincido contigo. Creo que la nuestra disciplina es eminentemente empírica y que, como sostiene Peer Vries en un excelente comentario al lbro de Acemoglu y Robinson, hay que distinguir “entre simplificación como explicación y simplificación como distorsión”. Por cierto que el comentario de Vries bien merecería estar en la página web del libro (http://whynationsfail.com/), junto a los otros muchos, en su mayor parte de menor calidad qu éste, que allí figuran.

  4. Muchas gracias a ustedes por este discusion muy interesente y gracias a Juan para darme la posibilidad de conocer este blog.
    La falta de evidencia empirica cuestiona la validez de la teoria de Acemoglu y Robinson, aunque este libro es una popularizacion. Me parece tambien importante de analizar la eleccion de los ejemplos del libro. La comparacion entre Corea del norte y Corea del sur no es nueva, ya que ya era disponible en el libro de Acemoglu sobre el crecimiento economico. Sin embargo, yo quisiera saber, por ejemplo, si el libro habla de los paises de america central como Nicaragua o Guatemala (que sufrieron la politica punitiva de los Estados Unidos), ya que el nivel de desarollo de estos paises se entiende mejor en frente a los ejemplos de Costa Rica y Panama (digamaos trivialmente “aliados” a los Estados Unidos”). De hecho, el gran nivel de pobresa que sigue viviendo Nicaragua en frente a Costa Rica no se explica bien por lo que piensan los autores: “the foundations of prosperity are political struggle against privilege”. No me sorprenderia que este typo de “historical evidence” no aparece en el libro. Entonces, me temo que el problema no sea solo la simplificacion como distorsion sino tambien la simplificacion como ideologia!

    • En respuesta a su interesante pregunta, debo decir que el libro no entra en muchas consideraciones sobre países partculares de Iberoamérica excepto en contadas ocasiones. Y no, ciertamente, en el caso de los países que usted menciona. En general, se refieren con más frecuencia al conjunto de Iberoamérica como epítome de la “extracción” per secula seculorum.
      Los efectos de las intervenciones extranjeras sobre el desarrollo de los países en que han tenido lugar a lo largo de la historia sólo se examinan con algún detalle en el caso del colonialismo europeo, como suele ser convencional.
      Por tanto, no, no hay referencias a los ejempos que usted plantea. Ahora bien, sí quiere mi opinión al respecto, no creo que ni en Nicaragua se haya producido “una genuina lucha política contra el privilegio” -acuérdese, por ejemplo, de la “piñata”- ni que la intervención americana, por criticable que sea, pueda ser considerada la causa única, ni siquiera la principal, de los problemas económicos y políticos de Guatemala y Nicaragua. A mi juicio, antes deberían figurar otros muchos en un orden de prelación explicativo.
      En cuanto a la ideología, claro que la hay. Lo contrario sería difícilmente evitable. Creo que, curiosamente, en el pensamiento de Acemoglu y Robinson me parece percibir un cierto aire de lo que podría denominarse “jacobinismo-leninismo institucional”, por el papel que atribuyen a las revoluciones políticas -pueden consistir en un gople de mano minoritario- en la aparición de las condiciones que hacen posible el establecimiento de “instituciones inclusivas” conducentes al crecimiento económico sostenible. También diría que la “leyenda negra” no ha pasado sin dejar huella.

  5. Suscribo la crítica de Dobado en cuanto a la falta de evidencia empírica. Más allá de esto, pregunto a todo mundo, ¿alguien tomaría en serio a un historiador que explicase, casi exclusivamente, la problemática alemana contemporánea por lo ocurrido durante la Guerra de los Treinta Años? ¿O los descalabros españoles de hogaño por la llegada al trono de los Habsburgo en 1516 y los cambios que eso implicó?

    ¿Por qué entonces alguien les da foro a estos señores con ideas tan peregrinas en el caso de Iberoamérica? Es que tan sólo señalando esto, no hace falta ni siquiera perder más tiempo en rebatirlos.

  6. Rafael, muy interesante el artículo. Justo hoy escuchaba hablar a la Presidenta de Argentina que, seguramente sin quererlo, atribuía uno de los explicativos del derrotero económico argentino a una situación que a mí me parece asemejable a la del libro. Algo que ella cuenta más o menos así: “En la batalla de Caseros – febrero de 1852- Urquiza (que simplificaríamos como el estanciero terrateniente impulsor del modelo agroexportador) vence a Rosas (gobernador de Buenos Aires y de alguna manera “tirano” a cargo del gobierno de Argentina, quien fomentaba el nacionalismo y la producción de valor agregado), y eso determina que Argentina falle; mientras, esto se compara con la guerra de secesión en EEUU, donde el norte (industrialista en términos de mi presidenta) vence al sur (latifundista) y eso determina que EEUU se vaya para arriba”.
    En fin, al escucharla recordé las teorías de A&R y las de E&S y justo ví que habías posteado al respecto. Entonces pienso ¿son igualables, el nacionalismo económico y la “industrialización” con la instalación de instituciones inclusivas; es igualable el modelo agroexportador necesariamente a las instituciones extractivas? Mi primera impresión es que no, es que justamente el nacionalismo puede terminar protegiendo demasiado las industrias, generando elites y por lo tanto no permitiendo que se desarrollen buenas instituciones. Segundo, aunque al leer tu entrada vi que ya lo mencionas al pasar, ¿cómo explica la teoría de A&R el hecho de que Argentina era casi una potencia en términos de PBI en 1880-1910 si justamente el modelo agroexportador fue el que imperó en la Argentina en 1850-1915? Si tienes alguna idea sobre el caso argentino sería un gusto escucharlas.., yo tengo las mías.., pero prefiero escuchar🙂

    • Gracias, Pablo, por tu interesante comentario. No te he respondido antes por imposibilidad material para hacerlo. Disculpa. En primer lugar, tengo mucha curiosidad por conocer tus ideas sobre el caso argentino. Seguramente son más acertadas que la mías. Estaré encantado de que las expongas.
      En cuanto a lo que AR dicen sobre el caso argentino es más bien poco. Te escribiré en breve para indicarte las páginas en la que se refieren a él. Si recuerdo bien, simplemente lo engloban entre los países que no han triunfafo por haber “heredado” instituciones extractivas de origen colonial. Con ello se elude tu observación. ¿Cómo se explica el “éxito”
      argentino de la “belle époque” y el posterior “fracaso”? Creo que hay muchos intentos de respuesta que no miran hacia las causas “ultimas” sino a las “próximas”, lo que creo que es más acertado. Sí coincido aquí con el planteamiento general de AR, y con el más específico de otros autores, en que la política tiene mucho que ver. Sin ser un experto, creo que, por razones geográficas e históricas, buena parte de Argentina es independiente de cualquier pasado colonial y se explica por los avatares de la construcción nacional durante el siglo XIX.
      Lo que me lleva al punto con el que inicias tu post. No creo que, con el debido respeto, la Sra. Fernández sea capaz de elaborar una reflexión histórica de ese tipo. Me inclino a pensar que alguno de sus asesores, influidos por algunos textos de AR, son los autores intelectuales de un paralelismo que encuentro traído por los pelos.
      Por cierto la Preseidenta estuvo recientemente en Harvard, donde yo me encuentro ahora, y tuvo una intervención que ha sido muy polémica. Este es el link:
      http://forum.iop.harvard.edu/content/public-address-her-excellency-cristina-fern%C3%A1ndez-de-kirchner-president-argentina
      Puedes seguir por Google los comentarios acerca de esa intervención. Si se hubiera leído el libro con aprovechamiento estaría convencida -creo- de la importancia de respetar los derechos de propiedad, lo que no hizo con Repsol, ni parece quere hacerlo con los medios de comunicación, etc. No quiero entrar, si alguien no lo plantea exresamente, en temas de política contemporánea argentina.
      Volviendo a la historia económica de argentina, no creo que la Sra. Fernández sostine. Para compartir su opinión habrái que estar seguro de que ése era el programa de Rosas -¿está demostrado?- y elaborar un complicado contrafactual. Por otra parte, puede haber modelos “nacional-industrializadores” con instituciones extractivas (URSS o China) y agroexportadores con inclusivas (Australia, Nueva Zelanda, Noruega, Canadá, Islandia, etc.). A este respecto, y en relación con el post de Willibald, no creo en la “maldición de los recursos” ni en la de exportación de productos primarios: los primeros países de la clasifciación mundial del IDH los ocupan exportadores de materias primas (Canadá, Noruega, islandia y Australia, pricipalmente). Si exportar productos primarios -eso sí, como lo hacen ellos- es una maldición…

  7. Estimado Rafael, no, por favor, no te preocupes. En todo caso ya lo conseguiré online al libro. (de hecho me lo había comprado, y tuve el descuido de perderlo durante un viaje, antes de haber llegado a la página 10, jejeje)
    Perdona la demora en responder. Había escrito algo sobre la hist. de la economía argentina, pero no me conformaba del todo🙂. Resumiendo diría que para mí hay varios factores, entre ellos: los repetidos golpes de Estado y la falta de cierta igualdad o posibilidad de competencia entre los poderes políticos (siempre hubo una abrumadora mayoría del partido que gobernó la amplia mayoría de las veces, en este caso el peronismo desde el 45 -cuando no estuvimos bajo golpe de Estado-) ; esos dos factores que mencioné me parece que destruyeron la posibilidad de un Estado serio, donde se trabaje con el largo plazo.
    Y , algún día veía las tendencias de crecimiento, yo veía dos quiebres que disminuyen la tendencia de crecimiento: 1930 (el primer golpe de Estado) y alrededor de 1945/50 (el inicio de las políticas peronistas más populistas). Sin embargo, me costaría creer que un sólo golpe de Estado ya cambie la tendencia (el del 30), entonces pensaría que algo pasó también en la década del ’20, y de alguna forma nosotros no supimos adaptarnos a alguna nueva coyuntura mundial.
    Por último, el cómo afecta lo sucedido en la segunda mitad del Siglo XIX a lo ocurrido en el siglo siguiente, no lo se. El país sí crecía, a pesar de la falta de políticas igualitarias; a mí me costaría echarle la culpa a la falta de políticas de tipo institucional y de igualdad en esa época, porque creo que en el mundo son pocos los países que en dicha época (1850-1900) se ocupaban de ello.
    Saludos!

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