Blog: Pasado y Presente de la economía mundial

Este blog trata temas de economía e historia económica y su objetivo principal es el de proveer a nuestros lectores de una dimensión histórica al análisis de los problemas económicos contemporáneos. Asimismo, tenemos la intención de divulgar la historia económica mediante la difusión de los últimos hallazgos, investigaciones y debates en nuestra disciplina.

El grupo de investigadores está conformado por académicos de primer nivel en America Latina, Estados Unidos, Inglaterra y España. Las entradas son semanales y abarcaran todo tipo de temática y evento: el comentario de un nuevo libro, o grupos de ellos y que sean de especial relevancia para el debate público; el análisis de un fenómeno contemporáneo a la luz de la experiencia histórica; las nuevas investigaciónes de los autores mismos; se expondrán los contenidos fundamentales de congresos, seminarios, u otros eventos importantes en historia económica. Escribiremos sobre temas globales, y frecuentemente sobre temas relevantes para América Latina y España. Se tratarán, entre otros, temas relacionados al desarrollo económico de los países, las finanzas globales, crisis financieras, recursos naturales, educación, desarrollo tecnológico, la política económica y el papel del Estado en la economía.

Réquiem para el sueño (latino)americano (Parte I)

Sabrina Siniscalchi (Universidad de la República, Uruguay)

Sabrina Siniscalchi es asistente de investigación en la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración de la Universidad de la República, Uruguay. Es Lic. en Ciencia Política y Magister en Historia Económica por la misma Universidad. Trabaja en el Instituto de Economía en temáticas de desarrollo y desigualdad.


RESUMEN. Este post intenta, haciendo honor al título de este blog, mirar el pasado y el presente de un fenómeno de larga data en las Ciencias Sociales: el papel de las clases medias en la sociedad y, en particular, su rol como articuladoras de conflicto social y político. El surgimiento de nuevos sectores medios durante la última década y los conflictos recientes en América Latina ponen en tela de juicio algunos de los postulados básicos heredados de la teoría de la modernización (sobre todo en ciencia política) que afirman que una amplia clase media es la clave para la estabilidad de la democracia.


Las particularidades de la historia reciente de América Latina muestran un desacople entre lo que parece ser el sentir de una gran parte de la población y las soluciones que la democracia ha intentado dar a esos reclamos. Las lecturas sobre la realidad de cada país son diversas, pero los análisis generales parecen coincidir en que las protestas que se extendieron a lo largo y ancho de América Latina durante 2019 tienen en común que son la movilización de una clase media disconforme. Disconforme con los servicios que le provee el Estado, con la política, con la corrupción, con el reparto de los frutos del crecimiento de la última década; disconforme con los gobiernos de izquierda y de derecha. Disconforme con todo en general y con nada en particular.

Los titulares de los diarios y los análisis académicos sobre estos conflictos destacan que sea la clase media la que se moviliza como crucial para entender estos conflictos, los cuales no sólo no son nuevos en la historia, si no que ya eran previsibles por parte de los analistas (véase por ejemplo las intervenciones de los participantes del Foro organizado por El País de Madrid y el Banco Mundial en 2013).¿Por qué un conflicto encabezado por las clases medias se considera más problemático que otros?

No bourgeois, no democracy

(Barrington Moore, 1966: 418)

 Desde la Teoría de la Modernización en adelante –aunque el origen de esta idea puede rastrearse hasta Aristóteles–, una sociedad con una amplia clase media se considera que es una sociedad “menos polarizada”. La polarización está asociada con la clusterización de la sociedad en grupos que se caracterizan por ser muy iguales a la interna y muy dispares entre sí. La polarización, asimismo, se encuentra asociada con el conflicto por la distribución de los recursos, tanto económicos como políticos (North, 1990; Acemoglu et al., 2001, 2005), y una la literatura cada vez más abundante establece este conflicto como el eje central para la conformación de los regímenes de bienestar y, con ello, con las formas de distribución materiales y simbólicas de los recursos de poder.

Banerjee et al. (2008) afirman que son tres los mecanismos a través de los cuales las clases medias promueven el desarrollo. Primero, porque las clases medias son las que proveen a la sociedad de emprendedores que crean empleos y ganancias de productividad.[1] Segundo, para estos autores, la clase media posee ciertos “valores” de acumulación de capital humano y de ahorro que son fundamentales para el proceso de crecimiento.[2] Tercero, porque la clase media tiene un ingreso que la habilita a pagar por productos de mejor calidad y, por tanto, son demandantes de productos de alta calidad, los cuales suelen tener rendimientos crecientes a escala y promueven la inversión.

Otros autores afirman que las clases medias juegan un rol fundamental para comprender los procesos de persistencia de la desigualdad en las sociedades latinoamericanas (Schneider y Soskice, 2009), abonando los trabajos que sostienen que las clases bajas tienen limitaciones varias para acumular capital humano (Galor y Zeira, 1993; Alesina y Rodrik, 1994).

Ahora bien, si una amplia clase media promueve todas esas mejoras en la sociedad, ¿por qué el crecimiento superlativo de la clase media en América Latina no ha llevado a romper el círculo vicioso del crecimiento del continente?

 

“Dos linajes sólo hay en el mundo, como decía una abuela mía, que son el tener y el no tener, aunque ella al de tener se atenía.”

(Miguel de Cervantes Saavedra)

El crecimiento económico de la región durante el último ciclo de alza de los precios de las commodities en combinación con “el regreso del Estado” (Skocpol et al, 1985), ha producido, como lo señalan varios informes del Banco Mundial y la CEPAL, un incremento de la clase media en América Latina. Estas “nuevas” clases medias se componen, en su mayor parte, por quienes han dejado de ser pobres (Ferreira et al., 2013; Franco et al., 2010a, 2010b, 2011; Hopenhayn, 2010)

La pregunta es, ¿no ser pobre alcanza para ser clase media?

En términos metodológicos, establecer los límites de clase, es decir, en qué punto uno deja de pertenecer a una clase y pasa a pertenecer a otra, representa una eterna discusión. Long story short, hay dos tipos de modelos: los gradativos, que miden la posición del individuo/hogar en el continuo de la distribución del ingreso, y son particularmente útiles para descripciones intertemporales; y los más clásicos acuñados en la tradición marxista y weberiana que se centran en observar lo que se denomina “clase ocupacional”, siguiendo la idea de que las clases se determinan a partir de la relación de los individuos con los medios de producción y el status adquirido a través del tipo de trabajo que realizan. Las críticas a la determinación de estratos sociales a partir de unos modelos y otros son incontables. Quizá, una forma simple de resumir las críticas a una y otra visión es recurrir al planteo de Giddens (1979) quien afirma que el modo en que las relaciones económicas se transforman en estructuras no económicas es el principal problema del análisis de clase contemporáneo.

Los cambios en la estructura económica, la adopción del progreso técnico, los cambios en el rol del Estado, así como los movimientos migratorios y demográficos, son aspectos que alteran la estructura de la sociedad y el reparto de los bienes sociales y su distribución. Los cambios en la estructura social, al mismo tiempo, influyen en las estructuras tanto materiales como simbólicas del ejercicio del poder y, por tanto, son agentes fundamentales en el cambio social.

Para algunos autores, el rol como pivot de la sociedad que se le otorga a las clases medias no sólo dependería del tamaño sino, también, de la estabilidad de la clase media, ya que sus expectativas inciden en una forma fundamental en su toma de decisiones, tanto políticas como económicas (Easterly, 2001; Josten, 2005; Birdsall et al, 2000; Troche et al., 2012).

Troche et al. (2012), para conceptualizar esta idea de estabilidad intertemporal de la clase media, desarrollan el concepto de “clase media vulnerable” el cual se define como “… the probability of a middle class household falls into poverty (…) Stability, in turn, is the probability that middle class household reminds in the middle class over time” (Ibidem 2012:1-2). Como puede apreciarse a partir de la definición, el concepto de estabilidad, como los propios autores lo hacer notar, implica la no movilidad social, y esto es una característica que puede o no ser deseable en una distribución, dependiendo en qué parte de la misma nos encontremos. Ciertamente no es una característica deseable para los pobres, pero tampoco lo es para la clase media si la misma aspira a ascender económicamente.

Gráfico 1. Distribución de los grupos sociales por país; circa 2000 y 2012 (% de población)

Fuente: PNUD (2014:4)

Como se puede apreciar en el Gráfico 1, salvo en los países del Cono Sur, la mayor parte de la reducción de la pobreza de los países de América Latina entre el 2000 y el 2012 se tradujo en el aumento de esa clase media vulnerable. Otro elemento que resulta significativo es cómo se ha logrado este proceso. En este sentido, el Gráfico 2 muestra que en la mayoría de los países estas mejoras son producto del crecimiento económico más que a mejoras en la redistribución del ingreso. Tomemos en cuenta que estos datos están estimados en 2012, cuando el ciclo de crecimiento aún no se había agotado (al menos no del todo). Con el diario del lunes, y sin necesidad de conocer la histórica volatilidad del crecimiento del continente (Bértola y Ocampo, 2012), sabemos que esto fue, como dice el dicho, “pan para hoy, hambre para mañana”.

Gráfico 2: Descomposición de los cambios en pobreza; circa 2000-2012 (% de contribución de los efectos crecimiento y redistribución) [3]

Fuente: PNUD (2014:5)

Al menos dos lecturas surgen de esto: una que mira “el medio vaso vacío”, haciendo hincapié en la “vulnerabilidad hacia abajo”, es decir, en destacar los elementos relacionados con esa probabilidad de caer en la pobreza que define a estas clases medias (precarización del empleo, volatilidad económica, las fallas en la protección social, entre otros factores). Por otro lado, hay un “medio vaso lleno” que es la movilidad ascendente de las capas de menor ingreso de la sociedad. La expansión del consumo y del crédito necesario para sustentarlo, en un mundo en el que se puede acceder a bienes a bajo costo, engrosa las filas de las clases medias con individuos que, en otros tiempos, no hubieran sido considerados como tales.

Como mencioné antes, esto no es un fenómeno nuevo. En los años ‘60s y ‘70s varios estudios sobre estratificación en América Latina destacaban la “proletarización” de la clase media (Filgueira y Gianeletti, 1981). En los años ‘50s uno de los trabajos pioneros sobre esta temática fue la compilación realizada por Crevenna (1950-1951) para la Unión Panamericana. Esos trabajos han sido ampliamente discutidos y criticados, en parte por su uso poco preciso del concepto de “clase media” y sus conclusiones un poco contradictorias acerca de las pautas de consumo de estos sectores (en algunos casos destacando su frugalidad y, en otros, su consumo imitativo de las clases superiores), su papel en la política (en algunos casos visto como positivo y fundamental para el desarrollo y, en otros, visto como freno por la connivencia de estas clases con los regímenes de facto que luego se asentarían en la región en décadas posteriores).

En estos estudios ya se encontraba la idea de una “nueva” y una “vieja” clase media y se discutía la existencia de multiplicidad de clases en su interior, lo cual llevó a decantar los estudios posteriores por el uso del término estrato en vez de clase. El diagnóstico de algunos de ellos parece contar una historia repetida: (…) “América Latina registra cambios en sus estructuras de estratificación por dimensión de status con velocidades y ritmos muy diferentes, motivo suficiente para que se creen tensiones estructurales insolubles. Muchos trabajadores ven frustradas las aspiraciones de ocupación e ingreso para sus hijos, a los que han podido hacer llegar a niveles educacionales altos. Los efectos sociales, psicosociales y políticos de estas diferencias son evidentes.” (Filgueira y Geneletti, 1981:6)

Al final del día, el problema que se presenta es cómo asegurar que esas personas que están en el centro de la distribución tengan objetivos comunes e ideas de cómo lograr ese desarrollo, compartiendo, a su vez, ideas sobre el papel del conflicto en dicho proceso. El que eso no se pueda asegurar da origen al conflicto social que parece parte fundante de la explicación de las movilizaciones que vemos hoy en día.

Que estos problemas ya se mostraran en los estudios de los ‘60s, una década caracterizada, al igual que en el presente, por un enlentecimiento del crecimiento económico y la extensión de los conflictos sociales por la redistribución de los frutos del mismo, nos insta a mirar estos fenómenos en perspectiva histórica. En una futura entrega veremos, a partir del caso uruguayo a principios del siglo XX, cómo a pesar de las limitaciones de fuentes (principalmente la falta de Encuestas de Hogares), es posible analizar los fenómenos de estratificación social en el largo plazo.

[1] Esto está sustentado en los planteos originalmente realizados por Acemoglu y Zilbotti (1997), a pesar de que la evidencia empírica presentada por Banerjee et al (2008) no encuentra que en las clases medias haya más emprendedores que en las otras clases.

[2] Este argumento lo toman de Doepke y Zilibotti (2005,2008).

[3] Elaboración de PNUD a partir de estimaciones de CEDLAS. “El método de descomposición empleado por el CEDLAS corresponde al propuesto por Maasoumi y Mahmoudi (2013). El efecto crecimiento surge de una simulación en la que se re-escalan los ingresos de acuerdo al crecimiento observado entre dos periodos, y de computar la incidencia de la pobreza. El efecto distributivo surge como residuo entre el cambio observado en la pobreza durante estos periodos.” (PNUD, 2014:5).

Bibliografía

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Acemoglu, Daron and James A Robinson (2005). “Economic origins of dictatorship and democracy” Cambridge University Press.

Acemoglu, Daron, and Fabrizio Zilibotti (1997) “Was Prometheus unbound by chance? Risk, diversification, and growth.” Journal of political economy 105.4: 709-751.

Alesina, Alberto and Dani Rodrik (1994). “Distributive politics and economic growth”. In: The quarterly journal of economics 109.2, pp. 465–490.

Banerjee, Abhijit V. and Esther Duflo (2008). “What is middle class about the middle classes around the world?” In: Journal of economic perspectives 22.2, pp. 3–28.

Bértola, Luis, and José Antonio Ocampo (2012) “The economic development of Latin America since independence” OUP Oxford.

Birdsall, Nancy, Carol Graham, and Stefano Pettinato (2000) “Stuck in tunnel: Is globalization muddling the middle?” In: Easterly, William (2001). “The lost decades: developing countries’ stagnation in spite of policy reform 1980–1998”. In: Journal of Economic Growth 6.2: 135-157.

Crevenna, Theo (1950-51) Materiales para el estudio de la clase media en América Latina, Washington D.C., Unión Panamericana, 1950-1951.

Doepke, Matthias, and Fabrizio Zilibotti (2005) “Social class and the spirit of capitalism.” Journal of the European Economic Association 3.2-3 (2005): 516-524.

Easterly, William (2001) “The Middle Class Consensus and Economic Development.” Journal of Economic Growth, 6(4), 317–35.

Ferreira, Francisco, Julian Messina, Jamele Rigolini, Luis-Felipe López-Calva, Maria Ana Lugo, and Renos Vakis (2013) “La movilidad económica y el crecimiento de la clase media en América Latina” The World Bank.

Filgueira, Carlos H and Carlo Geneletti (1981) “Estratificación y movilidad ocupacional en América Latina”. In: Cuadernos de la CEPAL.

Franco, Rolando, Martın Hopenhayn, and Arturo León (2010a) “Las clases medias en América Latina: retrospectiva y nuevas tendencias” Siglo Veintiuno.

Franco, Rolando and Arturo León (2010b) “Clases medias latinoamericanas ayer y hoy” Estudios Avanzados, núm. 13, junio, 2010, pp. 59-77 Universidad de Santiago de Chile Santiago, Chile

Franco, Rolando, Martın Hopenhayn, and Arturo León (2011).“Crece y cambia la clase media en América Latina: una puesta al día”. In: Revista CEPAL N° 103, abril.

Galor, Oded and Joseph Zeira (1993) “Income distribution and macroeconomics”. In: The review of economic studies 60.1, pp. 35–52.

Giddens, Anthony (1979) “Central problems in social theory: Action, structure, and contradiction in social analysis” Vol. 241. Univ of California Press.

Hopenhayn, Martín (2010) “Clases medias en América Latina: sujeto difuso en busca de definición”. In: En: Clases medias y desarrollo en América Latina. Santiago: CEPAL; Fundación CIDOB, 2010. LC/L. 3240. p. 11-37.

Josten, Stefan D. (2005) “Middle-class consensus, social capital and the mechanics of economic development” Federal Armed Forces Univ. Hamburg (Germany) Dept. of Economics.

Moore, Barrington (1966)  “Social Origins of Dictatorship and Democracy: Lord and Peasant in the Making of the Modern World”. Beacon Press, Boston, MA.

North, Douglass C (1990) “A transaction cost theory of politics”. In: Journal of theoretical politics 2.4, pp. 355–367.

Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (2014) “Perfil de estratos sociales en América Latina: pobres, vulnerables y clases medias” PNUD.

Schneider, Ben Ross and David Soskice (2009) “Inequality in developed countries and Latin America: coordinated, liberal and hierarchical systems”. In: Economy and society 38.1: 17-52.

Skocpol, Theda, Peter Evans, and Dietrich Rueschemeyer (1985) “Bringing the state back in.” New York: Cambridge.

Torche, Florencia, and Luis F. Lopez-Calva (2013) “Stability and vulnerability of the Latin American middle class.” Oxford Development Studies 41.4 (2013): 409-435.

Reflexiones de un regreso efímero (I)

Juan Flores Zendejas

Ginebra, 3 diciembre 2019

-I-

Regresé a vivir a México casi veinte años después de mi partida. Fue una estancia que ahora me parece lejana. No obstante, sentarme a escribir sobre ella me sirve como terapia psicológica. En este espacio, me gustaría comentar algunas vivencias y reflexiones, y comparar mis recuerdos más antiguos con aquellos del año académico que culminó hace ya algunos meses. Me gustaría empezar por lo que corresponde a este blog, esto es, escribir sobre economía, historia, y política. Obviamente, no podría enumerar, en unas pocas líneas, todos los contrastes, dudas, desgracias y diferencias que percibí entre aquel México del ocaso priista y este otro de mediados de 2018. A diferencia de ese México retrograda, este México “moderno” se encuentra en pleno movimiento, con mucho dinamismo, pero también con problemas tan complejos como aquellos de antaño.

Empecemos pues con la relación que tiene el/la ciudadan@ de a pie con la política. Sin pretender entrar en los pormenores de tan compleja cuestión, un primer contraste entre el México de hace tres décadas y el actual consiste en la mayor diversidad de opiniones y de corrientes de pensamiento. Por regla general, en un régimen autoritario (como el mexicano de partido único con el Partido Revolucionario Institucional, PRI), la relación del ciudadan@ con la política es, por la misma falta de libertad, mucho más sencilla. Por decirlo en dos palabras, la herramienta represiva es la mayor condicionante. Esquematizando a grandes rasgos, dentro del régimen político de los años ochenta o noventa, la misma estructura social permitía prever las orientaciones políticas. Por ejemplo, entre las clases medias o bajas había, obviamente, importantes enclaves priistas. Pero mientras se estuviera en un foro privado, se podría despotricar sin empacho sobre esa “dictadura perfecta”. Y era algo relativamente común. Con priistas en la sala, esto no cambiaba mucho, ya que estos por lo general optaban por el silencio o por realizar esfuerzos tímidos y medidos para manifestar su defensa del régimen. Alguno que otro priista llegaba a manifestarse con mayor entusiasmo, principalmente si eran aquellos privilegiados con acceso a un “hueso” (puesto gubernamental) o si se encontraban con la esperanza de obtener alguno (“…el hijo de mi vecino es amigo de la secretaria del diputado, ¡¡ya chingamos…!!”). Pero dado el evidente conflicto de interés, ese apoyo no solía tomarse muy en serio.

En mi infancia, habiendo frecuentado escuelas privadas (hoy en día catalogadas como “fifis”, antes “fresas”), el entorno era mayoritariamente priista y la política no solía ser un tema muy importante. Ahora bien, siendo yo parte de una familia clasemediera y sin huesos cercanos que perseguir, me sentía con la libertad temeraria para provocar repitiendo lo que oía entre familiares y amigos cercanos, esto es, frases clásicas como “pinche PRI, por eso estamos como estamos” o “son todas unas ratas“. Pero nunca fui mucho más lejos. Posteriormente entendí que la indiscreción de dichas afirmaciones podía ser motivo de consecuencias mucho más graves. Pero eso yo nunca lo viví, y lo supe sólo mucho tiempo después, y a lo lejos…

-II-

Mi estancia sólo confirmo lo que ya había intuido por redes sociales y la prensa, en lo referente al nivel de división tan brutal dentro de la sociedad. Los desencuentros actuales abarcan desde la memoria del antiguo régimen priista hasta temas como el aborto, los derechos LGBT, el lugar del país en América Latina y en el mundo, el papel del gobierno en la economía, el de los empresarios/políticos (“la mafia en el poder”) en el subdesarrollo, la responsabilidad de los banqueros en el mismo, y un largo etcétera. Pero la más visible de todas estas divisiones es, sin duda, la percepción positiva o negativa, del gobierno actual. Jamás, desde mis más tempranos recuerdos, había presenciado una polarización tan nítida, tan hiriente, y tan obsesiva: una variable dicotómica a la mala.

¿Qué pasó desde entonces? ¿Como llegamos a esta polarización? ¿Es esta tal vez el resultado inevitable de la transición a la democracia, el rasgo de una sociedad más madura? ¿Es tan solo un punto más de una tendencia generalizada en el mundo? Para poner en contexto, México tiene desde hace un año, el primer gobierno “de izquierda”. Las razones por la aplastante victoria del Movimiento de Regeneración Nacional – Morena (a nivel legislativo y ejecutivo) serán diversas y dudo que existan ya estudios conclusivos sobre los factores que llevaron a Andrés Manuel López Obrador (AMLO) a la presidencia. Pero en todo caso, hay ahora mismo dos campos: los simpatizantes del presidente (AMLO-vers) y sus detractores (AM-haters). En medio, los moderados que apenas existen, a quién nadie ve, a quién nadie escucha y a quién probablemente nadie quiera (“posiciónate, mi chavo…)”.

Ahora bien, me gustaría conjeturar sobre aquellos factores que pienso influyeron fuertemente en dichos resultados electorales: la lucha contra la corrupción y el combate contra la pobreza. Tendríamos que analizar cada factor para al menos, empezar a relacionar el estado de cada variable sobre las elecciones. Sin lugar a dudas, la corrupción ha sido relacionada con el malfuncionamiento de las instituciones, de la sociedad y ha afectado negativamente el desempeño económico. Ciertamente, la percepción general sobre el problema de la corrupción en los gobiernos anteriores debe haber sido un elemento clave. Dicho esto, prefiero ahondar en ello en otra entrada. Aquí me gustaría concentrarme sobre lo siguiente: ¿En que medida afectaron la pobreza y la consecuente desigualdad en este giro radical en el gobierno, y en la polarización antes planteada? La respuesta, me temo, es mucho más compleja de lo que parece.

-III-

No es ningún secreto que la situación de la pobreza en México se mantiene a niveles sumamente elevados. Dichos niveles, altos históricamente, habían disminuido desde los años 1950s, para luego mantenerse en niveles alrededor de 50% de la población desde los años ochenta, con un pico en los años posteriores a la crisis de l994.[1] Estas tendencias se correlacionan con el comportamiento del crecimiento económico y de la desigualdad del ingreso. Ambos factores, crecimiento y desigualdad, se han vuelto un tema discutido recientemente: México ha tenido tasas de crecimiento sumamente bajas desde al menos tres décadas (casi cuatro) y se mantiene la desigualdad del ingreso a niveles mayúsculos.

El fracaso mexicano en lo que a crecimiento se refiere es aún un tema mayúsculo y sin duda se encuentra detrás de la idea generalizada del fracaso del neoliberalismo. Como el tema da para muchas páginas más, prefiero tratarlo en otra entrada (ya sé que estoy prometiendo demasiado, pero prometer no cuesta nada y siempre está de moda).[2] Prefiero enfocarme ahora, porque la actualidad lo dicta, en la distribución del ingreso. Una primera respuesta a las preguntas antes planteadas es la siguiente: la polarización es una respuesta lógica al resultado ambivalente que la apertura comercial y la liberalización de la economía ha traído a los distintos grupos socioeconómicos creando beneficiados y perjudicados.[3] Esto es, el aumento exponencial de las exportaciones ha traído beneficios dispares, como en todo proceso de apertura comercial, con “ganadores” y “perdedores”.

Por tanto, el que la apertura comercial y la liberalización de la economía no hayan sido acompañadas ni de crecimiento, ni de una disminución de la pobreza lucen como razones evidentes del porqué del descontento y de la crispación contra el modelo dominante (“neoliberal” en el discurso político actual). Ahora bien: ¿qué ha pasado con la desigualdad en México? ¿Se ha deteriorado tanto como lo que parece ser el caso en otros países?

Gráfico 1

He aquí una paradoja importante. Según el índice Gini, tanto en México como en otros casos de América Latina (por ejemplo, Chile, que se muestra en la misma gráfica), la desigualdad lleva cayendo desde hace ya algunos años. En principio, y según la tendencia negativa que se observa, la desigualdad no debería ser ya un tema relevante (al menos no más que hace veinte años) ya que la reducción de la desigualdad se ha empezado a producir ya hace tiempo. Por el contrario, la emergencia de este mismo tema en Estados Unidos parece perfectamente justificada: sin llegar aun a los niveles de desigualdad de países en América Latina, la sociedad estadounidense (y podríamos decir lo mismo de la europea) pide una mayor redistribución desde los canales institucionales previstos( aunque también por otros no institucionales). El descontento hacia el modelo económico actual es claro, y se observa en varios lugares en el mundo. Esto es precisamente lo que muestra Thomas Piketty en su último libro, Capital et Idéologie: según nivel de ingreso (nivel de patrimonio y también nivel educativo) los grupos más desfavorecidos son aquellos que más se han opuesto a la integración europea y que han apoyado por ejemplo el Brexit.[4] Esto es: aquellos deciles con los ingresos más bajos, al tener voz política, se manifiestan en contra del régimen que los ha convertido en “perdedores”. Una curiosidad importante: a pesar de las resistencias iniciales al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, por allá de inicios de los noventa, en México no ha habido una expresión manifiesta y robusta contra la apertura comercial, ni siquiera ahora por parte de este nuevo gobierno “antineoliberal”.

G15.18-piketty

Gráfico 2.

-IV-

De lo que podemos observar del grafico 1, parecería que en México o en Chile la resistencia a la desigualdad es mayor. En otras palabras, la fuerte desigualdad debió haber conducido a un cambio de régimen desde hace décadas. Se podría argumentar entonces, que nuestras sociedades no han tenido en realidad ningún interés en reducir la inequidad insultante que nos acompaña desde hace siglos. Podríamos argumentar por tanto que, después de todo, si hoy hablamos de desigualdad es porque…es lo de hoy, porque nos hemos limitado a importar los debates de los países ricos, mientras que nos hemos hecho de la vista gorda durante mucho tiempo. Un profesor mío decía, por ahí de los años noventa, y con justa razón, que para vivir bien en México hacía falta o ser ciego, o hacerse pendejo. Pero siendo sinceros, y aceptando que nuestra vista se porta de maravilla, hemos exagerado un poco.

La falta de reacción ante los altos niveles de desigualdad pudo haber sido también un efecto secundario y nefasto de la ausencia de democracia. En un régimen democrático, y según la teoría del votante medio, en un contexto de fuerte desigualdad habría una demanda hacia políticas con mayor redistribución del ingreso y por tanto, menor desigualad. ¿Qué pasa entonces cuando se produce la transición de un régimen autoritario a democracia en otros casos? En el caso de los países desarrollados, Peter Lindert escribió hace tiempo que el aumento del gasto social vino de la mano con la democratización de las sociedades, con el aumento de la esperanza de vida y, bajo los efectos de la Gran Depresión, también con el desempleo.[5] Dicho estado social también fue la condición (por parte de los sindicatos) para aceptar la liberalización comercial en el periodo posterior a 1945.

Algunos paralelismos se encuentran en ciertos países en América Latina. En México, el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial se caracteriza precisamente por el aumento del gasto social, aunque esta búsqueda se produjo más en el discurso público que en un aumento significativo del mismo.[6] Ahora bien, la crisis de 1982 y la consecuente década perdida pudieron haber generado una mayor demanda de políticas redistributivas que pudieran paliar los efectos sobre la desigualdad. Ante los desequilibrios macroeconómicos acumulados y en gran parte por las presiones externas (fruto de los programas de ajuste estructural impulsados desde el FMI), hubo poco margen de maniobra. Aun así, los gobiernos de los ochenta tampoco priorizaron el problema de la desigualdad.

La historia reciente de nuestra región muestra precisamente eso: la crisis de 1982 fue un parteaguas en las tendencias en los niveles de pobreza y de desigualdad, tal como demuestran Székely y Montes (2008).[7] Pero la transición hacia la democracia tampoco ha implicado una fuerte redistribución de la riqueza ni una caída importante de la desigualdad. Tomando en cuenta únicamente el último medio siglo, ¿cuándo nos ha empezado a preocupar el tema de la desigualdad? En el gráfico 3 se muestra la evolución del n-grama (concepto de la lingüística cuantitativa; a interpretar como el resultado de una secuencia de textos en fragmentos, incluyendo grupos de letras, palabras, o combinación de palabras) utilizando la herramienta Ngram viewer de Google, que toma en cuenta los recursos impresos publicados en un periodo determinado.[8] Si incluimos las palabras desigualdad en México, observamos que efectivamente, el aumento de la utilización de dichos términos va en acorde a lo que sabemos tanto por la narrativa histórica como por las estadísticas.

Gráfico 3

Si bien entonces las medidas de austeridad no permitieron un incremento del gasto social, hacia finales de los ochenta, con la implementación del plan Brady que permitió reducir el peso del servicio de la deuda en el gasto público, podríamos haber entonces esperado el tan anhelado incremento del gasto social. Aquí el caso de Chile es ilustrativo. la llegada de la democracia tampoco coincidió con la implementación de políticas redistributivas, y menos con una caída de la desigualdad. Existen varias razones que explican estas ausencias. Según explican Javier Rodríguez Weber y Diego Sánchez-Ancochea, la dictadura de Pinochet contribuyó en gran medida al aumento de la desigualdad mediante la represión de los sindicatos, el proceso de privatización que benefició a un numero reducido de empresarios y, el control de una élite sobre el Estado, esto último siendo el elemento que persistió más allá del cambio de régimen.[9] Esta captura, vigente hoy en día, le permite a una élite manejar e influir sobre las decisiones de las instituciones económicas. Se trata d un sistema que ha sobrevivido al cambio de régimen y que ralentiza el aumento de la capacidad fiscal del estado chileno, evita políticas de regulación que puedan disminuir la fuerte concentración de mercado, y coadyuva muy poco en políticas de innovación que puedan cerrar las brechas de productividad existentes entre sectores y entre grandes y pequeñas empresas.

-V-

Así pues, volvamos al México actual. Entre los lemas de campaña del actual presidente, el lema de “primero los pobres” no debiera resultarnos sorprendente, ni tampoco los discursos contra la élite, esa “mafia en el poder”. Bajo la misma óptica, la confrontación misma que existe desde la emergencia de AMLO en el panorama político podría leerse como un fenómeno natural y esperado. El famoso cambio de régimen que observamos también podría, por tanto, compararse con lo que sucede en Estados Unidos o en Europa, donde incluso con niveles de desigualdad menos elevados que en México se observan fuertes reacciones en la población. Si el diagnóstico del AMLO ha sido el correcto, la pregunta es más bien, porque no tuvimos un AMLO anteriormente. Aquí también, la controversia generada luego de las elecciones del 2006 (con denuncias de fraude contra el candidato vencedor Felipe Calderón) cobra mayor fuerza.

Al menos en el discurso entonces, el gobierno ha anunciado la priorización de programas sociales. Aún queda por verse que tanto el tema de la desigualdad pasa del discurso a resultados tangibles. Lo que queda claro es que la desigualdad ha subido escalones en las plataformas electorales de los distintos partidos políticos, aunque no necesariamente se haya convertido ya en un tema prioritario. Según el estudio “Desigualdades en México”, Morena ni siquiera fue el partido que más frecuentemente uso la palabra desigualdad en su propia plataforma.[10] Es verdad que otros temas centrales como desarrollo, seguridad, y combate a la pobreza podrían estar asociados directa o directamente con la desigualdad (o incluso la equidad de género). Sin embargo, en ninguna de las plataformas electorales se señalaron propuestas concretas para disminuirla.

Ahora bien: hoy en día existen esfuerzos considerables por entender la situación y los procesos que llevan a la fuerte desigualdad en México. Si bien he mencionado anteriormente que el índice GINI no se ha movido de manera desfavorable, si es verdad que existen otros indicadores que apuntan a lo contrario. También es cierto que existen mecanismos que propician la desigualdad en México incluyendo la concentración de mercado, la falta de movilidad social, el diferencial de crecimiento entre las distintas regiones del país, el racismo y un largo etcétera. Muchas de las discusiones que se repiten en los medios hoy en día ni siquiera eran consideradas en el mundo académico hace tres décadas.

Aun así, existen muchas resistencias a incluir estos temas en la agenda política, y aún más cuando se trata de implementar políticas redistributivas. Esto explica parcialmente el clima de crispación en el país. Aunque probablemente existan elementos que inviten al optimismo, una vez que se piensa en las agendas de investigación de grupos de la sociedad civil y distintas organizaciones no gubernamentales, que hoy en día resultan claves para atraer la atención de la opinión publica hacia estas problemáticas.[11] Esto es necesario porque, en el fondo, es probable que la sociedad mexicana sea mucho menos solidaria de lo que se dice ser, y que la supuesta solidaridad de la que tanto alarde hace se limite a los momentos mas extremos como pueden ser las catástrofes naturales (como el sismo del 2017). Ahora bien, ¿por qué aceptaría un habitante de San Pedro Garza García en Nuevo León, una de las localidades más ricas de América Latina, aceptar un incremento de impuestos para financiar algún programa social en Ocosingo, Chiapas, uno de los municipios más pobres del país? ¿Por qué un habitante del Pedregal en la ciudad de México, que podría ser candidato a posar para la revista Gente u otra revista centrada en la estética étnica tipo europea, apoyaría un proyecto de infraestructura hidráulica en Iztapalapa? La diversidad étnica y la fragmentación social no han solido estar muy de la mano, como señalaba Lindert en el trabajo antes citado (considérese por ejemplo el caso de Estados Unidos).

-VI-

Hace poco, un artículo en el Financial Times discutía el tema de la inmigración y la creciente falta de apoyo de la población europea al estado de bienestar. [12] A medida que la proporción de la población no-nacida en dicha región aumenta, se espera exista un declive en el estado de bienestar (mientras menos haya en común entre los ciudadanos, menos solidaridad habrá entre ellos). Sin embargo, la evidencia empírica no necesariamente acompaña este argumento, y en casos como Canadá o Francia, la diversidad étnica no ha impedido que el estado de bienestar continúe siendo robusto. Regresando al caso de México, me parece un error del gobierno actual seguir nutriendo la división generada desde hace décadas, sino es que siglos. Esto es, las divisiones son reales, así como también lo es, y ha sido la injusticia social. Pero ahora tendríamos que preguntarnos como generar mayor sentimiento de solidaridad entre regiones, grupos étnicos (indígenas) e individuos . Una sociedad más igualitaria beneficiaria a todos y, en esto tienen razón los partidos políticos, dados los efectos positivos en temas como la seguridad, el desarrollo del mercado doméstico, el nivel educativo, la productividad etc. El discurso tendría que llamar a crear consensos en donde cada grupo socio-económico pueda estar representado, así como foros en donde los conflictos puedan ser resueltos, en el mismo sentido de los pactos sociales de la Europa de la postguerra.[13]

*****

NOTAS

[1] Aquí me refiero a la pobreza de patrimonio. Véase Székely, Miguel. “Pobreza y Desigualdad en México entre 1950 Y 2004.” El Trimestre Económico 72, no. 288(4) (2005): 913-31.

[2] Por ahora, basta hacer referencia a un número especial de la revista Nexos, ¿Por qué no somos ricos?, 1 de diciembre de 2011. En ese número se hacía también una crítica al tema del momento, el de las famosas reformas estructurales. Más recientemente, en el libro¿Y ahora que? : México ante el 2018 (Coord. Héctor Aguilar Camín ; Héctor Aguilar Camín [y siete más], se publican una serie de ensayos que incluyen una discusión comprehensiva sobre los desafíos de la economía mexicana.

[3] Veáse por ejemplo: Gordon H. Hanson, “What Has Happened to Wages in Mexico since NAFTA?,” en Integrating the Americas, FTAA and Beyond, by Antoni Esteva deordal et al., Series on Latin American Studies (Cambridge MA: Harvard Univ. Press, 2004), 505–38.

[4] El gráfico que muestro aquí proviene de la página web del autor: http://piketty.pse.ens.fr/fr/ideologie. Piketty, Thomas. Capital et idéologie, Seuil, 2019, 1232 p.

[5] Lindert, P. (2004). Growing Public: Social Spending and Economic Growth since the Eighteenth Century. Cambridge: Cambridge University Press.

[6] Hernández Trujillo, Fausto (2010) “Las finanzas públicas en el México posrevolucionario” en Kuntz, Sandra (coord.) Historia económica General de México. De la Colonia a nuestros días. México: El Colegio de México-Secretaría de Economía. pp. 573-602.

[7] Székely, M., & Montes, A. (2006). Poverty and Inequality. In V. Bulmer-Thomas, J. Coatsworth, & R. Cortes-Conde (Eds.), The Cambridge Economic History of Latin America (pp. 585-646). Cambridge: Cambridge University Press.

[8] Altmann, Gabriel, Reinhard Köhler, and Raĭmond Genrikhovich Piotrovskiĭ (2005), Quantitative Linguistik ein internationales Handbuch = Quantitative linguistics : an international handbook. Berlin: M. de Gruyter.

[9] Veanse los capítulos “La economía política de la desigualdad de ingreso en Chile desde 1850” de Javier E. Rodríguez Weber, y “La economía política de la desigualdad en el nivel más alto de Chile contemporáneo” de Diego Sánchez-Ancochea en Bértola, Luis y Williamson, Jeffrey (2016), La fractura. Pasado y presente de la búsqueda de equidad social en América LatinaColección: Economía. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 640 p.

[10] El Colegio de México. Desigualdades en México/2018. México: El Colegio de México, 2018. 124p.

[11] Véanse recientemente: el reporte de Oxfam, México justo: propuestas de políticas públicas para combatir la desigualdad. Autores: Diego Alejo Vázquez Pimentel, Milena Dovalí Delgado y Máximo Jaramillo Molina; también los distintos informes sobre la falta de movilidad social en México elaborados por el Centro de estudios Espinosa Yglesias.

[12] Ganesh, Janan, “The False choice between diversity and welfare”, Financial Times, 3q de octubre de 2019.

[13] Eichengreen, B. (1996). Institutions and economic growth: Europe after World War II. In N. Crafts & G. Toniolo (Eds.), Economic Growth in Europe since 1945 (pp. 38-72). Cambridge: Cambridge University Press.

Consensos y disensos metodológicos sobre las comparaciones de los niveles de vida

Maximiliano Presa (Universidad de la República, Uruguay)

Carolina Román (Universidad de la República, Uruguay)

15 de setiembre de 2019

RESUMEN. Las mediciones sobre los niveles de vida constituyen parte de una nutrida y activa agenda de investigación en historia económica, con una larga trayectoria, pero con mucho camino por recorrer. En particular, para las comparaciones internacionales de salarios, la agenda resulta en mejorar nuestro conocimiento sobre la historia del consumo de las sociedades. En esta entrada introduciremos avances presentados en el Simposio Nº 19 del sexto Congreso Latinoamericano de Historia Económica y el trabajo que actualmente estamos llevando a cabo sobre la estimación del consumo de ciertos alimentos de la canasta de consumo uruguaya durante el siglo XX.

Algunas líneas sobre el debate

Las comparaciones de los niveles de vida entre países constituyen una agenda de investigación con larga trayectoria en la historia económica. A nivel empírico, surgen dos grandes preguntas: ¿qué comparar? y ¿cómo comparar? Estas interrogantes enfrentan desafíos metodológicos que, para períodos pre-estadísticos, adquieren particularidades específicas. Muchas veces sucede que las fuentes de información disponibles, más allá de que suelen ser escasas, poco sistemáticas o difíciles de comparar internacionalmente, no fueron diseñadas para responder estas preguntas.

Las respuestas a la primera de estas interrogantes incluyen un abanico cada vez más amplio de dimensiones: el ingreso –el producto interno bruto per cápita y los salarios–, indicadores biológicos –nutricionales, alturas– u otras más comprensivas como el desarrollo humano –como propuesta compuesta que aspira a incluir variables como ingreso, educación, salud, distribución del ingreso, género (ver, por ejemplo, el trabajo de Escudero, 2002, con una presentación más exhaustiva). Entre todas estas variables, nos concentraremos en los salarios, ya que existe una larga tradición de los estudios que la utilizan para evaluar diferencias de niveles de vida entre países (Scholliers, 1996). La comparación internacional de los salarios implica resolver dos dilemas. Por un lado, decidir qué tipo de salario debe considerarse como referencia. Por otro lado, debe resolverse cómo medir el poder adquisitivo de dicho salario de tal forma que permita controlar por diferencias en los niveles de precios entre países y, también, a lo largo del tiempo.

Estas cuestiones, algunas más teóricas y otras más metodológicas, fueron parte de los temas presentes en el Simposio 19: Precios, ingreso y niveles de vida: problemas metodológicos en la agenda global, siglos XVI-XX, organizado por María Inés Moraes (Universidad de la República, Uruguay), Daniel Santilli (Instituto Ravignani, Universidad de Buenos Aires-CONICET, Argentina) y Julio Djenderedjian (Instituto Ravignani, Universidad de Buenos Aires-CONICET, Argentina), en el marco del 6to Congreso Latinoamericano de Historia Económica celebrado en la Universidad de Santiago de Chile, Santiago (Chile) entre el 23 y el 25 de julio de este año. Este simposio nucleó a investigadores de América Latina y España, cuyas preguntas y problemas de investigación suelen tender puentes entre ciudades, países, continentes y etapas históricas. Se presentaron investigaciones sobre salarios, costo de vida, precios, consumo, riqueza y distribución, cubriendo distintos periodos y etapas históricas –la industrialización sustitutiva de importaciones, fines del XIX, siglo XX, principios del XIX, mediados del XIX, siglo XVIII– y distintos ámbitos geográficos a nivel de ciudades –Mendoza, Ciudad de México, Puebla, Buenos Aires, Montevideo–, a nivel de países –Chile, Uruguay, España– y a nivel de algunos ámbitos urbanos y/o del mundo rural. Así, se generó un fluido intercambio en donde las sugerencias se cruzaban de una a otra ciudad y atravesaban la historia.

Uno de los denominadores comunes fue el desafío de medir una canasta básica y representativa de consumo que permitiera, o bien deflactar salarios, o bien construir indicadores de paridad de poder adquisitivo, o bien construir una canasta de subsistencia o respetable (para calcular los welfare ratios siguiendo a Allen, 2001, y Allen et al., 2015). Cualquiera sea la estrategia empírica elegida, uno de los tantos problemas a resolver es definir qué bienes debemos incorporar en la canasta, y, una vez definido un criterio para la selección de los productos, estimar sus cantidades y precios.

Este tipo de preguntas son transversales a las investigaciones que tengan como objeto estudiar y comparar niveles de vida entre ciudades y/o países. Entre los rubros más importantes de las canastas de consumo de un hogar se encuentran los gastos destinados a la alimentación, esencial para la supervivencia, el desarrollo y el bienestar de los seres humanos, y que, además, suele constituir el destino de la mayor parte del presupuesto de los hogares (otros gastos constituyen la vivienda, la vestimenta, la energía, y un rubro residual que suele incluir servicios, como el transporte, educación, salud, recreación, etc.).

Al comparar ciudades o países con diferencias en niveles de ingreso y su distribución, composición familiar, precios y preferencias, definir una canasta de alimentos que permita la comparabilidad resulta un tanto complejo. Aquí entran varias dimensiones a considerar, como la composición –tipo, calidad y cantidad de alimentos– y los precios (la ponencia de Djenderedjian, 2019, ilustra de estas problemáticas con el pan y la carne). Asimismo, una pregunta adicional es: ¿cuántas calorías debe tener la canasta? Aquí hay varias discusiones: por ejemplo, Humphries (2013) ha cuestionado la canasta de subsistencia de Allen (2001) porque subestima la necesidad de calorías que requiere una mujer y los niños. Este debate se conecta con la discusión sobre la composición de los hogares, para lo cual es posible realizar ajustes que contemplen cambios demográficos y variaciones en los integrantes del hogar (ver Schneider, 2013).

La ausencia de encuestas de gasto de los hogares o de presupuestos familiares –en general, en América Latina, estos instrumentos se comienzan a aplicar en la segunda mitad del siglo XX– que nos permitan conocer las pautas de consumo de la población, nos deja un vacío importante para abordar algunas de las dimensiones señaladas anteriormente. Así, existen distintas estrategias que podemos resumir en dos: enfocarnos en el consumo de algunos segmentos de la población –por ejemplo, la clase obrera–, o calcular el consumo agregado de alimentos por persona. Esta doble perspectiva, microeconómica y macroeconómica, se presenta como dos vías complementarias para contribuir a la historia de la alimentación en los países de América Latina.

En esta entrada al Blog, vamos a concentrarnos en la segunda perspectiva, esto es, en el cálculo del consumo agregado de alimentos por persona y lo vamos a ilustrar con los avances realizados en el caso uruguayo en el cual estamos trabajando (Presa y Román, 2019).

Una ilustración con el caso uruguayo

Un método utilizado para estimar series de alimentos se asemeja al del flujo de mercancías (commodity flow approach), aunque guarda también grandes similitudes con el procedimiento propuesto por FAO para estimar las hojas de balance de alimentos. El método del flujo de mercancías consiste en calcular el consumo (“aparente”) de un bien o servicio a partir del valor de producción del mismo, restando su uso como insumo, las cantidades exportadas y sumando las importadas. El principal antecedente encontrado en la bibliografía es la estimación de las cuentas históricas de Gran Bretaña realizada por Feinstein (1972), aunque este enfoque ya se había utilizado para ese país en las obras de Jeffrey y Walters (1955) y Deane (1968). Una aplicación más reciente es la de Prados de la Escosura (2003) para España, y también encontramos este método aplicado a las cuentas históricas de consumo holandesas en Smits, Horlings y Van Zanden (1999). Por ejemplo, para el caso de España, Prados de la Escosura (2003), en sus estimaciones de las Cuentas Nacionales Históricas españolas, se basa en los datos obtenidos en las estimaciones del PIB por el lado de la producción junto a una estructura de usos y recursos brindada por una Matriz de Insumo – Producto (MIP) que actúa de benchmark. A partir de esta MIP, se pueden “depurar” las series de producción de los distintos alimentos encontrando la cantidad que fue destinada al consumo final de las familias en cada año. Claramente, cuantas más estructuras de usos y recursos se tengan, mejor será la estimación dado que se utilizarán menos supuestos sobre la estructura vigente en cada momento.

Para el caso de Uruguay, hemos estimado series de consumo aparente de los principales alimentos de la canasta de consumo uruguaya entre 1900 y 1970. Partiendo de relevamientos a clases trabajadoras y las primeras encuestas de consumo, identificamos que los siguientes alimentos mantienen, a grandes rasgos, su importancia a lo largo del período estudiado: carne vacuna y ovina, harina de trigo y panificados, leche y sus derivados y papas y boniatos.

Lechero Artigas

Vendedor de Leche en la ciudad de Rivera, Uruguay, en la década de 1960.  Fuente: https://www.bibna.gub.uy/ Creative Commons 2.0

En Uruguay, la primera MIP se estimó para el año 1961. A medida que fuimos avanzando en nuestras estimaciones de las series por producto surgió, de las fuentes consultadas sobre las cifras de producción y sobre las canastas de consumo, la idea de que mantener la estructura de 1961 podía desembocar en resultados no muy confiables. Por lo tanto, el método utilizado fue dejando paulatinamente el abordaje más vinculado a la Contabilidad Nacional para pasar al método de estimación de las Hojas de Balances de Alimentos propuesto por FAO (2001). Este método es mucho más intensivo en el uso de coeficientes particulares de cada tipo de alimento, por lo que, si bien es más demandante en información –y, ante la falta de la misma, también de supuestos– permite obtener estimaciones más precisas y más informativas acerca de los cambios en los niveles de vida. Para realizar las estimaciones apelamos, entonces, a fuentes primarias y secundarias sobre datos de producción, disponibilidad total, y su distribución entre los distintos usos posibles, así como a estudios sectoriales y consultas a expertos para indagar esos posibles usos. En una próxima entrada al Blog presentaremos las estimaciones y los resultados encontrados.

Esta perspectiva propuesta nos da una idea agregada de la evolución y los cambios en el consumo de los principales alimentos, pero no nos dice nada sobre la distribución de ese consumo entre los distintos segmentos de la población, sea por clases, áreas geográficas u otras dimensiones. No obstante, es factible de complementar con información más cercana al consumo de algunos segmentos de la población –como las clases trabajadoras–, encuestas de nutrición o estudios cualitativos que nos permitan ir completando la imagen del patrón alimenticio de la población uruguaya durante las primeras décadas del siglo XX. Este tipo de ejercicios resulta factible de replicar metodológicamente porque las fuentes que se requieren –estadísticas de producción agropecuaria y de comercio exterior– suelen estar disponibles en nuestros países para etapas pre-estadísticas. Así, se propone como una alternativa a complementar con otros enfoques. Esto forma parte de una agenda de investigación por la cual estamos avanzando y en la cual la colaboración entre investigadores de distintas latitudes constituye un aspecto fundamental.

Referencias

Allen, R.C. (2001) “The great divergence in European wages and prices from the middle ages to the First World War,” Explorations in Economic History, 38 (41), 1-447.

Allen, R., Murphy, T., and Schneider, E (2015) “Una de cal y otra de arena: building comparable real wages in a global perspective,” Revista de Historia Económica – Journal of Iberian and Latin American Economic History, 3 (1).

Deane, P. (1968) “New estimates of Gross National Product for the United Kingdom 1830-1914”. The Review of Income and Wealth, 14(2), 95-112.

Djenderedjian, J. (2019) “Problemas de conversión metrológica y monetaria en los estudios sobre nivel de vida del pasado río platense en los siglos XVIII-XIX. Algunas reflexiones sobre su magnitud, características y posibilidades de solución”, 6to Congreso Latinoamericano de Historia Económica, 23-25 de Julio, Santiago de Chile.

Escudero, A. (2002) Volviendo a un viejo debate: el nivel de vida de la clase obrera británica durante la Revolución Industrial. Revista de Historia Industrial, (21), 13-60.

Food and Agriculture Organization of the United Nations (FAO) (2001) Food balance sheets: a handbook, Rome: FAO.

Feinstein, C. H. (1972) National income, expenditure and output of the United Kingdom 1855-1965 (Vol. 6). Cambridge: Cambridge University Press.

Humphries, J. (2013) “The lure of aggregates and the pitfalls of the patriarchal perspective: a critique of the high wage economy interpretation of the British industrial revolution”. The Economic History Review66(3), 693-714.

Jeffreys, J. B., and Walters, D. (1955) “National Income and Expenditure of the United Kingdom, 1870-1952”. Income and Wealth Vol. 5, Issue 1, December, 1-40.

Prados de la Escosura, L. (2003) El progreso económico de España (1850 – 2000). Bilbao: Fundación BBVA.

Presa, M. y Román, C. (2019) “Evolución del consumo de alimentos en Uruguay (1900-1960s). Una aproximación desde el enfoque de flujos de mercancías”, 6to Congreso Latinoamericano de Historia Económica, 23-25 de Julio, Santiago de Chile.

Scholliers, P. (1996) “Real wages and the standard of living in the nineteenth and early-twentieth centuries. Some theoretical and methodological elucidations”. VSWG: Vierteljahrschrift für Sozial-und Wirtschaftsgeschichte83(H. 3), 307-333.

Schneider, E. B. (2013) “Real wages and the family: Adjusting real wages to changing demography in pre-modern England”. Explorations in Economic History50 (1), 99-115

Smits, J.-P., Horlings, E., and Zanden, J. L. van. (2000) Dutch GNP and its components, 1800-1913. s.n.

PIBs regionales en América Latina: un programa de investigación en marcha.

Henry Willebald (Universidad de la República, Uruguay), 2 de setiembre de 2019

RESUMEN. En la última década ha sido notorio el interés de muchos historiadores de la península Ibérica y de América Latina por identificar e interpretar los factores determinantes del desarrollo regional latinoamericano en perspectiva histórica y comparada. Existe, de hecho, un programa de investigación en marcha que, progresivamente, ha ido arrojando resultados que interesa compartir con la comunidad de historiadores económicos.

En una anterior entrada al Blog (“PIBs regionales en América Latina y desconcentración de la actividad económica durante la ISI: ¿industrialización, protección o condiciones estructurales?”) presentaba y discutía algunos de los resultados iniciales de un programa de investigación que, poco a poco, se ponía en marcha.

En efecto, en la última década, la investigación sobre economía regional y desarrollo local, desde una perspectiva de largo plazo, ha recibido especial atención. Muchos de los resultados han demostrado que la geografía económica actual de Europa y Estados Unidos es el resultado de un proceso largo y complejo en el que las fuerzas económicas e históricas han desempeñado un rol fundamental. En este marco, es posible argumentar que existen fuerzas subyacentes profundas que explican la desigualdad regional contemporánea y, en particular, aquellas relacionadas con los condicionantes institucionales y las características geográficas cobran un carácter determinante. Las fuerzas más básicas están relacionadas con la dotación inicial de factores y recursos (modelo Heckscher-Ohlin), mientras que, en un segundo nivel, se encuentran las fuerzas que surgen de la evolución del potencial de mercado y las economías de aglomeración (Nueva Geografía Económica). La evolución de los costos de transporte, el grado de integración económica internacional e interregional, las obras de infraestructura y los avances tecnológicos adquieren, en esa interacción, una relevancia trascendente.

Progresivamente, los focos de la investigación se han trasladado desde el mundo desarrollado hacia regiones de la periferia mundial, proceso que no solo tiene el potencial de proporcionar una nueva perspectiva sobre la historia económica de estas regiones, sino, también, de ofrecer nuevas ideas sobre cómo interactúan esas fuerzas en los países periféricos. En este sentido, la localización de los recursos naturales, el atraso industrial prevaleciente en la mayoría de estos países, así como la existencia de vastas regiones de baja densidad poblacional conducen a diseñar un renovado conjunto de preguntas.

En este marco, se han propuesto trabajos de estudios empíricos con estimaciones del PIB regional a largo plazo (desde finales del siglo XIX hasta principios del siglo XXI), caracterizaciones de la dinámica de la desigualdad regional y aportes en temas como convergencia entre regiones, aglomeración o movilidad espacial, cambios en la productividad, estructura laboral e intensidad del capital, entre otros. América Latina no ha estado ajena a esta agenda de investigación y se han realizado contribuciones relevantes que resulta de interés difundir y promover. Precisamente, el VI Congreso Latinoamericano de Historia Económica fue una muy buena oportunidad para nuclear los trabajos de investigación en marcha sobre la temática y que han mostrado un alto estado de avance. Fueron presentados los casos de Argentina (María Florencia Aráoz, Esteban Nicolini y Mauricio Talassino), Bolivia (José A. Peres-Cajías), Brasil (Justin R. Bucciferro y Pedro H. G. Ferreira de Souza), Chile (Marc Badía-Miró), Colombia (Lucas Wilfried Hahn-De-Castro y Adolfo Meisel-Roca), Mexico (José Aguilar-Retureta y Alfonso Herranz-Loncán), Perú (Bruno Seminario De Marzi y María Alejandra Zegarra), Uruguay (Julio Martinez-Galarraga, Adrián Rodríguez Miranda y Henry Willebald) y Venezuela (Giuseppe De Corso y Daniel A. Tirado-Fabregat).

No solo es destacable la calidad de las ponencias presentadas sino, también, los esfuerzos de alinear agendas de investigación nacionales para constituir, de hecho, un programa de investigación que permitirá conocer más a fondo la historia económica de América Latina, identificar sus espacios económicos y determinar cuáles han sido los factores claves en el dispar desarrollo regional del subcontinente. De hecho, es regresar, desde otro ámbito y con renovadas perspectivas, a la vieja noción cepalina de la heterogeneidad estructural tan característica del desarrollo desigual latinoamericano.

Estos esfuerzos de estimación y analíticos serán parte, próximamente, de un libro de la colección Palgrave Macmillan que co-editaré con los Prof. Marc Badia-Miró (Universidad de Barcelona) y Daniel Tirado-Fabregat (Universidad de Valencia) y al que se sumarán otros colegas europeos y latinoamericanos con capítulos comparativos y visiones globales.

En próximas entradas del Blog daré cuenta de los resultados que se han obtenido en esta agenda conjunta de investigación y, fundamentalmente, del set de preguntas que se abre desde este momento. Se trata de un territorio fecundo para seguir avanzando en el conocimiento e interpretación de la realidad económica de una región con tantas disparidades y tantos contrastes como América Latina, pero también con tantas posibilidades de acercamiento e integración. La agenda de trabajo está en marcha.

 

Cambiar para participar. Transformaciones personales y sociales que expliquen la oferta de mano de obra de mujeres en América Latina desde 1950

Prof. Silvana Maubrigades, Universidad de la República, Uruguay

RESUMEN. Asumiendo que los cambios en la tasa de actividad de las mujeres en América Latina es un fenómeno multicausal, esta entrada presenta resultados sobre indicadores significativos en la oferta de mano de obra en la región. Se identifica que la reducción en el número de hijos y la mejora de los niveles educativos influye positivamente en el incremento de la tasa de actividad de las mujeres; a la vez que se relativiza el peso del rezago en la edad del matrimonio como factor explicativo para que las mujeres ingresen al mercado laboral.

Silvana (08-03-2019)

En una primera entrega de este Blog, iniciaba la discusión sobre el vínculo entre desarrollo y participación de las mujeres en el mercado de trabajo, con evidencia históricamente reciente sobre los cambios en materia de brecha salarial de género. Ese es hoy uno de los grandes debates en torno a las capacidades del sistema productivo para generar equidad entre quienes participan. Sin embargo, para las mujeres, ser miembros activos del mundo de trabajo implica algo más que la mera voluntad de hacerlo; ellas requieren que se genere una serie de condiciones económicas, pero sobre todo sociales que habiliten ese tránsito, que lo hagan fluido y se minimicen los costos personales de pasar del ámbito doméstico al ámbito público. Por lo tanto, en esta entrega abordaré una serie de variables explicativas que se han usado, en el estudio de diferentes regiones, para comprender los cambios ocurridos en la oferta de trabajo por parte de las mujeres.

Una parte importante de la literatura que estudia las vinculaciones entre las desigualdades de género y el desarrollo se ha centrado en el análisis de los cambios generados en las estructuras familiares y sociales, tanto como en los cambios observados en las “capacidades” de los individuos para enfrentarse a los desafíos de este desarrollo.  Las transformaciones en la conformación de la familia, los cambios en la nupcialidad, el número de hijos por hogar, son factores asociados entre sí y que pueden tener un fuerte impacto sobre las posibilidades de participación de las mujeres en la actividad económica. El aumento de la participación de las mujeres en la toma de decisiones, a nivel de la familia y a nivel social, puede considerarse un indicador de progreso en el desarrollo económico (De Moor and Van Zanden, 2010; Van Zanden, 2011). Y, si bien se ha postulado que el incremento de las mujeres en el mercado de trabajo está inversamente correlacionado con el número de hijos, tal relación no es de naturaleza automática, ni explica por sí sola la totalidad de los diferenciales de participación (Jelin, 1978; García and De Oliveira, 1988).

En América Latina, los cambios ocurridos en el marco de la primera y segunda transición demográfica durante el siglo XX han sido heterogéneos. Pero sería a partir de 1950 que comenzaría a darse una transición hacia una nueva estructura social y económica dominada por el desarrollo de las ciudades, la migración interna de población, cambios en los patrones de natalidad y nupcialidad, inclusión de las nuevas generaciones en los sistemas de enseñanza formales, nuevos espacios productivos y nuevas formas de vida asalariada, al tiempo que se hacían más notorias las brechas entre la población que se integraba a estos cambios y la que quedaba excluida. En el marco de estas condiciones de desigualdad, la movilidad social y los procesos de integración pasaron a depender en mayor medida del crecimiento económico alcanzado por las economías (Rama, 1984).

Un primer hecho relevante en materia de transformaciones en el ámbitoEdad matrimonio doméstico es que el rezago en la edad del matrimonio no ha resultado un indicador útil para entender la mayor presencia de las mujeres en el mercado de trabajo. América Latina es una región que mantiene bajas las edades de ingreso al matrimonio; 25 años al momento del matrimonio de las mujeres es un promedio bastante bajo en comparación con los observados en los países desarrollados a finales del siglo XX (cercanos a los 30 años). Sin embargo, pese a que estos resultados se mantienen relativamente constantes a lo largo del tiempo, las tasas de participación de las mujeres han mostrado un dinamismo mucho mayor en todos los países analizados.

Sin embargo, el número de hijos sí ha mostrado cambios significativos y, con ello, América Latina no se aleja de lo demográficamente esperable. Iniciando la segunda mitad del siglo FecundidadXX con un promedio de 6 hijos por mujer, para el año 2010 esta cifra se ha reducido a menos de la mitad (2,6 hijos por mujer). Este proceso se explica por una transformación relativamente rápida en materia de fecundidad, habiendo logrado América Latina captar los avances tecnológicos obtenidos en materia de control de la natalidad por parte de los países desarrollados. Esto hizo que confluyeran los cambios en las pautas de control de la natalidad con una mayor presencia de las mujeres en el mercado de trabajo, especialmente a partir de la década de 1980 y en toda la región.

La educación ha mostrado también ser una variable dinámica en el proceso de transformación de las trayectorias de vida de las mujeres. El Cono Sur (Argentina, Chile y Uruguay) ha sido siempre una región con altos niveles educativos y si bien siguen Estudioliderando el proceso, fueron en este período alcanzados por el resto de los países de América Latina, en especial los casos de Brasil, Colombia, México y Venezuela. En su vínculo con el mercado de trabajo, la correlación entre educación y tasas de actividad es significativa en una muestra de 15 países analizados en la región (Maubrigades, 2017). Por tanto, si bien no puede afirmarse que los logros educativos han tenido una incidencia directa en la incorporación laboral de las mujeres o, por el contrario, que los requerimientos del mercado hayan motivado la acumulación de años de estudio por parte de éstas, puede suponerse que las mejoras en los niveles de calificación de la fuerza de trabajo abren una ventana de oportunidad a las mujeres en el mercado laboral.

En términos de espacios laborales, el proceso de urbanización que ha mostrado América Latina durante el siglo XX, si bien ha acompañado la tendencia mundial de crecimiento de laUrbanizacións ciudades, ha implicado para la región un cambio significativo en su forma de desarrollo. América Latina sigue siendo un continente dual, tiene un grupo de países que alcanza a finales del período a superar el 85% de su población en medios urbanos, y países que aún tienen algo menos de la mitad de su población viviendo en el medio rural. Esto hace que su potencial explicativo en la participación de las mujeres en el mercado de trabajo sea también dispar. Los países que tienen mayor urbanización (Argentina, Uruguay), son los que han mostrado una mayor diversificación de su mercado de trabajo, y las mujeres participan más en los sectores de los servicios personales y sociales, tanto como en el comercio. En aquellos países con mayor presencia de población rural (Bolivia, Honduras, El Salvador) las mujeres muestran también un fuerte incremento en sus tasas de actividad, pero estando más orientadas a las actividades agrarias donde la temporalidad es una característica dominante, junto con la informalidad y el cuentapropismo.

Finalmente, los cambios en la legislación dentro de los países es otro comDerechosponente útil para explicar el cambio de condiciones que viabiliza la presencia de las mujeres en el mercado de trabajo. En  materia de derechos lo que se puede comprobar es que la brecha en materia formal se ha reducido significativamente en aspectos relevantes de la vida económica como los son el derecho de herencia, la equidad en la toma de decisiones para las mujeres casadas en materia de contratos laborales, legales y financieros. Estas garantías, vinculadas a la posibilidad de firmar contratos, tener titularidad en las cuentas bancarias, o heredar propiedades por parte de las mujeres –y, en particular, entre las mujeres casadas– hablan de un lugar socialmente responsable y protegido detentado por ellas. Sin embargo, contrastan estos resultados con el alto nivel de informalidad presente en estos países, con la precarización de la mano de obra y consecuentemente con una mayor vulnerabilidad en materia laboral.
Explicar los cambios ocurridos en la participación de las mujeres en el mercado laboral, requiere múltiples enfoques. En esta oportunidad, se analizaron aquellas transformaciones ocurridas en el ámbito personal y social, que repercutieron significativamente en la oferta de fuerza de trabajo en América Latina. Lo interesante que ha ocurrido en la región, quizás tenga que ver con el hecho de que no se siguieron siempre los caminos transitados por los países desarrollados para alcanzar los niveles de participación que tienen hoy las mujeres. A nuestra región parece determinarla todavía la temprana consolidación del núcleo familiar, aunque haya logrado reducir significativamente el número de hijos por mujer. La educación ha sido un logro, en términos de acumulación de años de estudio, aunque dista mucho de ser lo esperable en materia de desarrollo. El proceso de urbanización es casi un fenómeno mundial, aunque muchos de los países de América Latina todavía mantengan una importante ruralidad en su estructura social y económica. Y en materia de derechos, hay todo un capítulo por explorar que tiene que ver con un desigual resultado en materia de concreción efectiva de oportunidades, aunque se garanticen las mismas en el plano de lo jurídico.

Tratando de dar un enfoque distinto, una próxima entrega en este blog presentará un análisis desde la demanda de mano de obra femenina, vinculado a los cambios en la estructura productiva que ha tenido América Latina durante el siglo XX.

 

Referencias:
De Moor, T. and J. L. Van Zanden (2010). “Girl power: the European marriage pattern and labour markets in the North Sea region in the late medieval and early modern period1.” The Economic History Review 63(1): 1-33.
García, B. and O. de Oliveira (1988). “Participación económica femenina y fecundidad: aspectos teóricos y metodológicos en.” Memoria de La Reunión sobre avances y perspectivas de la investigación social en planificación familiar en México.
Jelin, E. (1978). La mujer y el mercado de trabajo urbano, Centro de estudios de estado y sociedad.
Maubrigades, S. (2017.). Las mujeres en el mercado de trabajo en América Latina durante el siglo XX : un análisis comparado de la tasa de actividad, sus factores explicativos y su impacto en la brecha salarial. Tesis de doctorado. Universidad de la República (Uruguay). Facultad de Ciencias Sociales.
Rama, G. W. (1984). Evolución social de América Latina (1950-1980): transición y cambio estructrual; primera parte. Seminario sobre Alternativas de Desarrollo de América Latina. CEPAL. Santiago de Chile, CEPAL: 81 p: tbls., diagrs.
Van Zanden, J. L. (2011). In Good Company: About Agendcy and Economic Development in Global Perspective. Stellenbosch Economic Working Papers. Stellenbosch. 23/11

Las diferencias de género en el mercado laboral, brechas salariales como factor emergente

Silvana (06-11-2018)

Silvana Maubrigades es Profesora Adjunta de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República, Uruguay. Es Socióloga y Doctora en Historia Económica por la misma  Universidad. Trabaja en el Programa de Historia Económica donde desarrolla su línea de investigación vinculada a las temáticas de desarrollo, desigualdad y mercado de trabajo desde la perspectiva de género.

 

RESUMEN. Reafirmando la complejidad que presenta el fenómeno de la desigualdad en la región, en esta primera presentación en el blog se introduce la perspectiva de género para analizar en América Latina la brecha salarial, identificándose algunas persistencias como la segregación ocupacional que deriva en disparidades salariales entre hombres y mujeres; y constatándose también una permanencia de las brechas salariales en los estratos más educados de la población activa.

A lo largo del siglo XX, en América Latina, las mujeres duplican su participación en el mercado de trabajo pasando de un promedio aproximado de un 20 % en la primera mitad del siglo XX a guarismos en torno al 40/50 % al final del siglo. Sin embargo, diversos enfoques teóricos e investigaciones aplicadas han demostrado la no linealidad entre el crecimiento económico y el aumento de la población económicamente activa femenina (PEAF). De allí se deriva la necesidad de desarrollar una explicación multicausal de este proceso, abarcando factores explicativos desde la demanda (cambios en los modelos productivos) y desde la oferta (aumento de las capacidades individuales y cambios en la estructura familiar).

Este enfoque aplicado a la región requiere, por un lado, una mirada de largo plazo que permite trazar continuidades y cambios en las variables observadas y, por el otro, la comparación entre los distintos países latinoamericanos y con otras regiones a los efectos de visibilizar esta no linealidad en las trayectorias de los países. Desde la perspectiva histórica y comparada se busca articular las particularidades de los distintos casos estudiados para encontrar explicaciones generales sobre el proceso de incorporación de las mujeres al mercado de trabajo en América Latina. Sus resultados permiten identificar distintos patrones de desigualdades de género en el mercado de trabajo en América Latina vinculados a etapas y modelos de desarrollo

En esta primera presentación al blog introduciré la perspectiva de género para analizar en particular, un tema recurrente en los estudios sobre América Latina, pero también a nivel global. Decía Esteban Nicolini allá por el 2014[1] que la mayoría de las investigaciones recientes coinciden en que la inequidad de ingresos ha aumentado considerablemente en el mundo en los últimos 200 años (aproximadamente) y que la mayor parte de ese incremento se produjo por el aumento de la inequidad “entre” los países y no por la inequidad “dentro” de los países (Milanovic 2011, Bourguignon y Morrison 2002).

En particular, si consideramos sólo el caso de América Latina encontraremos que es un territorio caracterizado por una inequidad persistente con una multiplicidad de causas en su explicación, pero donde aparecen algunos elementos recurrentes. Se ha confirmado que esta desigualdad está vinculada a la falta de oportunidades laborales, a la falta de educación e incluso a la estructura productiva de los países analizados  (Bourguignon et al 2004; Bértola y Ocampo 2012). Sin embargo, en todos estos casos, una mirada a estos mismos indicadores desde una perspectiva de género muestra a las mujeres con una brecha negativa de ingresos que no se ha abatido con el paso del tiempo.

Gráfico 6.2. Brecha salarial de género en América Latina. (Promedio simple por quinquenio)

Silvana (06-11-2018)_gráfico

Fuente: Elaboración propia en base a SEDLAC (CEDLAS & The World Bank).

El primer elemento que destaca en la explicación de esta persistencia en materia de desigualdades salariales mensuales es que las mujeres trabajan, en promedio, menos horas que los hombres. Claro que esta disparidad responde al hecho de que las mujeres mantienen aún una doble jornada laboral asociada al desbalance en las tareas de cuidados que se realizan en el hogar, lo que limita sus posibilidades de cumplir jornadas completas en el mercado de trabajo o efectuar horas extras en el mismo.

Al tener en cuenta el efecto de las horas trabajadas estas diferencias salariales se reducen, aunque si se analiza con mayor profundidad se observan comportamientos muy disímiles según las características de los trabajadores y su diferencial inserción en el mercado de trabajo.

Hacia finales del siglo XX, cuando el proceso de integración de las mujeres al mercado de trabajo en América Latina parece ser ya un fenómeno irreversible, las diferencias salariales cobran una significación mayor en la explicación de las desigualdades de la región, visualizándose tendencias homogéneas entre los países. La evidencia indica las mujeres tienen ingresos inferiores en todos los niveles educativos, pero las diferencias salariales al interior del grupo de los menos educados, así como entre los más educados, es aún más significativa a favor de los hombres.

Con respecto al impacto de la edad en las desigualdades salariales, se encuentra que la desigualdad se incrementa a medida que esta aumenta. Si bien el incremento de la edad produce un aumento salarial en hombres y en mujeres, premiando así la experiencia, proporcionalmente ese crecimiento continúa beneficiando a los hombres más que a las mujeres. En cambio, entre los más jóvenes, donde puede suponerse que la experiencia laboral es menos relevante en la fijación del salario, se encuentra una significativa reducción de la brecha salarial de género.

Por otro lado, la forma en la que hombres y mujeres se incorporan al mercado de trabajo y “eligen” los espacios de participación también tiene su impacto en las retribuciones económicas percibidas. La concentración de mujeres en ocupaciones y sectores con una menor retribución en el conjunto del mercado laboral tiene como resultado un promedio de ingresos inferiores para ellas, constituyendo la segregación sectorial y ocupacional por sexos uno de los factores más relevantes para explicar la brecha salarial.

Estos resultados aportan evidencias a la discusión sobre el sesgo en la selección de ocupaciones “masculinas” y “femeninas” y sus repercusiones en la brecha salarial de género. El acceso de las mujeres a determinadas actividades da como resultado una diferenciación salarial a favor de los hombres y las tareas que desarrollan. El tipo de inserción que tienen hombres y mujeres es uno de los factores que más influye en las diferencias salariales. Dentro de las actividades consideradas “feminizadas” persisten las diferencias salariales negativas para las mujeres y estas son más pronunciadas en aquellos sectores de menores ingresos como es el caso del servicio doméstico. Dentro de las actividades “masculinizadas” como la industria manufacturera, se obtiene también una brecha salarial negativa para las mujeres. Finalmente, dentro del conjunto de personas que perciben ingresos son los trabajadores asalariados los que muestran una menor brecha salarial de género. Tanto dentro del sector empresarial como entre los cuentapropistas, se observan los niveles más altos de desigualdad salarial, superiores al 20%.

Estas condiciones, que caracterizan a la desigualdad a nivel global y que, en el caso latinoamericano, tienen expresiones muy claras en todas sus dimensiones, requieren de una caracterización histórica precisa para alcanzar una interpretación cabal de su evolución y cambio. El objetivo de las dos próximas entradas al Blog será, en primer lugar, analizar los cambios en la demanda de fuerza de trabajo al presentarse una breve caracterización del proceso de incorporación de las mujeres al mercado de trabajo a la luz de los modelos de desarrollo presentes en la región durante el siglo XX. En segundo lugar, se abordarán los cambios ocurridos en la oferta de trabajo femenina, vinculándolos a las dinámicas demográficas y a las transformaciones ocurridas en la vida de las familias, sobre todo a partir de la década de 1950 y hasta nuestros días. Se intentará visibilizar así la existencia de una serie de decisiones asumidas por los hogares y por los individuos que procuran viabilizar la participación laboral de las mujeres a partir de modificaciones en las formas de vida y en los arreglos familiares.

 

Referencias:

Bértola, L. and J. A. Ocampo (2012). The economic development of Latin America since independence. Oxford, Oxford University Press.

Bourgugnon, Francois and Morrison, Christian (2002). Inequality among world citizens: 1820-1992. American Economic Review 92, 727-744.

Bourguignon, F.;Ferreira, F.H.G. and Lustig, N. (eds.) (2004): The Microeconomics of Income Distribution Dynamics in East Asia and Latin America. Washington, DC: World Bank.

Maubrigades, S. (2018) Las mujeres en el mercado de trabajo en América Latina durante el siglo XX. Un análisis comparado de la tasa de actividad, sus factores explicativos y su impacto en la brecha salarial. Tesis doctoral. Universidad de la República, Facultad de Ciencias Sociales.

Milanovic, Branko (2011). A short history of global inequality: the past two centuries. Explorations in Economic History 48, 494-456.

[1] https://pasadoypresenteblog.wordpress.com/2014/02/21/los-componentes-de-la-inequidad-y-su-sentido-en-el-largo-plazo

Emparejamiento de registros e historia económica: una revolución en curso.

Matías Brum (Universidad de la República, Uruguay)

Matias Brum es Profesor Adjunto del Instituto de Economía de la Facultad de Ciencias Economicas de Administración, Universidad de la Republica (Uruguay). Es Doctor en Economía por la Queen Mary, University of London (Reino Unido), su investigación se centra en la intersección entre microeconomía aplicada e historia económica, con foco en la migración internacional durante la primera globalización.

 

RESUMEN: El emparejamiento de registros (record linking) es una innovación metodológica reciente y disruptiva para la investigación en historia económica y otras literaturas. En esta nota repaso, muy brevemente, las distintas formas de identificar a la misma persona en dos registros y algunos trabajos de interés centrados en migración y movilidad intergeneracional.

 

Una literatura pequeña pero creciente viene revolucionando el campo de la historia económica y la microeconomía aplicada de la mano de un avance metodológico importante: el emparejamiento de registros (record linking). Mi encuentro con esta literatura surge del deseo de conectar dos bases de datos con información de migrantes italianos a los Estados Unidos a fines del siglo XIX: una, con datos sobre el condado de residencia dentro de los Estados Unidos y, otra, con datos sobre la municipalidad de origen dentro de Italia. Si bien las familias Acquistapace (en una base) y Acqiustapace (en la otra) “evidentemente” compartirían apellido de no ser por un desafortunado error de tipeo o transcripción, las dudas son mayores respecto a los Onetto (¿serán Onetti? ¿serán Oneto?), Benedetto (¿Benedetti? ¿Di Benedetto?) y otros. Los casos de Vicenzo Bevilacqua (en una base) y Vincent Drinkwater (en la otra) me llevaron a una búsqueda seria de formas sistemáticas de vincular individuos entre bases que desembocó en la literatura sobre record linking.

La idea del método es sencilla: dados dos registros administrativos de cobertura amplia y precisa a nivel individual, no muy espaciados en el tiempo, debiera ser posible identificar a la misma persona en dos oportunidades. Documentos de identidad como Cedulas, DNI o Social Security Number permiten una identificación exacta de individuos en dos registros, pero su introducción a gran escala a nivel nacional es relativamente reciente y dicha información no es compartible dado que, precisamente, permiten la identificación individual de las personas. Los Censos antiguos carecen de identificadores precisos, pero incluyen nombre, apellido y otras características demográficas básicas, y su digitalización a cargo de consorcios de investigadores y otros actores institucionales ha generado la materia prima necesaria para el emparejamiento de registros. Claro está, la falta de un número identificador complica el emparejamiento, el cual es afectado por otros factores: mortalidad, migración, cambios de identidad (piénsese en mujeres que se casan y adoptan el apellido del marido) y, especialmente, errores de registro. Todo esto da pie a la pregunta central inicial: ¿cómo hacemos para identificar a la misma persona en dos registros?

La respuesta ha tomado distintos caminos y es, aun, trabajo en curso. Una primera aproximación sugiere emparejar en base a nombre, apellido, sexo y edad, en principio en base a emparejamientos exactos. Para el caso de Ernesto Berinduague de 40 años observado en el censo de 1880, se trata de encontrar un individuo con el mismo nombre, pero de 50 años, en el censo de 1890. Esta aproximación se complementa o flexibiliza admitiendo ventanas en las edades (ej: entre 48 y 52 años en 1890), estandarización de nombres y apellidos, y/o aceptando el emparejamiento de nombres y apellidos muy similares. La similitud de nombres y apellidos es usualmente medida a través de dos algoritmos de comparación de textos: la distancia bi-gram y la distancia Jaro-Winkler. La primera compara dos cadenas de texto y computa su similitud en base a tramos de a dos letras (por ejemplo, “Pablo” se descompone en “Pa” “ab” “bl” y “lo”); la segunda se basa en computar la cantidad (y radicalidad) de cambios necesarios en una cadena de texto para llegar a otra. Ambas arrojan una medida de similitud en una escala 0 a 1 (donde 0 indica que dos cadenas de texto son idénticas).

Estas técnicas de emparejamiento en ocasiones dan lugar a más de un match entre personas, lo que se torna problemático cuando el match es aproximado: ¿Qué sucede cuando en 1890 encontramos a un Ernest Berinduage de 50 años, y también a un Ernesto Berinduage de 49? ¿Cuál es el que “verdaderamente” se corresponde con el Ernesto Berinduage de 40 años observado en 1880? Si bien inicialmente la respuesta consiste en eliminar los emparejamientos múltiples o repetidos, una respuesta más sofisticada consiste en, directamente, emparejar probabilísticamente. En concreto, la idea consiste en medir las distancias entre nombres, apellidos y edad y combinarlas en un indicador de similitud que incorpore los trade-offs. Esto se logra mediante algoritmos que explícitamente buscan maximizar una probabilidad de emparejamiento correcto. Para cada individuo en un registro, se generan probabilidades de emparejamiento con un conjunto de individuos del registro posterior; el investigador puede luego adoptar distintas reglas de aceptación o rechazo.

Estas técnicas de emparejamiento tienen origen en el trabajo pionero de Ferrie (1996) y posteriores avances e innovaciones en los trabajos de Abramitzky, Boustan y Eriksson (2012, 2014, 2017). De hecho, en Abramitzky, Mill y Perez (2018) se incluyen los códigos de STATA con la metodología de emparejamiento probabilístico en su última versión utilizada por los autores. Esto permite y habilita a cualquier investigador interesado en el tema a meterse de lleno en el mundo del emparejamiento de registros.

Un camino algo alternativo consiste en combinar algoritmos y procedimientos mecánicos/automáticos de emparejamiento, con el realizado por seres humanos: esta es la ruta del machine learning. Esta metodología requiere un set de datos de entrenamiento: el investigador debe, primero, proporcionar una base con pares de individuos ya emparejados (en base a opinión experta y/o distancias y algoritmos), que se toman como correctos o verdaderos. Estos datos de entrenamiento son un subconjunto acotado y reducido de los registros históricos a emparejar. Luego, un algoritmo utiliza estos datos como ejemplo y busca replicar los criterios utilizados por el investigador para emparejar el resto de los registros históricos a estudio, buscando minimizar los falsos positivos y los falsos negativos. Este es el acercamiento propuesto por Feigenbaum (2016), un tanto más complejo.

En términos de disponibilidad de datos, un primer (y descomunal) esfuerzo ha sido llevado a cabo por el North Atlantic Population Project, que ha reunido investigadores de varios países del norte y ha generado versiones digitalizadas y de libre acceso de microdatos censales para Canadá, Dinamarca, Gran Bretaña, Islandia, Noruega, Suecia y los Estados Unidos, entre 1703 y 1911. La web del NAPP permite acceder a los datos y en ocasiones a muestras ya emparejadas. Adicionalmente, la Iglesia de los Santos de Jesucristo de los Últimos Días (institución detrás de Ancestry.com) ha llevado a cabo, paralelamente, un gran esfuerzo digitalizador mediante voluntarios, cubriendo buena parte de los Censos de Estados Unidos del siglo XIX e inicios del XX. La disponibilidad es más bien acotada, pero algunos de estos microdatos son descargables a través de la web del IPUMS y de convenios con el NBER.

El emparejamiento de registros permite reconstruir datos de panel para períodos importantes para, por ejemplo, la literatura sobre migración. Así, en Abramitzky, Boustan y Eriksson (2017), los autores buscan hombres noruegos presentes en el censo noruego de 1900 en los censos de noruega y Estados Unidos de 1910, en un estudio sobre retornantes (return migration). Encuentran que los retornantes son negativamente (auto)seleccionados del conjunto de noruegos emigrados a los

Estados Unidos, aunque su pasaje por el nuevo mundo fue lo suficientemente exitoso como para mejorar sus outcomes en Noruega al volver.

Siguiendo con Noruega, en un trabajo anterior, Abramitzky, Boustan y Eriksson (2012) buscan a noruegos encontrados en los censos de Estados Unidos y Noruega de 1900 en el censo noruego de 1865, y encuentran que los emigrantes noruegos a los Estados Unidos fueron, a su vez, seleccionados negativamente. Con datos similares para el mismo caso, Abramitzky, Boustan y Eriksson (2013) encuentran que los niveles de riqueza de las familias noruegas reducen la emigración a los Estados Unidos (a partir de cierto nivel).

En Abramitzky, Boustan y Erkisson (2014), los autores emparejan nativos e inmigrantes en los censos estadounidenses de 1900, 1910 y 1920. En contraste con la literatura anterior, los autores encuentran que los inmigrantes no enfrentan una penalización muy severa al llegar a los Estados Unidos en términos de ocupaciones en las que se insertan, encontrando también mejoras en el tiempo (en términos de categoría de ocupación) comparables a las de los nativos (aunque con diferencias importantes según el país de origen de los inmigrantes).

En mi tesis doctoral, emparejo inmigrantes italianos encontrados en el censo de Estados Unidos de 1900 con datos administrativos sobre pasajeros en embarcaciones haciendo la ruta Italia-Estados Unidos, por apellidos. Encuentro que las condiciones económicas en los condados de destino de la primera oleada (pioneros) de italianos que arriba a los Estados Unidos incrementa la proporción de italianos provenientes de las mismas municipalidades de origen, y que dicho efecto es aún mayor cuanto mayor la proporción de pioneros de cada municipalidad que se hubiese asentado en dichos condados. Sin embargo, la tasa de emigración de cada municipalidad a los Estados Unidos en su conjunto no parece depender de las distintas decisiones de los pioneros en cuanto a su ubicación a nivel de condados al interior de los Estados Unidos.

El emparejamiento de registros y la reconstrucción de datos de panel es también clave para la literatura sobre movilidad intergeneracional. En esta línea, Feigenbaum (2018) empareja registros administrativos de padres observados en 1915 con sus hijos observados en el censo de 1940 de los Estados Unidos, y encuentra bajos niveles de persistencia en la movilidad intergeneracional en términos de ingresos, educación y ocupación. En otro trabajo, Feigenbaum (2015) empareja censos estadounidenses de 1900 y 1920 y estudia la movilidad intergeneracional durante la gran depresión, y encuentra que esta crisis redujo la movilidad intergeneracional.

Las técnicas de emparejamiento han avanzado mucho desde el trabajo de Ferrie (1996). De hecho,  en la última edición del World Economic History Conference, Abramitzky, Boustan, Eriksson, Feigenbaum y Perez presentaron un resumen más detallado del estado del arte en técnicas de emparejamiento (disponible aquí), realizando un análisis comparado de la efectividad y problemas comunes asociados a cada mecanismo de emparejamiento. Además, el propio Abramitzky ha publicado en su web códigos e información necesaria para replicar varios de sus trabajos co-autorados. Este contexto de gran disponibilidad de datos en conjunto con la difusión pública de los códigos y algoritmos usados por distintos autores, claramente posibilita a otros investigadores a subirse al carro o a adaptar estos desarrollos para otras agendas de investigación. ¡Manos a la obra!

 

Referencias:

Abramitzky, R., Boustan, L., & Eriksson, K. (2016). To the New World and Back Again: Return Migrants in the Age of Mass Migration. ILR Review, 0019793917726981.

Abramitzky, R., Boustan, L. P., & Eriksson, K. (2014). A nation of immigrants: Assimilation and economic outcomes in the age of mass migration. Journal of Political Economy, 122(3), 467-506.

Abramitzky, R., Boustan, L. P., & Eriksson, K. (2012). Europe’s tired, poor, huddled masses: Self-selection and economic outcomes in the age of mass migration. American Economic Review, 102(5), 1832-56.

Abramitzky, R., Mill, R., & Pérez, S. (2018). Linking Individuals Across Historical Sources: a Fully Automated Approach (No. w24324). National Bureau of Economic Research.

Abramitzky, R., Boustan, L. P., & Eriksson, K. (2013). Have the poor always been less likely to migrate? Evidence from inheritance practices during the Age of Mass Migration. Journal of Development Economics, 102, 2-14.

Brum, M. (2018). Italian Migration to the United States: The Role of Pioneers’ Locations.

 Feigenbaum, J. J. (2018). Multiple measures of historical intergenerational mobility: Iowa 1915 to 1940. The Economic Journal, 128(612), F446-F481.

Feigenbaum, J. J. (2015). Intergenerational mobility during the great depression.

Feigenbaum, J. (2015). Automated Census Record Linking. unpub. paper (Harvard University, 2015), available at: http://scholar. harvard. edu/files/jfeigenbaum/files/feigenbaum-censuslink. pdf.

Ferrie, J. P. (1996). A new sample of males linked from the public use microdata sample of the 1850 US federal census of population to the 1860 US federal census manuscript schedules. Historical Methods: A Journal of Quantitative and Interdisciplinary History, 29(4), 141-156.