Blog: Pasado y Presente de la economía mundial

Este blog trata temas de economía e historia económica y su objetivo principal es el de proveer a nuestros lectores de una dimensión histórica al análisis de los problemas económicos contemporáneos. Asimismo, tenemos la intención de divulgar la historia económica mediante la difusión de los últimos hallazgos, investigaciones y debates en nuestra disciplina.

El grupo de investigadores está conformado por académicos de primer nivel en America Latina, Estados Unidos, Inglaterra y España. Las entradas son semanales y abarcaran todo tipo de temática y evento: el comentario de un nuevo libro, o grupos de ellos y que sean de especial relevancia para el debate público; el análisis de un fenómeno contemporáneo a la luz de la experiencia histórica; las nuevas investigaciónes de los autores mismos; se expondrán los contenidos fundamentales de congresos, seminarios, u otros eventos importantes en historia económica. Escribiremos sobre temas globales, y frecuentemente sobre temas relevantes para América Latina y España. Se tratarán, entre otros, temas relacionados al desarrollo económico de los países, las finanzas globales, crisis financieras, recursos naturales, educación, desarrollo tecnológico, la política económica y el papel del Estado en la economía.

PIBs regionales en América Latina. Desigualdad, convergencia y clusters en perspectiva histórica y comparada

HENRY WILLEBALD (Universidad de la República, Uruguay), 31 de diciembre de 2020

RESUMEN. “PIBs regionales en América Latina” es un programa de investigación en historia económica, llevado adelante por un conjunto de investigadores ibero y latinoamericanos que, progresivamente, ha comenzado a ofrecer sus primeros resultados. Ahora, estamos en condiciones de avanzar en el conocimiento del desarrollo latinoamericano desde una perspectiva histórica, comparada y regional, discutiendo la evolución de la desigualdad, procesos de convergencia/divergencia y la conformación de clubes de regiones “pobres” y “ricas”. Se trata de una agenda abierta y que importa compartir con colegas interesados en la historia económica y el desarrollo de América Latina.


En una anterior entrada al Blog (“PIBs regionales en América Latina: un programa de investigación en marcha”) argumentaba que, en la última década, ha sido notorio el interés de muchos historiadores de la península Ibérica y de América Latina por identificar e interpretar los factores determinantes del desarrollo regional latinoamericano en perspectiva histórica y comparada. Existe, de hecho, un programa de investigación en marcha que, progresivamente, ha ido arrojando resultados que interesa compartir con la comunidad de historiadores económicos y cientistas sociales en general.

Parte de los esfuerzos de estimación y analíticos han sido plasmados en un libro de reciente publicación de la colección Palgrave Studies in Economic History, de Palgrave Macmillan, el cual he co-editado con los Prof. Marc Badia-Miró (Universidad de Barcelona) y Daniel Tirado-Fabregat (Universidad de Valencia): Time and Space. Latin American Regional Development in Historical Perspective. Se trata de una obra colectiva en la cual se han sumado colegas europeos y latinoamericanos con capítulos nacionales, comparativos y visiones globales del desarrollo regional de América Latina. Parte de estos resultados se han discutido, además, en Badía-Miró et al. (2020).

Metodologías, política pública, casos nacionales y perspectivas regionales

El libro consta de 14 capítulos y la participación de 22 autores.

El primer capítulo es de carácter introductorio (M. Badia-Miró, D. Tirado-Fabregat y H. Willebald), realiza una presentación del marco conceptual del libro, repasa los capítulos y revisa los highlights y principales hechos estilizados del desarrollo regional de América Latina.

El segundo capítulo (A. Díez-Minguela y M.T. Sanchis Llopis) es de carácter metodológico y se destaca por clarificar y sistematizar las aproximaciones empíricas propuestas en el libro. Es una contribución trascendente sobre un tópico no siempre abordado con el suficiente detalle en los trabajos de historia económica, y el cual significará atajos sumamente útiles para muchos otros investigadores.

El tercer capítulo (L. Bértola) realiza una contribución valiosa al conocimiento del diseño de la política pública en América Latina, en perspectiva histórica y haciendo foco en aquella de carácter productivo y promotora del desarrollo regional. Se trata de un capítulo que brinda un contexto de referencia muy adecuado para la comprensión de los restantes capítulos.

Luego, se presentan los nueve casos nacionales que incluye esta serie: Argentina (M.F. Aráoz, E.A. Nicolini y M. Talassino), Bolivia (J.A. Peres-Cajías), Brasil (J. R. Bucciferro y P.H.G. Ferreira de Souza), Chile (M. Badía-Miró), Colombia (A. Meisel Roca y L. Hahn), Mexico (J. Aguilar Retureta, M. Badia-Miró y A. Herranz-Loncán), Perú (B. Seminario, M. A. Zegarra y L. Palomino), Uruguay (J. Martinez-Galarraga, A. Rodríguez Miranda y H. Willebald) y Venezuela (G. De Corso y D. A. Tirado-Fabregat).

El libro se cierra con dos capítulos que proponen miradas de América Latina como un todo. Uno de ellos se titula “Spatial Inequality in Latin America (1895–2010): Convergence and Clusters in a Long-Run Approach” (M. Badia-Miró, E.A. Nicolini y H. Willebald) y, el otro, “Regional Inequality in Latin America: Does It Mirror the European Pattern?” (J. Martinez-Galarraga, E.A. Nicolini, D.A. Tirado-Fabregat y H. Willebald).

La sección que sigue presenta un punteo, muy breve, de los principales resultados y hechos estilizados que derivan de esta aproximación regional al desarrollo latinoamericano.

Clusters, convergencia y desigualdad regional

Los seis principales hechos estilizados que el análisis permite determinar son los siguientes.

Las regiones de más alto PIB per cápita (“ricas”) están en los extremos del continente, hacia el norte mexicano y el sur argentino y chileno. Es una evolución que ha mostrado fuertes persistencias, con algunas diferencias que tendieron a acentuarse y el surgimiento de algunos pocos “nuevos ricos” (en Brasil, sobre todo).

Las regiones latinoamericanas evidenciaron un proceso significativo de beta-convergencia[1] desde finales del siglo XIX hasta comienzos del XXI, aunque a una velocidad reducida (0,7% anual), mostrando un moderado aceleramiento durante el período de la industrialización por sustitución de importaciones (ISI) (o de industrialización liderada por el Estado).

Ese “acercamiento” entre regiones fue acompañado por un proceso de sigma-convergencia,[2] el cual fue alentado por la reducción de brechas entre los países durante las etapas de mayor apertura (Primera Globalización y el período de re-globalización luego de los 1970s), y dentro de éstos durante el modelo introvertido de industrialización.

Sin embargo, esa trayectoria general incluyó comportamientos dispares entre países, tanto cuando se considera la evolución temporal (hay países con tendencias decrecientes, crecientes, con forma de U y de U invertida), como cuando se toma en cuenta el nivel de la desigualdad regional (muy altos en los casos de Chile y Colombia, muy bajos en los de Uruguay y Bolivia).

Hay evidencia de correlación espacial en la distribución regional del ingreso latinoamericano. El club de “economías ricas” se constata hacia el sur, con la formación de regiones argentinas y chilenas en una caracterización que ha sido persistente en el tiempo. Por su parte, el cluster de regiones pobres se constituyó en la zona de la Amazonia (abarcando territorios de Brasil, Bolivia, Perú y Colombia), aunque tendió a desvanecerse desde los 1970s a medida que la integración de las regiones se hizo más intensa.

Finalmente, se encuentra evidencia de una relación no lineal entre desarrollo económico y desigualdad regional, comportando una curva con forma de N; esto es, se trataría de una relación creciente en las primeras etapas del desarrollo, decreciente luego (como lo anticiparía Williamson en su trabajo clásico de 1965) y volvería a tomar una pendiente positiva para niveles de PIBs per cápita altos en perspectiva histórica. Esta evidencia está en línea con la hallada previamente para el caso de Europa del sur.

¿Más preguntas que respuestas?

Los “PIBs regionales en América Latina” es un programa de investigación en marcha que, luego de casi una década de trabajo, está ofreciendo sus primeros resultados. Y muchos de estos resultados no son más que hechos estilizados que oficiarán, prontamente, como hipótesis de trabajo para lanzar nuevas investigaciones. Muchos son los aspectos que requieren profundización, no solo para conocer más y mejor el desarrollo latinoamericano de largo plazo sino, también, para poner bajo tensión a las propias estimaciones, siempre perfectibles (por su cobertura, extensión o grado de precisión de las proxies utilizadas).

Las direcciones hacia las cuales encauzar las nuevas investigaciones son múltiples, aunque no quería cerrar esta entrada sin destacar al menos cuatro de ellos.

América Latina tiene una característica que lo destaca a nivel mundial y es la de contar con niveles elevadísimos de desigualdad personal del ingreso, en un proceso persistente en el cual las mejoras nunca han dejado de ser esporádicas. Pero esta caracterización no ha incorporado lo suficiente la dimensión regional del problema. Si bien es una noción que ha atravesado al pensamiento económico latinoamericano desde temprano –el concepto de heterogeneidad estructural tiene, de hecho, un componente regional destacado–, la ausencia de información detallada y de largo plazo ha impedido realizar mayores avances. Estos esfuerzos abren, entonces, una nueva puerta de análisis al menos promisoria.

Los otros aspectos en los cuales resta profundizar en su conocimiento refieren al rol que le cupo, en la evolución de la desigualdad regional y a las velocidades en las cuales las regiones latinoamericanas convergieron o divergieron, a los recursos naturales, a la relación con el resto del mundo y al rol del Estado.

Desde su edición de 1994, The Economic History of Latin America since Independence, del Prof. Bulmer-Thomas, incluye un mapa de América Latina con un detalle de la localización y explotación de recursos naturales (adaptado de un trabajo de 1949 de Horn y Bice). Se trata, de hecho, de una representación de la noción de commodity lottery que utiliza el autor en toda su obra y que destaca el rol de la riqueza natural en el desempeño de los países. El punto es que, dada la disponibilidad de información, era muy difícil proyectar esta caracterización más allá del ámbito nacional, pero el dispar desarrollo dentro de los países tiene, en esa localización heterogénea de los recursos naturales, un factor explicativo clave y que ahora podremos explotar.

Extraído de Bulmer-Thomas (1994) (2nd edition, 2003).

La forma que tuvo América Latina de materializar la riqueza de recursos naturales fue participar activamente en los mercados mundiales de productos, razón por la cual las trayectorias de apertura/cerramiento de cada país contarán, también, la historia de los desarrollos regionales. Sin embargo, el intercambio comercial es sólo una parte del relato histórico. El movimiento de capitales, viabilizando las inversiones externas, tuvo efectos notorios en la dinámica de la integración de los mercados. Los movimientos de la demanda internacional habilitaron la producción de alimentos y materias primas agrícolas en amplios espacios de abundante tierra de América del Sur, alentaron la producción de materias primas para los cultivos (salitre) o para la creciente industria del automóvil (caucho) o de la energía eléctrica (cobre) de las primeras décadas del siglo XX. Pero también significaron duros golpes cuando hubo relocalizaciones del abastecimiento mundial de algunas ofertas o cuando el progreso tecnológico bloqueó, de hecho, producciones otrora prósperas y promisorias. El impacto regional, al interior de los países, de estas evoluciones ha conducido a desarrollos muy dispares y a confirmar, desde otra dimensión, la noción cepalina de la heterogeneidad estructural.

Finalmente, el rol del Estado resulta trascendente para interpretar adecuadamente la evolución del desarrollo regional latinoamericano. Desde el tipo de poder colonial dominante (y el predominio de instituciones inclusivas o extractivas), el grado de destrucción que significaron las guerras por la independencia, el largo proceso de consolidación del Estado desde finales del siglo XIX (el cual demoró décadas en constituirse en, realmente, nacional), su creciente participación en la esfera económica y productiva (que tiene su auge en el período de industrialización de los 1950s y 1960s) y la reorientación hacia el mercado desde los 1980s, el rol del Estado ha jugado un papel sustantivo para comprender el desarrollo regional de América Latina. Por ausencia o por presencia, en forma directa o induciendo comportamientos, con el diseño de políticas nacionales o específicamente regionales, su rol deberá ser interpretado y analizado en profundidad.

Indudablemente que queda mucho camino por recorrer y los desafíos son importantes, pero la expectativa de comprender de mejor manera el desarrollo latinoamericano alentará nuevos y renovados esfuerzos.


[1] La beta-convergencia alude al proceso por el cual las economías (regiones en nuestro caso) más retrasadas tenderían a crecer más rápido que las líderes, dando lugar a un proceso de catch-up.

[2] La sigma-convergencia alude el proceso por el cual la dispersión de los PIB per cápita regionales tenderían a reducirse, dando cuenta de una mayor cercanía entre niveles de desarrollo.

Bibliografía

Badia-Miró, M., Martinez-Galarraga, J., Nicolini, E.A., Tirado-Fabregat, D.A. y Willebald, H. (2020) “La desigualdad económica regional en América Latina (1895-2010)”. Investigaciones de Historia Económica – Economic History Research. https://doi.org/10.33231/j.ihe.2020.09.001

Bulmer-Thomas, V. (1994). The economic history of Latin America since independence. Oxford: Oxford University Press.

Tirado-Fabregat, D.A., Badia-Miró, M. y Willebald, H. (eds.) (2020) Time and Space. Latin American Regional Development in Historical Perspective. Pal­grave Studies in Economic History, Palgrave Macmillan.

Williamson, J. G. (1965) “Regional Inequality and the Process of National Development: A Description of the Patterns”. Economic Development and Cultural Change, 13(4), 1-84.

Revisitar el comercio internacional argentino durante la Primera Globalización y su crisis

Agustina Rayes (Universidad Nacional de San Martín – CONICET)

Agustina Rayes es Investigadora Adjunta del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y Profesora Adjunta en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) de Argentina. Licenciada en Relaciones Internacionales y Licenciada en Historia por la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN) y Doctora en Historia por la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT), se especializa en historia económica latinoamericana.

Resumen. Los debates que involucran el comercio exterior argentino durante la llamada Primera Globalización (c. 1850-1913) y su crisis (1914-1945) se han desplegado sobre diversos temas. Su estudio no solo permite evaluar los rasgos de la inserción económica internacional del país, sino también, a falta de series históricas sobre otros indicadores, se ha transformado en una de las principales aproximaciones del desempeño de la economía. Aquí, por un lado, repasamos brevemente algunas de las principales características de las fuentes tradicionales para reconstruir el intercambio mercantil en el período; por el otro, comentamos someramente algunas de las re-estimaciones de las exportaciones y sus contribuciones. Finalmente, planteamos aspectos por resolver en el futuro.


Presentación

En tiempos de crisis generalmente recurrimos a la Historia (sí, con mayúscula, la disciplina, la que narra con evidencia empírica –o al menos eso procura…) como buscando respuestas, lecciones del pasado, orientaciones sobre cómo fueron las cosas, cómo se manejaron, qué se pudo hacer mejor y qué hubiera sido preferible no hacer. En Argentina, como (arriesgo) en otros países de la región, la mirada sobre otros tiempos, en particular en cuestiones económicas, frecuentemente está teñida de versiones románticas o trágicas no necesariamente basadas en datos. Un ejemplo de ello son las visiones que existen acerca de los alcances y las limitaciones en la forma en la que el país se ha integrado en distintos momentos a la economía internacional, interés relanzado periódicamente por las recurrentes crisis de restricción externa y la necesidad de aumentar las exportaciones y mantener una balanza comercial lo más positiva posible. Dentro de estas preocupaciones desde el presente, la economía agro-exportadora, que se extendió principalmente entre el último cuarto del siglo XIX y la Gran Depresión, ha sido materia de variados análisis.

Los debates que involucran el comercio exterior argentino durante la llamada Primera Globalización (c. 1850-1913) y su crisis (1914-1945) se han desplegado sobre diversos temas, como la “relación especial” con Gran Bretaña, la existencia de un “triángulo” comercial, naviero y financiero en el que participaba Estados Unidos, la dicotomía “fronteras vs mercados” por la que el interés de los vínculos con los países limítrofes se centró en la resolución de los conflictos fronterizos, el lugar de Argentina en la división internacional del trabajo como exportadora de materias primas y alimentos, la alta dependencia de ciclos financieros y de la volatilidad de los precios de artículos primarios, la evolución de los términos de intercambio, el tipo de política comercial, y su impacto en los sectores económicos, entre muchos otros.

El estudio del comercio exterior no solo permite evaluar los rasgos de la inserción económica internacional de un país, especialmente en un período en que influyó ostensiblemente en su estructura productiva, sino que también, a falta de series de otros indicadores, como de Producto Bruto Interno, se ha transformado en una de las principales aproximaciones del desempeño de las economías latinoamericanas(Carreras, Hofman, Tafunell & Yáñez, 2003). Veamos, a continuación, muy someramente con qué fuentes contamos para abordar el caso argentino.

Las fuentes tradicionales para estudiar el comercio exterior argentino

En el caso argentino, las fuentes tradicionales para la reconstrucción del comercio exterior han sido los Anuarios de la Dirección General de Estadística de la Nación, cuya información en extremo detallada y organizada a partir de 1870 (cuando se reunieron los datos de todas las Aduanas), versa sobre diversos aspectos, como montos totales y parciales, volúmenes, destinos, procedencias y gravámenes de distintos bienes exportados e importados, así como sobre registros aduaneros y de navegación. Se han usado en innumerables estudios parciales que no podríamos enlistar aquí –que abordaron las relaciones económicas internacionales argentinas en general, que recrearon el vínculo con algún país o grupo de países o que reconstruyeron la trayectoria de algún producto– o en grandes series de historia económica que apuntaron a mostrar la evolución de diferentes indicadores en el largo plazo (por ejemplo, Vázquez Presedo, 1971; Mitchell, 1983; o Ferreres, 2005).

Pese al mencionado nivel de granularidad de los datos, las fuentes argentinas que reflejan el intercambio mercantil están expuestas a los típicos problemas de fiabilidad señalados por la literatura especializada (Federico & Tena, 1991). Dado que las estadísticas de comercio son un espejo (un país importa lo que otro exporta), la comparación recíproca debiera dar los mismos resultados excepto por las diferencias que surgen de que las exportaciones tienden a valorarse free on board (esto es, al punto de salida del producto de un país) mientras que las importaciones tienden a hacerlo cost, insurance, freight (adicionando los costos de comercialización, transporte y seguros). No obstante, a estas discrepancias “inevitables” se suman en la práctica otras que dificultan el emparejamiento de datos: algunas “estructurales”, como la diferente cobertura del comercio, la clasificación de los bienes, la forma de valuación y la asignación geográfica, o los “errores”en los que incurren los funcionarios aduaneros por fraude o negligencia.

En el caso argentino, tempranamente se expusieron algunos de los problemas técnicos de las estadísticas, sin embargo, es importante señalar que las correcciones y la reflexión versó más sobre el costado exportador que sobre la cara importadora, posiblemente por la complejidad de esta última canasta, así como por las dificultades de hallar precios de mercado de los ítems comprados afuera o de encontrar información para reconstruir costos de comercio, y porque las exportaciones fueron el principal motor de la economía durante el período de interés.

Las principales reconstrucciones de las exportaciones

Muy brevemente (cualquiera de estas reconstrucciones pueden verse en detalle en distintos trabajos de los/as autores/as citados/as y aquí no nos detendremos a reproducir sus resultados), entre las principales revisiones contamos las siguientes. La primera retrospectiva corregida fue realizada por Alejandro Bunge (1918), entonces Jefe de la Dirección General de Estadística de la Nación, quien preparó un método de valoración (consistente en averiguar los precios de mercado trimestrales de ciertos bienes) que impactó en importaciones y en los pocos casos de exportaciones que todavía se valuaban a valores oficiales. La revisión se hizo desde 1910 en adelante. Luego, Roberto Cortés Conde, Tulio Halperin Donghi y Haydée Gorostegui (1965) elaboraron la serie corregida más larga de exportaciones (1864-1964) utilizando precios en plaza de Buenos Aires, y pasando los montos totales y parciales a monedas convertibles y comparables en el tiempo y entre países (pesos oro hasta 1930 y dólares desde entonces). El propósito de esta serie fue mostrar el dinamismo de los sectores productivos. Sus resultados debían integrarse con otras estimaciones largoplacistas destinadas a mostrar la evolución de la estructura productiva argentina, como la reconstrucción de las importaciones, pero el proyecto quedó trunco. Más recientemente, Antonio Tena y Henry Willebald (2013) reconstruyeron la serie de exportaciones entre 1870 y 1913 aplicando precios de Londres, considerados internacionales por la relevancia de la plaza en el período, convirtiéndolas a valores f.o.b. Estos autores no solo recalcularon la canasta anual de exportaciones, como habían hecho Cortés Conde et al, sino que también incluyeron la distribución geográfica. Por mi parte, también he corregido las exportaciones entre 1875 y 1933 (Rayes, 2015, y datos inéditos), siguiendo la metodología de Cortés Conde et al, re-estimando la distribución geográfica de los principales socios, considerando los embarques “a órdenes” (en algunos años aproximadamente un tercio del valor total exportado fue reportado en esta categoría, ya que se trataba de bienes de bajo valor unitario, generalmente granos o rollizos de quebracho, que se enviaban sin destino final, el que se indicaba durante la travesía de acuerdo a condiciones de los mercados) y, a diferencia de los trabajos previos, reconstruí la trayectoria anual de los principales productos por valor (a moneda convertible) y por volumen (con uniformidad de unidades de medida y de clasificación de artículos).

Desde luego, existen otras fuentes para abordar el comercio argentino más allá de las estadísticas nacionales o extranjeras. Aquí me detendré a reseñar unas con las que he trabajado y que me aportaron considerablemente para alcanzar una mirada multilateral e integral del tema: las fuentes diplomáticas. En ellas encontré confirmaciones de los números que observaba en las estadísticas, aunque también aprendí sobre aspectos no abordados en los registros comerciales: condiciones y posibilidades de la demanda (gustos y preferencias de las carnes congeladas, fracaso de cosechas en mercados extranjeros, necesidades bélicas); condiciones y posibilidades de la oferta (suciedad de las lanas, potencial del extracto de quebracho para curtiembres); concurrencia extranjera (cereales de Europa del Este, lanas australianas); difusión de información de técnicas de producción y nuevos conocimientos (refrigeración de carnes); precios de venta (evolución mensual de tipo de artículos exportador en plazas extranjeras); conflictos por acuerdos de reciprocidad comercial (harina de trigo en Brasil, vinos españoles); barreras tarifarias y para-arancelarias (lanas en Estados Unidos, fiebre aftosa en ganado en pie a Inglaterra) (para más detalle, véase Rayes, 2020).

Repensar la trayectoria exportadora

Estas reconstrucciones y la aproximación a diversas fuentes han confirmado, matizado o desechado algunas ideas que existían en la literatura sobre las exportaciones. En general, reconocemos que Argentina creció, no exenta de fluctuaciones, como productora de materias primas y alimentos durante toda la llamada Era de las Exportaciones (c.1870-1929), pero es necesario subperiodizar para evitar generalizaciones erróneas. Véase el siguiente gráfico que refleja una propuesta basada no solo en la evolución general de las exportaciones sino, también, en el comportamiento de la canasta y de la distribución geográfica.

Elaboración propia en base a estadísticas oficiales y Cortés Conde et al. (1965).

La distribución geográfica, la composición de la canasta y la trayectoria individual de los principales productos muestran la importancia que tuvieron tanto la demanda como la oferta, así como la necesidad de redimensionar vínculos desde una perspectiva multilateral. A continuación reproducimos dos tablas en las que se resume, siguiendo la propuesta de subperiodización, la participación de los principales productos exportados y los destinos.

Tabla 1. Participación relativa (%) de los productos en las exportaciones argentinas, en valores corregidos (en mill. de oro $), 1875-1929

Cont. Tabla 1

Tabla 2. Participación relativa (%) de los destinos en las exportaciones argentinas, en   valores corregidos y con distribución de las exportaciones “a órdenes” (en mill. oro $), 1875-1929

Cont. Tabla 2

La región del Río de La Plata necesitó del comercio exterior desde la Independencia y, obviamente, se integró a los mercados internacionales desde antes, pero fue a partir de la década de 1870 que ese proceso se intensificó. Durante el último decenio decimonónico se sumaron nuevos artículos a la canasta (lino, trigo, maíz, harina de trigo, extracto y rollizos de quebracho, carnes congeladas y enfriadas), pero ello no implicó el declive absoluto de los artículos tradicionales (lanas, cueros, pieles, otros subproductos pecuarios).

La integración argentina a los mercados internacionales no estuvo exenta de conflictos. Esta tapa de Caras y Caretas (23 de noviembre de 1901) refleja el reclamo que el gobierno argentino hizo a Brasil por privilegiar la compra de harina de trigo de Estados Unidos, vulnerando la cláusula de Nación Más Favorecida presente en el Tratado argentino-brasileño.

La Primera Guerra Mundial cambió la lógica de crecimiento, hasta entonces principalmente traccionado por los volúmenes –por la relevancia de la revolución de los transportes que impactó como un shock de productividad en “canastas pesadas”(Gerchunoff & Llach, 2008)– dado el aumento de los precios internacionales. A su vez, es posible pensar la neutralidad argentina sostenida a lo largo de toda la contienda, entre otros factores sociales, culturales, políticos y económicos, por la relevancia de los principales socios comerciales en los años pre-bélicos (Reino Unido y Alemania, primero y segundo, respectivamente).

Los principales socios comerciales fueron cambiando de importancia relativa; hasta 1890 dominó Francia y, desde entonces, Reino Unido que, sin embargo, no superó el 40% del valor total exportado y tuvo un rol concentrador en crisis internacionales (durante la Gran Guerra o en Gran Depresión). Desde fines del siglo XIX creció el lugar de Alemania. Durante la contienda aumentó el share de Estados Unidos, lo que se sostuvo parcialmente en los 1920s, cuando también destacó Países Bajos. El intercambio intra-regional rondó el 15% del valor total exportado y si no fue mayor quizás se haya debido a la capacidad de compra de los partenaires, a la ausencia de redes de comercialización y a la falta de complementariedad.

Finalmente, es importante recalcar que la combinación de las diversas variables revela que Argentina no dependió de un único destino ni de un único artículo, y que hubo distintos patrones de distribución geográfica, lo que contribuye a explicar el crecimiento de las exportaciones en el largo plazo. No obstante, como sabemos hoy, ese crecimiento estaba condicionado a un contexto internacional que no se re-editó y en el más largo plazo esa forma de inserción internacional mostró serios límites para el desarrollo del país, incluso antes de la Segunda Guerra Mundial. Pero esto que señalo, en todo caso para ilustrar la relevancia que sigue teniendo un tema tan revisitado por la historiografía, es parte de un amplio e interesante debate que requiere considerar muchas otras dimensiones.

La década de 1930 agravó los desafíos, presentes desde antes, a la forma de inserción económica internacional argentina. La tapa de Caras y Caretas (1 de abril de 1933) satiriza la firma del Tratado Roca-Runciman, un pacto anglo-argentino que ilustra algunas de las características del nuevo contexto internacional.

Un camino por recorrer

Para finalizar, quiero dejar en claro que, pese a los avances señalados, faltan algunas correcciones relevantes, como, por ejemplo, lograr una serie de importaciones con revisión de precios, ya que hemos probado que los montos se han calculado sobre aforos no actualizados (Rayes, Castro & Ibarra, 2020). Ello permitiría no solo estudiar su impacto en la modernización de la economía y observar la evolución en el tipo de consumo (aportando al debate sobre la industrialización temprana) sino, también, lograr un índice de precios de las importaciones para re-estimar términos de intercambio, generalmente basados en precios y en canastas de importadores, que no necesariamente eran parecidos a los argentinos (Ford, 1955). Ante la dificultad de hallar precios seriados en el mercado argentino para muchos de los artículos importados, una posible solución es aplicar los que se formaron principalmente en el mercado londinense (siguiendo la base de datos de Federico & Tena-Junguito, 2016), pero para poder hacerlo es preciso calcular los costos de comercio, lo que implica mucho más que considerar los costos de transporte (Jacks, Meissner & Novy, 2010). Además, conocer la verdadera evolución de los precios de mercado permitiría, junto con una ponderación de la evolución del tipo de cambio, estimar la protección efectiva, ya que las discusiones sobre el carácter de la política comercial argentina se han dado sobre la protección nominal. Otra vez, el uso de otras fuentes, más allá de las estadísticas comerciales, puede contribuir para alcanzar miradas enriquecedoras capaces de trazar puntos de contacto con las historias de otros países y de enlazar este período con otros a fin de lograr una visión de largo aliento que eche luz sobre el presente.

Bibliografía

Bunge, A. (1918). Intercambio de la República Argentina en los años 1910 a 1917 (contribución a una política económica internacional argentina). Buenos Aires.

Carreras, A., Hofman, A., Tafunell, X., & Yáñez, C. (2003). El desarrollo económico de América Latina en épocas de globalización. Una agenda de investigación. CEPAL-División de Estadística y Proyecciones Económicas (24), 1-28.

Cortés Conde, R., Halperin Donghi, T., & Gorostegui de Torres, H. (1965). Evolución del comercio exterior argentino. Exportaciones. Buenos Aires: Instituto Torcuato Di Tella.

Federico, G., & Tena, A. (1991). On the Accuracy of Foreign Trade Statistics (1909-1935). Explorations in Economic History (28), 259-273.

Federico, G., & Tena-Junguito, A. (2016). World Trade, 1800-1938: a New Data-set. EHES Working Paper in Economic History (93), 1-300.

Ferreres, O. (2005). Dos siglos de economía argentina (1810-2010). Historia argentina en cifras.Buenos Aires: El Ateneo.

Ford, A. (1955). Export Price Indices for the Argentine Republic, 1881-1914. Inter-American Economic Affairs, 9 (2), 42-54.

Gerchunoff, P., & Llach, L. (2008). “Antes y después del “corto siglo XX”. Dos globalizaciones latinoamericanas (1850-1914 y 1980s-2000s)”. XXI Jornadas de la Asociación Argentina de Historia Económica (págs. 1-52). Caseros: Asociación Argentina de Historia Económica.

Jacks, D., Meissner, C., & Novy, D. (2010). Trade costs in the first wave of globalization. Explorations in Economic History (47), 127-141.

Mitchell, B. R. (1983). International Historical Statistics. The Americas and Australasia. Londres: Macmillan.

Rayes, A. (2020). El impacto de las fuentes diplomáticas sobre la historia económica. Un ejemplo. Revista Electrónica de Fuentes y Archivos (11).

Rayes, A. (2015). La estadística de las exportaciones argentinas, 1875-1913. Nuevas evidencias e interpretaciones. Investigaciones de Historia Económica, 11 (1), 31-42.

Rayes, A., Castro, R., & Ibarra, F. (2020). Números oscuros. La valoración de las importaciones argentinas, c. 1870-1913. Revista Uruguaya de Historia Económica (17), 25-48.

Tena-Junguito, A., & Willebald, H. (2013). On the accuracy of export growth in Argentina (1870-1913). Economic History of Developing Regions, 28 (1), 28-68.

Vázquez Presedo, V. (1971). Estadísticas históricas argentinas (comparadas). Primera parte, 1875-1914. Buenos Aires: Ediciones Macchi.

Aportes sobre la industria manufacturera en Brasil, Chile y Uruguay durante el período de industrialización 1930-1980. Disparidad, mejora, ocaso y retroceso

Cecilia Lara (Universidad de la República, Uruguay)

Cecilia Lara es profesora adjunta de la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración (FCEA) y profesora asistente de la Facultad de Ciencias Sociales (FCS), ambos en la Universidad de la República, Uruguay. Es economista y Doctora en Historia Económica por la misma Universidad. Trabaja en el Programa de Historia Económica (FCS) y en el Instituto de Economía (FCEA). Sus temas de interés son estructuras productivas y políticas de desarrollo productivo; población y desarrollo; y género y bienestar.

RESUMEN. El objetivo de este post es aportar elementos de la experiencia histórica para la discusión actual del rol del Estado en América Latina y, en particular, de las políticas de desarrollo productivo. Conocer más sobre el desempeño del período de la industrialización entre 1930-1980 en la región es de vital importancia, ya que fue el momento durante el cual la industria actuó como el motor del crecimiento económico, de la mano de un despliegue de políticas de Estado, hechos que no se volvieron a repetir en en la región, constituyendo una etapa singular de la historia económica latinoamericana.

El rol del Estado en la economía. Hoy y ayer

En el contexto actual de un mundo afectado por la pandemia es imprescindible hablar del rol del Estado en los diferentes ámbitos que hacen a los países y la vida de las personas que los habitan: la salud, la educación, la producción económica, el relacionamiento mundial.

La dicotomía libertad de mercado versus intervencionismo no parece adquirir un mayor sentido, ya que las necesidades actuales caminan hacia una mayor intervención estatal, algo que se reconoce, incluso, en países liberales como Estados Unidos.

Dentro de las políticas económicas, existe una batería muy diversa de medidas que pueden adoptar los gobiernos. Una de ellas tiene que ver con las políticas industriales,[1] dirigidas a fortalecer determinados sectores de la economía de forma de desarrollar capacidades de producción domésticas. Esto se puede traducir en subsidios directos e indirectos, acceso preferencial al crédito, aranceles, fomento a la innovación y tecnología, entre otros.

Para América Latina, la CEPAL, históricamente, propone que los países lleven adelante políticas industriales para superar los conocidos problemas de la heterogeneidad estructural y la especialización productiva (Rodríguez 2001).[2] Los impactos de la pandemia no han hecho más que demostrarnos la importancia de los sectores industriales, con su rol estratégico para dinamizar las economías y reactivar la innovación de cara a un nuevo patrón de desarrollo productivo (CEPAL 2020).

Si bien la industria es un sector clave por sus capacidades comprobadas de generar derrames, externalidad y encadenamientos (Hirschman 1958, Kaldor 1960, Szirmai 2012), las resistencias a apostar por este sector provienen de varias décadas. Desde que se implementan en la región los modelos de corte neoliberal a partir de los años 80, la palabra «política industrial» es maldecida por la academia y los hacedores de política. Recién en el siglo XXI éstas retoman a la agenda pública, no obstante, en varios países la reprimarización de la economía no se ha revertido y ha habido un espacio acotado para este tipo de políticas de desarrollo productivo.

Uno de los motivos por los cuales las políticas industriales han sido devaluadas en América Latina tiene que ver con su pasado en el período de crecimiento hacia adentro, entre los años 1930 y 1980. Se ha tejido un manto de leyenda oscura sobre lo que le sucede a la economía cuando el Estado interviene y, en particular, para promover las manufacturas. Dentro de las críticas, una de ellas radica en el desempeño económico de la industria, y, más precisamente, en su productividad.

Aquí es donde propongo reflexionar, tomando de la experiencia histórica para América Latina, resultados, lecciones e insumos para pensar el presente. Primero que nada recordemos que los años comprendidos entre 1930 y 1970 fueron en los cuales el sector manufacturero en la región adquirió mayor peso en la economía (alrededor del 25% del promedio; Bértola y Ocampo 2012), y la tasa de crecimiento del PIB industrial (más de 5 por ciento anual) era superior al del total de la economía (Bénétrix et al. 2012). Este sector es claramente identificado por su impacto en la generación de empleo, incorporación de tecnología e innovación, así como vínculos con otros sectores de la economía. Este período fue, además, inusual porque el Estado jugó un rol protagónico en este proceso de industrialización a través de la intervención de políticas. Estos hechos no se repitieron de nuevo en la región, constituyendo una etapa singular de la historia económica latinoamericana.

Comparado a otros países de industrialización tardía en el siglo XX (Gerschenkron 1962) como lo ocurrido en países de Asia Oriental (Japón, Corea, Taiwán), América Latina experimentó una temprana desindustrialización (Palma 2005), con negativas consecuencias para el crecimiento económico y el desarrollo. Amsden (2001) y Szirmai (2009) presentan evidencia sobre que los países en desarrollo que apostaron por la industrialización tardía, pero mantuvieron el modelo industrializador por un prolongado período de tiempo, lograron exitosamente converger hacia países ricos en términos de PIB per cápita. Estas experiencias de industrialización fueron impulsadas por sostenidas políticas industriales (Chang 2009), por lo tanto, muestran que éstas han sido una poderosa herramienta para llevar adelante transformaciones productivas. Aunque el proceso de industrialización se plantea como un motor de crecimiento desde contribuciones teóricas y empíricas, esta etapa para América Latina ha sido cargada de valoraciones negativas. Parte de la contribución de mi Tesis de Doctorado es ofrecer nueva evidencia para revisitar el desempeño de la industria manufacturera en tres países de la región (Brasil, Chile y Uruguay), con una perspectiva comparada (Estados Unidos y Suecia) en el período de la industrialización (1930-1980).[3]

Los cambios al interior de la manufactura

Con respecto a los tres países latinoamericanos, un primer punto a destacar es que se identificaron cambios en la composición del valor agregado y del empleo, dentro del sector industrial. Sin embargo, el grado de transformación tecnológica (medido por el mayor peso de las industrias intensivas en ingeniería) fue más débil y limitado en el tiempo para el caso del Uruguay, seguido por la experiencia chilena con avances moderados, y, finalmente, el caso brasileño, el cual mostró cambios profundos y sostenidos en el período (ver Gráfico 1).

En Uruguay los mayores cambios en la industria se produjeron hasta mediados de la década de 1950. Sin embargo, el peso de las industrias intensivas en recursos naturales siempre fue alto, algunas de ellas asociadas a la producción de bienes de consumo tradicionales no duraderos (alimentos y bebidas) y otras (papel, productos químicos y petróleo). Los alimentos y las bebidas tenían altos niveles de protección y registraban niveles de productividad superiores a la media del sector manufacturero. Por otra parte, los textiles también eran una industria protegida y, a diferencia del resto de las industrias con uso intensivo de mano de obra, esta industria registró altos niveles de productividad hasta 1968. A diferencia de otros países de la región, no existía un marco institucional sólido con políticas industriales que apoyaran deliberadamente la producción de bienes intensivos en ingeniería (Bértola y Bittencourt 2015). Este último grupo de industrias creció muy ligeramente en términos de valor agregado y empleo, y su nivel de productividad laboral se mantuvo bajo.

La historia fue diferente en Chile. Aunque al principio hubo una alta protección para las industrias de bienes de consumo no duradero (alimentos, bebidas, tabaco, textiles), la aparición de CORFO[4] en 1939 dio un impulso al proceso de industrialización en la industria y la tecnología intensivas en capital. CORFO tenía como objetivo crear una estrategia para promover el crecimiento económico y el desarrollo en Chile, y fue financiado por un impuesto sobre la industria del cobre. Esta organización alentaba la inversión privada y pública, estimulaba la investigación tecnológica y apoyaba a las nuevas industrias en campos estratégicos, a saber, la electricidad, el petróleo y el acero (Lagos 1966). Esto dio lugar a un mayor peso de las industrias intensivas en ingeniería en 1957, en detrimento, sobre todo, de las industrias intensivas en mano de obra. Por otra parte, las industrias intensivas en recursos naturales mantuvieron su importancia y registraron niveles de productividad laboral superiores a la media de la industria. En el decenio de 1960 el proyecto de industrialización dio mayor prominencia al sector privado y se siguieron produciendo cambios en la composición del valor agregado dentro de la industria. Las industrias intensivas en mano de obra siguieron disminuyendo su participación y su nivel de productividad, mientras que las industrias intensivas en ingeniería aumentaron su peso en el conjunto de la industria y también su nivel de productividad, aunque permanecieron por debajo del peso del grupo de industrias intensivas en recursos naturales.

En el caso de Brasil se identifican dos períodos: entre 1930-1960 y 1960-1980 (Abreu et al. 2000). El primer período se caracterizó por la industrialización de la sustitución de importaciones propiamente dicha, con la mayoría de la producción de bienes intensivos en recursos naturales y mano de obra. Estas industrias tenían un nivel de protección significativo, y las primeras tenían niveles de productividad superiores a la media de la industria en su conjunto. El decenio de 1950 marcó un punto de inflexión: la industria de bienes de consumo duraderos (automóviles, electrodomésticos), la generación de energía, el hierro y el acero adquirieron mayor importancia en detrimento de otras industrias ligeras. El BNDES[5] fue una figura clave en el financiamiento de las industrias con mayores requerimientos de infraestructura, así como de otras políticas industriales que involucraban activamente al Estado en la producción. El censo industrial de 1959 dio cuenta de estos cambios, puesto que mientras el valor agregado bruto de las industrias intensivas en recursos naturales representó el 41% del total de la industria manufacturera, las industrias intensivas en ingeniería representaron el 39% y además reportaron los niveles más altos de productividad. Entre 1960 y 1980, el cambio estructural se profundizó en Brasil, con una mayor diversificación y un aumento de la productividad de las industrias más sofisticadas (ingeniería mecánica, equipo de transporte, entre otras). Las industrias con uso intensivo de ingeniería pasaron a ser más importantes en términos de valor agregado y empleo que el resto de las industrias. Por el contrario, las industrias intensivas en mano de obra perdieron participación y, al mismo tiempo, se clasificaron como las industrias menos productivas. Esto se produjo en un contexto de mayor protagonismo del sector privado en la producción, mayor presencia de empresas transnacionales y aumento de las exportaciones industriales.

Gráfico 1. Distribución del valor agregado industrial en 3 grupos de industrias. Brasil, Chile, Uruguay y Estados Unidos. 1940 y 1980.

Fuente: elaboración propia en base a datos de estadísticas oficiales

¿Qué historia cuenta la productividad?

En la Tesis se emplea el concepto de productividad más simple, esto es, el cociente del valor agregado y la cantidad de trabajadores empleados. El cálculo de productividad en el período de tiempo seleccionado, nos muestra sus niveles, y no sólo su evolución como ocurre cuando se emplean índices. Una vez calculados los niveles de productividad por industrias para Brasil, Chile y Uruguay, se comparan con los alcanzados en las industrias de Estados Unidos[6] y, de esta forma, se obtienen ratios de productividad.

Los ratios de productividad de los tres países cuentan diferentes historias (ver Gráfico 2[7]), pero con un punto muy importante en común: durante la etapa de la industrialización dirigida por el Estado las brechas de productividad relativa alcanzaron los mejores desempeños que se observan para cada uno de los tres países individualmente.  Agotado el modelo basado en la industria, estas brechas crecen. Esto ocurre en Chile desde 1973, Uruguay desde 1958, y Brasil a partir de los años 80.

Para complementar la visualización de las gráficas, se aplican los test de convergencia Augmented Dickey Fuller (ADF) y Zivot & Andrews (ZA), y con ellos se determina si los resultados son estadísticamente significativos o no. Ambos test de raíces unitarias se aplican sobre el ratio gci,t = ln(Pci,t/ Pusi,t) en donde Pci,t es la productividad de la industria en Brasil, Chile o Uruguay, y Pusi,t es la productividad de la industria en Estados Unidos. El test ADF se calcula con constante y tendencia; si la hipótesis nula (H0) se rechaza, entonces la serie es estacionaria alrededor de la tendencia y no habría raíz unitaria, por tanto, una vez que esto sucede se testea la convergencia o divergencia de la serie. Además del test ADF, se calcula el test ZA, en donde si la H0 se rechaza entonces la serie es estacionaria alrededor de la tendencia con un cambio estructural y no habría raíz unitaria, por tanto, pasa a testearse la convergencia o divergencia separadamente en dos períodos (antes y después del cambio estructural endógeno).

A nivel de la industria en su conjunto, los resultados no son concluyentes de una convergencia o divergencia estadísticamente significativa en la comparación Chile versus Estados Unidos para los años 1939-1980, y Uruguay versus Estados Unidos para los años 1939-1968. Sin embargo, la trayectoria del Brasil con respecto a los Estados Unidos sí mostró un proceso de convergencia estadísticamente significativo durante todo el período 1945-1980. Brasil aplicó políticas industriales sostenidas que contribuyeron a transformar la estructura productiva, lo que también se reflejó en la reducción de las diferencias de productividad con respecto a los Estados Unidos. El cambio estructural y la convergencia industrial fueron de la mano en este país, y es un hallazgo en línea con trabajos previos (Bértola 2000, Durán et al. 2017).

Gráfico 2. Brechas de productividad laboral. Brasil, Chile y Uruguay comparado con EEUU


Fuente: elaboración propia en base a datos de estadísticas oficiales

Utilizando las series por industrias, fue posible explorar la convergencia a ese nivel más desagregado. Más allá del hecho de que la productividad laboral de las industrias estadounidenses creció de manera constante durante todo el período, algunas industrias latinoamericanas lograron destacarse, ya sea para todo el período o para subperíodos específicos. Si me centro sólo en la convergencia estadísticamente significativa (ver Cuadro 1), la industria papelera chilena converge con los Estados Unidos hasta el decenio de 1950, mientras que la industria tabacalera del mismo país redujo la brecha con los Estados Unidos a partir del decenio de 1950. Ambas industrias registraron trayectorias de alta productividad en Chile, pero a costa de expulsar a los trabajadores. Hay que tener en cuenta que la industria papelera tuvo una alta participación en el valor agregado y el empleo, mientras que la industria tabacalera fue menos significativa.

En el caso de Uruguay, los alimentos y las bebidas alcanzaron una trayectoria de convergencia, y el tabaco y el caucho y el plástico lo hicieron hasta 1959. Estas industrias estaban protegidas bajo el modelo de industrialización liderado por el Estado, y también contribuyeron al crecimiento de la productividad laboral total mediante la reducción del empleo.

Por último, las industrias brasileñas tuvieron un desempeño muy favorable con respecto a las de los Estados Unidos, logrando consolidar un proceso de convergencia en la mayoría de las industrias, con la excepción de la industria química (divergente desde 1962) y la de minerales no metálicos (ni convergente ni divergente). El mayor éxito relativo se observó en la industria textil, porque a pesar de ser una industria muy dinámica en los Estados Unidos, Brasil mostró un rendimiento muy alto y su ritmo de convergencia fue el más fuerte dentro de las industrias manufactureras.

Cuadro 1. ADF tests, Zivot & Andrews test, y estimaciones de tendencia determinística. Chile, Brasil y Uruguay comparado con EEUU

En resumen, la industria manufacturera de Brasil logró cambios sustanciales, que se reflejaron en una reducción de la heterogeneidad y en avances notorios en cuanto a cambio estructural. La convergencia de la industria manufacturera se aceleró en Brasil en el decenio de 1960, cuando se profundizó el modelo de desarrollo basado en la industrialización y se adoptaron características diferentes de las registradas en su primera etapa. La transformación estructural fue más débil en Uruguay y moderada en Chile, y la capacidad de reducir las brechas tecnológicas con los líderes se limitó a algunos sectores industriales relacionados con los recursos naturales y con niveles medios y altos de protección industrial. Esto último también debe vincularse al diferente ritmo de industrialización de estos dos países, especialmente en Uruguay, donde el impulso industrializador se agotó muy tempranamente. Una hipótesis subyacente, y en gran medida el argumento para la desindustrialización temprana, es que si la industria no se hubiera desmantelado tan rápidamente, se podrían haber logrado otras trayectorias más exitosas del desempeño relativo del sector.

A nivel de la industria manufacturera en su conjunto, mis resultados muestran que el país que más avanzó en las políticas industriales, Brasil, fue el que logró alcanzar al liderazgo durante el período de industrialización. Su abanico es muy amplio, desde las políticas proteccionistas hasta otro conjunto de políticas para la formación de los trabajadores, el fomento de la innovación y la inversión, y las políticas de financiación. En el caso de Uruguay, en su etapa de industrialización propiamente dicha, el nivel relativo de productividad respecto de los Estados Unidos se mantuvo estable y en valores moderadamente altos, pero desde mediados de los años cincuenta, cuando el modelo se estancó en este país, esta posición relativa se perdió considerablemente y se situó en niveles muy pobres (alrededor del 20% en 1968 y del 15% en 1988 según estimaciones propias). Y, finalmente, la posición relativa de Chile fue modesta y estable hasta la década de 1970, antes de caer a niveles similares a los de Uruguay. La pérdida de la posición relativa de la productividad laboral de la industria en Uruguay y Chile, que fue acompañada por un cambio en las políticas económicas y el modelo de desarrollo, no pareció generar resultados positivos en el conjunto de la economía. Los resultados de la convergencia económica (medidas en términos de PIB per cápita) la respaldan: Uruguay y Chile aumentaron la brecha de ingresos con respecto a los Estados Unidos en 1955 y 1972, respectivamente. En Brasil, la divergencia económica también se produjo después de los años ochenta y de manera más significativa a partir de los años noventa.


Además de EMBRAER, en los años 60 aparece otra gran creación que destacará por siempre a Brasil a nivel mundial: surge la bossa nova, y de ella “A garota de Ipanema” (de Moraes y Jobim, 1962), una de las canciones con más versiones en la historia de la música
https://youtu.be/5D_Lom2pjZQ

Políticas industriales del futuro y aprendizajes del pasado

A modo de conclusión, mi Tesis pretende contribuir con más evidencia para evaluar la experiencia de la industrialización.  Sabemos que fue un período en el que había muchos cambios por hacer, muchos de los cuales no fueron posibles, y el desmantelamiento del modelo se produjo de forma prematura. Los tres países analizados aportaron pruebas, en mayor o menor medida, de industrias que pudieron desarrollarse con éxito, lo que se reflejó en los resultados obtenidos. Los matices forman parte del proceso de evaluación, pero si adoptamos una valoración más completa y menos negativa de esta experiencia histórica, podemos tener hoy en día una apertura más favorable al retorno de las políticas industriales en América Latina en el siglo XXI. En el contexto actual, donde países desarrollados y otros no tanto, están decididamente apostando con políticas industriales hacia transformaciones necesarias como la industria digital y las energías verdes, se vuelve imperioso que nuestra región deje de estar al margen de ellas y se atreva, responsablemente, a adoptarlas también.



[1] Hoy en día, el concepto de políticas industriales se utiliza en un sentido amplio para referirse a políticas de desarrollo productivo, abarcando un amplio set de actividades productivas que incorporan al sector industrial con un rol clave, así como, también, laboratorios científico-tecnológicos, la producción de diferentes fuentes de energía, la transformación genética, la nanotecnología, y diferentes áreas de la tecnología de la información (Bértola y Bittencourt 2015).

[2] Desde los años 50, Prebisch plantea los conceptos de heterogeneidad estructural y especialización productiva, y se mantienen a lo largo del pensamiento cepalino del siglo XX y XXI. La heterogeneidad estructural hace referencia a los diferenciales de productividad que existen de forma más marcada entre los distintos sectores de las economías periféricas. La especialización productiva en la periferia hace referencia a la mayor concentración del valor agregado de la economía en la producción basada en recursos naturales.

[3] Para ampliar la lectura se sugiere leer: “Manufacturing performance in international perspective: New evidence for the Southern Cone” (Lara 2019).

[4] CORFO: Corporación de Fomento de la Producción de Chile, creada en 1939 por el gobierno chileno.

[5] BNDES es el Banco Nacional de Desenvolvimento Econômico e Social. Es una empresa pública creada en 1962 por el gobierno de Brasil.

[6] Por más detalles metodológicos, ver mi Tesis de Doctorado (Lara 2019).

[7] El gráfico se presenta de tal modo de que es posible leer el gap directamente. Esto es, por ejemplo, Brasil alcanza niveles de productividad que representan la mitad de sus pares estadounidenses hacia finales de los años 70 y primeros 80.

Referencias

Amsden, Alice. 2001. The Rise of “The Rest”: Challenges to the West from Late Industrializing Economies. Oxford, Oxford University Press.

Abreu, Marcelo, Afonso Bevilaqua, and Demosthenes Pinho. 2000. “Import institution and growth in Brazil, 1890s-1970s”. In An Economic History of Twentieth-Century Latin America. Volume 3. Industrialization and the State in Latin America: The Post-War Years. R. Thorp, J. A. Ocampo and E. Cárdenas. Basingstoke, Palgrave: 154-175.

Bénétrix, Agustín, Kevin O`Rourke y Jeffrey Williamson. 2012. “The spread of manufacturing to the poor periphery 1870-2007: eight stylized facts”. Working Paper 18221. National Bureau of Economic Research. Cambridge.

Bértola, Luis. 2000. Ensayos de Historia Económica. Uruguay y la región en la economía mundial. 1870-1990, Ediciones Trilce, Montevideo.

Bértola, Luis y Gustavo Bittencourt. (ed.). 2015. “Un balance histórico de la industria uruguaya: entre el “destino manifiesto” y el voluntarismo”. MIEM, Universidad de la República, Uruguay.

Bértola, Luis y José Antonio Ocampo. 2012. The economic development of Latin        America since independence. Oxford, Oxford University Press.

CEPAL. 2020. “Dimensionar los efectos del COVID-19 para pensar en la reactivación”. Informe especial COVID-19, N°2. h ttps://www.cepal.org/es/publicaciones/45602-informe-impacto-economico-america-latina-caribe-la-enfermedad-coronavirus-covid?utm_source=CiviCRM&utm_medium=email&utm_campaign=20200609_novedades_editoriales_mayo

Chang, Ha-Joon. 2009. “Industrial Policy: Can We Go Beyond an Unproductive Confrontation?” A Plenary Paper for ABCDE (Annual World Bank Conference on Development Economics) Seoul, South Korea.

Durán, Xavier, Aldo Musacchio y Gerardo della Paollera. 2017. “Industrial growth in South America. Argentina, Brazil, Chile and Colombia 1890-2010.” In O´Rourke and Williamson The spread of modern industry to the periphery since 1871.

Gerschenkron, Alexander. 1962. Economic backwardness in historical perspective: a book of essays. Harvard University Press.

Hirschman, Albert. 1958. The Strategy of economic development. New Haven, Yale UP.

Kaldor, Nicholas. 1967. Strategic Factors in Economic Development. Ithaca, New York.

Lagos, Ricardo. 1966.  La industria en Chile. Antecedentes estructurales, Universidad de Chile, Instituto de Economía.

Lara, Cecilia. 2019. Manufacturing performance in international perspective: New evidence for the Southern Cone. Tesis de doctorado de Historia Económica, Universidad de la República.

Palma, Gabriel. 2005. “Four Sources of De-Industrialization and a New Concept of the Dutch Disease”. In: Jos Antonio Ocampo (Ed.): Beyond Reforms. Structural Dynamics and Macroeconomic Vulnerability. Washington, DC: World Bank and Stanford University Press, 71–116.

Rodríguez, Octavio. 2001. “Fundamentos del estructuralismo latinoamericano.” Banco  Nacional de Comercio Exterior-Vol. 1.

Szirmai, Adam. 2009. “Industrialisation as an engine of growth in developing countries”.    UNU-MERIT.

Szirmai, Adam. 2012. “Industrialisation as an engine of growth in developing countries, 1950–2005”. Structural Change and Economic Dynamics, Vol 23 (4), p. 406-420.

Género y desigualdades durante las crisis ¿qué aporta una mirada de largo plazo?

Silvana Maubrigades (Universidad de la República, Uruguay)

RESUMEN. En esta entrega se realiza una breve reflexión sobre los impactos que las crisis tienen sobre las mujeres, haciendo especial énfasis en los cambios que se procesan en el mercado de trabajo. Para ello, se realiza un análisis comparado del desempeño de las mujeres en el mercado de trabajo del Uruguay durante las crisis de la década de 1930, la de 1980 y la de inicio del siglo XXI. Se busca encontrar algunas permanencias de lo ocurrido en éstos momentos históricos que sirvan para dar luz sobre la situación actual que atraviesa el país.

Crisis y desarrollos

Estamos transitando una crisis profunda, inesperada, que afecta a la inmensa mayoría de países y que ha puesto en peligro las condiciones de vida de una parte importante de la población mundial. Como toda crisis afecta a los sectores sociales más vulnerables y en particular a los sectores vulnerables de los países pobres o de economías no desarrolladas. El desempleo masivo, la caída de ingresos de los hogares y las reducciones de gasto público en protección social amenazan con un incremento de las situaciones de pobreza.

Una mirada más atenta y que trascienda este fenómeno exógeno como es la pandemia, permitiría observar un conjunto de desajustes que venían desarrollándose y que ya habían generado resultados negativos en términos de bienestar para la población. A nivel global, la crisis ambiental, la crisis alimentaria, la crisis de los cuidados y quizás a modo de resumen, la crisis de un modelo de desarrollo que excede ampliamente esta coyuntura. Sin embargo, estas miradas sobre el desarrollo, o su ausencia, dejan, muchas veces, una parte relevante de la realidad oculta. Al concentrar la atención en las fallas en el ámbito de lo productivo, suele relegarse a un abordaje posterior las condiciones en las que se da la reproducción social que se lleva adelante en los hogares y sin la cual sería difícil que el resto de la producción pudiera desarrollarse, en el corto, mediano y largo plazo.

Las recurrentes crisis económicas que viven los países subdesarrollados, pero que no son una condición exclusiva de éstos -como lo ha demostrado claramente la crisis del 2008-, han puesto en debate o han replanteado el trabajo de las mujeres y, sobre todo, han puesto en cuestión cómo ha sido su inserción social y qué cambios culturales e institucionales han procesado los países y cuáles todavía no.

Lo que también es cierto es que, a partir de la segunda mitad del siglo XX, y más claramente al ingresar al nuevo siglo, vemos un conjunto de transformaciones sociales y demográficas que cambiaron la vida de las mujeres. Por un lado, es insoslayable dar cuenta de las mejoras educativas que han tenido las mujeres en todas las regiones, con matices, pero siendo un cambio radical si lo comparamos con lo que sucedía en la primera mitad del siglo XX. Con ello, también la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo ha sido quizás el fenómeno más remarcable de las últimas décadas. Para los países desarrollados ya desde los años 60 y, para regiones subdesarrolladas como América Latina, a partir de la década de los 70, la participación de las mujeres en el mercado de trabajo ha sido incremental e irreversible (Maubrigades, 2018).

Pero con esto se procesaron otros cambios, menos visibles pero relevantes. En particular, junto a indicadores claros de las mejoras en la calidad de vida de la población, como el aumento de la esperanza de vida, también se generaron otros cambios como el aumento de las personas dependientes, en donde a los niños también se agregan los adultos mayores. Y con estos cambios, no siempre se ha generado una respuesta por parte del Estado, debiendo alcanzarse arreglos en el ámbito privado. Esto tiene importantes consecuencias como el aumento de las jornadas laborales, dentro y fuera del hogar, incremento de tareas remuneradas de cuidados también a cargo de las mujeres o cuidados realizados en condiciones de gran precariedad por parte de las familias pobres, también a cargo de mujeres o hijas (Arriagada, 2004, 2002; Benería, 2006; Carrasco, 2005, 2003).

¿Por qué iniciar con esto mi planteo sobre el análisis de las crisis? Pues precisamente porque muchas veces, cuando estudiamos el desarrollo y sus límites, cuando procuramos entender qué es lo socialmente justo en materia de desarrollo hacemos referencia a este tipo de aspectos. Las crisis exógenas como esta, en su gran mayoría son imprevisibles (no podemos prever una pandemia, como es difícil prever un tsunami, terremoto o incendio) pero tan cierto como esto, lo es que son muy distintas las formas en las que se enfrentan las salidas a estas crisis dependiendo de las condiciones previas desde el punto de vista material, institucional, social y cultural de los países. Y esta crisis tiene un poco de esto, cuando la miramos a través de las desigualdades económicas para enfrentar sus consecuencias y más aún si la observamos desde las desigualdades de género preexistentes.

La llegada de esta crisis a la región se da en un contexto en el que las mujeres tienen una participación en el mercado laboral que supera el 50%. Obviamente que podríamos considerar que todavía falta mucho para alcanzar los niveles normalmente presentes en la actividad masculina, en torno al 70 u 80%; pero debemos pensar en un escenario donde la participación de las mujeres a mediados del siglo XX para la región, escasamente superaba el 20%[1] (Maubrigades, 2018).

Pero esta crisis no sólo ha encontrado una alta participación de las mujeres en el mercado de trabajo, sino que también está poniendo en evidencia la relevancia del trabajo doméstico y de cuidados para la sociedad en su conjunto. Diversos estudios académicos se han encargado de hacer notar cómo, estas semanas de encierro en el marco de la pandemia y la necesidad de dar continuidad a las actividades productivas –dentro de lo posible– en el marco del teletrabajo, dejan al desnudo las dificultades de combinar el trabajo con las actividades domésticas varias. Quizás, sólo quizás, esa pueda ser una externalidad positiva de esta coyuntura, al hacer visible e insoslayable esa dificultad. Un poco menos visible, no para los estudios académicos pero sí para el aluvión de información que recibimos por la prensa (en todas sus variantes), es la dificultad que enfrentan los hogares de menores recursos para sobrellevar las actividades laborales, en un contexto en el que se redujeron las políticas sociales de atención, donde los espacios de cuidados cerraron, donde las escuelas y demás centros educativos se clausuraron, recayendo el peso de los cuidados nuevamente en la esfera del hogar. Los que se han podido quedar en sus hogares sienten el peso de las actividades laborales y familiares desarrolladas en un mismo espacio físico. Los que no se pueden quedar, han sufrido doblemente este impacto y, en este caso, especialmente las mujeres.

El día después de mañana

A partir de esto, la primera pregunta que surge ante la crisis es bastante básica, casi obvia: el día después, pasado el primer impacto ¿se revertirán los avances obtenidos por las mujeres en las últimas décadas? Y este cuestionamiento habilita el mirar hacia atrás y tratar de buscar en lo que han sido las experiencias de crisis anteriores y, en particular, tratar de hacer una breve caracterización de lo que han sido las anteriores crisis especialmente para el Uruguay.

La historia indica que las crisis pueden ser buenas promotoras de la participación de las mujeres, principalmente ante el deterioro de los ingresos en los hogares, tanto por caída del salario real como por el incremento de la desocupación, la hipótesis de trabajador añadido o trabajador secundario (Camou & Maubrigades, 2019; Gálvez, 2013). A esto se agrega que depende, y mucho, en qué sectores impacta en mayor medida la crisis económica ya que puede suceder que el empleo de los varones se vea más afectado si los sectores productivos en los que están más representados son los que sufren el primer impacto. Esto puede, incluso, dar la falsa idea de que se reducen las brechas de género en el mercado laboral, más por un descenso de los varones que por un incremento de las mujeres, tanto en empleo como en salario. Por otro lado, también sucede que esa pérdida de ingreso en los hogares repercute en el incremento del trabajo no remunerado de las mujeres, ante la necesidad de cubrir tareas de cuidado que antes estaban en manos del mercado o del propio Estado.

En cuanto a la presencia de las mujeres en el mercado de trabajo durante las crisis también aparecen algunas constantes en la historia; una de ellas es que el empeoramiento de las condiciones de trabajo, también tiene un impacto significativo en la calidad del empleo al que acceden las mujeres. En ese sentido, el aumento de la informalidad y la precarización de los puestos de trabajo –tanto en materia salarial como en cuanto a derechos laborales– tienen un impacto en el ingreso de las mujeres al mercado de trabajo, no sólo en su aumento como trabajadoras asalariadas, sino también como trabajadoras por cuenta propia. A esto se agrega un componente que trasciende los tiempos de crisis, aunque durante éstas se agudice, como es la segmentación del mercado de trabajo y el incremento de las mujeres en aquellos sectores de la economía considerados feminizados, donde además existe promedialmente un salario menor y donde las condiciones de precarización se agravan, especialmente en el sector del comercio y los servicios, en estos últimos particularmente en el de los servicios personales y sociales y, más específicamente, en los servicios domésticos (Galvez, 2017, 2013; Rubery & Tarling, 1982; Milkman, 1976).

Revisando la historia del siglo XX

A continuación, y en base a estas afirmaciones generales que he desarrollado, puntualizaré algunas constataciones identificadas en las crisis económicas del Uruguay durante el siglo XX (Camou & Maubrigades, 2019). Si bien han existido extensos períodos de crisis en la historia económica del Uruguay, pueden identificarse hasta el momento tres crisis económicas que, por su impacto, destacan en una mirada de largo plazo y cuya incidencia lejos está circunscripta al caso local, sino que son parte de la historia latinoamericana. Estas son la crisis de la década de 1930, la crisis a principios de la década de 1980 y, finalmente, la última crisis económica de principios del siglo XXI.

Inicio esta comparación destacando un aspecto que separa a la crisis de los años 30 del resto de las crisis ocurridas posteriormente e incluso de la crisis actual. La crisis del 30 tuvo como particularidad un fuerte incremento de las mujeres en el mercado de trabajo, seguido por una salida de éstas luego de la recuperación económica. Sin repetir anteriores consideraciones, la presencia de las mujeres en el mercado de trabajo en la primera mitad del siglo XX tuvo como característica un proceso paulatino de salida de las mujeres del mercado laboral, coincidente con una mejora relativa de la brecha salarial de género.

Si bien no se cuenta con información estadística para el conjunto del mercado de trabajo, se puede analizar su trayectoria de participación en dos empresas significativas del sector industrial tradicional del Uruguay, como son la industria textil y la industria frigorífica.

Fuente: Archivo de fotos Campomar & Soulas

Especialmente en el sector de la industria frigorífica, no necesariamente caracterizado por ser un sector feminizado, el proceso de incorporación de las mujeres durante la crisis de 1930 fue significativo, llegando a representar más del 50% del personal que ingresaba a la empresa durante este lapso. En general, tanto en la industria textil como en la frigorífica, las mujeres ingresaban a los puestos de trabajo menos calificados y también peor remunerados del sector.

En cuanto a los salarios, puede afirmarse que las brechas salariales eran, en promedio, en el entorno del 40%. Una vez iniciado el proceso de recuperación del sector industrial en general, lo que se observa es una salida progresiva de las mujeres de ambos sectores, inversamente proporcional a las mejoras salariales en relación a los varones. En un período en el que se cuenta con muy poca información estadística a nivel agregado, puede sólo afirmarse que la participación de las mujeres estuvo muy atada a una coyuntura desfavorable del sector industrial y, arriesgando algunas hipótesis, puede afirmarse que el trabajo de las mujeres fue un claro abaratador de costos en esta coyuntura adversa. Antes de terminar, vale decir que también era adversa la coyuntura económica para el conjunto de la clase trabajadora del país, de ello dan cuenta estudios realizados por el propio Parlamento ante las malas condiciones de vida de los obreros; lo que permite pensar que la hipótesis del trabajador añadido también es válida para pensar este período de incorporación de mujeres en un contexto en el que se reduce significativamente el ingreso de los hogares (Diario Oficial, 1939).

Fuente: Fotografía de la Sección Latas y Conservas del frigorífico Anglo. Centro de Documentación del Museo de la Revolución Industrial

Para la crisis de los años 80, en plena dictadura militar, es válido empezar este análisis destacando que las condiciones laborales, y salariales en particular, venían sufriendo un deterioro ya desde los años 60 (Melgar & Cancela, 1986; Notaro, 1984). Del mismo modo, el proceso de incorporación de las mujeres al mercado de trabajo, como en el resto de América Latina, se había acelerado también desde finales de la década del 60, mostrando un claro aumento en los años previos a esta crisis (Maubrigades, 2018). Crisis que ingresaría por el sistema financiero del país, pero que dejaría en evidencia la debilidad del conjunto de la economía. En ese contexto y teniendo para este período más información estadística, pueden marcarse algunas constataciones a nivel nacional, semejantes a las que se dan en otros países. En primer lugar, las mujeres se integran al mercado de trabajo, aunque son las que muestran las tasas de desempleo más altas y las que tardan más en recuperarse. Tal como se afirmaba anteriormente, las tasas de desempleo de los varones ni son tan altas, ni perduran tanto como las de las mujeres. Éstas ingresan al mercado de trabajo, pero lo hacen promedialmente en puestos de trabajo con una remuneración por debajo de la media y si bien sus niveles educativos mejoraron sustantivamente no tienen una participación en toda la estructura productiva, sino que se concentran en aquellas ramas o sectores considerados “feminizados”, respondiendo así a una segmentación del mercado de trabajo, ya observada para períodos previos. A ello se agrega que, si bien este período generó un gran impacto en toda la estructura productiva, el sector secundario fue particularmente afectado y en él la presencia de los hombres es mayoritaria. En ese contexto se da lo que antes se sugería, una reducción de las brechas salariales; pero, esto es resultado de un descenso del salario masculino, antes que, por mejoras del salario de las mujeres, lo cual tiene como resultado una equidad “a la baja”, la que no logra mejorar los promedios de desigualdad que permanecen o incluso se incrementan al salir de la crisis.

La crisis del 2002 sería para el país, nuevamente, una crisis que impacta en una economía que ya estaba en crisis y si bien el shock tiene un origen en el sistema financiero, encuentra a una economía con un sector industrial prácticamente desmantelado y con un enorme peso del sector de los servicios dentro de la estructura ocupacional general. Esto es importante porque marca un comportamiento de las brechas de género, tanto en materia de ocupación como de salario, con matices respecto a las crisis anteriores. En ésta, el traslado de mano de obra masculina al sector de los servicios tendrá un fuerte impacto en los salarios y en las brechas de género en esta materia. Si bien las mujeres siguen concentradas en este sector, la llegada de los varones a él implica no sólo un incremento de las brechas salariales entre varones y mujeres sino una clara segmentación al interior del propio sector. Las mujeres estarán más concentradas en los servicios personales y sociales donde los salarios son menores, pero, además, dentro de estos espacios laborales, las mujeres estarán ubicadas también en las categorías ocupacionales más bajas.

Creo que es válido unir, para las dos últimas crisis citadas, un aspecto relevante como es la caída en las condiciones de vida de la población, especialmente en el aumento de la pobreza e indigencia, factores que tienen una recuperación más lenta que los indicadores económicos y en los que destaca la presencia de mujeres y niños.

Una mirada desde el presente

Retomo desde acá la mirada al presente para hacer notar un aspecto relevante que separa a las dos últimas crisis previas de la coyuntura actual. Durante la crisis de los años 80, como en la crisis de los 2000, el mercado de trabajo se caracterizaba por una fuerte desregulación, con una ausencia casi absoluta del Estado como institución reguladora de las condiciones de trabajo y, peor aún, sus espacios de incidencia tendieron a privilegiar una recuperación económica de los sectores productivos, augurando un posterior derrame entre los trabajadores, siendo esto una suerte de gratificación diferida. La crisis actual encuentra al mercado laboral con un sistema de negociación colectiva sólido, producto de anteriores administraciones, donde la negociación tripartita ha fortalecido también a sus actores y en especial a los trabajadores. Sin embargo, es importante estar atentos a cómo se procesa esta salida actual de la crisis, no sólo por los aspectos más evidentes en cuanto a frenar las pérdidas salariales, o la reducción de puestos de trabajo, que afecten a varones y mujeres; sino por un aspecto que ya está mostrando síntomas de deterioro como es la atención diferencial a las condiciones de trabajo entre ambos. No sólo porque la evidencia histórica marca que de las crisis se sale, en promedio, con una mayor desigualdad de género, sino porque además en otros aspectos, igualmente vinculados a la participación de las mujeres en el mercado de trabajo, también se dan ya señales de pérdidas de beneficios adquiridos.

Un dato del presente, que se vincula con lo expresado previamente, es el impacto de esta crisis en el sector del comercio y en el sector de los servicios, sabemos ya que ambos son sectores históricamente feminizados. Hago, por tanto, una especial referencia a dos aspectos claves en cuanto a participación; por un lado, la reducción de políticas sociales en torno al sistema de cuidados, elemento que ha mostrado ser clave para mantener la participación de las mujeres en la fuerza de trabajo sin recargar, aún más, las actividades domésticas. Por otro lado, una pérdida relativa de priorización en aspectos que trascienden la fijación de los salarios y el mantenimiento de los puestos de trabajo. Estos años de negociación colectiva han significado no sólo una incorporación de mayores cláusulas que promuevan la equiparación salarial y procuren reducir las desigualdades salariales de género, sino, también, la integración de cláusulas de corresponsabilidad en los cuidados que apuntan a generar una mayor equidad en las responsabilidades de varones y mujeres en la atención de sus hijos (Alles, 2017; Fernández, 2017). Logros en cuanto a licencias maternales y paternales, días para controles médicos, regulación de las jornadas laborales, y otros muchos ejemplos son algunas de las acciones que han llevado adelante algunos sectores productivos en sus mesas de negociación y que, en contexto de crisis, corren riesgo de desaparecer. En tal sentido, vale subrayar entonces la pertinencia de atender estos mecanismos de mejoras en materia de equidad, los que no implican necesariamente compromisos económicos, pero sí requieren compromisos institucionales de todas las partes. Quizás, parte de estas señales de alarma estén puestas en las declaraciones de trabajadores como empresarios, en cuanto a la prioridad de mantener los empleos, sin entrar en consideración aspectos de equidades en el acceso o la remuneración; pero también, en la falta de lineamientos claros por parte del Estado en cuanto a la priorización de aspectos tales como las políticas de cuidados, lo que lleva a pensar en que pueden no estar en las, eventuales, mesas de negociación del 2021/22 estos otros aspectos antes mencionados y que son igual de relevantes.


[1] Cuando hablamos de estos niveles de participación siempre estamos referenciando a la participación formal o a la participación contabilizada por las estadísticas. En un público lector que entiende la relevancia de contar con datos históricos, con estadísticas, con fuentes confiables, etc., es relevante subrayar que las estadísticas históricas, la gran mayoría de las veces han invisibilizado el trabajo de las mujeres; tanto por no haberlo contabilizado, como por no considerar que muchas de las actividades desarrolladas por éstas y consideradas dentro de las actividades domésticas, también eran actividades productivas.

Bibliografía

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Benería, L. (2006) Trabajo productivo/ reproductivo, pobreza y políticas de conciliación. Revista Nómadas Abril de 2006, No 24, Instituto de Estudios Sociales Contemporáneos, Universidad Central, Bogotá.

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Cancela, W. & Melgar, A. (1986): El desarrollo frustrado (1955-1985), EBO, MVD.

Carrasco, C. (2003) La sostenibilidad de la vida humana: ¿un asunto de mujeres? En Mujeres y trabajo: cambios impostergables. Magdalena T. León Compiladora. Porto Alegre, REMTE, Marcha Mundial de Mujeres, CLACSO, ALAI

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Diario Oficial (1939) Informe de la comisión investigadora sobre condiciones de vida, salario y trabajo de la clase obrera. Cámara de Representantes.  Núm. 98011939.

Fernández Ripa, M. (2017) La reproducción del capital y la reproducción de la vida ¿dos espacios en conflicto? Reflexiones sobre la corresponsabilidad social y de género en Uruguay por sectores de actividad [en línea]. Informe de pasantía, Universidad de la República (Uruguay). Facultad de Ciencias Sociales

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Milkman, R. (1976) Women’s Work and Economic Crisis: Some Lessons of the Great Depression, Review of Radical Political Economics n. 8 (1), pp. 71-97.

Notaro, J. (1984) La política económica en el Uruguay, 1968-1984, Montevideo. CIEDUR-EBO.

Rubery, J. & Tarling, R. (1982) Women in the recession. En D. Currie y M. Sawyer (eds.), Socialist Economic Review. Londres, Merlin Press.

Paralelismos históricos de las crisis económicas en América Latina. Algunas notas adicionales

Juan H. Flores Zendejas, Universidad de Ginebra

12 de julio de 2020

He escrito un par de textos sobre las perspectivas históricas de la crisis económica actual (véase aquí y aquí). Me gustaría añadir estas cuantas líneas de reflexión. En particular, intento aportar algunos elementos adicionales sobre la magnitud del shock y también sobre los efectos en el mercado de la deuda pública. ¿Estamos a la puerta de una nueva ola de defaults? Las negociaciones recientes entre los gobiernos de Ecuador y Argentina y los inversionistas parecen constituir sólo el inicio…

En la literatura sobre los ciclos económicos, y en particular en lo concerniente los países en vías de desarrollo (o periféricos, o la poor periphery como la suele llamar Jeffrey Williamson) los cambios de ciclos se identifican por la caída de la actividad económica en el centro (los países ricos vaya), con el consecuente decremento en la demanda de importaciones provenientes de la poor periphery, el deterioro de los términos de intercambio,  y con el aumento en los tipos de interés, etc. Este cambio de ciclo genera una presión en las finanzas públicas (de la poor periphery sobre todo) y sobre el valor de la moneda. Por tanto, la capacidad de pago se ve seriamente mermada: a la caída de los ingresos públicos se añade el aumento en el costo del servicio de la deuda, ya sea por el alza de las tasas de interés y / o por la depreciación de la moneda, principalmente porque la poor periphery además sufre del pecado original (lo siento aquí para los lectores no católicos). Este término se refiere al hecho de que la deuda esta denominada mayoritariamente en moneda extranjera.

Propongo ahora mirar lo siguiente para comparar la situación actual con dos crisis anteriores, la de los años treinta y la de 1982:

  • Primero, enfoquémonos en la evolución económica de los países del centro (ustedes los ricos) tanto en el periodo de entreguerras con el de los años ochenta
  • Segundo, veamos la evolución de los tipos de interés durante ambas crisis. Tradicionalmente, hemos observado que el alza de las mismas encarece el crédito, por lo que el acceso a los mercados de capitales se dificulta y por tanto, la capacidad para implementar políticas contracíclicas es mucho más limitado.

Fuente: http://www.oecd.org/perspectives-economiques/juin-2020/

Fuente: Maddison Project Database. Originalmente en dolares internacionales de 1990. Se toman en cuenta 12 países de Europa Occidental y los “Western Offshoots”
Fuente: Maddison Project Database.

¿Qué observamos?

Respecto al crecimiento, los primeros dos gráficos sirven para clarificar un hecho. La crisis actual podría ocasionar una caída anual aun más severa que durante la Gran Depresión, pero no así si comparamos la caída acumulada. Las estimaciones actuales (de la OCDE) del crecimiento del PIB en la economía mundial fijan un rango de entre -6% a -7.6% (siendo cifras nominales, hay un pequeño desfase respecto a las reales) para el 2020. La diferencia depende en gran medida si tendremos más confinamientos. Otra incógnita sigue siendo el periodo de recuperación, en donde el escenario más optimista es un periodo de dos años. En cuanto a la Gran Depresión, esta muestra que para los países ricos, la caída fue de -5% en 1930, de -6% en 1931 y de -7% en 1932, para después iniciar la recuperación con un crecimiento de 1% en 1933. El nivel de 1929 no se alcanza sino hasta 1936.  

La década de 1982 (el tercer gráfico), fue una crisis “self-made” de América Latina. Esto es, si bien hubo una caída del PIB real de 1% en el centro rico (sin albur), este no fue prolongado. Esto confirma lo que argumentaba Díaz-Alejandro sobre el hecho que una recesión seria pero manejable en América Latina se convirtió en una depresión prolongada.

No voy a entrar aquí en el comportamiento de los términos de intercambio, que sería el otro lado de la moneda. Hay muchísima literatura, y uno de los últimos trabajos sobre el tema argumenta precisamente que históricamente, las salidas de capitales y las caídas de los precios de las materias primas se producen simultáneamente y preceden olas de defaults. Ahora bien, recordemos que el periodo post-2008 supuso un cambio en la tendencia alcista en el comportamiento del precio de las materias primas, y fue acompañado de salidas de capitales. Sin embargo, estos hechos no desembocaron en una ola de defaults, siendo Argentina una excepción, pero con un problema originado desde el 2001. Además, Sachs argumentó de manera convincente que, si bien el comportamiento de los términos de intercambio fue desfavorable a la pobre periferia en la década de los ochenta, estos explican poco al momento de diferenciar a aquellos gobiernos que tuvieron dificultades para pagar su deuda de los que siguieron pagando puntualmente.

Bien, ahora miremos los rendimientos de los bonos de largo plazo del gobierno de Estados Unidos. ¿Que observamos durante los años 1920s y 1930s? Que la danza de los millones (el capital que llegó a América Latina) vino de la mano con una caída en el rendimiento de los bonos estadounidenses durante los años veinte. A partir de la crisis, hubo un aumento del rendimiento de dichos bonos, para descender poco después. Sabemos además que el banco central estadounidense, la FED, tuvo una política monetaria contraccionista alrededor de la crisis. La consecuencia para la pobre periferia fue que el acceso al mercado privado de capitales fue cerrándose ya desde 1928, y dicha tendencia no cambió ya hasta muchas décadas después. La mayor parte de los gobiernos latinoamericanos hicieron default entre 1931 y 1932.

Fuente: NBER Macrohistory database.

En cuanto a los años ochenta, vemos más o menos el mismo comportamiento. Una ligera caída de las tasas de interés en la segunda mitad de los años setenta (acompañadas, es verdad, por un aumento de la inflación), aunada a la liquidez proveniente de los petrodólares fomentaron una entrada de capitales importante, que se frena luego hacia principios de los ochenta. El aumento de los tipos de interés y del rendimiento de los bonos estadounidenses coinciden con las dificultades de repago en América Latina a partir de 1981. Hacia finales de los ochenta, a medida que los planes elaborados para terminar con la crisis de la deuda fracasaban unos tras otros, los tipos de interés comienzan a disminuir. No es por tanto ninguna sorpresa que este hecho haya contribuido al planteamiento del Plan Brady, cuyo arreglo – y quita implícita – permitió cerrar el problema siete años después. La liquidez en el mercado y el fortalecimiento en la posición financiera de los acreedores facilitaron la estrategia que involucró a diversos actores públicos y privados.

US 10 Year Treasury Rate. Fuente: macrotrends.net

¿Qué podemos observar hoy en día? Una distinción respecto a los periodos anteriores es que las tasas de interés en los países ricos se mantienen en un nivel especialmente bajo (una tendencia que tiene ya tres décadas). El inicio de la crisis de Covid fortaleció dicho patrón, y esto se explica por la agresiva política monetaria expansiva de distintos bancos centrales. Ahora bien, el EMBI (el rendimiento de los bonos de la pobre periferia, hoy llamada Emerging Markets) se incrementó sustancialmente a partir de la crisis (véase el siguiente gráfico). ¿Qué significa esto? Que la percepción de los inversionistas sobre un posible default entre los mercados emergentes es elevada. Esto implica, a su vez, que salir al mercado a endeudarse es algo que puede ser, en principio, muy caro.

Emerging Markets Sovereign composite spread. Fuente: JP Morgan.com

Ahora bien, dentro de la pobre periferia habrá países con cierto margen de ajuste y utilización de ahorro (por medio de sus fondos soberanos, por ejemplo) que permitan seguir pagando sus deudas puntualmente y además, incrementar el gasto publico en niveles que permitan paliar con los costos sociales de la crisis y apoyar la economía. Sin embargo, estos son casos aislados. El desafío presente para muchos, es la elaboración de una estrategia que permita aprovechar la liquidez en el mercado (algo que no había en las crisis citadas anteriormente), reduciendo el costo del endeudamiento de la pobre periferia (y evitando así la posibilidad de un default), para poder acelerar la recuperación a través de política fiscales contracíclicas. La pregunta del millón, es: ¿cómo? La respuesta deberá involucrar, invariablemente, una perspectiva multilateral y la implicación de agentes privados y públicos.

La torta y su reparto: cambios en la distribución y su impacto sobre el crecimiento económico

Pablo Marmissolle (Universidad de la República, Uruguay)

Pablo Marmissolle es ayudante de investigación en la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración (FCEA) de la Universidad de la República (UdelaR), Uruguay. Es Licenciado y Magíster en Economía por la misma Universidad.

Imagen tomada de iade.org

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Resumen

Este post presenta los posibles aportes de la teoría neo-kaleckiana para la comprensión de los procesos de crecimiento en el largo plazo y su relación con la distribución del ingreso, mostrando los resultados de la aplicación de este enfoque para el caso uruguayo. Esta entrada está basada en mi tesis de maestría en economía, la cual tuvo, como objetivo, identificar de qué forma los cambios en la distribución funcional del ingreso incidieron en el crecimiento económico de Uruguay en el largo plazo (específicamente, en el período 1908-2017). Con ese propósito, se planteó un modelo neo-kaleckiano de crecimiento dirigido por la demanda para medir cómo la cuota de salarios, la cuota de beneficios y la cuota de rentas (participación de los salarios, beneficios y rentas de la tierra en el producto, respectivamente) impactaron en el crecimiento del consumo, inversión, exportaciones e importaciones. Los resultados obtenidos muestran que los aumentos en la cuota de beneficios han impactado negativamente en el crecimiento económico de Uruguay, efecto adverso que se habría acentuado desde comienzos de la década de los setenta; la cuota de rentas, por su parte, ha incidido positivamente en el crecimiento del país, aunque su influencia ha sido bastante reducida; la cuota de salarios incidió positivamente en el crecimiento económico durante todo el periodo de análisis. Estos resultados sugieren que las políticas públicas debieron favorecer una mayor participación de los salarios en el ingreso para promover un mayor crecimiento económico.

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La otra cara de la moneda  [1]

A pesar de que el vínculo entre crecimiento económico, demanda agregada y distribución del ingreso es un tópico que ha estado presente desde el siglo XIX en la teoría económica (pensemos, por ejemplo, en los trabajos de Ricardo y Marx), y que desde esa época existía una preocupación por los efectos que los salarios bajos podrían tener sobre los niveles de consumo y demanda agregada, estudiar el crecimiento económico en un enfoque de largo plazo y desde el lado de la demanda no ha sido frecuente en la literatura económica e histórico-económica de América Latina.

Buscando contribuir en esa dirección, se planteó un modelo neo-kaleckiano de crecimiento dirigido por la demanda para medir cómo la cuota de salarios, la cuota de beneficios y la cuota de rentas impactaron (en el largo plazo) en el crecimiento del consumo, inversión, exportaciones e importaciones y, por tanto, del producto de Uruguay.

Pero, ¿qué es esto de “modelos neo-kaleckianos”?

En primer lugar, corresponde señalar que, en términos generales, nuestra disciplina (o mejor dicho, el mainstream) solo ha considerado el efecto de los salarios sobre la inversión, sin prestar mayor atención a la conexión entre la distribución del ingreso y el consumo. En este sentido, la idea con este tipo de modelización neo-kaleckiana es mirar la otra cara de la moneda o, en otras palabras, “ir más allá de la visión microeconómica de los salarios como un costo que tiene consecuencias negativas en la economía, y considerar las dinámicas macroeconómicas positivas asociadas con los salarios como un componente importante de la demanda agregada” (Lavoie y Stockhammer, 2013:2).

Los estudios de Kalecki dieron origen a una larga serie de modelos macroeconómicos neo-kaleckianos, en los que se otorga a la distribución del ingreso un papel central en el funcionamiento de la economía, tanto por su influencia directa en los niveles de demanda agregada, como por su influencia indirecta sobre el crecimiento económico. Dentro de la tradición neo-kaleckiana, el trabajo seminal de Bhaduri y Marglin (1990) constituye el punto de partida para una serie de esquemas teóricos que modelizan la influencia de la distribución funcional del ingreso en el desempeño macroeconómico de los países. En estos modelos, en el análisis de largo plazo, la producción y el empleo no están determinados por la oferta de trabajo y capital remunerados según sus productividades marginales (como establece el mainstream), sino que se centran en la cantidad y tipo de capacidad productiva de la economía y en el grado de competencia. El equilibrio de corto plazo está determinado por el nivel de consumo de perceptores de beneficios y de salarios, y, atado a lo anterior, por la distribución del ingreso. Estos equilibrios de corto plazo podrían ser distintos a lo largo del tiempo, ya que a mediano y largo plazo se van modificando tanto las cantidades y tipos de capacidad instalada como las condiciones de competencia de la economía. En un marco kaleckiano, la oferta de trabajo y capital solo pueden determinar el producto de la economía si la demanda agregada es mayor que la producción de pleno empleo con plena utilización del stock de capacidad instalada. Pero esta situación es poco plausible; como plantea Steindl (1952), las empresas tienden a acumular capacidad productiva por encima de la demanda. Las empresas con menores costos van a poder vender a precios más bajos que sus competidores, logrando de esa forma desplazar a la competencia y crecer más rápidamente en el mercado, generando economías de escala. Este proceso marca, a largo plazo, una tendencia al oligopolio y al exceso de capacidad (Steindl, 1952), lo que respalda la utilización de un modelo centrado en la demanda agregada y en la distribución del ingreso para estudiar el proceso de crecimiento económico en el largo plazo.

Imagen tomada de Ingram Pinn – EurasianHub

Desde la crisis internacional de 2008 se han acentuado las críticas y cuestionamientos al modelo de crecimiento económico vigente, tanto en países desarrollados como en países en vías de desarrollo. Por otro lado, varios estudios han señalado la importante caída en la participación de las remuneraciones de asalariados en el Producto Bruto Interno (PBI) desde la década de 1980 (Stockhammer, 2013), así como un fuerte proceso de concentración del ingreso (Piketty, 2014). Estos cuestionamientos están directamente relacionados con el concepto de régimen de crecimiento, el cual, en términos generales, depende de la influencia que haya tenido la distribución del ingreso en el crecimiento económico en un periodo determinado. En este sentido, aumentos en la cuota de ingresos no salariales (participación de los beneficios y rentas en el ingreso total) pueden impactar negativamente en el producto de la economía, en cuyo caso el régimen de crecimiento se considera basado en los salarios (wage-led); mientras que, si los aumentos en la cuota de ingresos no salariales impactan positivamente en el producto, el régimen se considera basado en los beneficios (profit-led). Como señalan Alarco y Castillo (2018), los resultados sobre el régimen de crecimiento, o sea su identificación, pueden ser de gran utilidad para definir cuál debió haber sido el énfasis distributivo de las políticas públicas para contribuir al crecimiento económico.

El caso uruguayo

El magro desempeño en materia de crecimiento de la economía uruguaya durante el siglo pasado y su gran volatilidad son frecuentemente señalados como dos de los motivos por los cuales el ingreso per cápita de los uruguayos ha disminuido sistemáticamente en relación a los países desarrollados (Oddone, 2010). De hecho, partiendo de una situación similar en materia de ingresos per cápita a comienzos del siglo XX, Uruguay ha mostrado un desempeño, en términos de crecimiento económico, notoriamente más bajo que el de Europa y Norteamérica, lo cual muestra indicios de problemas en el proceso de acumulación de capital.

Varios autores señalan que Uruguay ha seguido tres grandes patrones de desarrollo a lo largo de su historia (Azar et al., 2009; Bertino et al., 2001; Bértola, 2005; Oddone, 2010). Hasta la depresión de la década de los treinta nuestra economía se caracterizó por seguir un modelo agroexportador que, en la década siguiente, dio paso al modelo industrializador enfocado en la producción de bienes de consumo destinados al mercado interno (industrialización por sustitución de importaciones – ISI) y liderado por el Estado. El agotamiento de la ISI dio lugar a un proceso de desregulación y re apertura comercial que se inicia, muy lentamente, en la década de 1960 y que se delinea claramente luego del golpe de estado militar (1973); este nuevo patrón liberalizador es, en gran medida, comparable con el modelo agroexportador, aunque difiere en el rol adoptado por el Estado (Azar et al., 2009) y en el fomento de las exportaciones de bienes no tradicionales, particularmente hacia países de la región (Bértola, 2008). Luego de la crisis de 2002, el modelo liberal-exportador ha procesado diversos cambios, como la creciente regulación del mercado de trabajo (particularmente por la reinstauración de los Consejos de Salarios), cuya consecuencia directa ha sido un rápido incremento del salario real y de los niveles de consumo, así como la instrumentación de medidas de política tendientes a dar soporte a áreas de carácter estratégico como biotecnología, ciencias de la salud y TIC (Bértola et al., 2014).

Más allá de esos tres grandes patrones de desarrollo, la evidencia empírica muestra que existen sólo dos momentos de sostenido crecimiento de la participación de los salarios en el producto: los años de la ISI y los años posteriores a la crisis de 2002. Además, en términos comparados, la cuota de salarios siempre ha sido muy baja con respecto a la de otros países de características estructurales similares a Uruguay (Siniscalchi y Willebald, 2018).  En línea con lo anterior, si el análisis aquí planteado identifica que ha habido un régimen de crecimiento basado en los salarios, puede interpretarse que parte del magro desempeño que ha tenido la economía uruguaya en el largo plazo puede deberse a los fuertes procesos de ajuste distributivo que ha vivido el país.

Resultados

Buscando analizar los canales a través de los cuales la distribución del ingreso impacta en el crecimiento, se estimó, mediante diferentes especificaciones de series temporales, el impacto de los cambios distributivos sobre el consumo de los hogares, la inversión, las exportaciones y las importaciones; dichos impactos fueron ponderados luego según el peso de cada uno de estos componentes en el producto total.

Las estimaciones realizadas muestran que entre 1908 y 2017, en promedio, un aumento de 1% en la cuota de salarios generó un crecimiento de 0,20% en el producto, en tanto que un aumento de 1% en la cuota de beneficios generó una caída del nivel de actividad de 0,12%; el impacto de las rentas, por su parte, habría sido positivo pero muy reducido (0,06%).

Buscando analizar si las políticas implementadas en la segunda mitad del siglo XX y los fuertes ajustes salariales causados por éstas habían logrado modificar el régimen de crecimiento del país, se descompuso el período en dos fases: 1908 – 1967 y 1968 – 2017. Las estimaciones indican que en el período 1908 – 1967, en promedio, aumentos del 1% en la cuota de beneficios generaron una caída de 0,05% en el producto, en tanto que aumentos del 1% en la cuota de rentas generaron un crecimiento de 0,03% en el nivel de actividad económica; respaldando estos resultados, las especificaciones del modelo que incluyen a la cuota de salarios muestran que aumentos del 1% en este share generaron un crecimiento de 0,05% del PIB. En 1968 – 2017, las estimaciones indicarían que ante aumentos del 1% en la cuota de beneficios el producto se contrajo 0,19%, en tanto que aumentos del 1% en la cuota de renta generaron un crecimiento de 0,03% en el PIB; la elasticidad de la cuota de salarios frente al nivel de actividad habría sido positiva (0,20%), al igual que en 1908 – 1967.

Los resultados obtenidos permiten concluir que el régimen de crecimiento de Uruguay ha sido wage-led, por lo que los aumentos en la participación de los salarios en el ingreso han sido positivos para la economía. Más allá de los cambios en las magnitudes del impacto de los cambios distributivos en el crecimiento, en los sub-períodos 1908 – 1967 y 1968 – 2017 el crecimiento fue wage-led, lo que indicaría que la política económica de las últimas décadas del siglo XX no logró modificar el régimen de crecimiento de la economía uruguaya. En concordancia con esto, se constata que no ha habido en el periodo objeto de estudio un régimen profit-led, en tanto que hay evidencia de un (modesto) crecimiento rent-led.

¿Y el resto del mundo?

Como muestra el Cuadro 1, los resultados obtenidos para Uruguay son consistentes con la gran mayoría de los resultados obtenidos para otras economías.

Cuadro 1

Regímenes de crecimiento en otros países y regiones

Fuente: elaboración propia.

Los únicos casos de regímenes de crecimiento basados en los beneficios refieren a América Latina. Como plantean Alarco (2017) y Oliveira (2019), el régimen profit-led de Brasil y de la región latinoamericana se sustenta en la existencia de altísimos niveles de desigualdad y concentración de ingresos, así como en la enorme importancia de sectores de subsistencia que están “al margen” del proceso de acumulación capitalista, y que, a su vez, debilitan el poder de negociación de los trabajadores de la región. La economía uruguaya, por sus características históricas e institucionales, posee rasgos muy distintos a los señalados, por lo que no es de extrañar que en el país el crecimiento haya sido wage-led.

Un gran detalle es que tanto los países desarrollados que figuran en el Cuadro 1 como Uruguay han tenido un régimen de crecimiento wage-led. Sin embargo, mientras en Uruguay la participación de los salarios en el ingreso ha promediado 43% en 1908 – 2017 y ha tenido fuertes oscilaciones, en los países centrales ésta ha sido considerablemente mayor (65%) (Siniscalchi y Willebald, 2018). La baja participación de los salarios en el ingreso, con sus fuertes ajustes, parecería ser una de las posibles explicaciones del declive vivido por esta economía wage-led en el largo plazo.

Algunos puntos pendientes

A partir de los resultados obtenidos se abre una serie de preguntas que permitirían profundizar, por distintas vías, el análisis de la relación entre distribución y crecimiento. Por ejemplo, ¿cómo impactaron los cambios distributivos en la incorporación de nuevas tecnologías?, ¿cómo afectó el desarrollo tecnológico a la distribución funcional del ingreso? Alternativamente, y dejando de lado el análisis empírico, ¿es posible establecer un vínculo entre los modelos post-keynesianos que analizan el crecimiento “por el lado de la demanda” y los modelos neoclásicos de crecimiento centrados en el análisis de la oferta?

Las respuestas a estas preguntas serán materia de próximas etapas en la investigación.

 

Bibliografía

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[1] Este post está basado en mi tesis de maestría en economía defendida en febrero 2020 en la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración de la Universidad de la República. Disponible en: https://www.academia.edu/41965530/Crecimiento_y_distribuci%C3%B3n_del_ingreso_en_Uruguay._Una_aproximaci%C3%B3n_desde_el_lado_de_la_demanda_1908_-_2017

 

 

 

Requiem para el sueño (latino)americano (II)

Sabrina Siniscalchi (Universidad de la República, Uruguay)

RESUMEN. En la primera parte de este post (Parte I) revisitamos la importancia de los análisis de estratificación social para comprender algunos procesos recientes en América Latina en esta materia. Un elemento que destacamos es el de “vulnerabilidad”. En este sentido, las clases medias latinoamericanas surgidas en el último ciclo de crecimiento se pueden dividir en un sector consolidado y uno cuya probabilidad de caer en la pobreza es alta (vulnerables). Esta distinción es posible hacerla en contextos donde la disponibilidad de información es alta dado la multiplicidad de variables que se utilizan en estos análisis para determinar los umbrales de separación entre clases. En esta presente entrega plantearemos una posible alternativa metodológica para realizar este tipo de análisis en perspectiva histórica a partir del caso de Uruguay en la primera mitad del siglo XX.

¿Te acordás hermano, qué tiempos aquellos?

Tiempos viejos (1926)

Como vimos en la primera parte de este post, Uruguay es el país con mayor porcentaje de ciudadanos pertenecientes a la clase media consolidada tanto a principios del siglo XXI como en 2012. Esto no es un fenómeno nuevo, ya que Uruguay ha sido históricamente considerado un país de clases medias. Las crónicas dejan entrever que la promoción de la formación de una sociedad de clases medias hacia fines del siglo XIX y principios del siglo XX fue un proceso fomentado por los políticos e intelectuales de la época, que veían en la construcción de una sociedad mesocrática un pilar fundamental para el desarrollo político y económico de la nación (Bauzá, 1876).

Hacia principios del siglo XX, el batllismo, movimiento conducido por José Batlle y Ordóñez (dos veces presidente de la República: 1903-1907 y 1911-1915), sentó las bases de la expansión de diversas funciones del Estado como productor y proveedor de servicios a la vez que se expandía, progresivamente, la representación política a través de la universalización del sufragio masculino. Estos desarrollos tuvieron lugar en medio de un proceso de crecimiento sustantivo de la población entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX, producto de una importante oleada migratoria.

Entre la década de 1960 y 1980, los cambios visibles en estructura social: agotamiento del modelo de crecimiento económico, envejecimiento de la población, emigración, y fuertes conflictos distributivos, dieron cabida a una creciente literatura sobre la sociedad uruguaya, la cual dedicó gran parte de su análisis a las clases medias y a su rol en el desarrollo político del país en la primera mitad del siglo XX (Grompone, 1963; Solari, 1956; Rama, 1969).

Además de un toque nostálgico, propio de la gris sociedad uruguaya, mirar (e idealizar) la sociedad de principios del siglo XX en la década del 1960 escondía la razón del artillero: “el laboratorio del mundo” supo contar mejor las vacas que la gente que había en su territorio, y entre 1908 y 1963 no se realizaron censos de población o de viviendas. Esto transformaba a los Censos de 1908[1] en la fuente privilegiada (y la única) para los análisis de la sociedad uruguaya de la primera mitad del siglo XX, aún a pesar de sus variadas falencias (Barran y Nahum, 1977, 1979; Rama, 1969; Klaczko, 1981)

La construcción de tablas sociales, una vieja práctica ideada con fines recaudatorios en la Inglaterra del siglo XVII,[2] y devenida en metodología ampliamente usada por los historiadores económicos en el presente,[3] no permiten aproximarnos de forma histórica a la estratificación social (Gómez-León, 2015).

Para el caso de Uruguay, dadas las escasas fuentes censales con las que contamos, podemos clasificar la población económicamente activa (PEA) en: obreros (trabajadores blue collar), empleados (asalariados white collar), y patrones.  En términos de ingreso es necesario elegir un criterio de delimitación de clases y en nuestro caso, siguiendo a Franco et al. (2011), tomamos como parámetros el doble del valor monetario de la línea de pobreza para separar clase media de baja, y dos desviaciones con respecto a la mediana de ingreso para delimitar la clase media de la alta.

El concepto de línea de pobreza es muy reciente y no tenemos estimaciones para la primera mitad del siglo XX, por lo que tomamos el valor de la canasta de consumo básica de una familia obrera (Barrán y Nahum, 1977). Así, consideramos que el límite entre la clase baja y la media en términos de ingreso es igual a dos veces el valor de esa canasta de consumo y el límite que separa a la clase media de la alta lo fijamos en dos desviaciones estándar por encima de la mediana de ingreso. La combinación de ambos criterios arroja 5 estratos,[4] de los cuales nos interesa destacar el estrato medio-bajo, ya que el mismo podría asimilarse al concepto de “clase media vulnerable” que veníamos manejando. Este estrato lo componen individuos que deberían pertenecer al estrato medio o alto por su ocupación, pero su ingreso es inferior a dos canastas de consumo mínimas (en particular, encontraremos a los pequeños productores rurales en esta categoría), o bien individuos que realizan ocupaciones de tipo blue collar, pero su ingreso los coloca por encima del umbral de consumo mínimo.

Gráfico 1: Estratificación social en Uruguay 1908-1963 (% de PEA)

Fuente: Siniscalchi (s/f)

Siguiendo estos criterios, podemos ver que el aumento del estrato medio bajo –el cual es asimilable a la idea de clase media vulnerable manejada en los análisis actuales– explica gran parte del creciente peso relativo de los sectores medios en la sociedad uruguaya de la primera mitad del siglo XX, llegando a representar más de la mitad de dicho estrato en la década de 1960.

Este enfoque permite ver cómo esa clase media vulnerable es muy distinta que la clase media consolidada. Por ejemplo, en 1908, el integrante promedio del estrato medio bajo percibe un ingreso mensual de $26, mientras que los que integran el estrato medio ganan, en media, $67,4. Estos ganarían, siempre hablando en términos promedio, 60% menos del ingreso mínimo para considerarlos de la clase media por una clasificación estrictamente basada en ingresos.

Gráfico 2: Estratificación social en Uruguay según diferentes criterios (1908)

Fuente: Siniscalchi (s/f)

Si lo vemos en términos de capacidad de consumo, los integrantes del estrato medio bajo pueden adquirir, en promedio, 2,5 canastas básicas mientras que sus pares del estrato medio pueden costear, promedialmente, 5 canastas al mes.

Hacia 1963 la situación cambia (gráfico 3). El ingreso promedio de los integrantes del estrato medio bajo representa el 80% del ingreso promedio de los integrantes del estrato medio, y ganan un 15% menos de lo que necesitan para ser clasificados como clase media sólo por sus ingresos. Ahora bien, en términos de capacidad de consumo las distancias entre estratos medio y medio vulnerable se reducen, pero esto se debe a la pérdida de capacidad de consumo de los estratos medios, los cuales acceden en media a cubrir 2,6 canastas básicas por mes, mientras que el estrato medio bajo costea promedialmente 2,5 canastas por mes (lo cual es la mitad de la capacidad de consumo promedio del estrato medio bajo y una quinta parte de la del estrato alto).

Gráfico 3: Estratificación social en Uruguay según diferentes criterios (1963)

Fuente: Siniscalchi (s/f)

Tratándose de un trabajo en progreso, no hemos desarrollado aún el análisis necesario para ligar estos resultados con la evolución del contexto socio-político de la época, pero la evidencia teórica nos lleva a pensar que detrás de estos fenómenos se encuentra una parte importante de la explicación de la convulsionada década de 1960 en el Uruguay.

Las relaciones entre los fenómenos de estratificación social y, en particular, de la composición de las clases medias con la evolución socio-política puede verse en, al menos, dos formas:  desde una óptica de economía política, y desde una perspectiva de sociología política. Ambas perspectivas son inabarcables para este espacio. Haciendo casi una caricatura de los análisis de cada una podemos sintetizar que la primera de ellas asocia la formación de diferentes tipos de estados de bienestar con la forma en que se llega a consensos en la sociedad sobre la tributación. Un actor clave en esto es la clase media, dado que estas aproximaciones analíticas suponen, a partir del teorema del votante mediano (Metzel y Richard, 1981), que los individuos en la mediana de la distribución pertenecen a la clase media. Esto, además de no ser necesariamente cierto en términos empíricos ya que depende del grado de polarización de los ingresos, supone que los individuos medianos tienen ciertas preferencias por la redistribución asociadas a la estabilidad de sus fuentes de trabajo, el acceso a la educación y su nivel de ingreso. En este sentido, una vez más, el grado de vulnerabilidad de la clase media sería un elemento fundamental para tener en cuenta, aspecto que la literatura sobre preferencias por la redistribución no ha analizado en profundidad (Estevez-Abe et al., 2001; Iversen, 2005; Iversen y Soskice, 2001; Schneider y Soskice, 2009).

La segunda línea de interpretación está asociada con los procesos de incorporación de la ciudadanía, nuevamente como forma de explicar la forma y las funciones que asumen los Estados a lo largo del tiempo. Esta literatura es particularmente interesante porque los trabajos más recientes están enfocados en América Latina. La idea central de éstos es que los modelos de desarrollo de la segunda mitad del siglo XX produjeron procesos de exclusión de amplios sectores de la sociedad, los cuales a pesar de no ser ni ideológicamente ni políticamente homogéneos, terminaron confluyendo en expresiones políticas comunes para lograr su incorporación al sistema. En este sentido, se distinguen dos períodos de “crisis de incorporación”, uno a fines del modelo de industrialización por sustitución de importaciones (ISI) que habría decantado en la formación de movimientos de izquierda más radicales de las décadas del 60’ y 70’; y otro a fines del siglo XX y principios del XXI que decantó en el triunfo de gobiernos de izquierda (algunos con tintes populistas y otros más moderados) en gran parte del continente (Filgueira et al., 2009).

Esta literatura, a pesar de ser multidisciplinaria en términos teóricos, no presenta un fuerte sustento histórico-empírico de sus conclusiones que permitan llegar a las generalizaciones a las que arriban. Es por ello que creo que necesario mirar con ópticas distintas los fenómenos actuales y, sobre todo, aportar, desde la Historia Económica, fundamentos empíricos que nos permitan entender por qué hemos fallado, en reiteradas ocasiones, en manejar las expectativas de ascenso social de aquellos que consiguen mejorar su ingreso (y no mucho más que su ingreso) en los ciclos de alza económica y las consecuencias que ello tiene para la consolidación democrática en el continente.

[1] Utilizo el plural dado que en 1908 se realizaron, por única vez en la historia uruguaya en forma simultánea, censos de: población, vivienda, industria y comercio, agropecuario y de educación.

[2] Lindert y Williamson (1982), pioneros en el uso de este recurso para sus análisis datan la primera tabla social en 1688.

[3] Entre otros: Bértola, 2005; Bértola et al, 2010; De Jong y Gómez-León, 2019; Lindert y Williamson, 1983; Milanovic et al., 2007; Rodríguez-Weber, 2013.

[4] Estrato y clase se usan varias veces como sinónimos en este post a pesar que por la forma de operacionalización elegida el uso de estrato es más adecuado que el de clase. Los 5 estratos identificados son: Bajo (individuos con ingreso bajo y que se desempeñan en ocupaciones de tipo manual); Medio bajo –asociado con “clase media vulnerable”– (individuos que deberían pertenecer al estrato medio o alto por su ocupación, pero su ingreso es bajo; en particular, encontraremos a los pequeños productores rurales en esta categoría); Medio –asociado con “clase media consolidada”– (individuos con ingreso medio y que se ocupan en trabajos no manuales); Medio alto (individuos cuyo ingreso los ubica en los estratos medios, pero su ocupación los situaría dentro del estrato alto); Alto (individuos con ingreso y ocupaciones de estrato alto; por ejemplo, propietarios y otros).

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Réquiem para el sueño (latino)americano (Parte I)

Sabrina Siniscalchi (Universidad de la República, Uruguay)

Sabrina Siniscalchi es asistente de investigación en la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración de la Universidad de la República, Uruguay. Es Lic. en Ciencia Política y Magister en Historia Económica por la misma Universidad. Trabaja en el Instituto de Economía en temáticas de desarrollo y desigualdad.


RESUMEN. Este post intenta, haciendo honor al título de este blog, mirar el pasado y el presente de un fenómeno de larga data en las Ciencias Sociales: el papel de las clases medias en la sociedad y, en particular, su rol como articuladoras de conflicto social y político. El surgimiento de nuevos sectores medios durante la última década y los conflictos recientes en América Latina ponen en tela de juicio algunos de los postulados básicos heredados de la teoría de la modernización (sobre todo en ciencia política) que afirman que una amplia clase media es la clave para la estabilidad de la democracia.


Las particularidades de la historia reciente de América Latina muestran un desacople entre lo que parece ser el sentir de una gran parte de la población y las soluciones que la democracia ha intentado dar a esos reclamos. Las lecturas sobre la realidad de cada país son diversas, pero los análisis generales parecen coincidir en que las protestas que se extendieron a lo largo y ancho de América Latina durante 2019 tienen en común que son la movilización de una clase media disconforme. Disconforme con los servicios que le provee el Estado, con la política, con la corrupción, con el reparto de los frutos del crecimiento de la última década; disconforme con los gobiernos de izquierda y de derecha. Disconforme con todo en general y con nada en particular.

Los titulares de los diarios y los análisis académicos sobre estos conflictos destacan que sea la clase media la que se moviliza como crucial para entender estos conflictos, los cuales no sólo no son nuevos en la historia, si no que ya eran previsibles por parte de los analistas (véase por ejemplo las intervenciones de los participantes del Foro organizado por El País de Madrid y el Banco Mundial en 2013).¿Por qué un conflicto encabezado por las clases medias se considera más problemático que otros?

No bourgeois, no democracy

(Barrington Moore, 1966: 418)

 Desde la Teoría de la Modernización en adelante –aunque el origen de esta idea puede rastrearse hasta Aristóteles–, una sociedad con una amplia clase media se considera que es una sociedad “menos polarizada”. La polarización está asociada con la clusterización de la sociedad en grupos que se caracterizan por ser muy iguales a la interna y muy dispares entre sí. La polarización, asimismo, se encuentra asociada con el conflicto por la distribución de los recursos, tanto económicos como políticos (North, 1990; Acemoglu et al., 2001, 2005), y una la literatura cada vez más abundante establece este conflicto como el eje central para la conformación de los regímenes de bienestar y, con ello, con las formas de distribución materiales y simbólicas de los recursos de poder.

Banerjee et al. (2008) afirman que son tres los mecanismos a través de los cuales las clases medias promueven el desarrollo. Primero, porque las clases medias son las que proveen a la sociedad de emprendedores que crean empleos y ganancias de productividad.[1] Segundo, para estos autores, la clase media posee ciertos “valores” de acumulación de capital humano y de ahorro que son fundamentales para el proceso de crecimiento.[2] Tercero, porque la clase media tiene un ingreso que la habilita a pagar por productos de mejor calidad y, por tanto, son demandantes de productos de alta calidad, los cuales suelen tener rendimientos crecientes a escala y promueven la inversión.

Otros autores afirman que las clases medias juegan un rol fundamental para comprender los procesos de persistencia de la desigualdad en las sociedades latinoamericanas (Schneider y Soskice, 2009), abonando los trabajos que sostienen que las clases bajas tienen limitaciones varias para acumular capital humano (Galor y Zeira, 1993; Alesina y Rodrik, 1994).

Ahora bien, si una amplia clase media promueve todas esas mejoras en la sociedad, ¿por qué el crecimiento superlativo de la clase media en América Latina no ha llevado a romper el círculo vicioso del crecimiento del continente?

 

“Dos linajes sólo hay en el mundo, como decía una abuela mía, que son el tener y el no tener, aunque ella al de tener se atenía.”

(Miguel de Cervantes Saavedra)

El crecimiento económico de la región durante el último ciclo de alza de los precios de las commodities en combinación con “el regreso del Estado” (Skocpol et al, 1985), ha producido, como lo señalan varios informes del Banco Mundial y la CEPAL, un incremento de la clase media en América Latina. Estas “nuevas” clases medias se componen, en su mayor parte, por quienes han dejado de ser pobres (Ferreira et al., 2013; Franco et al., 2010a, 2010b, 2011; Hopenhayn, 2010)

La pregunta es, ¿no ser pobre alcanza para ser clase media?

En términos metodológicos, establecer los límites de clase, es decir, en qué punto uno deja de pertenecer a una clase y pasa a pertenecer a otra, representa una eterna discusión. Long story short, hay dos tipos de modelos: los gradativos, que miden la posición del individuo/hogar en el continuo de la distribución del ingreso, y son particularmente útiles para descripciones intertemporales; y los más clásicos acuñados en la tradición marxista y weberiana que se centran en observar lo que se denomina “clase ocupacional”, siguiendo la idea de que las clases se determinan a partir de la relación de los individuos con los medios de producción y el status adquirido a través del tipo de trabajo que realizan. Las críticas a la determinación de estratos sociales a partir de unos modelos y otros son incontables. Quizá, una forma simple de resumir las críticas a una y otra visión es recurrir al planteo de Giddens (1979) quien afirma que el modo en que las relaciones económicas se transforman en estructuras no económicas es el principal problema del análisis de clase contemporáneo.

Los cambios en la estructura económica, la adopción del progreso técnico, los cambios en el rol del Estado, así como los movimientos migratorios y demográficos, son aspectos que alteran la estructura de la sociedad y el reparto de los bienes sociales y su distribución. Los cambios en la estructura social, al mismo tiempo, influyen en las estructuras tanto materiales como simbólicas del ejercicio del poder y, por tanto, son agentes fundamentales en el cambio social.

Para algunos autores, el rol como pivot de la sociedad que se le otorga a las clases medias no sólo dependería del tamaño sino, también, de la estabilidad de la clase media, ya que sus expectativas inciden en una forma fundamental en su toma de decisiones, tanto políticas como económicas (Easterly, 2001; Josten, 2005; Birdsall et al, 2000; Troche et al., 2012).

Troche et al. (2012), para conceptualizar esta idea de estabilidad intertemporal de la clase media, desarrollan el concepto de “clase media vulnerable” el cual se define como “… the probability of a middle class household falls into poverty (…) Stability, in turn, is the probability that middle class household reminds in the middle class over time” (Ibidem 2012:1-2). Como puede apreciarse a partir de la definición, el concepto de estabilidad, como los propios autores lo hacer notar, implica la no movilidad social, y esto es una característica que puede o no ser deseable en una distribución, dependiendo en qué parte de la misma nos encontremos. Ciertamente no es una característica deseable para los pobres, pero tampoco lo es para la clase media si la misma aspira a ascender económicamente.

Gráfico 1. Distribución de los grupos sociales por país; circa 2000 y 2012 (% de población)

Fuente: PNUD (2014:4)

Como se puede apreciar en el Gráfico 1, salvo en los países del Cono Sur, la mayor parte de la reducción de la pobreza de los países de América Latina entre el 2000 y el 2012 se tradujo en el aumento de esa clase media vulnerable. Otro elemento que resulta significativo es cómo se ha logrado este proceso. En este sentido, el Gráfico 2 muestra que en la mayoría de los países estas mejoras son producto del crecimiento económico más que a mejoras en la redistribución del ingreso. Tomemos en cuenta que estos datos están estimados en 2012, cuando el ciclo de crecimiento aún no se había agotado (al menos no del todo). Con el diario del lunes, y sin necesidad de conocer la histórica volatilidad del crecimiento del continente (Bértola y Ocampo, 2012), sabemos que esto fue, como dice el dicho, “pan para hoy, hambre para mañana”.

Gráfico 2: Descomposición de los cambios en pobreza; circa 2000-2012 (% de contribución de los efectos crecimiento y redistribución) [3]

Fuente: PNUD (2014:5)

Al menos dos lecturas surgen de esto: una que mira “el medio vaso vacío”, haciendo hincapié en la “vulnerabilidad hacia abajo”, es decir, en destacar los elementos relacionados con esa probabilidad de caer en la pobreza que define a estas clases medias (precarización del empleo, volatilidad económica, las fallas en la protección social, entre otros factores). Por otro lado, hay un “medio vaso lleno” que es la movilidad ascendente de las capas de menor ingreso de la sociedad. La expansión del consumo y del crédito necesario para sustentarlo, en un mundo en el que se puede acceder a bienes a bajo costo, engrosa las filas de las clases medias con individuos que, en otros tiempos, no hubieran sido considerados como tales.

Como mencioné antes, esto no es un fenómeno nuevo. En los años ‘60s y ‘70s varios estudios sobre estratificación en América Latina destacaban la “proletarización” de la clase media (Filgueira y Gianeletti, 1981). En los años ‘50s uno de los trabajos pioneros sobre esta temática fue la compilación realizada por Crevenna (1950-1951) para la Unión Panamericana. Esos trabajos han sido ampliamente discutidos y criticados, en parte por su uso poco preciso del concepto de “clase media” y sus conclusiones un poco contradictorias acerca de las pautas de consumo de estos sectores (en algunos casos destacando su frugalidad y, en otros, su consumo imitativo de las clases superiores), su papel en la política (en algunos casos visto como positivo y fundamental para el desarrollo y, en otros, visto como freno por la connivencia de estas clases con los regímenes de facto que luego se asentarían en la región en décadas posteriores).

En estos estudios ya se encontraba la idea de una “nueva” y una “vieja” clase media y se discutía la existencia de multiplicidad de clases en su interior, lo cual llevó a decantar los estudios posteriores por el uso del término estrato en vez de clase. El diagnóstico de algunos de ellos parece contar una historia repetida: (…) “América Latina registra cambios en sus estructuras de estratificación por dimensión de status con velocidades y ritmos muy diferentes, motivo suficiente para que se creen tensiones estructurales insolubles. Muchos trabajadores ven frustradas las aspiraciones de ocupación e ingreso para sus hijos, a los que han podido hacer llegar a niveles educacionales altos. Los efectos sociales, psicosociales y políticos de estas diferencias son evidentes.” (Filgueira y Geneletti, 1981:6)

Al final del día, el problema que se presenta es cómo asegurar que esas personas que están en el centro de la distribución tengan objetivos comunes e ideas de cómo lograr ese desarrollo, compartiendo, a su vez, ideas sobre el papel del conflicto en dicho proceso. El que eso no se pueda asegurar da origen al conflicto social que parece parte fundante de la explicación de las movilizaciones que vemos hoy en día.

Que estos problemas ya se mostraran en los estudios de los ‘60s, una década caracterizada, al igual que en el presente, por un enlentecimiento del crecimiento económico y la extensión de los conflictos sociales por la redistribución de los frutos del mismo, nos insta a mirar estos fenómenos en perspectiva histórica. En una futura entrega veremos, a partir del caso uruguayo a principios del siglo XX, cómo a pesar de las limitaciones de fuentes (principalmente la falta de Encuestas de Hogares), es posible analizar los fenómenos de estratificación social en el largo plazo.

[1] Esto está sustentado en los planteos originalmente realizados por Acemoglu y Zilbotti (1997), a pesar de que la evidencia empírica presentada por Banerjee et al (2008) no encuentra que en las clases medias haya más emprendedores que en las otras clases.

[2] Este argumento lo toman de Doepke y Zilibotti (2005,2008).

[3] Elaboración de PNUD a partir de estimaciones de CEDLAS. “El método de descomposición empleado por el CEDLAS corresponde al propuesto por Maasoumi y Mahmoudi (2013). El efecto crecimiento surge de una simulación en la que se re-escalan los ingresos de acuerdo al crecimiento observado entre dos periodos, y de computar la incidencia de la pobreza. El efecto distributivo surge como residuo entre el cambio observado en la pobreza durante estos periodos.” (PNUD, 2014:5).

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Reflexiones de un regreso efímero (I)

Juan Flores Zendejas

Ginebra, 3 diciembre 2019

-I-

Regresé a vivir a México casi veinte años después de mi partida. Fue una estancia que ahora me parece lejana. No obstante, sentarme a escribir sobre ella me sirve como terapia psicológica. En este espacio, me gustaría comentar algunas vivencias y reflexiones, y comparar mis recuerdos más antiguos con aquellos del año académico que culminó hace ya algunos meses. Me gustaría empezar por lo que corresponde a este blog, esto es, escribir sobre economía, historia, y política. Obviamente, no podría enumerar, en unas pocas líneas, todos los contrastes, dudas, desgracias y diferencias que percibí entre aquel México del ocaso priista y este otro de mediados de 2018. A diferencia de ese México retrograda, este México “moderno” se encuentra en pleno movimiento, con mucho dinamismo, pero también con problemas tan complejos como aquellos de antaño.

Empecemos pues con la relación que tiene el/la ciudadan@ de a pie con la política. Sin pretender entrar en los pormenores de tan compleja cuestión, un primer contraste entre el México de hace tres décadas y el actual consiste en la mayor diversidad de opiniones y de corrientes de pensamiento. Por regla general, en un régimen autoritario (como el mexicano de partido único con el Partido Revolucionario Institucional, PRI), la relación del ciudadan@ con la política es, por la misma falta de libertad, mucho más sencilla. Por decirlo en dos palabras, la herramienta represiva es la mayor condicionante. Esquematizando a grandes rasgos, dentro del régimen político de los años ochenta o noventa, la misma estructura social permitía prever las orientaciones políticas. Por ejemplo, entre las clases medias o bajas había, obviamente, importantes enclaves priistas. Pero mientras se estuviera en un foro privado, se podría despotricar sin empacho sobre esa “dictadura perfecta”. Y era algo relativamente común. Con priistas en la sala, esto no cambiaba mucho, ya que estos por lo general optaban por el silencio o por realizar esfuerzos tímidos y medidos para manifestar su defensa del régimen. Alguno que otro priista llegaba a manifestarse con mayor entusiasmo, principalmente si eran aquellos privilegiados con acceso a un “hueso” (puesto gubernamental) o si se encontraban con la esperanza de obtener alguno (“…el hijo de mi vecino es amigo de la secretaria del diputado, ¡¡ya chingamos…!!”). Pero dado el evidente conflicto de interés, ese apoyo no solía tomarse muy en serio.

En mi infancia, habiendo frecuentado escuelas privadas (hoy en día catalogadas como “fifis”, antes “fresas”), el entorno era mayoritariamente priista y la política no solía ser un tema muy importante. Ahora bien, siendo yo parte de una familia clasemediera y sin huesos cercanos que perseguir, me sentía con la libertad temeraria para provocar repitiendo lo que oía entre familiares y amigos cercanos, esto es, frases clásicas como “pinche PRI, por eso estamos como estamos” o “son todas unas ratas“. Pero nunca fui mucho más lejos. Posteriormente entendí que la indiscreción de dichas afirmaciones podía ser motivo de consecuencias mucho más graves. Pero eso yo nunca lo viví, y lo supe sólo mucho tiempo después, y a lo lejos…

-II-

Mi estancia sólo confirmo lo que ya había intuido por redes sociales y la prensa, en lo referente al nivel de división tan brutal dentro de la sociedad. Los desencuentros actuales abarcan desde la memoria del antiguo régimen priista hasta temas como el aborto, los derechos LGBT, el lugar del país en América Latina y en el mundo, el papel del gobierno en la economía, el de los empresarios/políticos (“la mafia en el poder”) en el subdesarrollo, la responsabilidad de los banqueros en el mismo, y un largo etcétera. Pero la más visible de todas estas divisiones es, sin duda, la percepción positiva o negativa, del gobierno actual. Jamás, desde mis más tempranos recuerdos, había presenciado una polarización tan nítida, tan hiriente, y tan obsesiva: una variable dicotómica a la mala.

¿Qué pasó desde entonces? ¿Como llegamos a esta polarización? ¿Es esta tal vez el resultado inevitable de la transición a la democracia, el rasgo de una sociedad más madura? ¿Es tan solo un punto más de una tendencia generalizada en el mundo? Para poner en contexto, México tiene desde hace un año, el primer gobierno “de izquierda”. Las razones por la aplastante victoria del Movimiento de Regeneración Nacional – Morena (a nivel legislativo y ejecutivo) serán diversas y dudo que existan ya estudios conclusivos sobre los factores que llevaron a Andrés Manuel López Obrador (AMLO) a la presidencia. Pero en todo caso, hay ahora mismo dos campos: los simpatizantes del presidente (AMLO-vers) y sus detractores (AM-haters). En medio, los moderados que apenas existen, a quién nadie ve, a quién nadie escucha y a quién probablemente nadie quiera (“posiciónate, mi chavo…)”.

Ahora bien, me gustaría conjeturar sobre aquellos factores que pienso influyeron fuertemente en dichos resultados electorales: la lucha contra la corrupción y el combate contra la pobreza. Tendríamos que analizar cada factor para al menos, empezar a relacionar el estado de cada variable sobre las elecciones. Sin lugar a dudas, la corrupción ha sido relacionada con el malfuncionamiento de las instituciones, de la sociedad y ha afectado negativamente el desempeño económico. Ciertamente, la percepción general sobre el problema de la corrupción en los gobiernos anteriores debe haber sido un elemento clave. Dicho esto, prefiero ahondar en ello en otra entrada. Aquí me gustaría concentrarme sobre lo siguiente: ¿En que medida afectaron la pobreza y la consecuente desigualdad en este giro radical en el gobierno, y en la polarización antes planteada? La respuesta, me temo, es mucho más compleja de lo que parece.

-III-

No es ningún secreto que la situación de la pobreza en México se mantiene a niveles sumamente elevados. Dichos niveles, altos históricamente, habían disminuido desde los años 1950s, para luego mantenerse en niveles alrededor de 50% de la población desde los años ochenta, con un pico en los años posteriores a la crisis de l994.[1] Estas tendencias se correlacionan con el comportamiento del crecimiento económico y de la desigualdad del ingreso. Ambos factores, crecimiento y desigualdad, se han vuelto un tema discutido recientemente: México ha tenido tasas de crecimiento sumamente bajas desde al menos tres décadas (casi cuatro) y se mantiene la desigualdad del ingreso a niveles mayúsculos.

El fracaso mexicano en lo que a crecimiento se refiere es aún un tema mayúsculo y sin duda se encuentra detrás de la idea generalizada del fracaso del neoliberalismo. Como el tema da para muchas páginas más, prefiero tratarlo en otra entrada (ya sé que estoy prometiendo demasiado, pero prometer no cuesta nada y siempre está de moda).[2] Prefiero enfocarme ahora, porque la actualidad lo dicta, en la distribución del ingreso. Una primera respuesta a las preguntas antes planteadas es la siguiente: la polarización es una respuesta lógica al resultado ambivalente que la apertura comercial y la liberalización de la economía ha traído a los distintos grupos socioeconómicos creando beneficiados y perjudicados.[3] Esto es, el aumento exponencial de las exportaciones ha traído beneficios dispares, como en todo proceso de apertura comercial, con “ganadores” y “perdedores”.

Por tanto, el que la apertura comercial y la liberalización de la economía no hayan sido acompañadas ni de crecimiento, ni de una disminución de la pobreza lucen como razones evidentes del porqué del descontento y de la crispación contra el modelo dominante (“neoliberal” en el discurso político actual). Ahora bien: ¿qué ha pasado con la desigualdad en México? ¿Se ha deteriorado tanto como lo que parece ser el caso en otros países?

Gráfico 1

He aquí una paradoja importante. Según el índice Gini, tanto en México como en otros casos de América Latina (por ejemplo, Chile, que se muestra en la misma gráfica), la desigualdad lleva cayendo desde hace ya algunos años. En principio, y según la tendencia negativa que se observa, la desigualdad no debería ser ya un tema relevante (al menos no más que hace veinte años) ya que la reducción de la desigualdad se ha empezado a producir ya hace tiempo. Por el contrario, la emergencia de este mismo tema en Estados Unidos parece perfectamente justificada: sin llegar aun a los niveles de desigualdad de países en América Latina, la sociedad estadounidense (y podríamos decir lo mismo de la europea) pide una mayor redistribución desde los canales institucionales previstos( aunque también por otros no institucionales). El descontento hacia el modelo económico actual es claro, y se observa en varios lugares en el mundo. Esto es precisamente lo que muestra Thomas Piketty en su último libro, Capital et Idéologie: según nivel de ingreso (nivel de patrimonio y también nivel educativo) los grupos más desfavorecidos son aquellos que más se han opuesto a la integración europea y que han apoyado por ejemplo el Brexit.[4] Esto es: aquellos deciles con los ingresos más bajos, al tener voz política, se manifiestan en contra del régimen que los ha convertido en “perdedores”. Una curiosidad importante: a pesar de las resistencias iniciales al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, por allá de inicios de los noventa, en México no ha habido una expresión manifiesta y robusta contra la apertura comercial, ni siquiera ahora por parte de este nuevo gobierno “antineoliberal”.

G15.18-piketty

Gráfico 2.

-IV-

De lo que podemos observar del grafico 1, parecería que en México o en Chile la resistencia a la desigualdad es mayor. En otras palabras, la fuerte desigualdad debió haber conducido a un cambio de régimen desde hace décadas. Se podría argumentar entonces, que nuestras sociedades no han tenido en realidad ningún interés en reducir la inequidad insultante que nos acompaña desde hace siglos. Podríamos argumentar por tanto que, después de todo, si hoy hablamos de desigualdad es porque…es lo de hoy, porque nos hemos limitado a importar los debates de los países ricos, mientras que nos hemos hecho de la vista gorda durante mucho tiempo. Un profesor mío decía, por ahí de los años noventa, y con justa razón, que para vivir bien en México hacía falta o ser ciego, o hacerse pendejo. Pero siendo sinceros, y aceptando que nuestra vista se porta de maravilla, hemos exagerado un poco.

La falta de reacción ante los altos niveles de desigualdad pudo haber sido también un efecto secundario y nefasto de la ausencia de democracia. En un régimen democrático, y según la teoría del votante medio, en un contexto de fuerte desigualdad habría una demanda hacia políticas con mayor redistribución del ingreso y por tanto, menor desigualad. ¿Qué pasa entonces cuando se produce la transición de un régimen autoritario a democracia en otros casos? En el caso de los países desarrollados, Peter Lindert escribió hace tiempo que el aumento del gasto social vino de la mano con la democratización de las sociedades, con el aumento de la esperanza de vida y, bajo los efectos de la Gran Depresión, también con el desempleo.[5] Dicho estado social también fue la condición (por parte de los sindicatos) para aceptar la liberalización comercial en el periodo posterior a 1945.

Algunos paralelismos se encuentran en ciertos países en América Latina. En México, el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial se caracteriza precisamente por el aumento del gasto social, aunque esta búsqueda se produjo más en el discurso público que en un aumento significativo del mismo.[6] Ahora bien, la crisis de 1982 y la consecuente década perdida pudieron haber generado una mayor demanda de políticas redistributivas que pudieran paliar los efectos sobre la desigualdad. Ante los desequilibrios macroeconómicos acumulados y en gran parte por las presiones externas (fruto de los programas de ajuste estructural impulsados desde el FMI), hubo poco margen de maniobra. Aun así, los gobiernos de los ochenta tampoco priorizaron el problema de la desigualdad.

La historia reciente de nuestra región muestra precisamente eso: la crisis de 1982 fue un parteaguas en las tendencias en los niveles de pobreza y de desigualdad, tal como demuestran Székely y Montes (2008).[7] Pero la transición hacia la democracia tampoco ha implicado una fuerte redistribución de la riqueza ni una caída importante de la desigualdad. Tomando en cuenta únicamente el último medio siglo, ¿cuándo nos ha empezado a preocupar el tema de la desigualdad? En el gráfico 3 se muestra la evolución del n-grama (concepto de la lingüística cuantitativa; a interpretar como el resultado de una secuencia de textos en fragmentos, incluyendo grupos de letras, palabras, o combinación de palabras) utilizando la herramienta Ngram viewer de Google, que toma en cuenta los recursos impresos publicados en un periodo determinado.[8] Si incluimos las palabras desigualdad en México, observamos que efectivamente, el aumento de la utilización de dichos términos va en acorde a lo que sabemos tanto por la narrativa histórica como por las estadísticas.

Gráfico 3

Si bien entonces las medidas de austeridad no permitieron un incremento del gasto social, hacia finales de los ochenta, con la implementación del plan Brady que permitió reducir el peso del servicio de la deuda en el gasto público, podríamos haber entonces esperado el tan anhelado incremento del gasto social. Aquí el caso de Chile es ilustrativo. la llegada de la democracia tampoco coincidió con la implementación de políticas redistributivas, y menos con una caída de la desigualdad. Existen varias razones que explican estas ausencias. Según explican Javier Rodríguez Weber y Diego Sánchez-Ancochea, la dictadura de Pinochet contribuyó en gran medida al aumento de la desigualdad mediante la represión de los sindicatos, el proceso de privatización que benefició a un numero reducido de empresarios y, el control de una élite sobre el Estado, esto último siendo el elemento que persistió más allá del cambio de régimen.[9] Esta captura, vigente hoy en día, le permite a una élite manejar e influir sobre las decisiones de las instituciones económicas. Se trata d un sistema que ha sobrevivido al cambio de régimen y que ralentiza el aumento de la capacidad fiscal del estado chileno, evita políticas de regulación que puedan disminuir la fuerte concentración de mercado, y coadyuva muy poco en políticas de innovación que puedan cerrar las brechas de productividad existentes entre sectores y entre grandes y pequeñas empresas.

-V-

Así pues, volvamos al México actual. Entre los lemas de campaña del actual presidente, el lema de “primero los pobres” no debiera resultarnos sorprendente, ni tampoco los discursos contra la élite, esa “mafia en el poder”. Bajo la misma óptica, la confrontación misma que existe desde la emergencia de AMLO en el panorama político podría leerse como un fenómeno natural y esperado. El famoso cambio de régimen que observamos también podría, por tanto, compararse con lo que sucede en Estados Unidos o en Europa, donde incluso con niveles de desigualdad menos elevados que en México se observan fuertes reacciones en la población. Si el diagnóstico del AMLO ha sido el correcto, la pregunta es más bien, porque no tuvimos un AMLO anteriormente. Aquí también, la controversia generada luego de las elecciones del 2006 (con denuncias de fraude contra el candidato vencedor Felipe Calderón) cobra mayor fuerza.

Al menos en el discurso entonces, el gobierno ha anunciado la priorización de programas sociales. Aún queda por verse que tanto el tema de la desigualdad pasa del discurso a resultados tangibles. Lo que queda claro es que la desigualdad ha subido escalones en las plataformas electorales de los distintos partidos políticos, aunque no necesariamente se haya convertido ya en un tema prioritario. Según el estudio “Desigualdades en México”, Morena ni siquiera fue el partido que más frecuentemente uso la palabra desigualdad en su propia plataforma.[10] Es verdad que otros temas centrales como desarrollo, seguridad, y combate a la pobreza podrían estar asociados directa o directamente con la desigualdad (o incluso la equidad de género). Sin embargo, en ninguna de las plataformas electorales se señalaron propuestas concretas para disminuirla.

Ahora bien: hoy en día existen esfuerzos considerables por entender la situación y los procesos que llevan a la fuerte desigualdad en México. Si bien he mencionado anteriormente que el índice GINI no se ha movido de manera desfavorable, si es verdad que existen otros indicadores que apuntan a lo contrario. También es cierto que existen mecanismos que propician la desigualdad en México incluyendo la concentración de mercado, la falta de movilidad social, el diferencial de crecimiento entre las distintas regiones del país, el racismo y un largo etcétera. Muchas de las discusiones que se repiten en los medios hoy en día ni siquiera eran consideradas en el mundo académico hace tres décadas.

Aun así, existen muchas resistencias a incluir estos temas en la agenda política, y aún más cuando se trata de implementar políticas redistributivas. Esto explica parcialmente el clima de crispación en el país. Aunque probablemente existan elementos que inviten al optimismo, una vez que se piensa en las agendas de investigación de grupos de la sociedad civil y distintas organizaciones no gubernamentales, que hoy en día resultan claves para atraer la atención de la opinión publica hacia estas problemáticas.[11] Esto es necesario porque, en el fondo, es probable que la sociedad mexicana sea mucho menos solidaria de lo que se dice ser, y que la supuesta solidaridad de la que tanto alarde hace se limite a los momentos mas extremos como pueden ser las catástrofes naturales (como el sismo del 2017). Ahora bien, ¿por qué aceptaría un habitante de San Pedro Garza García en Nuevo León, una de las localidades más ricas de América Latina, aceptar un incremento de impuestos para financiar algún programa social en Ocosingo, Chiapas, uno de los municipios más pobres del país? ¿Por qué un habitante del Pedregal en la ciudad de México, que podría ser candidato a posar para la revista Gente u otra revista centrada en la estética étnica tipo europea, apoyaría un proyecto de infraestructura hidráulica en Iztapalapa? La diversidad étnica y la fragmentación social no han solido estar muy de la mano, como señalaba Lindert en el trabajo antes citado (considérese por ejemplo el caso de Estados Unidos).

-VI-

Hace poco, un artículo en el Financial Times discutía el tema de la inmigración y la creciente falta de apoyo de la población europea al estado de bienestar. [12] A medida que la proporción de la población no-nacida en dicha región aumenta, se espera exista un declive en el estado de bienestar (mientras menos haya en común entre los ciudadanos, menos solidaridad habrá entre ellos). Sin embargo, la evidencia empírica no necesariamente acompaña este argumento, y en casos como Canadá o Francia, la diversidad étnica no ha impedido que el estado de bienestar continúe siendo robusto. Regresando al caso de México, me parece un error del gobierno actual seguir nutriendo la división generada desde hace décadas, sino es que siglos. Esto es, las divisiones son reales, así como también lo es, y ha sido la injusticia social. Pero ahora tendríamos que preguntarnos como generar mayor sentimiento de solidaridad entre regiones, grupos étnicos (indígenas) e individuos . Una sociedad más igualitaria beneficiaria a todos y, en esto tienen razón los partidos políticos, dados los efectos positivos en temas como la seguridad, el desarrollo del mercado doméstico, el nivel educativo, la productividad etc. El discurso tendría que llamar a crear consensos en donde cada grupo socio-económico pueda estar representado, así como foros en donde los conflictos puedan ser resueltos, en el mismo sentido de los pactos sociales de la Europa de la postguerra.[13]

*****

NOTAS

[1] Aquí me refiero a la pobreza de patrimonio. Véase Székely, Miguel. “Pobreza y Desigualdad en México entre 1950 Y 2004.” El Trimestre Económico 72, no. 288(4) (2005): 913-31.

[2] Por ahora, basta hacer referencia a un número especial de la revista Nexos, ¿Por qué no somos ricos?, 1 de diciembre de 2011. En ese número se hacía también una crítica al tema del momento, el de las famosas reformas estructurales. Más recientemente, en el libro¿Y ahora que? : México ante el 2018 (Coord. Héctor Aguilar Camín ; Héctor Aguilar Camín [y siete más], se publican una serie de ensayos que incluyen una discusión comprehensiva sobre los desafíos de la economía mexicana.

[3] Veáse por ejemplo: Gordon H. Hanson, “What Has Happened to Wages in Mexico since NAFTA?,” en Integrating the Americas, FTAA and Beyond, by Antoni Esteva deordal et al., Series on Latin American Studies (Cambridge MA: Harvard Univ. Press, 2004), 505–38.

[4] El gráfico que muestro aquí proviene de la página web del autor: http://piketty.pse.ens.fr/fr/ideologie. Piketty, Thomas. Capital et idéologie, Seuil, 2019, 1232 p.

[5] Lindert, P. (2004). Growing Public: Social Spending and Economic Growth since the Eighteenth Century. Cambridge: Cambridge University Press.

[6] Hernández Trujillo, Fausto (2010) “Las finanzas públicas en el México posrevolucionario” en Kuntz, Sandra (coord.) Historia económica General de México. De la Colonia a nuestros días. México: El Colegio de México-Secretaría de Economía. pp. 573-602.

[7] Székely, M., & Montes, A. (2006). Poverty and Inequality. In V. Bulmer-Thomas, J. Coatsworth, & R. Cortes-Conde (Eds.), The Cambridge Economic History of Latin America (pp. 585-646). Cambridge: Cambridge University Press.

[8] Altmann, Gabriel, Reinhard Köhler, and Raĭmond Genrikhovich Piotrovskiĭ (2005), Quantitative Linguistik ein internationales Handbuch = Quantitative linguistics : an international handbook. Berlin: M. de Gruyter.

[9] Veanse los capítulos “La economía política de la desigualdad de ingreso en Chile desde 1850” de Javier E. Rodríguez Weber, y “La economía política de la desigualdad en el nivel más alto de Chile contemporáneo” de Diego Sánchez-Ancochea en Bértola, Luis y Williamson, Jeffrey (2016), La fractura. Pasado y presente de la búsqueda de equidad social en América LatinaColección: Economía. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 640 p.

[10] El Colegio de México. Desigualdades en México/2018. México: El Colegio de México, 2018. 124p.

[11] Véanse recientemente: el reporte de Oxfam, México justo: propuestas de políticas públicas para combatir la desigualdad. Autores: Diego Alejo Vázquez Pimentel, Milena Dovalí Delgado y Máximo Jaramillo Molina; también los distintos informes sobre la falta de movilidad social en México elaborados por el Centro de estudios Espinosa Yglesias.

[12] Ganesh, Janan, “The False choice between diversity and welfare”, Financial Times, 3q de octubre de 2019.

[13] Eichengreen, B. (1996). Institutions and economic growth: Europe after World War II. In N. Crafts & G. Toniolo (Eds.), Economic Growth in Europe since 1945 (pp. 38-72). Cambridge: Cambridge University Press.

Consensos y disensos metodológicos sobre las comparaciones de los niveles de vida

Maximiliano Presa (Universidad de la República, Uruguay)

Carolina Román (Universidad de la República, Uruguay)

15 de setiembre de 2019

RESUMEN. Las mediciones sobre los niveles de vida constituyen parte de una nutrida y activa agenda de investigación en historia económica, con una larga trayectoria, pero con mucho camino por recorrer. En particular, para las comparaciones internacionales de salarios, la agenda resulta en mejorar nuestro conocimiento sobre la historia del consumo de las sociedades. En esta entrada introduciremos avances presentados en el Simposio Nº 19 del sexto Congreso Latinoamericano de Historia Económica y el trabajo que actualmente estamos llevando a cabo sobre la estimación del consumo de ciertos alimentos de la canasta de consumo uruguaya durante el siglo XX.

Algunas líneas sobre el debate

Las comparaciones de los niveles de vida entre países constituyen una agenda de investigación con larga trayectoria en la historia económica. A nivel empírico, surgen dos grandes preguntas: ¿qué comparar? y ¿cómo comparar? Estas interrogantes enfrentan desafíos metodológicos que, para períodos pre-estadísticos, adquieren particularidades específicas. Muchas veces sucede que las fuentes de información disponibles, más allá de que suelen ser escasas, poco sistemáticas o difíciles de comparar internacionalmente, no fueron diseñadas para responder estas preguntas.

Las respuestas a la primera de estas interrogantes incluyen un abanico cada vez más amplio de dimensiones: el ingreso –el producto interno bruto per cápita y los salarios–, indicadores biológicos –nutricionales, alturas– u otras más comprensivas como el desarrollo humano –como propuesta compuesta que aspira a incluir variables como ingreso, educación, salud, distribución del ingreso, género (ver, por ejemplo, el trabajo de Escudero, 2002, con una presentación más exhaustiva). Entre todas estas variables, nos concentraremos en los salarios, ya que existe una larga tradición de los estudios que la utilizan para evaluar diferencias de niveles de vida entre países (Scholliers, 1996). La comparación internacional de los salarios implica resolver dos dilemas. Por un lado, decidir qué tipo de salario debe considerarse como referencia. Por otro lado, debe resolverse cómo medir el poder adquisitivo de dicho salario de tal forma que permita controlar por diferencias en los niveles de precios entre países y, también, a lo largo del tiempo.

Estas cuestiones, algunas más teóricas y otras más metodológicas, fueron parte de los temas presentes en el Simposio 19: Precios, ingreso y niveles de vida: problemas metodológicos en la agenda global, siglos XVI-XX, organizado por María Inés Moraes (Universidad de la República, Uruguay), Daniel Santilli (Instituto Ravignani, Universidad de Buenos Aires-CONICET, Argentina) y Julio Djenderedjian (Instituto Ravignani, Universidad de Buenos Aires-CONICET, Argentina), en el marco del 6to Congreso Latinoamericano de Historia Económica celebrado en la Universidad de Santiago de Chile, Santiago (Chile) entre el 23 y el 25 de julio de este año. Este simposio nucleó a investigadores de América Latina y España, cuyas preguntas y problemas de investigación suelen tender puentes entre ciudades, países, continentes y etapas históricas. Se presentaron investigaciones sobre salarios, costo de vida, precios, consumo, riqueza y distribución, cubriendo distintos periodos y etapas históricas –la industrialización sustitutiva de importaciones, fines del XIX, siglo XX, principios del XIX, mediados del XIX, siglo XVIII– y distintos ámbitos geográficos a nivel de ciudades –Mendoza, Ciudad de México, Puebla, Buenos Aires, Montevideo–, a nivel de países –Chile, Uruguay, España– y a nivel de algunos ámbitos urbanos y/o del mundo rural. Así, se generó un fluido intercambio en donde las sugerencias se cruzaban de una a otra ciudad y atravesaban la historia.

Uno de los denominadores comunes fue el desafío de medir una canasta básica y representativa de consumo que permitiera, o bien deflactar salarios, o bien construir indicadores de paridad de poder adquisitivo, o bien construir una canasta de subsistencia o respetable (para calcular los welfare ratios siguiendo a Allen, 2001, y Allen et al., 2015). Cualquiera sea la estrategia empírica elegida, uno de los tantos problemas a resolver es definir qué bienes debemos incorporar en la canasta, y, una vez definido un criterio para la selección de los productos, estimar sus cantidades y precios.

Este tipo de preguntas son transversales a las investigaciones que tengan como objeto estudiar y comparar niveles de vida entre ciudades y/o países. Entre los rubros más importantes de las canastas de consumo de un hogar se encuentran los gastos destinados a la alimentación, esencial para la supervivencia, el desarrollo y el bienestar de los seres humanos, y que, además, suele constituir el destino de la mayor parte del presupuesto de los hogares (otros gastos constituyen la vivienda, la vestimenta, la energía, y un rubro residual que suele incluir servicios, como el transporte, educación, salud, recreación, etc.).

Al comparar ciudades o países con diferencias en niveles de ingreso y su distribución, composición familiar, precios y preferencias, definir una canasta de alimentos que permita la comparabilidad resulta un tanto complejo. Aquí entran varias dimensiones a considerar, como la composición –tipo, calidad y cantidad de alimentos– y los precios (la ponencia de Djenderedjian, 2019, ilustra de estas problemáticas con el pan y la carne). Asimismo, una pregunta adicional es: ¿cuántas calorías debe tener la canasta? Aquí hay varias discusiones: por ejemplo, Humphries (2013) ha cuestionado la canasta de subsistencia de Allen (2001) porque subestima la necesidad de calorías que requiere una mujer y los niños. Este debate se conecta con la discusión sobre la composición de los hogares, para lo cual es posible realizar ajustes que contemplen cambios demográficos y variaciones en los integrantes del hogar (ver Schneider, 2013).

La ausencia de encuestas de gasto de los hogares o de presupuestos familiares –en general, en América Latina, estos instrumentos se comienzan a aplicar en la segunda mitad del siglo XX– que nos permitan conocer las pautas de consumo de la población, nos deja un vacío importante para abordar algunas de las dimensiones señaladas anteriormente. Así, existen distintas estrategias que podemos resumir en dos: enfocarnos en el consumo de algunos segmentos de la población –por ejemplo, la clase obrera–, o calcular el consumo agregado de alimentos por persona. Esta doble perspectiva, microeconómica y macroeconómica, se presenta como dos vías complementarias para contribuir a la historia de la alimentación en los países de América Latina.

En esta entrada al Blog, vamos a concentrarnos en la segunda perspectiva, esto es, en el cálculo del consumo agregado de alimentos por persona y lo vamos a ilustrar con los avances realizados en el caso uruguayo en el cual estamos trabajando (Presa y Román, 2019).

Una ilustración con el caso uruguayo

Un método utilizado para estimar series de alimentos se asemeja al del flujo de mercancías (commodity flow approach), aunque guarda también grandes similitudes con el procedimiento propuesto por FAO para estimar las hojas de balance de alimentos. El método del flujo de mercancías consiste en calcular el consumo (“aparente”) de un bien o servicio a partir del valor de producción del mismo, restando su uso como insumo, las cantidades exportadas y sumando las importadas. El principal antecedente encontrado en la bibliografía es la estimación de las cuentas históricas de Gran Bretaña realizada por Feinstein (1972), aunque este enfoque ya se había utilizado para ese país en las obras de Jeffrey y Walters (1955) y Deane (1968). Una aplicación más reciente es la de Prados de la Escosura (2003) para España, y también encontramos este método aplicado a las cuentas históricas de consumo holandesas en Smits, Horlings y Van Zanden (1999). Por ejemplo, para el caso de España, Prados de la Escosura (2003), en sus estimaciones de las Cuentas Nacionales Históricas españolas, se basa en los datos obtenidos en las estimaciones del PIB por el lado de la producción junto a una estructura de usos y recursos brindada por una Matriz de Insumo – Producto (MIP) que actúa de benchmark. A partir de esta MIP, se pueden “depurar” las series de producción de los distintos alimentos encontrando la cantidad que fue destinada al consumo final de las familias en cada año. Claramente, cuantas más estructuras de usos y recursos se tengan, mejor será la estimación dado que se utilizarán menos supuestos sobre la estructura vigente en cada momento.

Para el caso de Uruguay, hemos estimado series de consumo aparente de los principales alimentos de la canasta de consumo uruguaya entre 1900 y 1970. Partiendo de relevamientos a clases trabajadoras y las primeras encuestas de consumo, identificamos que los siguientes alimentos mantienen, a grandes rasgos, su importancia a lo largo del período estudiado: carne vacuna y ovina, harina de trigo y panificados, leche y sus derivados y papas y boniatos.

Lechero Artigas

Vendedor de Leche en la ciudad de Rivera, Uruguay, en la década de 1960.  Fuente: https://www.bibna.gub.uy/ Creative Commons 2.0

En Uruguay, la primera MIP se estimó para el año 1961. A medida que fuimos avanzando en nuestras estimaciones de las series por producto surgió, de las fuentes consultadas sobre las cifras de producción y sobre las canastas de consumo, la idea de que mantener la estructura de 1961 podía desembocar en resultados no muy confiables. Por lo tanto, el método utilizado fue dejando paulatinamente el abordaje más vinculado a la Contabilidad Nacional para pasar al método de estimación de las Hojas de Balances de Alimentos propuesto por FAO (2001). Este método es mucho más intensivo en el uso de coeficientes particulares de cada tipo de alimento, por lo que, si bien es más demandante en información –y, ante la falta de la misma, también de supuestos– permite obtener estimaciones más precisas y más informativas acerca de los cambios en los niveles de vida. Para realizar las estimaciones apelamos, entonces, a fuentes primarias y secundarias sobre datos de producción, disponibilidad total, y su distribución entre los distintos usos posibles, así como a estudios sectoriales y consultas a expertos para indagar esos posibles usos. En una próxima entrada al Blog presentaremos las estimaciones y los resultados encontrados.

Esta perspectiva propuesta nos da una idea agregada de la evolución y los cambios en el consumo de los principales alimentos, pero no nos dice nada sobre la distribución de ese consumo entre los distintos segmentos de la población, sea por clases, áreas geográficas u otras dimensiones. No obstante, es factible de complementar con información más cercana al consumo de algunos segmentos de la población –como las clases trabajadoras–, encuestas de nutrición o estudios cualitativos que nos permitan ir completando la imagen del patrón alimenticio de la población uruguaya durante las primeras décadas del siglo XX. Este tipo de ejercicios resulta factible de replicar metodológicamente porque las fuentes que se requieren –estadísticas de producción agropecuaria y de comercio exterior– suelen estar disponibles en nuestros países para etapas pre-estadísticas. Así, se propone como una alternativa a complementar con otros enfoques. Esto forma parte de una agenda de investigación por la cual estamos avanzando y en la cual la colaboración entre investigadores de distintas latitudes constituye un aspecto fundamental.

Referencias

Allen, R.C. (2001) “The great divergence in European wages and prices from the middle ages to the First World War,” Explorations in Economic History, 38 (41), 1-447.

Allen, R., Murphy, T., and Schneider, E (2015) “Una de cal y otra de arena: building comparable real wages in a global perspective,” Revista de Historia Económica – Journal of Iberian and Latin American Economic History, 3 (1).

Deane, P. (1968) “New estimates of Gross National Product for the United Kingdom 1830-1914”. The Review of Income and Wealth, 14(2), 95-112.

Djenderedjian, J. (2019) “Problemas de conversión metrológica y monetaria en los estudios sobre nivel de vida del pasado río platense en los siglos XVIII-XIX. Algunas reflexiones sobre su magnitud, características y posibilidades de solución”, 6to Congreso Latinoamericano de Historia Económica, 23-25 de Julio, Santiago de Chile.

Escudero, A. (2002) Volviendo a un viejo debate: el nivel de vida de la clase obrera británica durante la Revolución Industrial. Revista de Historia Industrial, (21), 13-60.

Food and Agriculture Organization of the United Nations (FAO) (2001) Food balance sheets: a handbook, Rome: FAO.

Feinstein, C. H. (1972) National income, expenditure and output of the United Kingdom 1855-1965 (Vol. 6). Cambridge: Cambridge University Press.

Humphries, J. (2013) “The lure of aggregates and the pitfalls of the patriarchal perspective: a critique of the high wage economy interpretation of the British industrial revolution”. The Economic History Review66(3), 693-714.

Jeffreys, J. B., and Walters, D. (1955) “National Income and Expenditure of the United Kingdom, 1870-1952”. Income and Wealth Vol. 5, Issue 1, December, 1-40.

Prados de la Escosura, L. (2003) El progreso económico de España (1850 – 2000). Bilbao: Fundación BBVA.

Presa, M. y Román, C. (2019) “Evolución del consumo de alimentos en Uruguay (1900-1960s). Una aproximación desde el enfoque de flujos de mercancías”, 6to Congreso Latinoamericano de Historia Económica, 23-25 de Julio, Santiago de Chile.

Scholliers, P. (1996) “Real wages and the standard of living in the nineteenth and early-twentieth centuries. Some theoretical and methodological elucidations”. VSWG: Vierteljahrschrift für Sozial-und Wirtschaftsgeschichte83(H. 3), 307-333.

Schneider, E. B. (2013) “Real wages and the family: Adjusting real wages to changing demography in pre-modern England”. Explorations in Economic History50 (1), 99-115

Smits, J.-P., Horlings, E., and Zanden, J. L. van. (2000) Dutch GNP and its components, 1800-1913. s.n.