Blog: Pasado y Presente de la economía mundial

Este blog trata temas de economía e historia económica y su objetivo principal es el de proveer a nuestros lectores de una dimensión histórica al análisis de los problemas económicos contemporáneos. Asimismo, tenemos la intención de divulgar la historia económica mediante la difusión de los últimos hallazgos, investigaciones y debates en nuestra disciplina.

El grupo de investigadores está conformado por académicos de primer nivel en America Latina, Estados Unidos, Inglaterra y España. Las entradas son semanales y abarcaran todo tipo de temática y evento: el comentario de un nuevo libro, o grupos de ellos y que sean de especial relevancia para el debate público; el análisis de un fenómeno contemporáneo a la luz de la experiencia histórica; las nuevas investigaciónes de los autores mismos; se expondrán los contenidos fundamentales de congresos, seminarios, u otros eventos importantes en historia económica. Escribiremos sobre temas globales, y frecuentemente sobre temas relevantes para América Latina y España. Se tratarán, entre otros, temas relacionados al desarrollo económico de los países, las finanzas globales, crisis financieras, recursos naturales, educación, desarrollo tecnológico, la política económica y el papel del Estado en la economía.

Violencia interpersonal: un nuevo indicador de bienestar

MANUEL LLORCA-JAÑA (Universidad de Valparaíso)

RODRIGO RIVERO-CANTILLANO (Universidad Adolfo Ibáñez)

Manuel Llorca-Jaña es PhD en Historia Económica por la Universidad de Leicester (UK), Master en Historia Económica Internacional por la misma institución y Economista de la Universidad de Santiago de Chile.

Rodrigo Rivero-Cantillano es PhD en Historia Económica por la Universidad de Barcelona, Máster de Estudios Latinoamericanos, Universidad de Barcelona, Universidad Pompeu Fabra y Universidad Autónoma de Barcelona y Licenciado en Historia, Universidad de Valencia.

RESUMEN. En esta entrada del Blog presentamos la violencia interpersonal como un nuevo indicador de bienestar. El mismo ha sido usado de manera creciente en análisis de bienestar para países desarrollados, pero no así para América Latina. Presentamos, además, los principales resultados de un estudio que realizamos para Chile, que utiliza la tasa de homicidios como proxy de la violencia interpersonal, explicando la importancia y los principales determinantes de este importante indicador.


Fuente: Archivo Histórico Riva-Agüero. Instituto Riva-Agüero. Pontificia
Universidad Católica del Perú. (2013). Asesinato del presidente Manuel
Pardo [Image]. http://repositorio.pucp.edu.pe/index/handle/123456789/9704.

Introducción

Existe un creciente consenso en que el concepto de bienestar es complejo, además de multidimensional: mientras más variables/dimensiones relevantes consideremos respecto de todo aquello que afecte los niveles de vida de la población, mejor. Entre las diversas variables que han ido ganando terreno en las últimas décadas se encuentra la seguridad personal, y, dentro de ella, la violencia interpersonal. En efecto, en 2014 la OECD publicó un muy buen libro titulado How was life? Global well-being since (van Zanden et al. eds., 2014), en el cual se incluyeron indicadores de bienestar clásicos como PIB per cápita, salarios reales y esperanza de vida, pero también se agregaron muchos otros menos familiares para los cientistas sociales: estatura, medioambiente y seguridad personal; este último normalmente medido a través de indicadores de violencia interpersonal, tales como la tasa de homicidios o la tasa de robos violentos.

Algunos aspectos conceptuales

Gracias a este tipo de publicaciones, hoy en día es ampliamente aceptado que las tasas de homicidio, como proxy de violencia interpersonal, representan un buen indicador del bienestar de una sociedad (Baten et al., 2014; OECD, 2014). En efecto, la violencia interpersonal es una variable de primera importancia a la hora de evaluar el desarrollo, dado que las sociedades con altos niveles de violencia son asociadas a la existencia de un bajo capital social y, a su vez, éstas también muestran bajos niveles de capital humano (Gust y Baten, 2019). Las sociedades con alto nivel de violencia deben asignar una cantidad considerable de recursos y esfuerzos a la resolución de conflictos en lugar de destinarlos a la inversión productiva, o a la oferta de servicios públicos, incluyendo el gasto social. Por otro lado, los crímenes violentos impactan negativa y directamente en la calidad de vida de las personas, puesto que reducen la seguridad de la propiedad privada generando un clima de desconfianza e incertidumbre. Incluso, otra consecuencia negativa de los altos niveles de violencia interpersonal es la profundización de la desigualdad de género, conduciendo a la pérdida de autonomía femenina (Gust y Baten, 2019). Finalmente, el bienestar de la población es mayor si los habitantes de una sociedad se sienten seguros. El impacto negativo en el bienestar de las personas del sentimiento de inseguridad es considerado tan serio como el crimen mismo. Por tanto, la seguridad interpersonal es uno de los aspectos más valorados y exigibles tanto para el desarrollo económico como social (Fanjzylber, Lederman y Loayza, 1998; 2002a y 2002b).

Como dijimos, el principal indicador de violencia interpersonal es la tasa de homicidios intencionales entre civiles. El homicidio intencional generalmente se define como una muerte ilegal infligida deliberadamente a una persona por otra persona, excluyendo las bajas por guerras ya sean estas internacionales o civiles (Eizner, 2003a; 2003b). Cuando se quiere estudiar la seguridad personal al interior de una sociedad, la tasa de homicidios presenta ventajas frente a otras alternativas como el número de robos, puesto que esta última está expuesta a un mayor grado de subregistro, ya que una gran proporción de los robos no son denunciados ni registrados. (Fajnzylber, Lederman and Loayza 2002a; OECD, 2011). En cambio, los homicidios intencionales, probablemente, el más grave de todos los delitos, por su naturaleza y connotación social, tienen menor probabilidad de pasar desapercibidos y están menos propensos a la manipulación estadística, consecuentemente, se registran con mayor eficacia en la mayoría de los países (Fajnzylber, Lederman and Loayza 2002b; Eisner 2003b). Incluso, frente a otros graves delitos de carácter interpersonal, como la violencia sexual o contra los niños, los registros de homicidios cuentan con mayor confiabilidad. De hecho, existe un amplio acuerdo en que los registros de homicidios son quizás la única cifra de delitos que proporciona una medida precisa, razonable y consistente de los niveles de delitos graves, por esta razón, permiten realizar análisis comparativos entre países o entre regiones de un mismo país durante largos períodos de tiempo (Eisner, 2003a). Por último, el homicidio, en cuanto crimen, siempre ha atraído el interés de las instituciones, desde las sociedades medievales hasta hoy, mientras que, desde el punto de vista de las autoridades, su importancia se ha mantenido estable en el transcurso de los últimos siglos (Eisner, 2003b). Este interés también ha sido recogido por el cine, inmortalizando las historias de famosos asesinos como Charles Manson en Helter Skelter (1976), los numerosos títulos dedicados a Al Capone, incluyendo su máximo perseguidor Eliot Ness en la premiada The Untouchables (1987), pero también creando historias de ficción que se han convertido en parte de la propia tradición del cine, sobre todo después del éxito de Psycho (1960) de Alfred Hitchcock, la muy premiada Fargo (1996) de los hermanos Coen o, más recientemente, la serie Mind Hunter (2017) que se adentra en la investigación de dos agentes del FBI para conocer los patrones psicológicos de los mayores asesinos en serie. Sin duda, el éxito de estos films responde al gran impacto que este tipo de crímenes genera en la sociedad.

Entre los distintos determinantes de los niveles de violencia interpersonal al interior de las sociedades, un factor central es la capacidad del Estado para monopolizar la violencia. La noción del Estado como una comunidad humana que demanda el monopolio del legítimo uso de la violencia física al interior del territorio está directamente relacionado con la capacidad de gobernar, y es un elemento clave en el desarrollo político y económico de los países. La historia está plagada de ejemplos de países que han fracasado en establecer este monopolio y las razones son muy variadas. De esta manera, existe un amplio acuerdo en la literatura que para analizar las tendencias seculares en la violencia interpersonal, se necesita una perspectiva de análisis amplia que incluya aspectos contextuales como los cambios en las estructuras sociales de poder, la legislación, la mentalidad, la composición por edades de la población, condiciones culturales y económicas, niveles de desigualdad, las tasas de pobreza, factores como las diferencias regionales, la demografía, la economía y la estructura política, las cuales ayudan a explicar los distintos patrones observados en las tasas de homicidios a través del tiempo (Eisner, 2003b; Mares, 2009; Gurr, 1981).

La escasa historiografía para América Latina

Lamentablemente, existen pocos estudios sobre cómo ha evolucionado la tasa de homicidios para países latinoamericanos en el largo plazo. El único estudio publicado para algún país latinoamericano es el de Rivero-Cantillano et al. (2021) para Chile (fruto del proyecto Anillos ANID PIA SOC 180001). Existe, además, una muy buena tesis de maestría que fue defendida recientemente por Analía Rivero en la Universidad de la República, Uruguay, que cubre un periodo similar al de Rivero-Cantillano et al., pero para Uruguay, y que seguramente saldrá prontamente publicada como artículo.

El trabajo de Rivero-Cantillano et al. (2021) para Chile analiza, en particular, la evolución de las tasas de homicidio en Chile desde la década de 1880 hasta la de 2010. Los autores constataron que las tasas de homicidio fueron muy elevadas a finales del siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX (Figura 1). Sin embargo, esta situación comenzó a mejorar gradualmente desde la década de 1930, y de forma más pronunciada entre los años cincuenta y sesenta, lo que permitió que las tasas de homicidio se mantuvieron bajas según estándares internacionales hasta finales de siglo. A lo largo de las últimas dos décadas, no obstante, se ha observado un incremento relativo de los homicidios en Chile. El análisis cuantitativo del estudio sugiere que el aumento del gasto social en el pasado se asocia con la reducción de los homicidios en el presente, que el crecimiento económico pasado y presente también se correlaciona con la reducción de la tasa de homicidios, cuestión similar a lo que ocurre con el aumento de la presencia policial. Con todo, el estudio destaca que las décadas de 1930 a 1960 constituyen un periodo clave en la evolución de la violencia interpersonal, lo que coincide con la aparición de un estado de bienestar (y el aumento del gasto social), el descenso de los índices de pobreza, la mejora de la sanidad y la educación, y el aumento del sufragio.

Figura 1: Tasa de homicidios para Chile (número de homicidios por 100.000 habitantes, medias móviles a 5 años, 1880-2017)

Fuente: Rivero-Cantillano et al 2021.

Nuestro llamado es a entusiasmar a colegas latinoamericanos a producir trabajos similares a los de Rivero-Cantillano et al. (2021) para Chile y de Analía Rivero para Uruguay, pero para otras repúblicas, para así poder realizar estudios comparativos de largo plazo.

Referencias

Eisner, Manuel (2003a) “Long-term historical trends in violent crime.” Crime and Justice 30: 83-142, doi: 10.1086/652229

Eisner, Manuel (2003b) “The long-term development of violence: empirical findings and theoretical approaches to interpretation.” in Heitmeyer, Wilhelm and John Hagan (eds.) International Handbook of Violence Research. Dordrecht, NL: Springer, 41-59.

Fajnzylber, Pablo, Daniel Lederman and Norman Loayza (1998) Determinants of Crime Rates in Latin America and the World. An Empirical Assessment. Washington, D.C.: World Bank. doi:10.1596/0-8213-4240-1

Fajnzylber, Pablo, Daniel Lederman and Norman Loayza (2002a) “Inequality and violent crime.” The Journal of Law & Economics 15 (1): 1-40, doi: 10.1086/338347

Fajnzylber Pablo, Daniel Lederman and Norman Loayza (2002b) “What causes violent crime?” European Economic Review 46 (1): 1323-1357, doi: 10.1016/S0014-2921(01)00096-4.

Gurr, Ted R. (1981) “Historical Trends in Violent Crime: A Critical Review of the Evidence”. Crime Justice 3(1): 295–353, https://www.jstor.org/stable/1147382

Gust Sarah and Jörg Baten (2019). Interpersonal violence in South Asia, 900-1900. Working Paper, Universität Tubingen.

Mares, Dennis (2009) “Civilization, economic change, and trends in interpersonal violence in western societies.” Theoretical Criminology 13(4): 419-449, doi: 10.1177/1362480609340401

OECD (2011) “Personal security” in OECD (ed) How’s Life? Measuring Well-being. Paris: OECD Publishing.

Rivero, Rodrigo; Manuel Llorca-Jaña, Damian Clarke, Javier Rivas, Martina Allende, Daniel Quezada (2021) “Interpersonal violence in Chile, c.1880s-2010s: A tale of delayed but successful convergence”, SocialScience History (forttcoming).

Economía del conocimiento o especialización primario-exportadora: el dilema de Uruguay y Nueva Zelanda

JORGE ÁLVAREZ SCANNIELLO (Universidad de la República, Uruguay)

Jorge Álvarez es Doctor en Historia Económica, Profesor del Programa de Historia Económica y Social de la Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República (Uruguay) e investigador nivel 1 del Sistema Nacional de Investigadores, Uruguay. Sus principales líneas y proyectos de investigación se centran en el estudio del desempeño histórico de la economía uruguaya en perspectiva comparada, atendiendo especialmente la relación entre instituciones y desarrollo en el contexto de las sociedades de nuevo asentamiento europeo (jorge.alvarez@cienciassociales.edu.uy)

RESUMEN. Con el objetivo de aportar una mirada histórica al análisis de los problemas económicos contemporáneos, esta entrada al Blog busca colocar en un primer plano los desafíos que enfrentan las pequeñas economías de base agraria en el mundo actual. En particular, el dilema de basar el desarrollo económico en la explotación inteligente de los recursos naturales o promover la innovación, la ciencia y la tecnología, apostando a nuevos sectores y productos.


Introducción

Uno de los problemas centrales de la historia económica como disciplina es identificar y explicar los patrones de desarrollo a largo plazo de los países, y los procesos de convergencia y divergencia de las economías a escala mundial. En Uruguay –lo mismo puede decirse de Argentina– una pregunta central, que ha estado presente en los más diversos programas de investigación en historia económica, es por qué el país tuvo un bajo crecimiento económico a largo plazo y, habiendo sido un país próspero en el pasado, vio deteriorar su posición relativa en la economía mundial. Las respuestas han enfatizado distintos factores y dimensiones como el patrón de especialización productiva y comercial basado en la explotación de sus recursos naturales, la productividad del sector exportador, la calidad de sus instituciones, los grados de apertura, cerramiento, liberalización y dirigismo estatal en los distintos períodos de su historia y el alcance de la transformación de su estructura productiva, por mencionar solo algunas de ellas. En general, los énfasis y dimensiones exploradas han dependido de los enfoques teóricos adoptados y del instrumental analítico movilizado.

Un tema crucial es el vínculo entre la dotación de recursos naturales y el crecimiento económico, especialmente en un país como Uruguay con ventajas comparativas y competitivas derivadas de la productividad de su sector primario. En este sentido, la pregunta sobre el rezago de la economía uruguaya suele trascender el ámbito estrictamente académico, permeando al conjunto de la sociedad cuando se ponen en cuestión las bases del desarrollo futuro del país y el papel que le cabe al sector primario. Así el problema ha sido abordado en espacios de difusión más o menos especializados[i], en abordajes periodísticos y columnas de opinión[ii] y, en menor medida, por los actores políticos. En los últimos años, el debate adquirió especial interés en el marco del último ciclo de crecimiento de la economía uruguaya y de la notable transformación de su sector agrario, que experimentó un profundo cambio estructural e intensificación del contenido tecnológico de su producción (Paolino, Pittaluga y Mondelli, 2014). En ese contexto, solo unas pocas voces llamaron la atención sobre las bases débiles de este ciclo expansivo, impulsado por las exportaciones agrarias y por el crecimiento del precio de las commodities en el mercado mundial[iii].

Recientemente, el problema del escaso desempeño histórico de la economía uruguaya y las bases de su futuro desarrollo han vuelto a la palestra pública con la publicación de un libro que afirma que Uruguay debe repensar las bases tradicionales de su economía –basada en la producción de commodities y productos de baja y media tecnología– y virar hacia una economía basada en innovación, ciencia y tecnología (Pascale, 2021)[iv]. Su tesis central no supone novedad para los especialistas en temas del Desarrollo (Arocena y Sutz, 2003; Bértola et al., 2005; OPP, 2019), pero tiene la virtud de colocar el problema en un texto dirigido al gran público, que ha alcanzado una amplia difusión por tratarse de un libro escrito por un reconocido intelectual, docente universitario y expresidente del Banco Central del Uruguay (BCU). Las alusiones del libro a Nueva Zelanda son reiteradas, como un país con el que se suele comparar a Uruguay, aunque el autor enfatiza las diferencias entre ambos países antes que sus similitudes.

Esta nota busca colocar en un primer plano los desafíos que enfrentan las pequeñas economías de base agraria en el mundo actual, en particular, el dilema de basar el desarrollo en la explotación inteligente de los recursos naturales o promover la innovación, la ciencia y la tecnología, apostando a nuevos sectores y productos. En este sentido, el caso de Nueva Zelanda es relevante porque ese país enfrenta desafíos similares a los de Uruguay debido a que comparten un conjunto de rasgos estructurales.

Es cierto que en Uruguay la comparación con Nueva Zelanda ha sido un tópico recurrente, ya para comprender el magro desempeño del país y el rezago con su “primo rico”, ya para adoptar los avances logrados por Nueva Zelanda. Las comparaciones históricas han buscado explicar las diferencias de productividad de los respectivos sectores agrarios desde la perspectiva del cambio tecnológico (Álvarez y Bortagaray, 2007; Álvarez, 2018, 2020; Castro y Willebald, 2019), el impacto de la estructura de la propiedad de la tierra sobre la distribución del ingreso (Kirby, 1975; Álvarez, 2013, 2017) el vínculo entre la distribución del ingreso en el sector agrario y los procesos de industrialización y crecimiento (Álvarez et al., 2011), la dotación de recursos energéticos modernos y su impacto en la producción agraria y en el desempeño de ambas economías (Bertoni y Willebald, 2016; Travieso, 2020), las diferencias institucionales entre ambos países a partir de la teoría de los órdenes sociales (Schlüter, 2014), la volatilidad cíclica y las imperfecciones del sistema financiero (Carbajal y de Melo, 2007), sin olvidar sendos trabajos que en las décadas de 1950 y 1960 buscaron promover en Uruguay las técnicas de producción ganadera de Nueva Zelanda (Gallinal, 1951; Davie, 1960). Estos trabajos comparten la idea que ambas economías presentan algunas similitudes, lo que justifica su comparación, e importantes diferencias que explican los resultados divergentes. En algunos casos se enfatizaron las diferencias vinculadas a la dotación de recursos, en otros las diferencias gestadas en el propio proceso histórico. Sin embargo, pocos trabajos destacaron las similitudes estructurales que persistieron a largo plazo (Álvarez y Bértola, 2013) y que en la actualidad coloca a ambos países ante similares desafíos con relación a su desarrollo futuro.

En este sentido, Nueva Zelanda se encuentra también algunos años por delante de Uruguay en el estado del debate historiográfico sobre el papel de la dependencia de las exportaciones primarias en el desarrollo del país (McAloon, 2015) y en la discusión relativa a la necesidad de construir nuevas bases para la competitividad internacional impulsada por la ciencia, la innovación y el cambio tecnológico, esto es, por la economía del conocimiento (Kirk y Bibby, 2001; Oxley y Thorns, 2007). En particular, quiero destacar los trabajos de Callaghan (2009) y Hendy y Callaghan (2013)[v] que sostienen enfáticamente que Nueva Zelanda tiene que cambiar su patrón de inserción externa, abandonar los recursos naturales como la base principal de su competitividad internacional e ingresar en la economía de la innovación y el conocimiento.

By Peter, Bromhead, Marlborough Express (Newspaper), New Zealand, 2012. A sheep laments to other sheep in the herd that ‘we’re no longer a land of sheep, we’ve been replaced with hobbits’. Refers to Tourism New Zealand’s global marketing campaign regarding The Hobbit: An Unexpected Journey

En lo que sigue, destacaré algunos rasgos estructurales compartidos por ambas economías, en particular, el declive en la economía mundial y la especialización primario exportadora. Y, con base en los aportes realizados por un conjunto de investigaciones, sostendré que la especialización primario exportadora es una de las principales causas del declive relativo de ambos países en la economía mundial. Finalmente, se presentan algunas reflexiones sobre el camino que deberían transitar ambos países para acortar las brechas de ingreso, productividad y tecnología con las economías desarrolladas.

Rasgos estructurales compartidos: declive secular, modelos de desarrollo y especialización primario exportadora

A fines del siglo XIX, Nueva Zelanda y Uruguay –típicas sociedades de nuevo asentamiento europeo– se encontraban entre las naciones más ricas del mundo en términos de ingresos por habitante (Gráfico 1).  Esta posición de privilegio se debió a que ambos países contaron con una alta relación recursos naturales-población, gozaron de excelentes condiciones naturales para la producción agraria y se especializaron en la producción y exportación de un rango limitado de productos ganaderos (carnes, lanas, cueros, lácteos), que fueron crecientemente demandados por las economías desarrolladas de Europa Occidental durante la primera globalización del capitalismo.

No obstante esta posición privilegiada en el concierto internacional, a partir de la Primera pos-Guerra Mundial ambas economías consolidaron una tendencia declinante de los niveles de sus ingresos por habitante que se profundizó a partir de la segunda mitad del siglo XX (Gráfico 1). En la década de 1950, Uruguay ingresó en lo que ha sido definido como un proceso de “latinoamericanización” de la otrora “Suiza de América” (Finch, 2005). Al mismo tiempo Nueva Zelanda comenzó a rezagarse de forma pronunciada, cayendo desde las primeras posiciones del grupo de países de la OCDE a los últimos lugares en los primeros años del siglo XXI (Easton, 1997). Este rezago –advertido y pronosticado tempranamente por Rosenberg (1968)– se hizo evidente en el último cuarto del siglo XX, lo que alejó a Nueva Zelanda de la trayectoria de crecimiento de otras economías de asentamiento europeo, como Canadá y Australia (Bertram, 2009).

Gráfico 1. PBI per cápita de Nueva Zelanda y Uruguay con relación al PBI per cápita promedio de cuatro economías desarrolladas (Alemania, Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña = 100), 1870-2018

Fuente: elaborado con base en Maddison Project Database (2020). Las fuentes nacionales pueden consultarse en (Maddison, 2006, 2009) y en las sucesivas actualizaciones (Bolt y van Zanden, 2020).

Además de este rezago relativo en la economía mundial, ambos países compartieron un conjunto de rasgos estructurales. Entre ellos, la persistencia de una inserción externa basada en la producción y exportación de bienes agrarios (las exportaciones agrarias representaron, en promedio, más del 80% de las exportaciones uruguayas y más del 70% de las exportaciones neozelandesas en el siglo XX), la evolución de los términos de intercambio con similares tendencias y fluctuaciones, y la misma secuencia de modelos de desarrollo económico a largo plazo (Álvarez, 2014). Algunos estudios comparados y un conjunto de abordajes historiográficos a escala local, dieron cuenta de los factores que explican el rezago de estas economías. Como veremos más adelante, entre ellos, el papel jugado por la especialización primario-exportadora, los cambios verificados en los patrones de consumo de los principales mercados compradores a lo largo del siglo XX, la evolución del precio de las exportaciones agrarias, las fluctuaciones de los términos de intercambio y el escaso contenido tecnológico de las exportaciones intensivas en recursos naturales. Como expresión de todo ello, los otros factores comprometidos en esta trayectoria divergente son la caída relativa de la productividad y de los salarios, una estructura productiva insuficientemente diversificada, y las limitaciones que impuso a ambos países la pequeña escala de los respectivos mercados internos.

Eric Walmsley Heath, Dominion (Newspaper), New Zealand, 1969. As a sheep labelled ‘The wool industry’ walks away, its fleece catches on thistles named 1965, 1967 and 1968, and unravels. The tail end is exposed to the cold. Refers to the effect on the industry of the decline in the export price for wool between 1965 and 1968.

Inserción externa basada en bienes primarios intensivos en recursos naturales como causa del declive

Los argumentos movilizados por los estudios comparados que dieron cuenta del rezago relativo de las economías de nuevo asentamiento del hemisferio sur, establecieron que el patrón de especialización productiva y comercial –basado en el uso intensivo de los recursos naturales– y la escasa transformación de la estructura productiva fueron sus principales causas. Por ejemplo, Schedvin (1990) afirmó que la dependencia de las actividades agrícolas y ganaderas –podríamos agregar la forestal– limitó el alcance de la diversificación productiva de las economías de nuevo asentamiento europeo, al tiempo que los encadenamientos domésticos hacia atrás y hacia adelante fueron débiles y no alentaron la innovación tecnológica sistemática más allá del sector agrario. En el caso de Nueva Zelanda, la dependencia fue más pronunciada que en los casos de Canadá y Australia, debido a dos principales limitaciones: la localización geográfica y la escala de su mercado, lo que hizo caer a este país en la trampa de la dependencia de las exportaciones agrarias. Argumentos similares fueron desarrollados por Álvarez et al. (2007), quienes destacaron que las ventajas que ofreció la primera globalización del capitalismo a las economías de nuevo asentamiento europeo se fueron diluyendo luego de la década de 1930, cuando cambió el papel de los recursos naturales en el comercio mundial. En ese contexto, Nueva Zelanda y Uruguay movilizaron sus mercados internos, experimentaron importantes transformaciones estructurales, y le asignaron al Estado un papel de liderazgo en los procesos de cambio estructural y de desarrollo. Sin embargo, el impacto negativo de la reversión de los términos de intercambio y de la crisis del petróleo hicieron muy difícil mantener y profundizar este proceso de cambio estructural. En ningún caso las transformaciones estructurales posibilitaron un cambio radical de la estructura de las exportaciones que les permitiera a ambas economías trascender el límite impuesto por la dotación original de recursos naturales (Álvarez y Bértola, 2013). Esto implicó qué, a partir de la década de 1990, se profundizara el rezago de la estructura productiva –considerando el peso de los sectores intensivos en tecnología– de ambos países con relación a las economías desarrolladas, de forma más pronunciado en Uruguay que en Nueva Zelanda (Bértola y Porcile, 2007). Esto se vio reflejado en las respectivas canastas de exportaciones y en su contenido tecnológico. Precisamente, si tenemos en cuenta la sofisticación de la estructura de las exportaciones por contenido tecnológico, ambos países se ubicaron en posiciones similares a escala global a comienzos del siglo XXI: Nueva Zelanda en el puesto 42 y Uruguay en el 39 (Isabella, 2012).

Más allá de los enfoques comparados, las respectivas historiografías económicas nacionales destacaron el papel de la especialización primario-exportadora como causa principal del declive de cada país en la economía mundial.

Published in: New Yorker (8/7/1979)

En el caso de Nueva Zelanda, el declive estuvo directamente relacionado con la ralentización del crecimiento de la demanda británica luego de la segunda pos-guerra, especialmente de los bienes primarios neozelandeses derivados de la ganadería (carnes, lanas y lácteos), y con el surgimiento de bienes sustitutos naturales y sintéticos a escala global, a partir de la década de 1960 (Belich, 2001). El rezago con relación a los países de la OCDE comenzó a hacerse evidente en esos años (Easton, 1997, 2020; Singleton y Robertson, 2002) obligando a Nueva Zelanda a diversificar los mercados de colocación de sus bienes primarios tradicionales y, a partir de la década de 1970, a diversificar también los productos de exportación, incorporando otros bienes agrarios (horticultura, vitivinicultura, forestación, etc.) (Easton, 2015, 2020). Sin embargo, el cambio estructural que experimentó Nueva Zelanda en el sector agrario y la diversificación de las exportaciones primarias, no impulsaron el crecimiento del país al ritmo necesario para acortar la distancia con los líderes de la economía mundial. Callaghan (2009), poniendo el foco en el aumento de la brecha de ingresos por habitante que se verificó en las últimas décadas del siglo XX entre Nueva Zelanda y Australia, destacó que los indicadores más evidentes del atraso neozelandés son el rezago de los salarios reales, los bajos niveles de productividad y la emigración de la población joven altamente calificada. Y que, en última instancia, estas tendencias son el resultado de la especialización en actividades productivas con bajos niveles salariales como la actividad primaria. Skilling (2009) también señaló que los bajos niveles de productividad y la ausencia de una economía diversificada es la causa principal del rezago neozelandés, y que el gran problema del país es no haber desarrollado capacidades para diversificar la economía y complementar los ingresos derivados de la tierra.

Allan Charles Hawkey, Waikato Times, New Zealand (2006)

En el caso de Uruguay, el retraso histórico también se debió al escaso desarrollo de sus capacidades productivas y a una competitividad basada casi exclusivamente en ventajas comparativas derivadas de los recursos naturales. De esto surge que el tipo de inserción externa ha sido un componente fundamental de la volatilidad y del carácter cíclico del desarrollo del país a largo plazo (Bértola y Bertoni, 2014; Bértola, Isabella y Saavedra, 2014). Detrás de la divergencia en términos de ingresos por habitante con los líderes hay un proceso de divergencia estructural. Esta relación (divergencia de ingresos y divergencia estructural) no se cumplió necesariamente en todos los períodos de la historia del Uruguay (el crecimiento anterior a la Primera Guerra Mundial es un ejemplo), pero a largo plazo la convergencia estructural es una condición necesaria para lograr la convergencia de ingresos con los países desarrollados (Bértola y Porcile, 2000). Además del tipo de inserción internacional, se ha señalado que la muy baja tasa secular de crecimiento de la economía uruguaya ha estado asociada a instituciones domésticas débiles que tendieron a amplificar la propia vulnerabilidad y volatilidad externa (Oddone y Cal, 2008; Oddone, 2010). Como en el caso de Nueva Zelanda (Hendy y Callaghan, 2013; Easton, 2020), la pequeña escala del mercado doméstico uruguayo operó también como límite a la especialización de las empresas, a los niveles de inversión y a la adopción tecnológica.

La brecha de ingresos por habitante de Nueva Zelanda y Uruguay con los países líderes es una brecha tecnológica

El desarrollo económico es, básicamente, un proceso de cambio estructural y de diversificación económica con base en la innovación y la difusión de tecnología. Estos conceptos han formado parte del pensamiento medular del estructuralismo latinoamericano, de los enfoques schumpeterianos y de las teorías del desarrollo por varias décadas (Rodriguez, 2006; Botta, Porcile y Ribeiro, 2018). Con referencias más o menos explícitas, estos conceptos se encuentran presentes en los diagnósticos sobre las causas del rezago de la economía neozelandesa. Callaghan & Hendy (2013) destacan que la principal paradoja de la economía neozelandesa en pleno siglo XXI es que, a pesar de estar ubicada en los primeros lugares del ranking mundial en variables relevantes para el desarrollo como la calidad democrática, el respeto a los derechos de propiedad, los bajos niveles de corrupción y de carga impositiva, el país no logra detener su caída en el ranking mundial de ingresos. De hecho, estiman que, para reducir la brecha con Australia, la productividad del trabajo en Nueva Zelanda debería crecer a una tasa de 3,3% acumulativo anual hasta 2028, lo que implica aumentar siete veces el crecimiento de la productividad registrada en el período 1960-2000 que fue apenas de 0,6% (Hendy & Callaghan, 2013, p. 34). El camino propuesto es cambiar el patrón de especialización agraria, quebrar la dependencia del sector primario, y expandir la base exportadora aumentando la participación de productos basados en conocimiento. Para hacerlo –se afirma rotundamente– hay que “abandonar” las pasturas, romper la dependencia del sector primario e invertir en ciencia y tecnología como lo han hecho otras pequeñas economías hoy desarrolladas como Finlandia y Dinamarca. Estos países apostaron a sectores de alta tecnología (industria manufacturera, electrónica, información y comunicaciones, etc.), en áreas no relacionadas con sus fortalezas previas basadas en la producción primaria (agricultura, ganadería y forestación).

Weta Digital, compañía dedicada a efectos visuales digitales, Wellington, Nueva Zelanda.

En el caso de Uruguay, la necesidad de diversificar la matriz productiva con base en la innovación, la ciencia, la tecnología y la economía del conocimiento es una condición necesaria para el desarrollo sostenible. Estos son procesos de largo aliento que requieren tiempo, mucha inversión y políticas decididas. A comienzos del siglo XXI, las políticas en materia de ciencia, tecnología e innovación en Uruguay eran definidas como carentes de liderazgo y de una estrategia de mediano y largo plazo, lo que se traduce en una bajísima dotación de recursos y en una gran inestabilidad del financiamiento de los programas de promoción, en definitiva, en una situación de verdadera “indigencia innovadora” (Bértola et al., 2005). Si bien las dos primeras décadas del siglo XXI fue un período de importantes avances (OPP, 2019), no es claro que las políticas de promoción a la ciencia y a la innovación en Uruguay continúen profundizándose al ritmo necesario[vi].

Por otra parte, asumiendo que el crecimiento de largo plazo tanto de Uruguay como de Nueva Zelanda dependen de las decisiones de inversión en Investigación y Desarrollo (I&D), ambos países necesitan incrementar significativamente sus niveles de inversión. Según los últimos datos reportados por el Banco Mundial[vii], Uruguay invierte en I&D el 0,5 % del PBI, Nueva Zelanda el 1,4%, en tanto las economías de Finlandia y Dinamarca el 2,8% y el 3%, respectivamente. No solo queda mucho camino por recorrer, sino que es necesario también que ambos países diversifiquen decididamente el portafolio de la inversión en I&D. En particular, porque Nueva Zelanda favoreció sistemáticamente, desde comienzos del siglo XX, las inversiones públicas en el sector agrario, buscando maximizar sus ventajas comparativas y no construir nuevas ventajas competitivas (Nightingale, 1992; Skilling, Callaghan y Oram, 2009). De igual modo, Uruguay cuenta con un sistema de innovación agrario mucho más maduro en la comparación con otros sectores, tanto en recursos invertidos (inversión en I&D con relación al producto sectorial) como en términos de organización institucional (Bértola et al., 2005). En cualquier caso, aún cuando el sistema de innovación agrario de Nueva Zelanda es mucho más antiguo y denso que el uruguayo (Álvarez y Bortagaray, 2007), y contribuyó a alcanzar más altos niveles de productividad a largo plazo (Álvarez, 2018), no fue suficiente para contrarrestar las fuerzas comprometidas en el rezago de su economía.

La especialización primario exportadora y las ventajas comparativas y competitivas basadas en los recursos naturales contribuyeron a conformar una baja propensión al riesgo en ambas sociedades. Hendy y Callaghan (2013) sostienen que la sociedad neozelandesa no es tomadora de riesgos y, en general, se siente más cómoda apostando a la renta derivada de la propiedad de activos (inmobiliarios, financieros, la tierra), y a la producción primaria, que a invertir en el intelecto, en ciencia y en compañías de alta tecnología. En Uruguay se ha destacado reiteradamente la misma aversión al riesgo (Bértola et al., 2005; Pascale, 2021,  entre otros). La construcción de una visión estratégica sobre el desarrollo exige poner atención también en factores culturales muy enraizados en ambas sociedades y que resultan de rasgos estructurales de larga duración asociados a la especialización primario exportadora. Si bien el problema debe ser abordado por especialistas en temas del desarrollo y por hacedores de política, los historiadores pueden contribuir a situar el problema con una mirada comparada y de largo plazo.

En definitiva, el desafío que enfrentan las pequeñas economías agroexportadoras de Nueva Zelanda y Uruguay en el mundo actual es modificar el patrón de especialización y desarrollar ventajas comparativas basadas en conocimiento. Unos años atrás nos preguntamos (Álvarez y Bértola, 2013) si el rezago relativo de ambas economías se trató de un proceso de ajuste luego de una situación internacional extraordinaria que se combinó con una amplia disponibilidad de recursos durante la primera globalización, o si fue posible haber hecho algo para cambiar este patrón de pérdida progresiva de posiciones en el ranking mundial. Hoy no cabe duda que, aún cuando continúen aprovechando las ventajas de sus recursos naturales explotándolos inteligentemente, Nueva Zelanda y Uruguay deben construir nuevas capacidades basadas en la ciencia, la tecnología y la innovación tornando competitivas nuevas actividades y sectores que contribuyan a construir un nuevo modelo de desarrollo.

Referencias

Álvarez, J. et al. (2011) «Agricultural institutions, industrialization and growth: The case of New Zealand and Uruguay in 1870–1940», Explorations in Economic History. 23 Novembe. Elsevier Inc., 48(2), pp. 151-168. doi: 10.1016/j.eeh.2010.05.004.

Álvarez, J. (2013) Instituciones, cambio tecnológico y distribución del ingreso. Una comparación del desempeño económico de Nueva Zelanda y Uruguay (1870 – 1940). Montevideo: Universidad de la República.

Álvarez, J. (2014) Instituciones, cambio tecnológico y productividad en los sistemas agrarios de Nueva Zelanda y Uruguay. Patrones y trayectorias de largo plazo (1870-2010), Programa de Historia Económica y Social. Tesis de Doctorado. Universidad de la República.

Álvarez, J. (2017) «Land ownership systems and agrarian income distribution in New Zealand and Uruguay (1870-1914)», New Zealand Assciation of Comparative Law. YB, 23, pp. 1-33.

Álvarez, J. (2018) «Technological Change and Productivity Growth in the Agrarian Systems of New Zealand and Uruguay (1870–2010)», en Pinilla, V. y Willebald, H. (eds.) Agricultural Development in the World Periphery. A Global Economic History Approach. Cham, Switzerland: Palgrave Macmillan, pp. 467-492.

Álvarez, J. (2020) «Desempeño relativo de la productividad física de la ganadería de Nueva Zelanda y Uruguay, 1870-2010», Historia Agraria. Revista de agricultura e historia rural, 80(Abril), pp. 107-144. doi: 10.26882/histagrar.080e06a.

Álvarez, J. y Bértola, L. (2013) «So Similar, So Different: New Zealand and Uruguay in the World Economy», en Lloyd, C., Metzer, J., y Sutch, R. (eds.) Settler Economies in World History. Leiden, The Netherlands: Brill, pp. 493-520.

Álvarez, J., Bértola, L. y Porcile, G. (2007) Primos ricos y empobrecidos: crecimiento, distribución del ingreso e instituciones en Australia-Nueva Zelanda vs Argentina-Uruguay. Montevideo: Editorial Fin de Siglo.

Álvarez, J. y Bortagaray, I. (2007) «El marco institucional de la innovación agropecuario en Nueva Zelanda y Uruguay en el largo plazo», en Álvarez, J., Bértola, L., y Porcile, G. (eds.) Primos Ricos y Empobrecidos. Crecimiento, distribución del ingreso e instituciones en Australia-Nueva Zelanda vs Argentina-Uruguay. Montevideo, Uruguay: Fin de Siglo, pp. 233-272.

Arocena, R. y Sutz, J. (2003) Subdesarrollo e innovación. Cambridge: Cambridge University Press.

Belich, J. (2001) Paradise Reforged. A History of the New Zealanders from the 1880’s to the year 2000. Auckland: Penguin Book.

Bértola, L. et al. (2005) Ciencia, tecnología e innovación en Uruguay: Diagnóstico, prospectiva y políticas. Banco Interamericano de Desarrollo, Departamento Regional de Operaciones 1.

Bertola, L. y Bertoni, R. (2014) Sinuosa y convulsa: la economía uruguaya en el último medio siglo. 16. Montevideo.

Bértola, L., Isabella, F. y Saavedra, C. (2014) El ciclo económico de uruguay, 1998-2012, Estudios y Perspectivas. 16. Montevideo.

Bértola, L. y Porcile, G. (2000) «Argentina, Brasil, Uruguay y la Economía Mundial: una aproximación a diferentes regímenes de convergencia y divergencia», Ensayos de Historia Económica. Editado por L. Bértola. Montevideo, Uruguay: Trilce, pp. 301-356.

Bértola, L. y Porcile, G. (2007) «Cambio estructural y crecimiento», en Álvarez, J., Bértola, L., y Porcile, G. (eds.) Primos ricos y empobrecidos: crecimiento, distribución del ingreso e instituciones en Australia-Nueva Zelanda vs Argentina-Uruguay. Montevideo: Fin de Siglo, pp. 171-188.

Bertoni, R. y Willebald, H. (2016) «Do Natural Energy Endowments Matter? New Zealand and Uruguay in a Comparative Perspective, 1870–1940», Australian Economic History Review, 56(1), pp. 70-99. doi: DOI: 10.1111/aehr.12092.

Bertram, G. (2009) «The New Zealand Economy. 1900-2000», en Byrnes Giselle (ed.) The New Oxford History of New Zealand. Melbourne: Oxford University Press.

Bolt, J. y van Zanden, J. L. (2020) Maddison style estimates of the evolution of the world economy. A new 2020 update. 15. Groningen.

Botta, A., Porcile, G. y Ribeiro, R. S. M. (2018) «Economic development, technical change and income distribution: A conversation between Keynesians, Schumpeterians and Structuralists. Introduction to the Special Issue», PSL Quarterly Review. Economia Civile, 71(285), pp. 97-101. doi: 10.13133/2037-3643_71.285_1.

Callaghan, P. (2009) Wool to Weta. Transforming New Zealand’s culture and economy. Auckland, New Zealand: Auckland University Press.

Carbajal, F. y de Melo, G. (2007) «Volatilidad cíclica y arquitectura financiera doméstica, un estudio histórico comparado. El caso de Uruguay y Nueva Zelanda», en Álvarez, J., Bértola, L., y Porcile, G. (eds.) Primos ricos y empobrecidos. Crecimiento, distribución del ingreso e instituciones en Australia-Nueva Zelanda vs Argentina-Uruguay. Montevideo: Fin de Siglo, pp. 305-341.

Castro, P. y Willebald, H. (2019) «La mecanización agraria en las economías templadas de nuevo asentamiento europeo. La difusión del tractor en Uruguay y Nueva Zelanda durante el siglo XX.», en XXXIV Jornadas de Economía del Banco Central. Montevideo, p. 30.

Davie, F. D. (1960) El ejemplo de Nueva Zelanda . Montevideo: Ed. Juan A. Peri.

Easton, B. (1997) In stormy seas : the post-war New Zealand economy. Dunedin, New Zealand: University of Otago Press.

Easton, B. (2020) Not in Narrow Seas. The Economic History of Aotearoa New Zealand. Wellington: Victoria University of Wellington Press.

Finch, H. (2005) La economía política del Uruguay contemporáneo, 1870-2000. Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental.

Gallinal, A. (1951) Enseñanza de un rápido viaje a NZ. Montevideo: Asociación Rural del Uruguay.

Hendy, S. y Callaghan, P. (2013) Get off the Grass: Kickstarting New Zealand’s Innovation Economy. Auckland, New Zealand: Auckland University Press.

Isabella, F. (2012) Senderos Productivos para el Cambio Estructural; Una propuesta para evaluar caminos de transformación productiva y su aplicación a Uruguay, Facultad de Ciencias Económicas y de Administración. Universidad de la República.

Kirby, J. (1975) «On the viability of small countries: Uruguay and New Zealand compared», Journal of Interamerican Studies and World Affairs, 17(3).

Kirk, C. M. y Bibby, D. M. (2001) «The knowledge economy in New Zealand», INDUSTRY & HIGHER EDUCATION, pp. 55-61.

Maddison, A. (2006) The world economy. Paris: OECD.

Maddison, A. (2009) «Historical Statistics of the World Economy:  1-2008 AD». Disponible en: http://www.ggdc.net/maddison/Historical_Statistics/horizontal-file_02-2010.xls.

McAloon, J. (2015) «Staples and the Writing of New Zealand’s Economic History», New Zealand Journal of History, 49(2), pp. 3-22.

Nightingale, T. (1992) White collars and gumboots: a history of the Ministry of Agriculture and Fisheries, 1892-1992. Palmerston North: The Dunmore Press.

Oddone, G. (2010) El declive. Una mirada a la economía de Uruguay en el siglo XX. Montevideo, Uruguay: Linardi y Risso.

Oddone, G. y Cal, I. (2008) «El largo declive de Uruguay durante el siglo XX», América Latina en la Historia Económica, 30, pp. 5-65.

OPP (2019) Aportes para una estrategia de desarrollo 2050. Editado por F. Isabella. Montevideo: Presidencia de la República Oriental del Uruguay.

Oxley, L. y Thorns, D. (2007) «Exploring the Knowledge Economy/Society», en Social Policy, Research and Evaluation (SPRE).

Paolino, C., Pittaluga, L. y Mondelli, M. (2014) «Cambios en la dinámica agropecuaria y agroindustrial del Uruguay y las políticas públicas», Estudio y Perspectiva. CEPAL, 15.

Pascale, R. (2021) Del freno al impulso. Una propuesta para el Uruguay del futuro. Montevideo: Planeta.

Rodriguez, O. (2006) El estructuralismo latinoamericano. México D. F.: Siglo XXI Editores y CEPAL.

Rosenberg, W. (1968) A guidebook to New Zealand’s future. Christchurch, New Zealand: The Caxton Prexx.

Schedvin, C. B. (1990) «Staples and Regions of Pax Britannica», The Economic History Review. Blackwell Publishing, 43(4), pp. 533-559.

Schlüter, A. (2014) Institutions and Small Settler Economies. A Comparative Study of New Zealand and Uruguay, 1870-2008. New York: Palgrave Macmillan.

Singleton, J. y Robertson, P. L. (2002) Economic relations between Britain and Australasia, 1945-1970. Editado por C. I. and P. Studies. Great Britain: Palgrave.

Skilling, D., Callaghan, P. y Oram, R. (2009) «New Zealand’s Prosperity», en Callaghan, P. (ed.) Wool to Weta. Transforming New Zealand’s culture & economy. Auckland, New Zealand: Auckland University Press, pp. 120-130.

Travieso, E. (2020) «United by grass, separated by coal: Uruguay and New Zealand during the First Globalization», Journal of Global History, 15(2), pp. 269-289. doi: 10.1017/S1740022820000042.


[i] La tertulia agropecuaria. “El agro uruguayo, su presente y su futuro en el desarrollo nacional. Dos visiones, desde el campo y desde la ciudad”, 26/11/2008, Espectador.com. http://historico.espectador.com/agro/137907/el-agro-uruguayo-su-presente-y-su-futuro-en-el-desarrollo-nacional-dos-visiones-desde-el-campo-y-desde-la-ciudad#1

[ii] Diario La mañana. “El Agro es el motor, no siempre reconocido. Columna de opinión por Jorge Chouy  11/06/2020 en Rurales, https://www.xn--lamaana-7za.uy/agro/el-agro-es-el-motor-no-siempre-reconocido/

Diario El Observador, “La vaca nos salva” Columna de opinión por Lautaro Pérez, 18/11/2016, en: https://www.elobservador.com.uy/nota/la-vaca-nos-salva-20161118500

Centro de Estudio para el Desarrollo (CED). “¿Somos realmente un país agropecuario?” columna de opinión, 9/3/2021, en: https://ced.uy/somos-un-pais-agropecuario/

[iii] Diario El Observador, ‘La “lotería de los commodities” expone a Uruguay a otra crisis’ Entrevista a Luis Bértola, 22/2/2013, en: https://www.elobservador.com.uy/nota/la-loteria-de-los-commodities-expone-a-uruguay-a-otra-crisis-201322220400

[iv] https://www.planetadelibros.com.uy/libro-del-freno-al-impulso/333739

Entrevista al autor en:

https://www.montevideo.com.uy/Noticias/Pascale–La-tirania-del-corto-plazo-nos-consume-el-futuro-no-esta-en-el-debate–uc784338

[v] Sobre algunos de los problemas centrales abordados por Callaghan (2009), recomiendo la entrevista realizada por Diego Gonnet al autor en Semanario Brecha, 17/9/2010

[vi] La Diaria, “ANII recorta drásticamente su inversión en ciencia para 2021”, 26/2/2021 en:

https://ladiaria.com.uy/ciencia/articulo/2021/2/anii-recorta-drasticamente-su-inversion-en-ciencia-para-2021/

[vii] Gastos en I&D de Dinamarca, Finlandia, Nueva Zelanda y Uruguay en el período 1996-2018, Banco Mundial, en: https://datos.bancomundial.org/indicador/GB.XPD.RSDV.GD.ZS?locations=NZ-UY-DK-FI

Antropometría histórica en América Latina

MANUEL LLORCA-JAÑA (Universidad de Valparaíso)

Manuel Llorca-Jaña es PhD en Historia Económica por la Universidad de Leicester (UK), Master en Historia Económica Internacional por la misma institución y Economista de la Universidad de Santiago.

RESUMEN. En esta entrada damos cuenta del desarrollo de la antropometría histórica en América Latina en los últimos años, entregando algunas definiciones básicas para todo lector, así como un listado de los principales autores y sus publicaciones para nuestra región. Adicionalmente, nos referimos a los determinantes más importantes de la estatura en adultos y por qué es importante considerarla como un buen indicador de bienestar de la población.


Durante los últimos cuarenta años la antropometría histórica se ha consolidado como un campo muy dinámico y popular dentro de la historia económica. En este proceso han sido fundamentales los trabajos de dos premios Nobel en economía: Robert Fogel y Angus Deaton, así como de otros importantes académicos como Richard Steckel, John Komlos, Joerg Baten, Matthias Blum, entre muchos otros.

Para Iberoamérica, los países para los que existen mayor cantidad de estudios son España, Argentina, México, Colombia y Chile, en buena medida gracias a los trabajos de José Miguel Martínez Carrión, Antonio Cámara, Ricardo Salvatore, Moramay López Alonso, Amílcar Challú, Adolfo Meisel, Joerg Baten, entre varioss otros. Otros países latinoamericanos como Brasil, Perú y Bolivia han recibido algo de interés (gracias a los trabajos de Baten mismo, Linda Twrdek, José Péres-Cajias, Z. Frank, Daniel Franken y otros colegas), pero bastante menos que para Argentina, México, Colombia o Chile. El resto de los países latinoamericanos casi no ha despertado interés entre los historiadores económicos, por lo que existe una rica veta para explotar. Un listado de las publicaciones existentes para nuestra región se encuentra el sitio web de la Red Iberoamericana de Historia Antropométrica, creada durante el Cladhe que se realizó en Chile en el año 2019.


Libro “Estar a la Altura”, de Moramay López-Alonso, sobre antropometría histórica de México. Es una de las principales obras que se han publicado para nuestra región sobre esta temática.

Dentro de los estudios antropométricos, la estatura de la población ha ganado aceptación como un muy buen indicador de niveles de vida, en particular del denominado bienestar biológico. La estatura es fiel reflejo del estado nutricional de la población durante la niñez, y del combate del cuerpo contra el medio ambiente (e.g. para pelear enfermedades). Hay bastante consenso en señalar que aquellos/as que disfrutaron de mejor dieta, mejor alojamiento, mejor educación, mejor salud, y mejor vestimenta durante los primeros 20 años de vida (pero sobre todo durante la infancia temprana) disfrutarán de una mayor estatura en la adultez. Mayor estatura además se cree que viene aparejada con mayor expectativa de vida o mayores salarios, todo esto a nivel promedio de poblaciones.

Asimismo, se ha buscado explicar cuáles son los principales determinantes de la estatura, incluyendo variables como estado nutricional de la población, nivel socioeconómico (escolaridad, ocupación), lugar de residencia, ingresos medios, etnicidad, entre otros. Esto ha llevado a utilizar la estatura en estudios de desigualdad. En efecto, para periodos donde no existen muchos indicadores de bienestar, la estatura de la población ha sido en muchos casos la principal evidencia tanto de bienestar como de desigualdad. Por su parte, la búsqueda de determinantes de estatura ha llevado a la construcción de nuevas series de otros indicadores económicos igualmente útiles, tales como consumo per cápita de algunos alimentos (carnes, lácteos), escolaridad, mortalidad, entre otros, para gran beneficio de la disciplina. Toda esta nueva evidencia nos ha permitido insertarnos en discusiones en torno a la transición nutricional, la evolución tecnofisiológica, la transición demográfica, entre otros interesantes debates.

En el gráfico que se adjunta mostramos cómo ha evolucionado la estatura en adultos hombres durante el siglo XX para varios países latinoamericanos. Los datos se presentan en centímetros por década de nacimiento, algo estándar en la literatura. Como puede apreciarse, para las décadas que tenemos datos para Argentina, México, Brasil, Colombia y Chile, los argentinos son los más altos de la muestra. Se observa también que ha habido un crecimiento importante en la estatura de la población de estos países, así como cierto grado de convergencia entre ellos, aun cuando ha habido divergencia respecto de la estatura de los países desarrollados.

Fuente: Manuel Llorca-Jaña, Juan Navarrete-Montalvo, Roberto Araya, Federico Droller, Martina Allende & Javier Rivas. “Height in twentieth-century Chilean men: growth with divergence”. Cliometrica. Vol 15-1, 135-166 (2021).

Las principales fuentes usadas son registros militares, navales, carcelarios, escolares, de registro civil e identificación, entre otros. Vale decir, principalmente instituciones del estado que midieron en algún momento a sus poblaciones, o parte de ellas. Lamentablemente buena parte de la información proviene de conscripciones militares, por tanto hay mucha más evidencia para hombres que para mujeres.

A pesar de esta deficiencia, muchos colegas interesados en la evolución del bienestar en el largo plazo desde un punto de vista multidimensional, han contrastado la evolución de la estatura con otros indicadores más tradicionales como PIB per cápita o ingreso medio, encontrando que muchas veces la trayectoria de la estatura diverge respecto del ingreso medio, lo que ha llevado a catalogar algunos periodos como puzles, en particular para Estados Unidos y Europa occidental, pero también para países latinoamericanos.

Respecto a la agenda futura, hay muchas áreas aún por explorar, como la evolución de largo plazo de la estatura de mujeres, la diferencia de estatura entre hombres y mujeres (dimorfismo sexual), la evolución de otras variables antropométricas como peso al nacer, índice de masa corporal, y la desigualdad tanto de la estatura como de estas otras variables, entre otros.

Como se puede ver, la antropometría histórica es un campo floreciente en América Latina, al que esperamos muchos otros países se sumen. Entre los esfuerzos más recientes cabe destacar dos iniciativas en particular:

En 2019, Revista de Historia Económica publicó un número especial coordinado por Martínez Carrión y Salvatore, publicando trabajos sobre España, México, Chile, Colombia, Argentina y Brasil.

Más recientemente, la International Journal of Environmental Research and Public Health (IJERPH) prepara un número especial sobre estudios de condiciones biológicas de vida y desigualdad en salud en regiones en desarrollo, también coordinado por Martínez Carrión y Salvatore, junto a Carlos Varea. El plazo para enviar contribuciones se extiende hasta el 30 de junio de 2021. A la fecha ya se han publicado trabajos sobre Chile y Argentina.

Con todo, los invitamos a visitar el sitio web de nuestra red: https://redantropometria.cl/

Las mujeres en la historia económica. “Qué 100 años no es nada”

CAROLINA ROMÁN (Universidad de la República, Uruguay)

RESUMEN. En ocasión del mes de marzo, no podemos dejar de reflexionar sobre cuál es la situación de las mujeres en la sociedad. En el ámbito en que nos encontramos, esta interrogante la ubicamos en lo que ocurre en la academia y, más específicamente, en el campo disciplinar que representa la historia económica ¿Qué sabemos sobre la brecha de género en historia económica? ¿Qué es lo que la academia puede aportar para revertir las desigualdades de género? Estas preguntas son parte de la motivación del Coloquio virtual “La mujer en la construcción de la historia económica”, organizado por la División de Historia del CIDE y el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM (IIH-UNAM) que se desarrolló durante la primera semana de marzo. En esta entrada comparto una breve reseña del evento. [1]




Fuente: #NoMoreMatildas presenta la hipotética vida de Matilde Einstein.
#NoMoreMatildas es una campaña de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas, con la idea de Gettingbetter Creative Studio y la colaboración de Dos Passos Agencia Literaria, que busca reivindicar y promover el papel de las mujeres en la ciencia, para inspirar y fomentar la vocación científica en niñas y adolescentes.

Antes de comenzar, [2] vale la pena volver a preguntarnos ¿por qué es importante reflexionar sobre las brechas de género en nuestra disciplina, historia económica?[3] Aquí, parte de la respuesta es el compromiso ético que nos debería conducir a promover la equidad de género en el desarrollo de la profesión. Pero, la otra parte de la respuesta radica en que la invisibilidad de las mujeres afecta lo que estudiamos, lo que se enseña, las preguntas de investigación, las normas profesionales, los sistemas de evaluación, los sistemas de promoción, el reconocimiento, y la manera en que se abordan las discusiones de política. 

Las investigaciones sobre sesgos de género en la actividad académica muestran que lo que opera no es tanto una discriminación explícita, sino sesgos implícitos que afectan las interacciones en todos los niveles de la actividad académica: en decisiones formales, como las reglas de acceso y promoción, y en las informales, como los cursos que se sugieren a estudiantes o la manera en que se atiende y responde a preguntas e ideas con colegas (Bayer y Rouse, 2016).[4] Existen estudios que analizan lo que ocurre en la economía y en la historia, pero nos falta información y análisis para conocer la situación en la historia económica. Sabiendo que es una disciplina a veces difícil de definir, eclética entre la historia y la economía, que se nutre de muchas áreas de las ciencias sociales, y que, metodológicamente, ha ido transformándose de la narración a los enfoques matemáticos (Haupert, 2016), la tarea se hace aún más desafiante.

Aquí comparto una breve reseña del Coloquio virtual “La mujer en la construcción de la historia económica”, organizado por la División de Historia del CIDE y el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM (IIH-UNAM), que tuvo lugar el 8 y 9 de marzo de 2021.[5] La coordinación, gestionada de forma impecable, estuvo a cargo de Iliana Quintanar (CIDE) e Irina Córdoba (IIH-UNAM). El evento se organizó en dos jornadas. En la Jornada 1, tuvo lugar la Mesa redonda “La mujer en la construcción de la Historia Económica”. En la Jornada 2, el tema fue “La mujer como agente económico, siglos XVI-XX”.


En esta entrada, me centraré en los aportes y debates de la Jornada 1. La mesa redonda fue moderada por Iliana Quintanar e Irina Córdoba y participaron cinco representantes de las asociaciones iberoamericanas de historia económica: Andrea Lluch (Presidenta de la Asociación Argentina de Historia Económica), Adoración Álvaro Moya (Secretaría General de la Asociación Española de Historia Económica); Cristina Mazzeo (Presidenta de la Asociación Peruana de Historia Económica), Bernardita Escobar Andrae (Presidenta de la Asociación Chilena de Historia Económica), y quien escribe este post en mi rol de Presidenta de la Asociación Uruguaya de Historia Económica. El objetivo de la mesa fue aportar reflexión sobre la situación en que se encuentran las mujeres en la historia económica e intercambiar sobre posibles acciones para promover su participación en este campo de conocimiento.

La inauguración del coloquio estuvo a cargo de Catherine Andrews, secretaria académica de la División de Historia del CIDE y de Isabel Martínez representando al IIH-UNAM. Me gustaría, primero, destacar algunas de sus intervenciones. Catherine inauguró el Coloquio celebrando la iniciativa, pero, al mismo tiempo, transmitiendo la sorpresa que estos eventos sigan siendo necesarios para visibilizar el trabajo de las mujeres. Cita, como ejemplo, que han pasado más de 100 años desde que las primeras mujeres obtuvieron sus títulos de doctorado en historia (Smith 2000). Sin embargo, aún hoy, la contribución de las mujeres a la ciencia sigue teniendo menor reconocimiento social que los varones. Esta situación de invisibilización permanece en varios espacios de la academia, con mayores y menores énfasis según las disciplinas. Y en historia económica, como destacó Isabel Martínez en su intervención, tenemos mucho por analizar sobre lo que ocurre con las brechas de género dentro y fuera de la academia.

La mesa se organizó en torno a tres ejes de discusión: 1) El papel de las mujeres en el ámbito profesional de la historia económica; 2) Aportaciones de las mujeres a la historia y la historiografía económica; 3) Retos para promover la participación de la mujer en el campo de estudio de la historia económica. En cada eje, tuvo lugar una ronda de intervenciones de cada una de las cinco representantes de las asociaciones. Aquí haré mención a algunos aspectos que fueron transversales a las presentaciones. Cabe aclarar que las presentaciones realizadas estuvieron basadas en relevamientos que realizaron las participantes, en colaboración con colegas, para aportar insumos para la reflexión y la discusión. De este modo, las afirmaciones y opiniones vertidas, más que conclusiones acabadas, constituyen puntos de partida para el análisis y el debate.

Sobre el papel de las mujeres en el ámbito profesional de la historia económica

Los datos aportados sobre la participación de las mujeres en el ámbito profesional de la historia económica conducen a los siguientes resultados. 1) En cuanto a la formación, no se observan diferencias entre mujeres y varones. De hecho, muchas veces las mujeres se gradúan más rápido y con mejores calificaciones; 2) En los sistemas científicos, en las categorías más bajas las mujeres suelen ser mayoría, pero, a medida que se avanza en las categorías de mayor reconocimiento, la presencia de las mujeres disminuye; 3) Existe una sobrerrepresentación de mujeres en tareas de coordinación y administración, pero menor presencia en los cargos de jerarquía y poder como decanos, rectores y cargos equivalentes; 4) En la carrera académica, hay menor porcentaje de mujeres como catedráticas y/o profesores titulares, y mayor presencia en las categorías más bajas; 5) En los cursos de historia económica que se imparten a nivel universitario, son muy pocos los que están a cargo de mujeres. Aquí, se menciona un punto importante, que es definir cuál es el ámbito de la historia económica, ya que hay muchas áreas de conocimiento que podrían caber dentro de esta definición, donde sí se observa una mayor presencia de mujeres.

En cuanto a la participación de las mujeres en las Asociaciones de Historia Económica, de la información compartida, se desprenden cuatro resultados. 1) En general, las asociaciones están integradas por más varones que mujeres; 2) En la mayoría de los casos, las mujeres han tenido menor participación en los cargos de conducción de las instituciones (actuando como Presidentas y/o Secretarias en Consejos y/o Comisiones Directivas); pero mayor presencia en los cargos de menor jerarquía. Estas diferencias han ido mejorando en los últimos años; 3) En algunos de los casos presentados, se observa mayor presencia de mujeres en actividades colaborativas y de construcción institucional; 4) En las revistas nacionales de historia económica (de las que se presentaron en el evento), hay disparidad de situaciones. En el caso de las revistas españolas, la participación femenina en los ámbitos de gestión y conducción de las revistas ha aumentado; mientras que, en el caso uruguayo, ha ocurrido lo contrario. Importa mencionar que, en algunas de las revistas españolas en donde se ha alcanzado una participación importante de las mujeres e incluso la paridad de género en los órganos de gestión, esto ha sido el resultado de una política deliberada para fomentar la participación femenina.[6] 

Aportaciones de las mujeres a la historia y la historiografía económica

El segundo eje proponía intercambiar sobre las aportaciones de las mujeres a la historia y la historiografía económica. Aquí se remarcaron los siguientes aspectos. En las jornadas de investigación que organizan regularmente las asociaciones de historia económica, la mayoría de las autorías son de varones. Las autorías femeninas no superan el 30% del total de presentaciones. Las autorías mixtas son las más minoritarias. En cuanto a las revistas nacionales de historia económica, de los casos presentados (las revistas españolas y la revista uruguaya), los artículos de autoría femenina son un porcentaje minoritario, siendo la mayoría de los artículos de autoría masculina.

En cuanto a los temas en que trabajan las mujeres, según la información presentada en el Coloquio, las mujeres lo hacen en casi todos los tópicos de historia económica. Existen ciertas áreas de mayor especialización, que varían según los países: empresa, negocios, familia, historia rural e historia regional; mercado de trabajo, bienestar, niveles de vida, historia del siglo XX. En comparación con los varones, las mujeres tienden a concentrar más los temas de investigación, y en algunos casos, se encontró que cuando las mujeres trabajan con los varones (en autorías mixtas) los temas sobre los que trabajan son más diversos que cuando lo hacen solas.

Otro dato relevante fue la distribución por género de las tutorías de las tesis de posgrado en historia económica. La información presentada, aun cuando fue para un solo país, mostraba que había predominancia de tutores varones, y que los temas que tutorean las mujeres son más diversos que los varones.

Retos y desafíos

Finalmente, la última ronda de intervenciones tenía como objetivo intercambiar sobre retos y desafíos para fomentar la participación de mujeres en la historia económica.

Uno de los retos de partida es aumentar la visibilidad de la historia de las mujeres. La Jornada 2 del Coloquio tenía como objetivo, precisamente, dar difusión al rol de las mujeres como agente económico, e incluyó la presentación de cinco ponencias que son un claro ejemplo en este sentido. Otro aporte es el espacio virtual que creó el IIH de la UNAM “mujeres históricas”, con el objetivo de contribuir al estudio de la historia de las mujeres, visibilizando y facilitando el acceso a materiales escritos por mujeres y dedicados a los estudios de las mujeres. Sin dudas, para revertir la invisibilidad, la generación de información, de datos y de análisis, se torna imprescindible. Como lo planteó Andrea Lluch en su presentación, citando la publicación reciente de Criado (2020); “La falta de datos por género no implica solo silencio. Esos silencios, esta falta de datos tiene consecuencias”.

Al mismo tiempo, desde nuestro rol en las asociaciones y nuestro lugar en la academia, hay acciones diversas que se pueden emprender. En lo institucional, desde las asociaciones, se podría plantear la incorporación de políticas de género y/o buenas prácticas en materia de igualdad con el objetivo de: incentivar una mayor presencia de mujeres en los órganos de dirección de las asociaciones (Presidencias/Secretarías), en la composición de los órganos de gestión de las revistas académicas, en los comités académicos de los congresos nacionales e internacionales, así como en la participación de mujeres en las jornadas de investigación. En nuestra actividad académica, las acciones pueden apuntar a fomentar la presencia de mujeres en comités académicos, en comisiones evaluadoras, en tutorías de tesis de grado y posgrado, así como la promoción de mujeres en categorías laborales superiores. También, se planteó la necesidad de incentivar la incorporación de doctorandas y jóvenes investigadoras a la historia económica.

Fuente: Fleming (2017)

En síntesis

En las experiencias sobre historia económica presentadas en el Coloquio, las brechas de género aún siguen siendo grandes. En algunos ámbitos o dimensiones, las mujeres han aumentado su participación y parecería que, en los últimos años, los progresos han sido alentadores. En muchos casos, cabe recordar que los avances en materia de igualdad de oportunidades han sido fruto de acciones deliberadas para lograrlo, más que un proceso que ocurre por sí mismo.

La construcción de las disciplinas, en la mayoría de los casos, ha estado, y sigue estando, liderada por los varones (Schmidt, 2020). Tanto el diseño de las preguntas de investigación, las formas de abordar los problemas, la validación de los resultados, los diseños de los sistemas de promoción, como los reconocimientos académicos continúan siendo conducidos por varones. Por lo tanto, no solo se trata de actuar para cerrar las brechas, sino de potenciar las transformaciones que las mujeres pueden realizar en las ciencias sociales, una vez que participen, en igualdad que los varones, en los ámbitos de poder (Sawer et al., 2020).

Las reflexiones compartidas nos invitan a repasar nuestras actividades cotidianas en la academia, cómo se dan los procesos de decisión y las relaciones de poder. Si bien en los últimos 100 años se reconocen muchísimos progresos, aún nos queda mucho camino por recorrer.

En historia económica, como disciplina, nos falta conocimiento de cómo se da el proceso académico, que además de su diversidad, se ha ido transformado en el tiempo. Como académicos y académicas, tenemos el compromiso de aportar a los debates y generar reflexión para revertir las desigualdades de género que afectan en todos los ámbitos de la sociedad y son transversales a los distintos espacios en donde actuamos. El desafío es enorme, pero los pasos en esa dirección son claros y decididos.


1] El título hace alusión a una frase de la letra del tango “Volver” de Carlos Gardel que dice “que veinte años no es nada”.

[2] Parte de las reflexiones que aquí comparto son fruto del intercambio con Paola Azar, María Camou, Melissa Hernández y Silvana Maubrigades (integrantes de la Asociación Uruguaya de Historia Económica), en ocasión de preparar la presentación para el coloquio. Les agradezco mucho los aportes, aunque las opiniones de este Blog son de mi entera responsabilidad. 

[3] No dudo en destacar en este punto que el tema ha sido discutido en este Blog. Ver, por ejemplo, “Género y desigualdades durante las crisis ¿qué aporta una mirada de largo plazo?” y “Cambiar para participar. Transformaciones personales y sociales que expliquen la oferta de mano de obra de mujeres en América Latina desde 1950”, ambas elaboradas por Silvana Maubrigades, Profesora de la Universidad de la República, Uruguay, quien ha realizado importantes contribuciones sobre desarrollo, desigualdad y mercado de trabajo desde la perspectiva de género.

[4] Agradezco a Paola Azar, Profesora de la Universidad de la República (Uruguay), coordinadora del curso Economía y Género de la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración (FCEA), por compartir estas referencias y sus reflexiones.

[5] El evento completo se puede ver en el canal de Youtube del Instituto de Investigaciones Históricas y la UNAM en el siguiente link: https://www.youtube.com/watch?v=A3RiKTwdgi0

[6] Por ejemplo, Historia Agraria: Revista de Agricultura e Historia Rural tiene una política de género; e Investigaciones en Historia Económica-Economic History Research ha adoptado, recientemente, las Buenas Prácticas Editoriales en Materia de Igualdad recomendadas por la FECYT.


Bibliografía

Bayer, Amanda y Rouse Cecilia Elena (2016) “Diversity in the economics profession: a new attack to an old problem”. Journal of Economic Perspectives, 30:221–242.

Criado Pérez, Caroline (2020). La mujer invisible. Descubre cómo los datos configuran un mundo hecho por y para los hombres. Seix Barral, España.

Fleming, Jacky (2017). El problema de las mujeres. Anagrama. Barcelona.

Haupert, Michael (2016) “The impact of cliometrics on economics and history”. Revue d’économie politique 2017/6 (Vol. 127): 1059-1081.

Sawer, Marian, Jenkins, Fiona, Downing, Karen (2020). How Gender Can Transform the Social Sciences Innovation and Impact. Palgrave Macmillan

Smith, Bonnie (2000). The Gender of History. Men, Women, and Historical Practice. Harvard University Press.



La banca doméstica mexicana y la crisis de la deuda de 1982

SEBASTIAN ALVAREZ (Universidad de Zúrich/Universidad de Oxford – SNSF)

Sebastian Alvarez es investigador postdoctoral de la Fundación Nacional Suiza de Ciencias (SNSF) en la Universidad de Zúrich e investigador asociado de la Facultad de Historia y el Centro Latinoamericano (LAC) de la Universidad de Oxford. Es Doctor en Historia Económica y Social por la Universidad de Ginebra, Master en Economía por la Universidad de Paris 1 – Panthéon Sorbonne y Licenciado en Economía por la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina.

RESUMEN. ¿Cuál era la situación de la banca mexicana al momento del estallido de la crisis de la deuda y su nacionalización en 1982? ¿Por qué el gobierno mexicano aceptó términos y condiciones de negociación de su deuda externa con sus acreedores internacionales tan desfavorables y costosas para su economía y población? En esta entrada al Blog reflexionamos sobre estos temas en base a los resultados de una investigación recientemente publicada por Palgrave Macmillan en el libro “Mexican Banks and Foreign Finance: From Internationalization to Financial Crisis, 1973-1982” en lo que constituye una de las primeras revisiones históricas de la crisis de la deuda de América latina de los años 1980. Los hallazgos de este trabajo proveen nueva luz e interpretaciones sobre una de las crisis y períodos más difíciles y con mayores impactos de largo plazo en la historia económica y social de la región.


La década de 1980 ha sido uno de los períodos más tortuosos en la historia económica y social de América latina. En medio de múltiples y recurrentes crisis financieras que incluyeron problemas en el pago de deuda externa, devaluaciones y bancarrotas bancarias, los países de la región experimentaron un severo y prolongado parate económico e inflación creciente (Bértola and Ocampo 2012). La crisis repercutió fuertemente en el mercado de trabajo, no sólo afectando negativamente el desempleo y los salarios, sino también generando cambios estructurales en los niveles de informalidad y precarización del sector en la gran mayoría de países. La pobreza alcanzó récords históricos en un contexto de graves dificultades presupuestarias y retracción del estado de bienestar, sumiendo a la región en su “década perdida” (Ocampo et al. 2014).

La crisis de la deuda y su gestión estuvieron en el centro de la debacle económica y social de la región durante estos años. La moratoria de México en agosto de 1982, que se extendió luego a Argentina, Brasil, Venezuela y al resto de los países con altos niveles de deuda, puso en jaque la estabilidad del sistema financiero mundial dada la elevada exposición de los grandes bancos internacionales. Con el fin de mantener el servicio de los préstamos bancarios, los gobiernos de los países en crisis y sus acreedores internacionales iniciaron un proceso de sucesivas negociaciones y reestructuraciones de deuda externa acompañado de ayuda financiera condicionada a la firma y ejecución de programas de ajuste y planes de austeridad con el Fondo Monetario Internacional (FMI). En el marco de una fuerte contracción económica, la región pasó de receptora a exportadora neta de capitales convirtiendo así, como Carlos Diaz-Alejandro argumentó, “lo que podría haber sido una seria pero manejable recesión en una crisis de desarrollo mayor sin precedentes desde los tempranos años 1930”(Diaz-Alejandro 1984).

A pesar de su importancia en el desarrollo económico y social de América Latina, la crisis de la deuda de los años 1980 y las políticas de renegociación no han sido aún objeto de revisionismo histórico. Muchos aspectos de los procesos de endeudamiento externo y dinámicas detrás de la inestabilidad macroeconómica y problemas financieros que afectaron la región han escapado a la atención de los investigadores y los análisis del período. Tal es el caso, por ejemplo, de la deuda externa del sector bancario. Según los gobiernos flexibilizaban los controles de capitales y liberalizaban el sistema financiero, la banca latinoamericana internacionalizaba sus actividades e incrementaba su presencia en los mercados internacionales de capitales. Diaz-Alejandro ha mostrado cómo los bancos chilenos sirvieron de brazo financiero externo para las empresas de los grupos económicos que ellos integraban. Por otro lado, Quijano documentó la participación de bancos mexicanos, argentinos y brasileros en préstamos sindicados en los Euromercados en asociación con otros bancos extranjeros.[1] Similares desarrollos ocurrieron en otros países también, aunque las estrategias de internacionalización y los mecanismos utilizados para intermediar el capital extranjero con los prestatarios locales diferían según el caso y, con ello, también la naturaleza y la gravedad de las crisis.  

En el caso de México, la banca doméstica dio sus primeros pasos en los mercados internacionales de capitales a principios de los años 1970 mediante la participación accionaria en consorcios bancarios en Londres. Entre 1972 y 1974, los tres mayores bancos del país, Bancomer, Banamex y Banca Serfín, crearon, junto a grupos de bancos internacionales, el Libra Bank, Intermex y Eulabank respectivamente, los cuales se dedicaron al financiamiento de clientes en México y el resto de América Latina. Luego, desde mediados de los 1970, la banca mexicana dio un paso adicional mediante el establecimiento de sus propias agencias y sucursales en Nueva York, Londres y centros off-shore del Caribe como plataforma de participación directa en los Euromercados y las finanzas internacionales. Hacia 1982, los seis bancos líderes del país, que incluían también Multibanco Comermex, Banco Mexicano Somex y Banco Internacional, tenían presencia directa en los principales centros financieros internacionales de la época (ver Cuadro 1).

Cuadro 1. Activos y pasivos de las agencias y sucursales externas de los bancos mexicanos, Junio de 1982 (millones de dólares)

La llegada a los centros financieros mundiales abrió las puertas a nuevas fuentes de liquidez y financiamiento disponibles en los vastos mercados internacionales de capitales. A través de sus agencias y sucursales externas, los bancos incrementaron sus captaciones en dólares mediante depósitos interbancarios y transacciones en los mercados de dinero que utilizaron luego para fondear sus operaciones internacionales, que consistieron principalmente en préstamos al sector público y privado de su país de origen. La composición del pasivo y activo de los bancos mexicanos en Estados Unidos representada en el Gráfico 1 ilustra claramente este modelo de negocios y se replicaba también a las oficinas bancarias de Londres y el Caribe. La utilización de fondos interbancarios de muy corto plazo (con vencimiento entre un día y tres meses) para financiar préstamos de largo plazo fue una debilidad mayor de esta estrategia de intermediación, dado que generaba serios desbalances en el perfil de reembolso de los activos y pasivos externos. Por otro lado, los instrumentos de financiación que utilizaron los bancos estaban sujetos a tasas variables, pero una proporción importante de los préstamos con ellos financiados habían sido otorgada a tasas fijas, creando riesgos adicionales vinculados a potenciales subas en las tasas de interés internacionales como finalmente ocurriría hacia fines de los 1970 y comienzo de los 1980. Finalmente, los pasivos externos en dólares habían sido calzados con el otorgamiento de créditos en la misma moneda, la mayoría de los clientes operaban en pesos y no tenían acceso genuino a dólares, quedando por ende indirectamente expuestos al riesgo cambiario y eventual incapacidad de pago frente a una devaluación como sucedió en febrero de 1982.

Gráfico 1. Composición del activo y pasivo de las agencias norteamericanas de los bancos mexicanos, Junio de 1982 (millones de dólares)

La participación de los grandes bancos mexicanos en el proceso de endeudamiento externo del país comprometió seriamente la estabilidad del sistema bancario. Cuando en agosto de 1982 el gobierno de México anunció la moratoria temporaria en el pago de las amortizaciones de su deuda bancaria externa, los seis principales bancos del país poseían 4.275 millones de dólares de estos créditos. A nivel consolidado, dicho monto representaba alrededor del 32% de la cartera de préstamos totales de los bancos y cinco veces su capital agregado. Aunque el ratio variaba considerablemente de una institución a otra, los niveles de capital y reserva de los seis bancos involucrados eran, en todos los casos, altamente insuficientes para asumir pérdidas en su portafolio de créditos externos mexicanos sin comprometer su solvencia[2] En su gran mayoría, los contratos de préstamos bancarios internacionales habían sido negociados con cláusulas de default cruzado (‘cross default clauses’), por lo que el impago de un crédito ponía en default al resto incluyendo aquellos en posesión de la banca doméstica. Los bancos expuestos a la crisis eran de importancia sistémica en México y no sólo representaban hasta tres cuartos del mercado bancario nacional, sino que estaban a la cabeza de los mayores grupos financieros de país, amenazando, por ende, la estabilidad del sistema financiero en su conjunto.[3]

Pero los problemas de los bancos internacionales mexicanos no se limitaron solamente a los créditos en mora en su poder, sino también a la retracción de sus fuentes de financiamiento. El estallido de la crisis infringió en los mercados internacionales de dinero creando tensiones y disrupciones en las transacciones interbancarias que afectaron, principalmente, a las instituciones más débiles y expuestas a la crisis. En un contexto de alta volatilidad y ‘flight to quality’, las agencias y sucursales externas de los bancos mexicanos enfrentaron dificultades crecientes para mantener sus depósitos y líneas de créditos interbancarias debiendo pagar mayores ‘spreads’ y renovar por menores plazos, lo que acentuaba los desfasajes financieros acumulados en sus balances y generaba fuertes presiones de liquidez. El Cuadro 2 muestra la posición interbancaria neta de las sucursales de Londres por banda de vencimiento como porcentaje de sus activos y pasivos interbancarios totales, reflejando la estructura cortoplacista del financiamiento y su agravamiento luego de la declaración de la moratoria el 20 de agosto de 1982: la proporción de financiamiento interbancario con vencimiento de hasta tres meses se duplicó de 30 a 58,9% para mediados de noviembre. Aun así, los bancos mexicanos no conseguían conservar la totalidad de sus líneas de financiamiento, y sufrieron un lento y persistente drenaje de fondos que comprometía seriamente su posición financiera y solvencia.

Cuadro 2. Estructura de plazos en el balance de las sucursales de los bancos mexicanos en Londres, 1982

Frente a tal coyuntura, el gobierno mexicano procuró estabilizar la situación de los bancos. Así, entre el 7 y 22 de septiembre de 1982 el Banco de México asistió a las agencias y sucursales externas con un total de 311 millones de dólares, 93 por ciento de los cuales provenían de una operación swap con la Reserva Federal de Estados Unidos. Para ese entonces, las reservas internacionales en México eran inferiores a 2.000 millones de dólares, menos de la mitad de los pasivos interbancarios que vencían durante el resto del año. Las agencias y sucursales no contaban con acceso a la ventanilla de descuento de la Fed, ni el Banco de Inglaterra, ni a otras fuentes de dólares que les permitiera cubrir la caída de dicho financiamiento. La solución al problema se consiguió como parte de las negociaciones en curso con los acreedores internaciones mediante la cual los bancos internacionales acordaron mantener sus líneas interbancarias con las agencias y sucursales externas de los bancos mexicanos por un total de 5.200 millones de dólares, mientras que el gobierno, por su lado, les aseguraba la disponibilidad de divisas para el pago de intereses sobre dichos pasivos. Con una vigencia inicial hasta fines de 1986, este acuerdo fue renovado y extendido en dos ocasiones hasta mediados de 1991 cuando la deuda interbancaria fue canjeada por bonos del gobierno mexicano que podían usarse para la compra de bancos, por ese entonces en proceso de privatización luego de haber sido nacionalizados diez años antes.[4]

La delicada situación de la banca mexicana frente a la crisis de 1982 tiene implicaciones importantes respecto de la narrativa tradicionalmente aceptada en la historiografía de la época. Por un lado, la nacionalización bancaria decretada por el presidente el 1º de septiembre de 1982, aun cuando haya sido motivada por cuestiones ideológicas y políticas,[5] conllevó la estatización de la deuda externa de los bancos y ello significó, en última instancia, un salvataje a instituciones financieras que en caso contrario deberían probablemente haberse declarado en bancarrota. Por otro lado, en el marco de una crisis de proporciones históricas, el colapso de bancos de importancia sistémica hubiera, sin dudas, agravado la situación económica del país y los costos sociales de la crisis. Pero para salvaguardar la estabilidad del sistema bancario y financiero nacional el gobierno mexicano necesitaba de líneas de financiamiento en dólares y para acceder a ellas no parecía haber mucho más remedio que aceptar las condiciones requeridas por los acreedores externos. En materia de poder de negociación, la pistola estaba en las manos de la banca extranjera, los gobiernos acreedores y el FMI, quienes consiguieron así que México asumiera el grueso del peso del ajuste de la crisis sobre sus espaldas.


[1] Diaz-Alejandro (1985) y Quijano (1987), respectivamente.

[2] El menor ratio correspodía a Banca Serfín con 3,75 y el mayor a Multibanco Comermex siendo igual a 12.

[3] Sobre el rol de los bancos comerciales en los conglomerados financieros y grupos económicos mexicanos ver Chavarin Rodriguez (2010) y Hamilton (1983).

[4] Ver Alvarez (2019), p. 173-78.

[5] Ver Espinosa Rugarcía and Cárdenas Sánchez (2008)


Bibliografía

Alvarez, Sebastian. 2019. Mexican Banks and Foreign Finance: From Internationalization to Financial Crisis, 1973-1982. Cham: Palgrave Macmillan.

Bértola, Luis, and José Antonio Ocampo. 2012. The Economic Development of Latin America Since Independence. London: Oxford University Press.

Chavarin Rodriguez, Ruber. 2010. Banca, grupos economicos y gobierno corporativo en Mexico. Mexico City: Centro de Estudios Espinosa Yglesias.

Diaz-Alejandro, Carlos F. 1985. “Good-bye financial repression, hello financial crash.” Journal of Development Economics 19: 1–24.

———. 1984. “Latin American debt: I don’t think we are in Kansas anymore.” Brookings Papers on Economic Activity 15(2): 335–403.

Espinosa Rugarcía, Amparo, and Enrique Cárdenas Sánchez, eds. 2008. “La nacionalización bancaria, 25 años después.” In Mexico City: Centro de Estudios Espinosa Yglesias.

Hamilton, Nora. 1983. “México: los límites de la autonomía del Estado.” In Mexico D.F.: Ediciones Era.

Ocampo, José Antonio et al. 2014. La crisis latinoamericana de la deuda desde la perspectiva histórica. Santiago, CL.: CEPAL.

Quijano, José Manuel. 1987. México: Estado y banca privada. Mexico, D.F.: CIDE.

PIBs regionales en América Latina. Desigualdad, convergencia y clusters en perspectiva histórica y comparada

HENRY WILLEBALD (Universidad de la República, Uruguay), 31 de diciembre de 2020

RESUMEN. “PIBs regionales en América Latina” es un programa de investigación en historia económica, llevado adelante por un conjunto de investigadores ibero y latinoamericanos que, progresivamente, ha comenzado a ofrecer sus primeros resultados. Ahora, estamos en condiciones de avanzar en el conocimiento del desarrollo latinoamericano desde una perspectiva histórica, comparada y regional, discutiendo la evolución de la desigualdad, procesos de convergencia/divergencia y la conformación de clubes de regiones “pobres” y “ricas”. Se trata de una agenda abierta y que importa compartir con colegas interesados en la historia económica y el desarrollo de América Latina.


En una anterior entrada al Blog (“PIBs regionales en América Latina: un programa de investigación en marcha”) argumentaba que, en la última década, ha sido notorio el interés de muchos historiadores de la península Ibérica y de América Latina por identificar e interpretar los factores determinantes del desarrollo regional latinoamericano en perspectiva histórica y comparada. Existe, de hecho, un programa de investigación en marcha que, progresivamente, ha ido arrojando resultados que interesa compartir con la comunidad de historiadores económicos y cientistas sociales en general.

Parte de los esfuerzos de estimación y analíticos han sido plasmados en un libro de reciente publicación de la colección Palgrave Studies in Economic History, de Palgrave Macmillan, el cual he co-editado con los Prof. Marc Badia-Miró (Universidad de Barcelona) y Daniel Tirado-Fabregat (Universidad de Valencia): Time and Space. Latin American Regional Development in Historical Perspective. Se trata de una obra colectiva en la cual se han sumado colegas europeos y latinoamericanos con capítulos nacionales, comparativos y visiones globales del desarrollo regional de América Latina. Parte de estos resultados se han discutido, además, en Badía-Miró et al. (2020).

Metodologías, política pública, casos nacionales y perspectivas regionales

El libro consta de 14 capítulos y la participación de 22 autores.

El primer capítulo es de carácter introductorio (M. Badia-Miró, D. Tirado-Fabregat y H. Willebald), realiza una presentación del marco conceptual del libro, repasa los capítulos y revisa los highlights y principales hechos estilizados del desarrollo regional de América Latina.

El segundo capítulo (A. Díez-Minguela y M.T. Sanchis Llopis) es de carácter metodológico y se destaca por clarificar y sistematizar las aproximaciones empíricas propuestas en el libro. Es una contribución trascendente sobre un tópico no siempre abordado con el suficiente detalle en los trabajos de historia económica, y el cual significará atajos sumamente útiles para muchos otros investigadores.

El tercer capítulo (L. Bértola) realiza una contribución valiosa al conocimiento del diseño de la política pública en América Latina, en perspectiva histórica y haciendo foco en aquella de carácter productivo y promotora del desarrollo regional. Se trata de un capítulo que brinda un contexto de referencia muy adecuado para la comprensión de los restantes capítulos.

Luego, se presentan los nueve casos nacionales que incluye esta serie: Argentina (M.F. Aráoz, E.A. Nicolini y M. Talassino), Bolivia (J.A. Peres-Cajías), Brasil (J. R. Bucciferro y P.H.G. Ferreira de Souza), Chile (M. Badía-Miró), Colombia (A. Meisel Roca y L. Hahn), Mexico (J. Aguilar Retureta, M. Badia-Miró y A. Herranz-Loncán), Perú (B. Seminario, M. A. Zegarra y L. Palomino), Uruguay (J. Martinez-Galarraga, A. Rodríguez Miranda y H. Willebald) y Venezuela (G. De Corso y D. A. Tirado-Fabregat).

El libro se cierra con dos capítulos que proponen miradas de América Latina como un todo. Uno de ellos se titula “Spatial Inequality in Latin America (1895–2010): Convergence and Clusters in a Long-Run Approach” (M. Badia-Miró, E.A. Nicolini y H. Willebald) y, el otro, “Regional Inequality in Latin America: Does It Mirror the European Pattern?” (J. Martinez-Galarraga, E.A. Nicolini, D.A. Tirado-Fabregat y H. Willebald).

La sección que sigue presenta un punteo, muy breve, de los principales resultados y hechos estilizados que derivan de esta aproximación regional al desarrollo latinoamericano.

Clusters, convergencia y desigualdad regional

Los seis principales hechos estilizados que el análisis permite determinar son los siguientes.

Las regiones de más alto PIB per cápita (“ricas”) están en los extremos del continente, hacia el norte mexicano y el sur argentino y chileno. Es una evolución que ha mostrado fuertes persistencias, con algunas diferencias que tendieron a acentuarse y el surgimiento de algunos pocos “nuevos ricos” (en Brasil, sobre todo).

Las regiones latinoamericanas evidenciaron un proceso significativo de beta-convergencia[1] desde finales del siglo XIX hasta comienzos del XXI, aunque a una velocidad reducida (0,7% anual), mostrando un moderado aceleramiento durante el período de la industrialización por sustitución de importaciones (ISI) (o de industrialización liderada por el Estado).

Ese “acercamiento” entre regiones fue acompañado por un proceso de sigma-convergencia,[2] el cual fue alentado por la reducción de brechas entre los países durante las etapas de mayor apertura (Primera Globalización y el período de re-globalización luego de los 1970s), y dentro de éstos durante el modelo introvertido de industrialización.

Sin embargo, esa trayectoria general incluyó comportamientos dispares entre países, tanto cuando se considera la evolución temporal (hay países con tendencias decrecientes, crecientes, con forma de U y de U invertida), como cuando se toma en cuenta el nivel de la desigualdad regional (muy altos en los casos de Chile y Colombia, muy bajos en los de Uruguay y Bolivia).

Hay evidencia de correlación espacial en la distribución regional del ingreso latinoamericano. El club de “economías ricas” se constata hacia el sur, con la formación de regiones argentinas y chilenas en una caracterización que ha sido persistente en el tiempo. Por su parte, el cluster de regiones pobres se constituyó en la zona de la Amazonia (abarcando territorios de Brasil, Bolivia, Perú y Colombia), aunque tendió a desvanecerse desde los 1970s a medida que la integración de las regiones se hizo más intensa.

Finalmente, se encuentra evidencia de una relación no lineal entre desarrollo económico y desigualdad regional, comportando una curva con forma de N; esto es, se trataría de una relación creciente en las primeras etapas del desarrollo, decreciente luego (como lo anticiparía Williamson en su trabajo clásico de 1965) y volvería a tomar una pendiente positiva para niveles de PIBs per cápita altos en perspectiva histórica. Esta evidencia está en línea con la hallada previamente para el caso de Europa del sur.

¿Más preguntas que respuestas?

Los “PIBs regionales en América Latina” es un programa de investigación en marcha que, luego de casi una década de trabajo, está ofreciendo sus primeros resultados. Y muchos de estos resultados no son más que hechos estilizados que oficiarán, prontamente, como hipótesis de trabajo para lanzar nuevas investigaciones. Muchos son los aspectos que requieren profundización, no solo para conocer más y mejor el desarrollo latinoamericano de largo plazo sino, también, para poner bajo tensión a las propias estimaciones, siempre perfectibles (por su cobertura, extensión o grado de precisión de las proxies utilizadas).

Las direcciones hacia las cuales encauzar las nuevas investigaciones son múltiples, aunque no quería cerrar esta entrada sin destacar al menos cuatro de ellos.

América Latina tiene una característica que lo destaca a nivel mundial y es la de contar con niveles elevadísimos de desigualdad personal del ingreso, en un proceso persistente en el cual las mejoras nunca han dejado de ser esporádicas. Pero esta caracterización no ha incorporado lo suficiente la dimensión regional del problema. Si bien es una noción que ha atravesado al pensamiento económico latinoamericano desde temprano –el concepto de heterogeneidad estructural tiene, de hecho, un componente regional destacado–, la ausencia de información detallada y de largo plazo ha impedido realizar mayores avances. Estos esfuerzos abren, entonces, una nueva puerta de análisis al menos promisoria.

Los otros aspectos en los cuales resta profundizar en su conocimiento refieren al rol que le cupo, en la evolución de la desigualdad regional y a las velocidades en las cuales las regiones latinoamericanas convergieron o divergieron, a los recursos naturales, a la relación con el resto del mundo y al rol del Estado.

Desde su edición de 1994, The Economic History of Latin America since Independence, del Prof. Bulmer-Thomas, incluye un mapa de América Latina con un detalle de la localización y explotación de recursos naturales (adaptado de un trabajo de 1949 de Horn y Bice). Se trata, de hecho, de una representación de la noción de commodity lottery que utiliza el autor en toda su obra y que destaca el rol de la riqueza natural en el desempeño de los países. El punto es que, dada la disponibilidad de información, era muy difícil proyectar esta caracterización más allá del ámbito nacional, pero el dispar desarrollo dentro de los países tiene, en esa localización heterogénea de los recursos naturales, un factor explicativo clave y que ahora podremos explotar.

Extraído de Bulmer-Thomas (1994) (2nd edition, 2003).

La forma que tuvo América Latina de materializar la riqueza de recursos naturales fue participar activamente en los mercados mundiales de productos, razón por la cual las trayectorias de apertura/cerramiento de cada país contarán, también, la historia de los desarrollos regionales. Sin embargo, el intercambio comercial es sólo una parte del relato histórico. El movimiento de capitales, viabilizando las inversiones externas, tuvo efectos notorios en la dinámica de la integración de los mercados. Los movimientos de la demanda internacional habilitaron la producción de alimentos y materias primas agrícolas en amplios espacios de abundante tierra de América del Sur, alentaron la producción de materias primas para los cultivos (salitre) o para la creciente industria del automóvil (caucho) o de la energía eléctrica (cobre) de las primeras décadas del siglo XX. Pero también significaron duros golpes cuando hubo relocalizaciones del abastecimiento mundial de algunas ofertas o cuando el progreso tecnológico bloqueó, de hecho, producciones otrora prósperas y promisorias. El impacto regional, al interior de los países, de estas evoluciones ha conducido a desarrollos muy dispares y a confirmar, desde otra dimensión, la noción cepalina de la heterogeneidad estructural.

Finalmente, el rol del Estado resulta trascendente para interpretar adecuadamente la evolución del desarrollo regional latinoamericano. Desde el tipo de poder colonial dominante (y el predominio de instituciones inclusivas o extractivas), el grado de destrucción que significaron las guerras por la independencia, el largo proceso de consolidación del Estado desde finales del siglo XIX (el cual demoró décadas en constituirse en, realmente, nacional), su creciente participación en la esfera económica y productiva (que tiene su auge en el período de industrialización de los 1950s y 1960s) y la reorientación hacia el mercado desde los 1980s, el rol del Estado ha jugado un papel sustantivo para comprender el desarrollo regional de América Latina. Por ausencia o por presencia, en forma directa o induciendo comportamientos, con el diseño de políticas nacionales o específicamente regionales, su rol deberá ser interpretado y analizado en profundidad.

Indudablemente que queda mucho camino por recorrer y los desafíos son importantes, pero la expectativa de comprender de mejor manera el desarrollo latinoamericano alentará nuevos y renovados esfuerzos.


[1] La beta-convergencia alude al proceso por el cual las economías (regiones en nuestro caso) más retrasadas tenderían a crecer más rápido que las líderes, dando lugar a un proceso de catch-up.

[2] La sigma-convergencia alude el proceso por el cual la dispersión de los PIB per cápita regionales tenderían a reducirse, dando cuenta de una mayor cercanía entre niveles de desarrollo.

Bibliografía

Badia-Miró, M., Martinez-Galarraga, J., Nicolini, E.A., Tirado-Fabregat, D.A. y Willebald, H. (2020) “La desigualdad económica regional en América Latina (1895-2010)”. Investigaciones de Historia Económica – Economic History Research. https://doi.org/10.33231/j.ihe.2020.09.001

Bulmer-Thomas, V. (1994). The economic history of Latin America since independence. Oxford: Oxford University Press.

Tirado-Fabregat, D.A., Badia-Miró, M. y Willebald, H. (eds.) (2020) Time and Space. Latin American Regional Development in Historical Perspective. Pal­grave Studies in Economic History, Palgrave Macmillan.

Williamson, J. G. (1965) “Regional Inequality and the Process of National Development: A Description of the Patterns”. Economic Development and Cultural Change, 13(4), 1-84.

Revisitar el comercio internacional argentino durante la Primera Globalización y su crisis

Agustina Rayes (Universidad Nacional de San Martín – CONICET)

Agustina Rayes es Investigadora Adjunta del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y Profesora Adjunta en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) de Argentina. Licenciada en Relaciones Internacionales y Licenciada en Historia por la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN) y Doctora en Historia por la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT), se especializa en historia económica latinoamericana.

Resumen. Los debates que involucran el comercio exterior argentino durante la llamada Primera Globalización (c. 1850-1913) y su crisis (1914-1945) se han desplegado sobre diversos temas. Su estudio no solo permite evaluar los rasgos de la inserción económica internacional del país, sino también, a falta de series históricas sobre otros indicadores, se ha transformado en una de las principales aproximaciones del desempeño de la economía. Aquí, por un lado, repasamos brevemente algunas de las principales características de las fuentes tradicionales para reconstruir el intercambio mercantil en el período; por el otro, comentamos someramente algunas de las re-estimaciones de las exportaciones y sus contribuciones. Finalmente, planteamos aspectos por resolver en el futuro.


Presentación

En tiempos de crisis generalmente recurrimos a la Historia (sí, con mayúscula, la disciplina, la que narra con evidencia empírica –o al menos eso procura…) como buscando respuestas, lecciones del pasado, orientaciones sobre cómo fueron las cosas, cómo se manejaron, qué se pudo hacer mejor y qué hubiera sido preferible no hacer. En Argentina, como (arriesgo) en otros países de la región, la mirada sobre otros tiempos, en particular en cuestiones económicas, frecuentemente está teñida de versiones románticas o trágicas no necesariamente basadas en datos. Un ejemplo de ello son las visiones que existen acerca de los alcances y las limitaciones en la forma en la que el país se ha integrado en distintos momentos a la economía internacional, interés relanzado periódicamente por las recurrentes crisis de restricción externa y la necesidad de aumentar las exportaciones y mantener una balanza comercial lo más positiva posible. Dentro de estas preocupaciones desde el presente, la economía agro-exportadora, que se extendió principalmente entre el último cuarto del siglo XIX y la Gran Depresión, ha sido materia de variados análisis.

Los debates que involucran el comercio exterior argentino durante la llamada Primera Globalización (c. 1850-1913) y su crisis (1914-1945) se han desplegado sobre diversos temas, como la “relación especial” con Gran Bretaña, la existencia de un “triángulo” comercial, naviero y financiero en el que participaba Estados Unidos, la dicotomía “fronteras vs mercados” por la que el interés de los vínculos con los países limítrofes se centró en la resolución de los conflictos fronterizos, el lugar de Argentina en la división internacional del trabajo como exportadora de materias primas y alimentos, la alta dependencia de ciclos financieros y de la volatilidad de los precios de artículos primarios, la evolución de los términos de intercambio, el tipo de política comercial, y su impacto en los sectores económicos, entre muchos otros.

El estudio del comercio exterior no solo permite evaluar los rasgos de la inserción económica internacional de un país, especialmente en un período en que influyó ostensiblemente en su estructura productiva, sino que también, a falta de series de otros indicadores, como de Producto Bruto Interno, se ha transformado en una de las principales aproximaciones del desempeño de las economías latinoamericanas(Carreras, Hofman, Tafunell & Yáñez, 2003). Veamos, a continuación, muy someramente con qué fuentes contamos para abordar el caso argentino.

Las fuentes tradicionales para estudiar el comercio exterior argentino

En el caso argentino, las fuentes tradicionales para la reconstrucción del comercio exterior han sido los Anuarios de la Dirección General de Estadística de la Nación, cuya información en extremo detallada y organizada a partir de 1870 (cuando se reunieron los datos de todas las Aduanas), versa sobre diversos aspectos, como montos totales y parciales, volúmenes, destinos, procedencias y gravámenes de distintos bienes exportados e importados, así como sobre registros aduaneros y de navegación. Se han usado en innumerables estudios parciales que no podríamos enlistar aquí –que abordaron las relaciones económicas internacionales argentinas en general, que recrearon el vínculo con algún país o grupo de países o que reconstruyeron la trayectoria de algún producto– o en grandes series de historia económica que apuntaron a mostrar la evolución de diferentes indicadores en el largo plazo (por ejemplo, Vázquez Presedo, 1971; Mitchell, 1983; o Ferreres, 2005).

Pese al mencionado nivel de granularidad de los datos, las fuentes argentinas que reflejan el intercambio mercantil están expuestas a los típicos problemas de fiabilidad señalados por la literatura especializada (Federico & Tena, 1991). Dado que las estadísticas de comercio son un espejo (un país importa lo que otro exporta), la comparación recíproca debiera dar los mismos resultados excepto por las diferencias que surgen de que las exportaciones tienden a valorarse free on board (esto es, al punto de salida del producto de un país) mientras que las importaciones tienden a hacerlo cost, insurance, freight (adicionando los costos de comercialización, transporte y seguros). No obstante, a estas discrepancias “inevitables” se suman en la práctica otras que dificultan el emparejamiento de datos: algunas “estructurales”, como la diferente cobertura del comercio, la clasificación de los bienes, la forma de valuación y la asignación geográfica, o los “errores”en los que incurren los funcionarios aduaneros por fraude o negligencia.

En el caso argentino, tempranamente se expusieron algunos de los problemas técnicos de las estadísticas, sin embargo, es importante señalar que las correcciones y la reflexión versó más sobre el costado exportador que sobre la cara importadora, posiblemente por la complejidad de esta última canasta, así como por las dificultades de hallar precios de mercado de los ítems comprados afuera o de encontrar información para reconstruir costos de comercio, y porque las exportaciones fueron el principal motor de la economía durante el período de interés.

Las principales reconstrucciones de las exportaciones

Muy brevemente (cualquiera de estas reconstrucciones pueden verse en detalle en distintos trabajos de los/as autores/as citados/as y aquí no nos detendremos a reproducir sus resultados), entre las principales revisiones contamos las siguientes. La primera retrospectiva corregida fue realizada por Alejandro Bunge (1918), entonces Jefe de la Dirección General de Estadística de la Nación, quien preparó un método de valoración (consistente en averiguar los precios de mercado trimestrales de ciertos bienes) que impactó en importaciones y en los pocos casos de exportaciones que todavía se valuaban a valores oficiales. La revisión se hizo desde 1910 en adelante. Luego, Roberto Cortés Conde, Tulio Halperin Donghi y Haydée Gorostegui (1965) elaboraron la serie corregida más larga de exportaciones (1864-1964) utilizando precios en plaza de Buenos Aires, y pasando los montos totales y parciales a monedas convertibles y comparables en el tiempo y entre países (pesos oro hasta 1930 y dólares desde entonces). El propósito de esta serie fue mostrar el dinamismo de los sectores productivos. Sus resultados debían integrarse con otras estimaciones largoplacistas destinadas a mostrar la evolución de la estructura productiva argentina, como la reconstrucción de las importaciones, pero el proyecto quedó trunco. Más recientemente, Antonio Tena y Henry Willebald (2013) reconstruyeron la serie de exportaciones entre 1870 y 1913 aplicando precios de Londres, considerados internacionales por la relevancia de la plaza en el período, convirtiéndolas a valores f.o.b. Estos autores no solo recalcularon la canasta anual de exportaciones, como habían hecho Cortés Conde et al, sino que también incluyeron la distribución geográfica. Por mi parte, también he corregido las exportaciones entre 1875 y 1933 (Rayes, 2015, y datos inéditos), siguiendo la metodología de Cortés Conde et al, re-estimando la distribución geográfica de los principales socios, considerando los embarques “a órdenes” (en algunos años aproximadamente un tercio del valor total exportado fue reportado en esta categoría, ya que se trataba de bienes de bajo valor unitario, generalmente granos o rollizos de quebracho, que se enviaban sin destino final, el que se indicaba durante la travesía de acuerdo a condiciones de los mercados) y, a diferencia de los trabajos previos, reconstruí la trayectoria anual de los principales productos por valor (a moneda convertible) y por volumen (con uniformidad de unidades de medida y de clasificación de artículos).

Desde luego, existen otras fuentes para abordar el comercio argentino más allá de las estadísticas nacionales o extranjeras. Aquí me detendré a reseñar unas con las que he trabajado y que me aportaron considerablemente para alcanzar una mirada multilateral e integral del tema: las fuentes diplomáticas. En ellas encontré confirmaciones de los números que observaba en las estadísticas, aunque también aprendí sobre aspectos no abordados en los registros comerciales: condiciones y posibilidades de la demanda (gustos y preferencias de las carnes congeladas, fracaso de cosechas en mercados extranjeros, necesidades bélicas); condiciones y posibilidades de la oferta (suciedad de las lanas, potencial del extracto de quebracho para curtiembres); concurrencia extranjera (cereales de Europa del Este, lanas australianas); difusión de información de técnicas de producción y nuevos conocimientos (refrigeración de carnes); precios de venta (evolución mensual de tipo de artículos exportador en plazas extranjeras); conflictos por acuerdos de reciprocidad comercial (harina de trigo en Brasil, vinos españoles); barreras tarifarias y para-arancelarias (lanas en Estados Unidos, fiebre aftosa en ganado en pie a Inglaterra) (para más detalle, véase Rayes, 2020).

Repensar la trayectoria exportadora

Estas reconstrucciones y la aproximación a diversas fuentes han confirmado, matizado o desechado algunas ideas que existían en la literatura sobre las exportaciones. En general, reconocemos que Argentina creció, no exenta de fluctuaciones, como productora de materias primas y alimentos durante toda la llamada Era de las Exportaciones (c.1870-1929), pero es necesario subperiodizar para evitar generalizaciones erróneas. Véase el siguiente gráfico que refleja una propuesta basada no solo en la evolución general de las exportaciones sino, también, en el comportamiento de la canasta y de la distribución geográfica.

Elaboración propia en base a estadísticas oficiales y Cortés Conde et al. (1965).

La distribución geográfica, la composición de la canasta y la trayectoria individual de los principales productos muestran la importancia que tuvieron tanto la demanda como la oferta, así como la necesidad de redimensionar vínculos desde una perspectiva multilateral. A continuación reproducimos dos tablas en las que se resume, siguiendo la propuesta de subperiodización, la participación de los principales productos exportados y los destinos.

Tabla 1. Participación relativa (%) de los productos en las exportaciones argentinas, en valores corregidos (en mill. de oro $), 1875-1929

Cont. Tabla 1

Tabla 2. Participación relativa (%) de los destinos en las exportaciones argentinas, en   valores corregidos y con distribución de las exportaciones “a órdenes” (en mill. oro $), 1875-1929

Cont. Tabla 2

La región del Río de La Plata necesitó del comercio exterior desde la Independencia y, obviamente, se integró a los mercados internacionales desde antes, pero fue a partir de la década de 1870 que ese proceso se intensificó. Durante el último decenio decimonónico se sumaron nuevos artículos a la canasta (lino, trigo, maíz, harina de trigo, extracto y rollizos de quebracho, carnes congeladas y enfriadas), pero ello no implicó el declive absoluto de los artículos tradicionales (lanas, cueros, pieles, otros subproductos pecuarios).

La integración argentina a los mercados internacionales no estuvo exenta de conflictos. Esta tapa de Caras y Caretas (23 de noviembre de 1901) refleja el reclamo que el gobierno argentino hizo a Brasil por privilegiar la compra de harina de trigo de Estados Unidos, vulnerando la cláusula de Nación Más Favorecida presente en el Tratado argentino-brasileño.

La Primera Guerra Mundial cambió la lógica de crecimiento, hasta entonces principalmente traccionado por los volúmenes –por la relevancia de la revolución de los transportes que impactó como un shock de productividad en “canastas pesadas”(Gerchunoff & Llach, 2008)– dado el aumento de los precios internacionales. A su vez, es posible pensar la neutralidad argentina sostenida a lo largo de toda la contienda, entre otros factores sociales, culturales, políticos y económicos, por la relevancia de los principales socios comerciales en los años pre-bélicos (Reino Unido y Alemania, primero y segundo, respectivamente).

Los principales socios comerciales fueron cambiando de importancia relativa; hasta 1890 dominó Francia y, desde entonces, Reino Unido que, sin embargo, no superó el 40% del valor total exportado y tuvo un rol concentrador en crisis internacionales (durante la Gran Guerra o en Gran Depresión). Desde fines del siglo XIX creció el lugar de Alemania. Durante la contienda aumentó el share de Estados Unidos, lo que se sostuvo parcialmente en los 1920s, cuando también destacó Países Bajos. El intercambio intra-regional rondó el 15% del valor total exportado y si no fue mayor quizás se haya debido a la capacidad de compra de los partenaires, a la ausencia de redes de comercialización y a la falta de complementariedad.

Finalmente, es importante recalcar que la combinación de las diversas variables revela que Argentina no dependió de un único destino ni de un único artículo, y que hubo distintos patrones de distribución geográfica, lo que contribuye a explicar el crecimiento de las exportaciones en el largo plazo. No obstante, como sabemos hoy, ese crecimiento estaba condicionado a un contexto internacional que no se re-editó y en el más largo plazo esa forma de inserción internacional mostró serios límites para el desarrollo del país, incluso antes de la Segunda Guerra Mundial. Pero esto que señalo, en todo caso para ilustrar la relevancia que sigue teniendo un tema tan revisitado por la historiografía, es parte de un amplio e interesante debate que requiere considerar muchas otras dimensiones.

La década de 1930 agravó los desafíos, presentes desde antes, a la forma de inserción económica internacional argentina. La tapa de Caras y Caretas (1 de abril de 1933) satiriza la firma del Tratado Roca-Runciman, un pacto anglo-argentino que ilustra algunas de las características del nuevo contexto internacional.

Un camino por recorrer

Para finalizar, quiero dejar en claro que, pese a los avances señalados, faltan algunas correcciones relevantes, como, por ejemplo, lograr una serie de importaciones con revisión de precios, ya que hemos probado que los montos se han calculado sobre aforos no actualizados (Rayes, Castro & Ibarra, 2020). Ello permitiría no solo estudiar su impacto en la modernización de la economía y observar la evolución en el tipo de consumo (aportando al debate sobre la industrialización temprana) sino, también, lograr un índice de precios de las importaciones para re-estimar términos de intercambio, generalmente basados en precios y en canastas de importadores, que no necesariamente eran parecidos a los argentinos (Ford, 1955). Ante la dificultad de hallar precios seriados en el mercado argentino para muchos de los artículos importados, una posible solución es aplicar los que se formaron principalmente en el mercado londinense (siguiendo la base de datos de Federico & Tena-Junguito, 2016), pero para poder hacerlo es preciso calcular los costos de comercio, lo que implica mucho más que considerar los costos de transporte (Jacks, Meissner & Novy, 2010). Además, conocer la verdadera evolución de los precios de mercado permitiría, junto con una ponderación de la evolución del tipo de cambio, estimar la protección efectiva, ya que las discusiones sobre el carácter de la política comercial argentina se han dado sobre la protección nominal. Otra vez, el uso de otras fuentes, más allá de las estadísticas comerciales, puede contribuir para alcanzar miradas enriquecedoras capaces de trazar puntos de contacto con las historias de otros países y de enlazar este período con otros a fin de lograr una visión de largo aliento que eche luz sobre el presente.

Bibliografía

Bunge, A. (1918). Intercambio de la República Argentina en los años 1910 a 1917 (contribución a una política económica internacional argentina). Buenos Aires.

Carreras, A., Hofman, A., Tafunell, X., & Yáñez, C. (2003). El desarrollo económico de América Latina en épocas de globalización. Una agenda de investigación. CEPAL-División de Estadística y Proyecciones Económicas (24), 1-28.

Cortés Conde, R., Halperin Donghi, T., & Gorostegui de Torres, H. (1965). Evolución del comercio exterior argentino. Exportaciones. Buenos Aires: Instituto Torcuato Di Tella.

Federico, G., & Tena, A. (1991). On the Accuracy of Foreign Trade Statistics (1909-1935). Explorations in Economic History (28), 259-273.

Federico, G., & Tena-Junguito, A. (2016). World Trade, 1800-1938: a New Data-set. EHES Working Paper in Economic History (93), 1-300.

Ferreres, O. (2005). Dos siglos de economía argentina (1810-2010). Historia argentina en cifras.Buenos Aires: El Ateneo.

Ford, A. (1955). Export Price Indices for the Argentine Republic, 1881-1914. Inter-American Economic Affairs, 9 (2), 42-54.

Gerchunoff, P., & Llach, L. (2008). “Antes y después del “corto siglo XX”. Dos globalizaciones latinoamericanas (1850-1914 y 1980s-2000s)”. XXI Jornadas de la Asociación Argentina de Historia Económica (págs. 1-52). Caseros: Asociación Argentina de Historia Económica.

Jacks, D., Meissner, C., & Novy, D. (2010). Trade costs in the first wave of globalization. Explorations in Economic History (47), 127-141.

Mitchell, B. R. (1983). International Historical Statistics. The Americas and Australasia. Londres: Macmillan.

Rayes, A. (2020). El impacto de las fuentes diplomáticas sobre la historia económica. Un ejemplo. Revista Electrónica de Fuentes y Archivos (11).

Rayes, A. (2015). La estadística de las exportaciones argentinas, 1875-1913. Nuevas evidencias e interpretaciones. Investigaciones de Historia Económica, 11 (1), 31-42.

Rayes, A., Castro, R., & Ibarra, F. (2020). Números oscuros. La valoración de las importaciones argentinas, c. 1870-1913. Revista Uruguaya de Historia Económica (17), 25-48.

Tena-Junguito, A., & Willebald, H. (2013). On the accuracy of export growth in Argentina (1870-1913). Economic History of Developing Regions, 28 (1), 28-68.

Vázquez Presedo, V. (1971). Estadísticas históricas argentinas (comparadas). Primera parte, 1875-1914. Buenos Aires: Ediciones Macchi.

Aportes sobre la industria manufacturera en Brasil, Chile y Uruguay durante el período de industrialización 1930-1980. Disparidad, mejora, ocaso y retroceso

Cecilia Lara (Universidad de la República, Uruguay)

Cecilia Lara es profesora adjunta de la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración (FCEA) y profesora asistente de la Facultad de Ciencias Sociales (FCS), ambos en la Universidad de la República, Uruguay. Es economista y Doctora en Historia Económica por la misma Universidad. Trabaja en el Programa de Historia Económica (FCS) y en el Instituto de Economía (FCEA). Sus temas de interés son estructuras productivas y políticas de desarrollo productivo; población y desarrollo; y género y bienestar.

RESUMEN. El objetivo de este post es aportar elementos de la experiencia histórica para la discusión actual del rol del Estado en América Latina y, en particular, de las políticas de desarrollo productivo. Conocer más sobre el desempeño del período de la industrialización entre 1930-1980 en la región es de vital importancia, ya que fue el momento durante el cual la industria actuó como el motor del crecimiento económico, de la mano de un despliegue de políticas de Estado, hechos que no se volvieron a repetir en en la región, constituyendo una etapa singular de la historia económica latinoamericana.

El rol del Estado en la economía. Hoy y ayer

En el contexto actual de un mundo afectado por la pandemia es imprescindible hablar del rol del Estado en los diferentes ámbitos que hacen a los países y la vida de las personas que los habitan: la salud, la educación, la producción económica, el relacionamiento mundial.

La dicotomía libertad de mercado versus intervencionismo no parece adquirir un mayor sentido, ya que las necesidades actuales caminan hacia una mayor intervención estatal, algo que se reconoce, incluso, en países liberales como Estados Unidos.

Dentro de las políticas económicas, existe una batería muy diversa de medidas que pueden adoptar los gobiernos. Una de ellas tiene que ver con las políticas industriales,[1] dirigidas a fortalecer determinados sectores de la economía de forma de desarrollar capacidades de producción domésticas. Esto se puede traducir en subsidios directos e indirectos, acceso preferencial al crédito, aranceles, fomento a la innovación y tecnología, entre otros.

Para América Latina, la CEPAL, históricamente, propone que los países lleven adelante políticas industriales para superar los conocidos problemas de la heterogeneidad estructural y la especialización productiva (Rodríguez 2001).[2] Los impactos de la pandemia no han hecho más que demostrarnos la importancia de los sectores industriales, con su rol estratégico para dinamizar las economías y reactivar la innovación de cara a un nuevo patrón de desarrollo productivo (CEPAL 2020).

Si bien la industria es un sector clave por sus capacidades comprobadas de generar derrames, externalidad y encadenamientos (Hirschman 1958, Kaldor 1960, Szirmai 2012), las resistencias a apostar por este sector provienen de varias décadas. Desde que se implementan en la región los modelos de corte neoliberal a partir de los años 80, la palabra «política industrial» es maldecida por la academia y los hacedores de política. Recién en el siglo XXI éstas retoman a la agenda pública, no obstante, en varios países la reprimarización de la economía no se ha revertido y ha habido un espacio acotado para este tipo de políticas de desarrollo productivo.

Uno de los motivos por los cuales las políticas industriales han sido devaluadas en América Latina tiene que ver con su pasado en el período de crecimiento hacia adentro, entre los años 1930 y 1980. Se ha tejido un manto de leyenda oscura sobre lo que le sucede a la economía cuando el Estado interviene y, en particular, para promover las manufacturas. Dentro de las críticas, una de ellas radica en el desempeño económico de la industria, y, más precisamente, en su productividad.

Aquí es donde propongo reflexionar, tomando de la experiencia histórica para América Latina, resultados, lecciones e insumos para pensar el presente. Primero que nada recordemos que los años comprendidos entre 1930 y 1970 fueron en los cuales el sector manufacturero en la región adquirió mayor peso en la economía (alrededor del 25% del promedio; Bértola y Ocampo 2012), y la tasa de crecimiento del PIB industrial (más de 5 por ciento anual) era superior al del total de la economía (Bénétrix et al. 2012). Este sector es claramente identificado por su impacto en la generación de empleo, incorporación de tecnología e innovación, así como vínculos con otros sectores de la economía. Este período fue, además, inusual porque el Estado jugó un rol protagónico en este proceso de industrialización a través de la intervención de políticas. Estos hechos no se repitieron de nuevo en la región, constituyendo una etapa singular de la historia económica latinoamericana.

Comparado a otros países de industrialización tardía en el siglo XX (Gerschenkron 1962) como lo ocurrido en países de Asia Oriental (Japón, Corea, Taiwán), América Latina experimentó una temprana desindustrialización (Palma 2005), con negativas consecuencias para el crecimiento económico y el desarrollo. Amsden (2001) y Szirmai (2009) presentan evidencia sobre que los países en desarrollo que apostaron por la industrialización tardía, pero mantuvieron el modelo industrializador por un prolongado período de tiempo, lograron exitosamente converger hacia países ricos en términos de PIB per cápita. Estas experiencias de industrialización fueron impulsadas por sostenidas políticas industriales (Chang 2009), por lo tanto, muestran que éstas han sido una poderosa herramienta para llevar adelante transformaciones productivas. Aunque el proceso de industrialización se plantea como un motor de crecimiento desde contribuciones teóricas y empíricas, esta etapa para América Latina ha sido cargada de valoraciones negativas. Parte de la contribución de mi Tesis de Doctorado es ofrecer nueva evidencia para revisitar el desempeño de la industria manufacturera en tres países de la región (Brasil, Chile y Uruguay), con una perspectiva comparada (Estados Unidos y Suecia) en el período de la industrialización (1930-1980).[3]

Los cambios al interior de la manufactura

Con respecto a los tres países latinoamericanos, un primer punto a destacar es que se identificaron cambios en la composición del valor agregado y del empleo, dentro del sector industrial. Sin embargo, el grado de transformación tecnológica (medido por el mayor peso de las industrias intensivas en ingeniería) fue más débil y limitado en el tiempo para el caso del Uruguay, seguido por la experiencia chilena con avances moderados, y, finalmente, el caso brasileño, el cual mostró cambios profundos y sostenidos en el período (ver Gráfico 1).

En Uruguay los mayores cambios en la industria se produjeron hasta mediados de la década de 1950. Sin embargo, el peso de las industrias intensivas en recursos naturales siempre fue alto, algunas de ellas asociadas a la producción de bienes de consumo tradicionales no duraderos (alimentos y bebidas) y otras (papel, productos químicos y petróleo). Los alimentos y las bebidas tenían altos niveles de protección y registraban niveles de productividad superiores a la media del sector manufacturero. Por otra parte, los textiles también eran una industria protegida y, a diferencia del resto de las industrias con uso intensivo de mano de obra, esta industria registró altos niveles de productividad hasta 1968. A diferencia de otros países de la región, no existía un marco institucional sólido con políticas industriales que apoyaran deliberadamente la producción de bienes intensivos en ingeniería (Bértola y Bittencourt 2015). Este último grupo de industrias creció muy ligeramente en términos de valor agregado y empleo, y su nivel de productividad laboral se mantuvo bajo.

La historia fue diferente en Chile. Aunque al principio hubo una alta protección para las industrias de bienes de consumo no duradero (alimentos, bebidas, tabaco, textiles), la aparición de CORFO[4] en 1939 dio un impulso al proceso de industrialización en la industria y la tecnología intensivas en capital. CORFO tenía como objetivo crear una estrategia para promover el crecimiento económico y el desarrollo en Chile, y fue financiado por un impuesto sobre la industria del cobre. Esta organización alentaba la inversión privada y pública, estimulaba la investigación tecnológica y apoyaba a las nuevas industrias en campos estratégicos, a saber, la electricidad, el petróleo y el acero (Lagos 1966). Esto dio lugar a un mayor peso de las industrias intensivas en ingeniería en 1957, en detrimento, sobre todo, de las industrias intensivas en mano de obra. Por otra parte, las industrias intensivas en recursos naturales mantuvieron su importancia y registraron niveles de productividad laboral superiores a la media de la industria. En el decenio de 1960 el proyecto de industrialización dio mayor prominencia al sector privado y se siguieron produciendo cambios en la composición del valor agregado dentro de la industria. Las industrias intensivas en mano de obra siguieron disminuyendo su participación y su nivel de productividad, mientras que las industrias intensivas en ingeniería aumentaron su peso en el conjunto de la industria y también su nivel de productividad, aunque permanecieron por debajo del peso del grupo de industrias intensivas en recursos naturales.

En el caso de Brasil se identifican dos períodos: entre 1930-1960 y 1960-1980 (Abreu et al. 2000). El primer período se caracterizó por la industrialización de la sustitución de importaciones propiamente dicha, con la mayoría de la producción de bienes intensivos en recursos naturales y mano de obra. Estas industrias tenían un nivel de protección significativo, y las primeras tenían niveles de productividad superiores a la media de la industria en su conjunto. El decenio de 1950 marcó un punto de inflexión: la industria de bienes de consumo duraderos (automóviles, electrodomésticos), la generación de energía, el hierro y el acero adquirieron mayor importancia en detrimento de otras industrias ligeras. El BNDES[5] fue una figura clave en el financiamiento de las industrias con mayores requerimientos de infraestructura, así como de otras políticas industriales que involucraban activamente al Estado en la producción. El censo industrial de 1959 dio cuenta de estos cambios, puesto que mientras el valor agregado bruto de las industrias intensivas en recursos naturales representó el 41% del total de la industria manufacturera, las industrias intensivas en ingeniería representaron el 39% y además reportaron los niveles más altos de productividad. Entre 1960 y 1980, el cambio estructural se profundizó en Brasil, con una mayor diversificación y un aumento de la productividad de las industrias más sofisticadas (ingeniería mecánica, equipo de transporte, entre otras). Las industrias con uso intensivo de ingeniería pasaron a ser más importantes en términos de valor agregado y empleo que el resto de las industrias. Por el contrario, las industrias intensivas en mano de obra perdieron participación y, al mismo tiempo, se clasificaron como las industrias menos productivas. Esto se produjo en un contexto de mayor protagonismo del sector privado en la producción, mayor presencia de empresas transnacionales y aumento de las exportaciones industriales.

Gráfico 1. Distribución del valor agregado industrial en 3 grupos de industrias. Brasil, Chile, Uruguay y Estados Unidos. 1940 y 1980.

Fuente: elaboración propia en base a datos de estadísticas oficiales

¿Qué historia cuenta la productividad?

En la Tesis se emplea el concepto de productividad más simple, esto es, el cociente del valor agregado y la cantidad de trabajadores empleados. El cálculo de productividad en el período de tiempo seleccionado, nos muestra sus niveles, y no sólo su evolución como ocurre cuando se emplean índices. Una vez calculados los niveles de productividad por industrias para Brasil, Chile y Uruguay, se comparan con los alcanzados en las industrias de Estados Unidos[6] y, de esta forma, se obtienen ratios de productividad.

Los ratios de productividad de los tres países cuentan diferentes historias (ver Gráfico 2[7]), pero con un punto muy importante en común: durante la etapa de la industrialización dirigida por el Estado las brechas de productividad relativa alcanzaron los mejores desempeños que se observan para cada uno de los tres países individualmente.  Agotado el modelo basado en la industria, estas brechas crecen. Esto ocurre en Chile desde 1973, Uruguay desde 1958, y Brasil a partir de los años 80.

Para complementar la visualización de las gráficas, se aplican los test de convergencia Augmented Dickey Fuller (ADF) y Zivot & Andrews (ZA), y con ellos se determina si los resultados son estadísticamente significativos o no. Ambos test de raíces unitarias se aplican sobre el ratio gci,t = ln(Pci,t/ Pusi,t) en donde Pci,t es la productividad de la industria en Brasil, Chile o Uruguay, y Pusi,t es la productividad de la industria en Estados Unidos. El test ADF se calcula con constante y tendencia; si la hipótesis nula (H0) se rechaza, entonces la serie es estacionaria alrededor de la tendencia y no habría raíz unitaria, por tanto, una vez que esto sucede se testea la convergencia o divergencia de la serie. Además del test ADF, se calcula el test ZA, en donde si la H0 se rechaza entonces la serie es estacionaria alrededor de la tendencia con un cambio estructural y no habría raíz unitaria, por tanto, pasa a testearse la convergencia o divergencia separadamente en dos períodos (antes y después del cambio estructural endógeno).

A nivel de la industria en su conjunto, los resultados no son concluyentes de una convergencia o divergencia estadísticamente significativa en la comparación Chile versus Estados Unidos para los años 1939-1980, y Uruguay versus Estados Unidos para los años 1939-1968. Sin embargo, la trayectoria del Brasil con respecto a los Estados Unidos sí mostró un proceso de convergencia estadísticamente significativo durante todo el período 1945-1980. Brasil aplicó políticas industriales sostenidas que contribuyeron a transformar la estructura productiva, lo que también se reflejó en la reducción de las diferencias de productividad con respecto a los Estados Unidos. El cambio estructural y la convergencia industrial fueron de la mano en este país, y es un hallazgo en línea con trabajos previos (Bértola 2000, Durán et al. 2017).

Gráfico 2. Brechas de productividad laboral. Brasil, Chile y Uruguay comparado con EEUU


Fuente: elaboración propia en base a datos de estadísticas oficiales

Utilizando las series por industrias, fue posible explorar la convergencia a ese nivel más desagregado. Más allá del hecho de que la productividad laboral de las industrias estadounidenses creció de manera constante durante todo el período, algunas industrias latinoamericanas lograron destacarse, ya sea para todo el período o para subperíodos específicos. Si me centro sólo en la convergencia estadísticamente significativa (ver Cuadro 1), la industria papelera chilena converge con los Estados Unidos hasta el decenio de 1950, mientras que la industria tabacalera del mismo país redujo la brecha con los Estados Unidos a partir del decenio de 1950. Ambas industrias registraron trayectorias de alta productividad en Chile, pero a costa de expulsar a los trabajadores. Hay que tener en cuenta que la industria papelera tuvo una alta participación en el valor agregado y el empleo, mientras que la industria tabacalera fue menos significativa.

En el caso de Uruguay, los alimentos y las bebidas alcanzaron una trayectoria de convergencia, y el tabaco y el caucho y el plástico lo hicieron hasta 1959. Estas industrias estaban protegidas bajo el modelo de industrialización liderado por el Estado, y también contribuyeron al crecimiento de la productividad laboral total mediante la reducción del empleo.

Por último, las industrias brasileñas tuvieron un desempeño muy favorable con respecto a las de los Estados Unidos, logrando consolidar un proceso de convergencia en la mayoría de las industrias, con la excepción de la industria química (divergente desde 1962) y la de minerales no metálicos (ni convergente ni divergente). El mayor éxito relativo se observó en la industria textil, porque a pesar de ser una industria muy dinámica en los Estados Unidos, Brasil mostró un rendimiento muy alto y su ritmo de convergencia fue el más fuerte dentro de las industrias manufactureras.

Cuadro 1. ADF tests, Zivot & Andrews test, y estimaciones de tendencia determinística. Chile, Brasil y Uruguay comparado con EEUU

En resumen, la industria manufacturera de Brasil logró cambios sustanciales, que se reflejaron en una reducción de la heterogeneidad y en avances notorios en cuanto a cambio estructural. La convergencia de la industria manufacturera se aceleró en Brasil en el decenio de 1960, cuando se profundizó el modelo de desarrollo basado en la industrialización y se adoptaron características diferentes de las registradas en su primera etapa. La transformación estructural fue más débil en Uruguay y moderada en Chile, y la capacidad de reducir las brechas tecnológicas con los líderes se limitó a algunos sectores industriales relacionados con los recursos naturales y con niveles medios y altos de protección industrial. Esto último también debe vincularse al diferente ritmo de industrialización de estos dos países, especialmente en Uruguay, donde el impulso industrializador se agotó muy tempranamente. Una hipótesis subyacente, y en gran medida el argumento para la desindustrialización temprana, es que si la industria no se hubiera desmantelado tan rápidamente, se podrían haber logrado otras trayectorias más exitosas del desempeño relativo del sector.

A nivel de la industria manufacturera en su conjunto, mis resultados muestran que el país que más avanzó en las políticas industriales, Brasil, fue el que logró alcanzar al liderazgo durante el período de industrialización. Su abanico es muy amplio, desde las políticas proteccionistas hasta otro conjunto de políticas para la formación de los trabajadores, el fomento de la innovación y la inversión, y las políticas de financiación. En el caso de Uruguay, en su etapa de industrialización propiamente dicha, el nivel relativo de productividad respecto de los Estados Unidos se mantuvo estable y en valores moderadamente altos, pero desde mediados de los años cincuenta, cuando el modelo se estancó en este país, esta posición relativa se perdió considerablemente y se situó en niveles muy pobres (alrededor del 20% en 1968 y del 15% en 1988 según estimaciones propias). Y, finalmente, la posición relativa de Chile fue modesta y estable hasta la década de 1970, antes de caer a niveles similares a los de Uruguay. La pérdida de la posición relativa de la productividad laboral de la industria en Uruguay y Chile, que fue acompañada por un cambio en las políticas económicas y el modelo de desarrollo, no pareció generar resultados positivos en el conjunto de la economía. Los resultados de la convergencia económica (medidas en términos de PIB per cápita) la respaldan: Uruguay y Chile aumentaron la brecha de ingresos con respecto a los Estados Unidos en 1955 y 1972, respectivamente. En Brasil, la divergencia económica también se produjo después de los años ochenta y de manera más significativa a partir de los años noventa.


Además de EMBRAER, en los años 60 aparece otra gran creación que destacará por siempre a Brasil a nivel mundial: surge la bossa nova, y de ella “A garota de Ipanema” (de Moraes y Jobim, 1962), una de las canciones con más versiones en la historia de la música
https://youtu.be/5D_Lom2pjZQ

Políticas industriales del futuro y aprendizajes del pasado

A modo de conclusión, mi Tesis pretende contribuir con más evidencia para evaluar la experiencia de la industrialización.  Sabemos que fue un período en el que había muchos cambios por hacer, muchos de los cuales no fueron posibles, y el desmantelamiento del modelo se produjo de forma prematura. Los tres países analizados aportaron pruebas, en mayor o menor medida, de industrias que pudieron desarrollarse con éxito, lo que se reflejó en los resultados obtenidos. Los matices forman parte del proceso de evaluación, pero si adoptamos una valoración más completa y menos negativa de esta experiencia histórica, podemos tener hoy en día una apertura más favorable al retorno de las políticas industriales en América Latina en el siglo XXI. En el contexto actual, donde países desarrollados y otros no tanto, están decididamente apostando con políticas industriales hacia transformaciones necesarias como la industria digital y las energías verdes, se vuelve imperioso que nuestra región deje de estar al margen de ellas y se atreva, responsablemente, a adoptarlas también.



[1] Hoy en día, el concepto de políticas industriales se utiliza en un sentido amplio para referirse a políticas de desarrollo productivo, abarcando un amplio set de actividades productivas que incorporan al sector industrial con un rol clave, así como, también, laboratorios científico-tecnológicos, la producción de diferentes fuentes de energía, la transformación genética, la nanotecnología, y diferentes áreas de la tecnología de la información (Bértola y Bittencourt 2015).

[2] Desde los años 50, Prebisch plantea los conceptos de heterogeneidad estructural y especialización productiva, y se mantienen a lo largo del pensamiento cepalino del siglo XX y XXI. La heterogeneidad estructural hace referencia a los diferenciales de productividad que existen de forma más marcada entre los distintos sectores de las economías periféricas. La especialización productiva en la periferia hace referencia a la mayor concentración del valor agregado de la economía en la producción basada en recursos naturales.

[3] Para ampliar la lectura se sugiere leer: “Manufacturing performance in international perspective: New evidence for the Southern Cone” (Lara 2019).

[4] CORFO: Corporación de Fomento de la Producción de Chile, creada en 1939 por el gobierno chileno.

[5] BNDES es el Banco Nacional de Desenvolvimento Econômico e Social. Es una empresa pública creada en 1962 por el gobierno de Brasil.

[6] Por más detalles metodológicos, ver mi Tesis de Doctorado (Lara 2019).

[7] El gráfico se presenta de tal modo de que es posible leer el gap directamente. Esto es, por ejemplo, Brasil alcanza niveles de productividad que representan la mitad de sus pares estadounidenses hacia finales de los años 70 y primeros 80.

Referencias

Amsden, Alice. 2001. The Rise of “The Rest”: Challenges to the West from Late Industrializing Economies. Oxford, Oxford University Press.

Abreu, Marcelo, Afonso Bevilaqua, and Demosthenes Pinho. 2000. “Import institution and growth in Brazil, 1890s-1970s”. In An Economic History of Twentieth-Century Latin America. Volume 3. Industrialization and the State in Latin America: The Post-War Years. R. Thorp, J. A. Ocampo and E. Cárdenas. Basingstoke, Palgrave: 154-175.

Bénétrix, Agustín, Kevin O`Rourke y Jeffrey Williamson. 2012. “The spread of manufacturing to the poor periphery 1870-2007: eight stylized facts”. Working Paper 18221. National Bureau of Economic Research. Cambridge.

Bértola, Luis. 2000. Ensayos de Historia Económica. Uruguay y la región en la economía mundial. 1870-1990, Ediciones Trilce, Montevideo.

Bértola, Luis y Gustavo Bittencourt. (ed.). 2015. “Un balance histórico de la industria uruguaya: entre el “destino manifiesto” y el voluntarismo”. MIEM, Universidad de la República, Uruguay.

Bértola, Luis y José Antonio Ocampo. 2012. The economic development of Latin        America since independence. Oxford, Oxford University Press.

CEPAL. 2020. “Dimensionar los efectos del COVID-19 para pensar en la reactivación”. Informe especial COVID-19, N°2. h ttps://www.cepal.org/es/publicaciones/45602-informe-impacto-economico-america-latina-caribe-la-enfermedad-coronavirus-covid?utm_source=CiviCRM&utm_medium=email&utm_campaign=20200609_novedades_editoriales_mayo

Chang, Ha-Joon. 2009. “Industrial Policy: Can We Go Beyond an Unproductive Confrontation?” A Plenary Paper for ABCDE (Annual World Bank Conference on Development Economics) Seoul, South Korea.

Durán, Xavier, Aldo Musacchio y Gerardo della Paollera. 2017. “Industrial growth in South America. Argentina, Brazil, Chile and Colombia 1890-2010.” In O´Rourke and Williamson The spread of modern industry to the periphery since 1871.

Gerschenkron, Alexander. 1962. Economic backwardness in historical perspective: a book of essays. Harvard University Press.

Hirschman, Albert. 1958. The Strategy of economic development. New Haven, Yale UP.

Kaldor, Nicholas. 1967. Strategic Factors in Economic Development. Ithaca, New York.

Lagos, Ricardo. 1966.  La industria en Chile. Antecedentes estructurales, Universidad de Chile, Instituto de Economía.

Lara, Cecilia. 2019. Manufacturing performance in international perspective: New evidence for the Southern Cone. Tesis de doctorado de Historia Económica, Universidad de la República.

Palma, Gabriel. 2005. “Four Sources of De-Industrialization and a New Concept of the Dutch Disease”. In: Jos Antonio Ocampo (Ed.): Beyond Reforms. Structural Dynamics and Macroeconomic Vulnerability. Washington, DC: World Bank and Stanford University Press, 71–116.

Rodríguez, Octavio. 2001. “Fundamentos del estructuralismo latinoamericano.” Banco  Nacional de Comercio Exterior-Vol. 1.

Szirmai, Adam. 2009. “Industrialisation as an engine of growth in developing countries”.    UNU-MERIT.

Szirmai, Adam. 2012. “Industrialisation as an engine of growth in developing countries, 1950–2005”. Structural Change and Economic Dynamics, Vol 23 (4), p. 406-420.

Género y desigualdades durante las crisis ¿qué aporta una mirada de largo plazo?

Silvana Maubrigades (Universidad de la República, Uruguay)

RESUMEN. En esta entrega se realiza una breve reflexión sobre los impactos que las crisis tienen sobre las mujeres, haciendo especial énfasis en los cambios que se procesan en el mercado de trabajo. Para ello, se realiza un análisis comparado del desempeño de las mujeres en el mercado de trabajo del Uruguay durante las crisis de la década de 1930, la de 1980 y la de inicio del siglo XXI. Se busca encontrar algunas permanencias de lo ocurrido en éstos momentos históricos que sirvan para dar luz sobre la situación actual que atraviesa el país.

Crisis y desarrollos

Estamos transitando una crisis profunda, inesperada, que afecta a la inmensa mayoría de países y que ha puesto en peligro las condiciones de vida de una parte importante de la población mundial. Como toda crisis afecta a los sectores sociales más vulnerables y en particular a los sectores vulnerables de los países pobres o de economías no desarrolladas. El desempleo masivo, la caída de ingresos de los hogares y las reducciones de gasto público en protección social amenazan con un incremento de las situaciones de pobreza.

Una mirada más atenta y que trascienda este fenómeno exógeno como es la pandemia, permitiría observar un conjunto de desajustes que venían desarrollándose y que ya habían generado resultados negativos en términos de bienestar para la población. A nivel global, la crisis ambiental, la crisis alimentaria, la crisis de los cuidados y quizás a modo de resumen, la crisis de un modelo de desarrollo que excede ampliamente esta coyuntura. Sin embargo, estas miradas sobre el desarrollo, o su ausencia, dejan, muchas veces, una parte relevante de la realidad oculta. Al concentrar la atención en las fallas en el ámbito de lo productivo, suele relegarse a un abordaje posterior las condiciones en las que se da la reproducción social que se lleva adelante en los hogares y sin la cual sería difícil que el resto de la producción pudiera desarrollarse, en el corto, mediano y largo plazo.

Las recurrentes crisis económicas que viven los países subdesarrollados, pero que no son una condición exclusiva de éstos -como lo ha demostrado claramente la crisis del 2008-, han puesto en debate o han replanteado el trabajo de las mujeres y, sobre todo, han puesto en cuestión cómo ha sido su inserción social y qué cambios culturales e institucionales han procesado los países y cuáles todavía no.

Lo que también es cierto es que, a partir de la segunda mitad del siglo XX, y más claramente al ingresar al nuevo siglo, vemos un conjunto de transformaciones sociales y demográficas que cambiaron la vida de las mujeres. Por un lado, es insoslayable dar cuenta de las mejoras educativas que han tenido las mujeres en todas las regiones, con matices, pero siendo un cambio radical si lo comparamos con lo que sucedía en la primera mitad del siglo XX. Con ello, también la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo ha sido quizás el fenómeno más remarcable de las últimas décadas. Para los países desarrollados ya desde los años 60 y, para regiones subdesarrolladas como América Latina, a partir de la década de los 70, la participación de las mujeres en el mercado de trabajo ha sido incremental e irreversible (Maubrigades, 2018).

Pero con esto se procesaron otros cambios, menos visibles pero relevantes. En particular, junto a indicadores claros de las mejoras en la calidad de vida de la población, como el aumento de la esperanza de vida, también se generaron otros cambios como el aumento de las personas dependientes, en donde a los niños también se agregan los adultos mayores. Y con estos cambios, no siempre se ha generado una respuesta por parte del Estado, debiendo alcanzarse arreglos en el ámbito privado. Esto tiene importantes consecuencias como el aumento de las jornadas laborales, dentro y fuera del hogar, incremento de tareas remuneradas de cuidados también a cargo de las mujeres o cuidados realizados en condiciones de gran precariedad por parte de las familias pobres, también a cargo de mujeres o hijas (Arriagada, 2004, 2002; Benería, 2006; Carrasco, 2005, 2003).

¿Por qué iniciar con esto mi planteo sobre el análisis de las crisis? Pues precisamente porque muchas veces, cuando estudiamos el desarrollo y sus límites, cuando procuramos entender qué es lo socialmente justo en materia de desarrollo hacemos referencia a este tipo de aspectos. Las crisis exógenas como esta, en su gran mayoría son imprevisibles (no podemos prever una pandemia, como es difícil prever un tsunami, terremoto o incendio) pero tan cierto como esto, lo es que son muy distintas las formas en las que se enfrentan las salidas a estas crisis dependiendo de las condiciones previas desde el punto de vista material, institucional, social y cultural de los países. Y esta crisis tiene un poco de esto, cuando la miramos a través de las desigualdades económicas para enfrentar sus consecuencias y más aún si la observamos desde las desigualdades de género preexistentes.

La llegada de esta crisis a la región se da en un contexto en el que las mujeres tienen una participación en el mercado laboral que supera el 50%. Obviamente que podríamos considerar que todavía falta mucho para alcanzar los niveles normalmente presentes en la actividad masculina, en torno al 70 u 80%; pero debemos pensar en un escenario donde la participación de las mujeres a mediados del siglo XX para la región, escasamente superaba el 20%[1] (Maubrigades, 2018).

Pero esta crisis no sólo ha encontrado una alta participación de las mujeres en el mercado de trabajo, sino que también está poniendo en evidencia la relevancia del trabajo doméstico y de cuidados para la sociedad en su conjunto. Diversos estudios académicos se han encargado de hacer notar cómo, estas semanas de encierro en el marco de la pandemia y la necesidad de dar continuidad a las actividades productivas –dentro de lo posible– en el marco del teletrabajo, dejan al desnudo las dificultades de combinar el trabajo con las actividades domésticas varias. Quizás, sólo quizás, esa pueda ser una externalidad positiva de esta coyuntura, al hacer visible e insoslayable esa dificultad. Un poco menos visible, no para los estudios académicos pero sí para el aluvión de información que recibimos por la prensa (en todas sus variantes), es la dificultad que enfrentan los hogares de menores recursos para sobrellevar las actividades laborales, en un contexto en el que se redujeron las políticas sociales de atención, donde los espacios de cuidados cerraron, donde las escuelas y demás centros educativos se clausuraron, recayendo el peso de los cuidados nuevamente en la esfera del hogar. Los que se han podido quedar en sus hogares sienten el peso de las actividades laborales y familiares desarrolladas en un mismo espacio físico. Los que no se pueden quedar, han sufrido doblemente este impacto y, en este caso, especialmente las mujeres.

El día después de mañana

A partir de esto, la primera pregunta que surge ante la crisis es bastante básica, casi obvia: el día después, pasado el primer impacto ¿se revertirán los avances obtenidos por las mujeres en las últimas décadas? Y este cuestionamiento habilita el mirar hacia atrás y tratar de buscar en lo que han sido las experiencias de crisis anteriores y, en particular, tratar de hacer una breve caracterización de lo que han sido las anteriores crisis especialmente para el Uruguay.

La historia indica que las crisis pueden ser buenas promotoras de la participación de las mujeres, principalmente ante el deterioro de los ingresos en los hogares, tanto por caída del salario real como por el incremento de la desocupación, la hipótesis de trabajador añadido o trabajador secundario (Camou & Maubrigades, 2019; Gálvez, 2013). A esto se agrega que depende, y mucho, en qué sectores impacta en mayor medida la crisis económica ya que puede suceder que el empleo de los varones se vea más afectado si los sectores productivos en los que están más representados son los que sufren el primer impacto. Esto puede, incluso, dar la falsa idea de que se reducen las brechas de género en el mercado laboral, más por un descenso de los varones que por un incremento de las mujeres, tanto en empleo como en salario. Por otro lado, también sucede que esa pérdida de ingreso en los hogares repercute en el incremento del trabajo no remunerado de las mujeres, ante la necesidad de cubrir tareas de cuidado que antes estaban en manos del mercado o del propio Estado.

En cuanto a la presencia de las mujeres en el mercado de trabajo durante las crisis también aparecen algunas constantes en la historia; una de ellas es que el empeoramiento de las condiciones de trabajo, también tiene un impacto significativo en la calidad del empleo al que acceden las mujeres. En ese sentido, el aumento de la informalidad y la precarización de los puestos de trabajo –tanto en materia salarial como en cuanto a derechos laborales– tienen un impacto en el ingreso de las mujeres al mercado de trabajo, no sólo en su aumento como trabajadoras asalariadas, sino también como trabajadoras por cuenta propia. A esto se agrega un componente que trasciende los tiempos de crisis, aunque durante éstas se agudice, como es la segmentación del mercado de trabajo y el incremento de las mujeres en aquellos sectores de la economía considerados feminizados, donde además existe promedialmente un salario menor y donde las condiciones de precarización se agravan, especialmente en el sector del comercio y los servicios, en estos últimos particularmente en el de los servicios personales y sociales y, más específicamente, en los servicios domésticos (Galvez, 2017, 2013; Rubery & Tarling, 1982; Milkman, 1976).

Revisando la historia del siglo XX

A continuación, y en base a estas afirmaciones generales que he desarrollado, puntualizaré algunas constataciones identificadas en las crisis económicas del Uruguay durante el siglo XX (Camou & Maubrigades, 2019). Si bien han existido extensos períodos de crisis en la historia económica del Uruguay, pueden identificarse hasta el momento tres crisis económicas que, por su impacto, destacan en una mirada de largo plazo y cuya incidencia lejos está circunscripta al caso local, sino que son parte de la historia latinoamericana. Estas son la crisis de la década de 1930, la crisis a principios de la década de 1980 y, finalmente, la última crisis económica de principios del siglo XXI.

Inicio esta comparación destacando un aspecto que separa a la crisis de los años 30 del resto de las crisis ocurridas posteriormente e incluso de la crisis actual. La crisis del 30 tuvo como particularidad un fuerte incremento de las mujeres en el mercado de trabajo, seguido por una salida de éstas luego de la recuperación económica. Sin repetir anteriores consideraciones, la presencia de las mujeres en el mercado de trabajo en la primera mitad del siglo XX tuvo como característica un proceso paulatino de salida de las mujeres del mercado laboral, coincidente con una mejora relativa de la brecha salarial de género.

Si bien no se cuenta con información estadística para el conjunto del mercado de trabajo, se puede analizar su trayectoria de participación en dos empresas significativas del sector industrial tradicional del Uruguay, como son la industria textil y la industria frigorífica.

Fuente: Archivo de fotos Campomar & Soulas

Especialmente en el sector de la industria frigorífica, no necesariamente caracterizado por ser un sector feminizado, el proceso de incorporación de las mujeres durante la crisis de 1930 fue significativo, llegando a representar más del 50% del personal que ingresaba a la empresa durante este lapso. En general, tanto en la industria textil como en la frigorífica, las mujeres ingresaban a los puestos de trabajo menos calificados y también peor remunerados del sector.

En cuanto a los salarios, puede afirmarse que las brechas salariales eran, en promedio, en el entorno del 40%. Una vez iniciado el proceso de recuperación del sector industrial en general, lo que se observa es una salida progresiva de las mujeres de ambos sectores, inversamente proporcional a las mejoras salariales en relación a los varones. En un período en el que se cuenta con muy poca información estadística a nivel agregado, puede sólo afirmarse que la participación de las mujeres estuvo muy atada a una coyuntura desfavorable del sector industrial y, arriesgando algunas hipótesis, puede afirmarse que el trabajo de las mujeres fue un claro abaratador de costos en esta coyuntura adversa. Antes de terminar, vale decir que también era adversa la coyuntura económica para el conjunto de la clase trabajadora del país, de ello dan cuenta estudios realizados por el propio Parlamento ante las malas condiciones de vida de los obreros; lo que permite pensar que la hipótesis del trabajador añadido también es válida para pensar este período de incorporación de mujeres en un contexto en el que se reduce significativamente el ingreso de los hogares (Diario Oficial, 1939).

Fuente: Fotografía de la Sección Latas y Conservas del frigorífico Anglo. Centro de Documentación del Museo de la Revolución Industrial

Para la crisis de los años 80, en plena dictadura militar, es válido empezar este análisis destacando que las condiciones laborales, y salariales en particular, venían sufriendo un deterioro ya desde los años 60 (Melgar & Cancela, 1986; Notaro, 1984). Del mismo modo, el proceso de incorporación de las mujeres al mercado de trabajo, como en el resto de América Latina, se había acelerado también desde finales de la década del 60, mostrando un claro aumento en los años previos a esta crisis (Maubrigades, 2018). Crisis que ingresaría por el sistema financiero del país, pero que dejaría en evidencia la debilidad del conjunto de la economía. En ese contexto y teniendo para este período más información estadística, pueden marcarse algunas constataciones a nivel nacional, semejantes a las que se dan en otros países. En primer lugar, las mujeres se integran al mercado de trabajo, aunque son las que muestran las tasas de desempleo más altas y las que tardan más en recuperarse. Tal como se afirmaba anteriormente, las tasas de desempleo de los varones ni son tan altas, ni perduran tanto como las de las mujeres. Éstas ingresan al mercado de trabajo, pero lo hacen promedialmente en puestos de trabajo con una remuneración por debajo de la media y si bien sus niveles educativos mejoraron sustantivamente no tienen una participación en toda la estructura productiva, sino que se concentran en aquellas ramas o sectores considerados “feminizados”, respondiendo así a una segmentación del mercado de trabajo, ya observada para períodos previos. A ello se agrega que, si bien este período generó un gran impacto en toda la estructura productiva, el sector secundario fue particularmente afectado y en él la presencia de los hombres es mayoritaria. En ese contexto se da lo que antes se sugería, una reducción de las brechas salariales; pero, esto es resultado de un descenso del salario masculino, antes que, por mejoras del salario de las mujeres, lo cual tiene como resultado una equidad “a la baja”, la que no logra mejorar los promedios de desigualdad que permanecen o incluso se incrementan al salir de la crisis.

La crisis del 2002 sería para el país, nuevamente, una crisis que impacta en una economía que ya estaba en crisis y si bien el shock tiene un origen en el sistema financiero, encuentra a una economía con un sector industrial prácticamente desmantelado y con un enorme peso del sector de los servicios dentro de la estructura ocupacional general. Esto es importante porque marca un comportamiento de las brechas de género, tanto en materia de ocupación como de salario, con matices respecto a las crisis anteriores. En ésta, el traslado de mano de obra masculina al sector de los servicios tendrá un fuerte impacto en los salarios y en las brechas de género en esta materia. Si bien las mujeres siguen concentradas en este sector, la llegada de los varones a él implica no sólo un incremento de las brechas salariales entre varones y mujeres sino una clara segmentación al interior del propio sector. Las mujeres estarán más concentradas en los servicios personales y sociales donde los salarios son menores, pero, además, dentro de estos espacios laborales, las mujeres estarán ubicadas también en las categorías ocupacionales más bajas.

Creo que es válido unir, para las dos últimas crisis citadas, un aspecto relevante como es la caída en las condiciones de vida de la población, especialmente en el aumento de la pobreza e indigencia, factores que tienen una recuperación más lenta que los indicadores económicos y en los que destaca la presencia de mujeres y niños.

Una mirada desde el presente

Retomo desde acá la mirada al presente para hacer notar un aspecto relevante que separa a las dos últimas crisis previas de la coyuntura actual. Durante la crisis de los años 80, como en la crisis de los 2000, el mercado de trabajo se caracterizaba por una fuerte desregulación, con una ausencia casi absoluta del Estado como institución reguladora de las condiciones de trabajo y, peor aún, sus espacios de incidencia tendieron a privilegiar una recuperación económica de los sectores productivos, augurando un posterior derrame entre los trabajadores, siendo esto una suerte de gratificación diferida. La crisis actual encuentra al mercado laboral con un sistema de negociación colectiva sólido, producto de anteriores administraciones, donde la negociación tripartita ha fortalecido también a sus actores y en especial a los trabajadores. Sin embargo, es importante estar atentos a cómo se procesa esta salida actual de la crisis, no sólo por los aspectos más evidentes en cuanto a frenar las pérdidas salariales, o la reducción de puestos de trabajo, que afecten a varones y mujeres; sino por un aspecto que ya está mostrando síntomas de deterioro como es la atención diferencial a las condiciones de trabajo entre ambos. No sólo porque la evidencia histórica marca que de las crisis se sale, en promedio, con una mayor desigualdad de género, sino porque además en otros aspectos, igualmente vinculados a la participación de las mujeres en el mercado de trabajo, también se dan ya señales de pérdidas de beneficios adquiridos.

Un dato del presente, que se vincula con lo expresado previamente, es el impacto de esta crisis en el sector del comercio y en el sector de los servicios, sabemos ya que ambos son sectores históricamente feminizados. Hago, por tanto, una especial referencia a dos aspectos claves en cuanto a participación; por un lado, la reducción de políticas sociales en torno al sistema de cuidados, elemento que ha mostrado ser clave para mantener la participación de las mujeres en la fuerza de trabajo sin recargar, aún más, las actividades domésticas. Por otro lado, una pérdida relativa de priorización en aspectos que trascienden la fijación de los salarios y el mantenimiento de los puestos de trabajo. Estos años de negociación colectiva han significado no sólo una incorporación de mayores cláusulas que promuevan la equiparación salarial y procuren reducir las desigualdades salariales de género, sino, también, la integración de cláusulas de corresponsabilidad en los cuidados que apuntan a generar una mayor equidad en las responsabilidades de varones y mujeres en la atención de sus hijos (Alles, 2017; Fernández, 2017). Logros en cuanto a licencias maternales y paternales, días para controles médicos, regulación de las jornadas laborales, y otros muchos ejemplos son algunas de las acciones que han llevado adelante algunos sectores productivos en sus mesas de negociación y que, en contexto de crisis, corren riesgo de desaparecer. En tal sentido, vale subrayar entonces la pertinencia de atender estos mecanismos de mejoras en materia de equidad, los que no implican necesariamente compromisos económicos, pero sí requieren compromisos institucionales de todas las partes. Quizás, parte de estas señales de alarma estén puestas en las declaraciones de trabajadores como empresarios, en cuanto a la prioridad de mantener los empleos, sin entrar en consideración aspectos de equidades en el acceso o la remuneración; pero también, en la falta de lineamientos claros por parte del Estado en cuanto a la priorización de aspectos tales como las políticas de cuidados, lo que lleva a pensar en que pueden no estar en las, eventuales, mesas de negociación del 2021/22 estos otros aspectos antes mencionados y que son igual de relevantes.


[1] Cuando hablamos de estos niveles de participación siempre estamos referenciando a la participación formal o a la participación contabilizada por las estadísticas. En un público lector que entiende la relevancia de contar con datos históricos, con estadísticas, con fuentes confiables, etc., es relevante subrayar que las estadísticas históricas, la gran mayoría de las veces han invisibilizado el trabajo de las mujeres; tanto por no haberlo contabilizado, como por no considerar que muchas de las actividades desarrolladas por éstas y consideradas dentro de las actividades domésticas, también eran actividades productivas.

Bibliografía

Alles Irigoyen, V. (2017) ¿La igualdad de género se negocia? Análisis de las cláusulas de género en la quinta ronda de los Consejos de Salarios [en línea].  Informe de pasantía, Universidad de la República (Uruguay). Facultad de Ciencias Sociales.

Arriagada, I. (2002) Cambios y desigualdad en las familias latinoamericanas. En Revista de la CEPAL No 55, Santiago de Chile.

Arriagada, I. (2004) Estructuras familiares, trabajo y bienestar en América Latina. En Irma Arriagada y Verónica Aranda Comps. Cambios de las familias en el marco de las transformaciones globales: necesidades de políticas públicas eficaces. Serie Seminarios y Conferencias No 42, Santiago de Chile, CEPAL.

Benería, L. (2006) Trabajo productivo/ reproductivo, pobreza y políticas de conciliación. Revista Nómadas Abril de 2006, No 24, Instituto de Estudios Sociales Contemporáneos, Universidad Central, Bogotá.

Camou, M. & Maubrigades, S. (2019) ¿Crisis como oportunidad? La participación laboral de las mujeres en la economía uruguaya durante las crisis económicas de 1930, 1980 y 2000. XII Congreso ADEH, Porto. Portugal.

Cancela, W. & Melgar, A. (1986): El desarrollo frustrado (1955-1985), EBO, MVD.

Carrasco, C. (2003) La sostenibilidad de la vida humana: ¿un asunto de mujeres? En Mujeres y trabajo: cambios impostergables. Magdalena T. León Compiladora. Porto Alegre, REMTE, Marcha Mundial de Mujeres, CLACSO, ALAI

Carrasco, C. (2005) Tiempo de trabajo, tiempo de vida. Las desigualdades de género en el uso del tiempo. En El tiempo, los tiempos, una vara de desigualdad, Serie Mujer y Desarrollo No 65, Santiago de Chile, CEPAL.

Diario Oficial (1939) Informe de la comisión investigadora sobre condiciones de vida, salario y trabajo de la clase obrera. Cámara de Representantes.  Núm. 98011939.

Fernández Ripa, M. (2017) La reproducción del capital y la reproducción de la vida ¿dos espacios en conflicto? Reflexiones sobre la corresponsabilidad social y de género en Uruguay por sectores de actividad [en línea]. Informe de pasantía, Universidad de la República (Uruguay). Facultad de Ciencias Sociales

Gálvez, L. & Rodríguez, P. (2017). Crisis, austeridad y transformaciones en las desigualdades de género. EKONOMIAZ. Revista vasca de Economía, 91(01).

Gálvez, L & Rodríguez Moroño, P. (2013) La desigualdad de género en las crisis económicas. Cip, Materials, 7.

Maubrigades, S. (2018). Mujeres y Desarrollo en América Latina durante el siglo XX. Tasas de actividad, niveles de desarrollo económico y modelos productivos. Revista de la Asociación Uruguaya de Historia Económica-Año VIII-No. 14-diciembre de 2018, 8(14), 9-33.

Milkman, R. (1976) Women’s Work and Economic Crisis: Some Lessons of the Great Depression, Review of Radical Political Economics n. 8 (1), pp. 71-97.

Notaro, J. (1984) La política económica en el Uruguay, 1968-1984, Montevideo. CIEDUR-EBO.

Rubery, J. & Tarling, R. (1982) Women in the recession. En D. Currie y M. Sawyer (eds.), Socialist Economic Review. Londres, Merlin Press.

Paralelismos históricos de las crisis económicas en América Latina. Algunas notas adicionales

Juan H. Flores Zendejas, Universidad de Ginebra

12 de julio de 2020

He escrito un par de textos sobre las perspectivas históricas de la crisis económica actual (véase aquí y aquí). Me gustaría añadir estas cuantas líneas de reflexión. En particular, intento aportar algunos elementos adicionales sobre la magnitud del shock y también sobre los efectos en el mercado de la deuda pública. ¿Estamos a la puerta de una nueva ola de defaults? Las negociaciones recientes entre los gobiernos de Ecuador y Argentina y los inversionistas parecen constituir sólo el inicio…

En la literatura sobre los ciclos económicos, y en particular en lo concerniente los países en vías de desarrollo (o periféricos, o la poor periphery como la suele llamar Jeffrey Williamson) los cambios de ciclos se identifican por la caída de la actividad económica en el centro (los países ricos vaya), con el consecuente decremento en la demanda de importaciones provenientes de la poor periphery, el deterioro de los términos de intercambio,  y con el aumento en los tipos de interés, etc. Este cambio de ciclo genera una presión en las finanzas públicas (de la poor periphery sobre todo) y sobre el valor de la moneda. Por tanto, la capacidad de pago se ve seriamente mermada: a la caída de los ingresos públicos se añade el aumento en el costo del servicio de la deuda, ya sea por el alza de las tasas de interés y / o por la depreciación de la moneda, principalmente porque la poor periphery además sufre del pecado original (lo siento aquí para los lectores no católicos). Este término se refiere al hecho de que la deuda esta denominada mayoritariamente en moneda extranjera.

Propongo ahora mirar lo siguiente para comparar la situación actual con dos crisis anteriores, la de los años treinta y la de 1982:

  • Primero, enfoquémonos en la evolución económica de los países del centro (ustedes los ricos) tanto en el periodo de entreguerras con el de los años ochenta
  • Segundo, veamos la evolución de los tipos de interés durante ambas crisis. Tradicionalmente, hemos observado que el alza de las mismas encarece el crédito, por lo que el acceso a los mercados de capitales se dificulta y por tanto, la capacidad para implementar políticas contracíclicas es mucho más limitado.

Fuente: http://www.oecd.org/perspectives-economiques/juin-2020/

Fuente: Maddison Project Database. Originalmente en dolares internacionales de 1990. Se toman en cuenta 12 países de Europa Occidental y los “Western Offshoots”
Fuente: Maddison Project Database.

¿Qué observamos?

Respecto al crecimiento, los primeros dos gráficos sirven para clarificar un hecho. La crisis actual podría ocasionar una caída anual aun más severa que durante la Gran Depresión, pero no así si comparamos la caída acumulada. Las estimaciones actuales (de la OCDE) del crecimiento del PIB en la economía mundial fijan un rango de entre -6% a -7.6% (siendo cifras nominales, hay un pequeño desfase respecto a las reales) para el 2020. La diferencia depende en gran medida si tendremos más confinamientos. Otra incógnita sigue siendo el periodo de recuperación, en donde el escenario más optimista es un periodo de dos años. En cuanto a la Gran Depresión, esta muestra que para los países ricos, la caída fue de -5% en 1930, de -6% en 1931 y de -7% en 1932, para después iniciar la recuperación con un crecimiento de 1% en 1933. El nivel de 1929 no se alcanza sino hasta 1936.  

La década de 1982 (el tercer gráfico), fue una crisis “self-made” de América Latina. Esto es, si bien hubo una caída del PIB real de 1% en el centro rico (sin albur), este no fue prolongado. Esto confirma lo que argumentaba Díaz-Alejandro sobre el hecho que una recesión seria pero manejable en América Latina se convirtió en una depresión prolongada.

No voy a entrar aquí en el comportamiento de los términos de intercambio, que sería el otro lado de la moneda. Hay muchísima literatura, y uno de los últimos trabajos sobre el tema argumenta precisamente que históricamente, las salidas de capitales y las caídas de los precios de las materias primas se producen simultáneamente y preceden olas de defaults. Ahora bien, recordemos que el periodo post-2008 supuso un cambio en la tendencia alcista en el comportamiento del precio de las materias primas, y fue acompañado de salidas de capitales. Sin embargo, estos hechos no desembocaron en una ola de defaults, siendo Argentina una excepción, pero con un problema originado desde el 2001. Además, Sachs argumentó de manera convincente que, si bien el comportamiento de los términos de intercambio fue desfavorable a la pobre periferia en la década de los ochenta, estos explican poco al momento de diferenciar a aquellos gobiernos que tuvieron dificultades para pagar su deuda de los que siguieron pagando puntualmente.

Bien, ahora miremos los rendimientos de los bonos de largo plazo del gobierno de Estados Unidos. ¿Que observamos durante los años 1920s y 1930s? Que la danza de los millones (el capital que llegó a América Latina) vino de la mano con una caída en el rendimiento de los bonos estadounidenses durante los años veinte. A partir de la crisis, hubo un aumento del rendimiento de dichos bonos, para descender poco después. Sabemos además que el banco central estadounidense, la FED, tuvo una política monetaria contraccionista alrededor de la crisis. La consecuencia para la pobre periferia fue que el acceso al mercado privado de capitales fue cerrándose ya desde 1928, y dicha tendencia no cambió ya hasta muchas décadas después. La mayor parte de los gobiernos latinoamericanos hicieron default entre 1931 y 1932.

Fuente: NBER Macrohistory database.

En cuanto a los años ochenta, vemos más o menos el mismo comportamiento. Una ligera caída de las tasas de interés en la segunda mitad de los años setenta (acompañadas, es verdad, por un aumento de la inflación), aunada a la liquidez proveniente de los petrodólares fomentaron una entrada de capitales importante, que se frena luego hacia principios de los ochenta. El aumento de los tipos de interés y del rendimiento de los bonos estadounidenses coinciden con las dificultades de repago en América Latina a partir de 1981. Hacia finales de los ochenta, a medida que los planes elaborados para terminar con la crisis de la deuda fracasaban unos tras otros, los tipos de interés comienzan a disminuir. No es por tanto ninguna sorpresa que este hecho haya contribuido al planteamiento del Plan Brady, cuyo arreglo – y quita implícita – permitió cerrar el problema siete años después. La liquidez en el mercado y el fortalecimiento en la posición financiera de los acreedores facilitaron la estrategia que involucró a diversos actores públicos y privados.

US 10 Year Treasury Rate. Fuente: macrotrends.net

¿Qué podemos observar hoy en día? Una distinción respecto a los periodos anteriores es que las tasas de interés en los países ricos se mantienen en un nivel especialmente bajo (una tendencia que tiene ya tres décadas). El inicio de la crisis de Covid fortaleció dicho patrón, y esto se explica por la agresiva política monetaria expansiva de distintos bancos centrales. Ahora bien, el EMBI (el rendimiento de los bonos de la pobre periferia, hoy llamada Emerging Markets) se incrementó sustancialmente a partir de la crisis (véase el siguiente gráfico). ¿Qué significa esto? Que la percepción de los inversionistas sobre un posible default entre los mercados emergentes es elevada. Esto implica, a su vez, que salir al mercado a endeudarse es algo que puede ser, en principio, muy caro.

Emerging Markets Sovereign composite spread. Fuente: JP Morgan.com

Ahora bien, dentro de la pobre periferia habrá países con cierto margen de ajuste y utilización de ahorro (por medio de sus fondos soberanos, por ejemplo) que permitan seguir pagando sus deudas puntualmente y además, incrementar el gasto publico en niveles que permitan paliar con los costos sociales de la crisis y apoyar la economía. Sin embargo, estos son casos aislados. El desafío presente para muchos, es la elaboración de una estrategia que permita aprovechar la liquidez en el mercado (algo que no había en las crisis citadas anteriormente), reduciendo el costo del endeudamiento de la pobre periferia (y evitando así la posibilidad de un default), para poder acelerar la recuperación a través de política fiscales contracíclicas. La pregunta del millón, es: ¿cómo? La respuesta deberá involucrar, invariablemente, una perspectiva multilateral y la implicación de agentes privados y públicos.